CAPÍTULO XXXVIII
—Sentaos y bebed un poco de té. Ahora mismo, todos necesitamos un respiro. —El duque nos miró significativamente desde la enorme silla acolchada de su despacho. Las tacitas de marfil sobre el tapete estaban hasta arriba de un líquido extrañamente negro —. Sobretodo vosotros.
Preferí apartar brevemente la mirada mientras me sentaba frente a él. Keelan, sin embargo, se quedó de pie ojeando aquel té con desconfianza. El duque tuvo que verlo, pero aún así no dijo ni una palabra.
No sobre aquello, al menos.
—Antes que nada, sé que no es nada honorable por mi parte hablar de política después de la noche que habéis pasado.
Sé de primera mano, además, que no habéis comido ni pegado ojo.
Pero, me temo, que los soldados de Eris habrán sido informados del ataque y probablemente venga ella personalmente a darle el pésame a los familiares de los caídos.
Por esto mismo, nos arriesgamos a que os siga el rastro hasta mi casa y necesitamos hablar en caso de que esto ocurra.
—¿Ella misma les dará el pésame? —preguntó Keelan, ceñudo.
El duque asintió.
—En este tiempo Eris ha afianzado estrechos vínculos con el pueblo.
Los nobles han sido informados de su parentesco con el fallecido Rauthier Güillemort, que en paz descanse y el pueblo la adora desde que contó con el beneplácito de los sacerdotes de Iriam.
Por esto mismo, tenemos que tener claro que al ascender al trono no tendrás apoyo, Éire.
No solo porque la gente adora a Eris, sino porque nadie estará de acuerdo con la idea de salvarle la vida a los monstruos.
—Pero tendremos un ejército de nuestra parte.
El que formemos con parte del ejército de Zabia y Aherian —repliqué yo.
Nunca había estado al día con la política, las estrategias o las finanzas y ahora se pretendía que yo intentase tomar un trono.
Sin duda, algo que resultaría jodidamente catastrófico.
—Da igual, Éire, tienes que entender que si el pueblo no está de tu lado nunca mantendrás un reinado por mucho tiempo.
Eso solo resultará en protestas, conspiraciones contra ti, vandalismo, guerras civiles y finalmente tu cabeza rodará a manos del pueblo —me explicó Keelan, echándome una mirada de advertencia.
Y mientras ellos compartían algunas ideas, yo simplemente pensaba en que no podía hacer que un reino entero me amara cuando ni siquiera solía caerle bien a la gente. Y la única alternativa a eso era tomar Iriam por la fuerza, hacer que se sometieran a mí…Ser temida.
¿Y merecía la pena todo eso? Sobretodo teniendo en cuenta que Eris parecía ser una buena reina. Yo quería mi venganza y la obtendría de una forma u otra…, pero tomar todo un reino por aquello era algo muy distinto.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —pregunté yo de sopetón, interrumpiéndoles. Alterné mi mirada entre ambos. Porque, si era sincera, me daba igual de quién viniese la ayuda.
—Mi hija es más bien extremista. Ella está de acuerdo con la idea de masacrar Iriam, de tomar la corona justo como tú…
, pero yo soy más bien sutil. Creo que hay otras formas mucho más inteligentes para ascender.
Con mucha más probabilidad de éxito, también —repuso el duque, dándole un modesto sorbo a aquel té que aún parecía extremadamente caliente.
Aún así, él no pareció notarlo cuando continuó —: Os atraparán, es cuestión de tiempo que lo hagan y, de hecho, permitiremos que lo hagan.
Conozco a Eris muy bien y puedo aseguraros que preferirá teneros como invitados y barajar las cartas de la mejor manera.
No os encarcelará. Al menos, no los primeros días.
Hice una mueca e instintivamente acerqué mi mano a donde antes se encontraba mi daga. Keelan tampoco pareció muy receptivo mientras miraba al hombre de espesos rizos.
—¿Pretendes que nos… dejemos atrapar por una mujer que desea más que nada verme muerta? —rugí. Tan solo me faltó sacarle los dientes para parecer completamente salvaje.
El duque me miró por encima del fino borde de la taza.
—Éire, no te matará, créeme. A ninguno. Tan solo juguemos en su terreno, dejemos que ella piense que está todo hecho. Entonces, simplemente esperad a que llegue una noche y acabad con el problema desde dentro. De raíz.
—Por supuesto no será nada sospechoso que días después de entrar en su castillo la reina aparezca muerta. —Keelan se cruzó de brazos, pareciendo ácidamente divertido.
El duque chasqueó la lengua.
—Acabaríais sin cabeza esa misma noche. Eso es muy cierto. Pero para eso estamos aquí, hablando, planeando cómo acabaremos con la reina.
—¿Y tienes alguna idea? No nos vendrían nada mal —resoplé, apoyando mis antebrazos en aquella mesa. El tapete de encaje color turmalina azul relucía bajo los rayos que empezaban a serpentear desde los grandes ventanales.
—Lo único que se me ocurre es que su muerte parezca un suicidio. Pero necesitaríamos acceder a su habitación sin que parezca sospechoso —nos dijo el príncipe, aunque solo notaba su mirada en mi asiento.
—De hecho, eso es fácil de conseguir teniendo como aliado a un elaborador. —Tras aquellas palabras, casi pude guiñarle un ojo a Keelan. Si era sincera, el trabajo en equipo podía llegar a ser muy caliente. Alentador, sin duda.
—Bien. Me gusta la idea —nos concedió el duque —. Yo mismo escribiré la carta calcando la caligrafía y firma de la reina. Su última voluntad, por supuesto, será cederle el trono a su querida hermana perdida: Éire Güillemort Gwen.
