CAPÍTULO XLIII
ÉIRE
La enorme mesa del despacho del duque ya no estaba vacía. Ahora, en su lugar, sobre el tapete de encaje había varios platos hasta arriba de dulces para desayunar: tartaletas de melocotón y hojaldre, panecillos recién hechos, pastas de té rizadas con guindas confitadas y almendras dulces.
Justo en el centro, estaba la enorme tetera cristalina hasta arriba de un té que desprendía un agradable olor a menta, con hierbas machacadas flotando sobre el borde del recipiente.
Debido a que nuestra confianza en ellos había aumentado considerablemente desde que nos hospedábamos aquí, no habíamos tardado en servirnos algunas tazas de aquel líquido y en mordisquear la comida.
La sonrisa orgullosa de Evelyn cuando la felicitamos por el desayuno aún permanecía en sus labios, aunque ella había asegurado que todo era mérito de Clarén.
Si era sincera, me daba igual quien lo hiciera, mientras siguieran haciéndolo.
El duque nos había citado un día antes, justo en la cena tras aquella pelea de nieve, para poder desayunar mientras hablábamos sobre nuestra misión en el gran castillo de las montañas.
Esta vez, todos estábamos allí congregados, menos Asterin, quien había decidido mantenerse en la cama descansando como solía hacer desde que habíamos llegado a Sindorya .
Asha estaba sentada junto a su padre, justo al otro lado del gran escritorio y entre sus dedos tenía un frasco cerrado herméticamente del que no había dicho ni una sola palabra; sin embargo, se veía claramente el líquido morado que contenía.
No me hacía falta preguntar para saber que aquello era una pócima.
¿Para qué? No lo sabía. Aunque apenas tardé en averiguarlo cuando Asha se aclaró la garganta y empezó a hablar:
—Si os hemos citado aquí en el despacho de mi padre ha sido para hablar de un tema muy delicado.
En consecuencia, no podemos confiar en que todos guardarán silencio tan solo por la lealtad que prometen guardarle a sus amigos.
—Ella nos repasó con la mirada. Para mi sorpresa, miró a todos con desconfianza menos a mí —.
Alguien ha avisado a Eris de que su hermana está aquí.
Por supuesto, mi padre lo ha negado todo, pero ella misma vendrá mañana a primera hora a corroborarlo.
Yo arrugué el ceño, mirando involuntariamente a mis compañeros. Aunque no era la única que lo hacía, ya que todos habían empezado a mirarse entre ellos. Pero no tenía sentido…Ninguno tenía motivos para delatarme. Al menos, ninguno que estuviera en mi mismo lado de la mesa.
Miré con fijeza a la mujer de largas trenzas —: ¿Crees que mis amigos me han delatado? Sino recuerdo mal, la semana pasada tu padre nos confesó que el plan era…
—Mejor guarda silencio, Éire —me interrumpió el duque. Yo, casi inmediatamente, me puse a la defensiva; sin embargo, no me dio tiempo a defenderme cuando él continuó —: Deja que tus compañeros, si tanto confías en ellos, beban de esta elaboración, ya que yo no he hecho nada.
Arrugué aún más el ceño. ¿Cómo que él…? ¿Cómo que no había hecho nada?
Si él no había delatado a nadie, ninguno de mis compañeros podrían haberlo hecho.
Evelyn y yo teníamos un trato que nos ataba de por vida y ella misma moriría si la atrapaban.
Audry y Lucca eran como mis hermanos. Y Keelan…
Ni siquiera lo planteaba como sospechoso.
—¿Quieres que bebamos de algo que no sabemos ni lo que es? ¿Qué acatemos tu orden después de llamarnos abiertamente traidores? —masculló Keelan, echándole una mirada al duque que hubiera hecho temblar a cualquier otro.
En cambio, el duque no se amedrentó, ni su hija tampoco. Asha entrecerró sus ojos en dirección al príncipe mientras le respondía:
—Si no tienes nada que perder, no veo porqué no lo harías.
Él le mantuvo la mirada.
—¿Qué es?
—Una pócima de la verdad —confesó, apretando con aún más fuerza el frasco entre sus manos —. Tan solo queremos saber que la legítima heredera está segura bajo nuestro techo. Y sobretodo, que todo acontecerá como debe.
Yo bufé.
—Esto es absurdo. Sé que nadie de aquí me traicionaría —afirmé con seguridad. Y era cierto. Sabía que ninguno de los que estaban allí me dañarían de un modo u otro —. Podría jurarlo con mi vida.
El duque asintió.
—Bien. Entonces supongo que nadie tiene ningún problema en decir la verdad, ¿cierto?
—preguntó, repasando con la mirada a todas las personas que nos congregábamos en su despacho.
Parecía analizar a cada uno de sus huéspedes y ya ni siquiera lo disfrazaba de cortesía, ahora dejaba ver deliberadamente que no confiaba en ninguno.
Compartí una mirada con Lucca, quien asintió sin miedo alguno y aceptó tomar un sorbo de aquella pócima de la verdad.
En cambio, Audry, a su lado, parecía ligeramente encogido sobre su asiento, aunque también asintió.
Evelyn no se movió ni un palmo, tan solo parecía totalmente paralizada mientras miraba con alarma a Keelan.
Y el príncipe…Él parecía enfadado. Abiertamente enfadado mientras miraba fijamente a nuestros anfitriones.
Parecía ser el que más seguro estaba de que ninguno de allí era un traidor.
Y yo…que era la que conocía mejor a todos los de allí —menos a la princesa —podía asegurar que no estaba ni de cerca igual de segura que él. Porque yo sí había empezado a desconfiar de mis compañeros de viaje.
Incluso del príncipe.
Aclaré mi garganta, luchando con los nervios que se retorcían en mi estómago y miré a Asha mientras asentía imperceptiblemente y le decía —: Creo que…sí que será lo mejor.
Por favor, que ninguno me estuviese engañando. Por favor. Por favor. Por favor.
—¿Qué? —inquirió Keelan, echándome una mirada indignada —. ¿Desconfías de nosotros? ¿Pretendes que nos tomemos una pócima hecha por esta mujer a la que ni siquiera conocemos lo suficiente? ¿Cómo sabes que no es ella la traidora?
Tomé una bocanada de aire y sentí como mis manos temblaban ligeramente. De veras que quería confiar en ellos…pero no podía. Había algo en mí que me gritaba fervientemente que algo no encajaba.
Que tal vez sí que teníamos que plantearnos la opción de tener un traidor entre nosotros.
—¿Por qué iban a envenenaros y a dejarme a mí con vida?
—¡Éire, piensa! Podrían perfectamente matarnos a todos para entregarte a Eris sin que nadie luchase por ti.
Entrecerré los ojos.
—¡Eso no tiene sentido! ¿Para qué iban a apoyar la causa de Eris cuando ella no apoya la magia y ellos son hechiceros?
—¿Y quien te ha dicho que ella no apoya la magia? Mm, cierto: ¡ellos! —exclamó, señalando directamente al duque frente a él. Sus ojos brillaban fieramente mientras me miraba, desconcertado, como si hubiera esperado esto de cualquier persona menos de mí.
—¡Está bien! ¡Pues vete y no te tomes nada! ¡No entiendo porqué sigues aquí si desconfías tanto de nuestros anfitriones!
—De hecho, no sé si has sido informada, pero Keelan partirá mañana hacia la capital sureña. La reina regente Miriela ha respondido a su carta esta misma mañana —intervino el duque. Asha le echó una mirada confusa a su padre, como si ella tampoco hubiera sido a avisada de aquello.
Me apreté aún más contra mi asiento, clavando mis uñas rotas en la silla de madera. ¿Keelan se iría mañana? No, pero…No. No, no. El miedo latió con urgencia en mi pecho, justo donde debería haber estado mi corazón y sentí como un nudo apretaba mi garganta y me incapacitaba para poder hablar.
—Se lo iba a decir luego, aunque gracias por adelantarte — le rugió el príncipe al duque. Pese a eso, mi mente solo estaba enfocada en una cosa: Keelan se iría. Mañana vería a Eris. Pronto tendría que matarla. Pronto sería reina.
No, no, no. Sentí como mis ojos se aguaban.
Y sabía que aquello era una realidad que debería haber asimilado hacía tiempo, pero lo cierto era que no estaba para nada asimilado.
Porque yo…no podía perder a más gente que me importaba.
No estaba dispuesta a que volviera a pasar.
Y, sin embargo, yo misma había dejado que pasase.
Sentí la mano de Keelan sobre la mía, aunque en cuanto elevé mi rostro y vi sus ojos ámbares posados con preocupación sobre los míos, aparté la mano de sopetón.
—¿Por qué no te vas a preparar el equipaje?
—le ladré. Entonces, vi como todos los demás aún seguían mirándonos fijamente, como observaban aquella lágrima que había rodado por mi pómulo y la vergüenza no tardó en empaparme como la nieve derretida ayer —.
¿Por qué no os vais todos? No tendréis que tomar ninguna maldita pócima si no escucháis nada.
—Éire, ¿estás…?
—¡No, no estoy de ninguna forma! —interrumpí a quien sea que hubiera dicho eso.
No supe si fue Keelan, Audry o Lucca, pero tampoco me importó demasiado.
Si ninguno era capaz de tomar aquella pócima sin rechistar, entonces tal vez no podía confiar en ninguno —.
Estoy perfectamente bien. Tan solo quiero hablar a solas con el duque y su hija.
Aunque, obviamente, si pensáis que me matarán, podéis hacer por turnos guardias justo en la puerta.
Aún me encontraba temblorosa en la silla cuando escuché como la puerta se abría y cada una de las personas iban saliendo por ella. Keelan me lanzó una última mirada cálida antes de marcharse y Audry apretó mi hombro ligeramente para finalmente murmurar en mi oído:
—Estaré en mi habitación.
Aquel dato hubiera estado mejor si supiera dónde estaba su habitación.
Pasaron unos cuantos segundos y no me atreví a mirar a las dos personas que estaban en el escritorio frente a mí.
Ahora mismo parecería una joven débil y con un corazón roto, llorando desconsolada porque mi príncipe me abandonaba.
Pero no era así…Me dolía aún más el pensar que él podía ser el traidor.
Y no sabía siquiera porqué desconfiaba de él. No debía hacerlo. Pero si aquello que decía el duque era verdad, me costaba pensar que su reacción precipitada había sido tan solo casualidad.
—¿Sabéis qué? A la mierda —mascullé, arrebatándole el frasco a Asha y destapando el corcho que lo cerraba.
Su olor era almizclado, como un buen vino dulce y no tardé en darle un buen trago.
Sorprendentemente, estaba bueno. Sabía a moras, a uvas y a frutas extrañamente exóticas, bailando en tu paladar con un sabor fresco y ligero.
Finalmente, me tragué el bote entero, para dejarlo sobre la mesa mientras hipaba.
—Ni siquiera sé porqué he hecho eso. —Me encogí de hombros —. Por si dudáis de mí o algo.
Asha soltó una exclamación, aunque el duque arqueó una ceja poco sorprendida en mi dirección. Al parecer, este tiempo le había servido para descubrir que era estúpida e imprudente. Estúpidamente imprudente, o al revés, como quedase mejor.
Sí, imprudentemente estúpida sonaba mucho mejor.
—¡Éire! La pócima de la verdad sólo puede beberse en pequeños sorbos.
Su costo son efectos secundarios muy notorios: desde hipersomnia hasta grandes sarpullidos, alucinaciones y mareos.
—Asha tomó aquel frasco de nuevo, ojeando el trago violáceo que quedaba y ocultándolo bajo la falda de su vestido de muselina.
—Vaya —dije yo, encogiéndome de hombros. Eso no sonaba demasiado mal.
—Bueno, ¿crees que te encuentras bien como para escuchar el plan? —intervino el duque, echándome una mirada evaluadora.
—Si te soy sincera, no veo mejor momento para centrarnos en eso.
Así que empezó a contármelo.
Mañana debía de madrugar más de lo debido para tomarme a tiempo una elaboración hecha con la magia de Asha, la cual me mantendría en contacto con ella para saber en qué momento ellos nos estarían esperando fuera del castillo, en caso de que el plan no acabara bien.
El duque me entregó el sobre donde debía de estar la última voluntad de Eris, el cual, según palabras textuales, debía cuidar tanto como a mi propia vida.
Me enseñaron un esbozo del castillo de las montañas, donde se dibujaban con carboncillos las habitaciones de aquel enorme castillo y cada una de las salas, escaleras y plantas.
También estaban señalados algunos puntos estratégicos donde unas escaleras conectaban con túneles subterráneos y terminaban en quién sabía donde.
El duque señaló uno de aquellos pasadizos.
—La biblioteca real tiene un pasadizo secreto que conecta con el sistema de alcantarillado. Asha os estará esperando justo allí. Procura localizarlo días antes y cuando estés lista, tan solo abre este bote y déjalo cerca de los guardias que protejan la habitación de Eris.
Asha dejó frente a mí otro redondo frasco de vidrio verde, que no parecía contener nada además de humo enfrascado. Ni siquiera quise preguntar qué era. Mientras que a mí no me afectara me daba más bien igual
—Una pregunta sencilla: ¿cómo haré para meter dentro del castillo un sobre con la letra calcada de la reina y una pócima mortífera que matará a sus guardias? Solo por preguntar, claro.
El duque chasqueó la lengua.
—No los matará, solo los dejará inconscientes un par de horas. Respecto a lo otro…, eso es problema tuyo, Éire. Utiliza tu magia, tus atributos o lo que quieras, pero hazlos pasar.
—De acuerdo. —Asentí, tomando aquellas cosas entre mis brazos —. Si todo sale bien, les pondré a algunas monedas vuestras caras. Por supuesto, será solo a las de cobre