—Desde luego es dramático. La gente se aguará los ojos escuchando la trágica historia de las mellizas perdidas. —Y era cierto. Casi podía ver a las gentes de Iriam llorando a moco tendido por su reina caída y por la relación que no había podido estrechar con su hermana .
E incluso a mí me daban algo de pena.
—¿Y por qué no lo haces tú mismo si es tan sencillo acabar con la reina? —inquirió Keelan.
El duque desvió la mirada. Tan solo fue durante un efímero instante, pero ambos nos dimos cuenta de aquello. Y no me hacía falta ser una experta en lenguaje corporal para saber que ese gesto significaba que ocultaba algo.
—Porque yo no soy hijo del último rey de Iriam. —Su voz aparentó ser segura, pero tras ella había una vacilación. Como sino supiese exactamente qué responder ante aquello. Y, aunque su respuesta pudo tener sentido, no era aquel el motivo. Los tres lo sabíamos.
—O porque buscas un títere que acate tus órdenes desde el trono.
Alguien con mi don que pueda mantener con vida a esos monstruos.
Algo que tú no puedes, ¿verdad, duque? ¿O me equivoco?
—pregunté, cortante. Mi tono era afilado y el hombre de abundantes rizos no se desconcertó por ello.
Desde el principio ambos sabíamos que yo no me iba a molestar en ser cortés como él lo había sido.
Entonces, su mirada brilló con ligeros dejes de recelo.
—No te equivocas, Éire Güillemort. Es exactamente lo que necesito. Pero ambos compartimos intereses comunes, ¿cierto? Yo te mantendré en ese trono siempre que tú permitas que la magia perdure.
—Pero las criaturas Razha se están quedando sin alimento. Pronto atacarán poblados como ha pasado esta misma noche con Sindorya. Pronto atravesarán cada frontera y masacrarán reinos enteros —replicó Keelan.
El duque entrecerró los ojos, mirando un punto por encima de mi hombro. Mirando al hombre tras de mí. Y no me hacía falta girarme para saber que los ojos del príncipe ahora mismo distaban mucho de la cordialidad.
—Las criaturas Razha, en ese caso, merecerán la misma sentencia que una persona común: la muerte. Yo lo único que pido es que no se exterminen. Ni a ellas ni a las personas que comparten la mitad de su cuerpo.
Los farscantés. Se refería a aquellas personas que compartían el gen razha con las criaturas de Gregdow. Personas como su hija y su nieto.
—Pero morirán de hambre. Ya no quedan apenas animales en el bosque.
No los suficientes como para alimentar a todos los monstruos que quedan.
Al final, todos ellos acabarán buscando alimento en otro sitio —intervine.
Desde el principio aquello me había parecido absurdo: arriesgar su posición, su vida y la de su familia para que yo ascendiera al trono.
Todo por los monstruos. Por los mismos monstruos que morirían a manos de un enemigo pocas veces vencido: el hambre.
¿Por qué echar a Eris del trono? ¿Por qué arriesgarse tanto para que todo acabase con el mismo final?
Los monstruos iban a morir. Y aquello era una realidad.
—Ambos sabemos que hay una solución para eso. Otra cosa es que ahora no estés dispuesta a verla. O a contársela a tu príncipe siquiera. —Sus facciones se arrugaron con una malicia que antes no había percibido en él —. Pero, como soberana, tú también deberás hacer sacrificios.
¿Una solución para eso? ¿De qué solución…?
Entonces entorné los ojos. Sabía a qué se refería. A aquello que había pasado en la aldea con el scrantés, mientras alimentaba su corazón con mi magia. Mientras lo fortalecía.
Pero aquello implicaba dejar ir parte de mi magia. Auto sabotearme. Arriesgarme a morir.
Porque una criatura era una cosa…pero todo el bosque era algo muy distinto.
No sabía si yo sola iba a poder hacer aquello.
No sin sacrificar mi vida al completo. Pero, mientras miraba a ese hombre de hito en hito, sabía que eso le daba más bien igual.
Él esperaría que lo hiciese, pusiese en riesgo mi integridad física o no.
Ese era mi pago por su ayuda. Ni más ni menos que el riesgo de perder mi vida.
—Bien. Entonces tenemos un plan. Pero sigo sin ver claro el hecho de dejarnos atrapar, sinceramente —interrumpió Keelan el hilo de mis pensamientos, pasando sus manos por la madera de mi silla. Tragué saliva duramente, sintiendo como sus dedos rozaban mi nuca.
Y, antes de que el duque pudiese contestar, Keelan pareció reparar en algo, ya que sus manos se pararon en seco e interrogó con voz firme:
—¿Y cómo conseguiréis su firma y su caligrafía, duque? ¿Acaso compartís cartas con ella?
El hombre sentado en la gran silla tragó saliva duramente. Yo sabía el porqué. Asha misma me lo había dicho. Pero dudaba que el duque nos lo confesase sin más.
—Confiad en mí. Es lo único que puedo decir para asegurarme de que no os mentiré. Ahora, si os parece bien, creo que es momento de que descanséis y comáis algo.
Y no pudimos replicar, porque como un reloj la puerta del despacho se abrió, obligándonos silenciosamente a irnos.
Más concretamente, la abrió una mujer de cabello rizado y rubio que caía por debajo de sus muslos.
Ella nos miraba fijamente, esperando que saliéramos.
Y, al final, no tuvimos otra opción que hacerlo.
Aunque, antes de irnos, el duque dijo a nuestras espaldas:
—¡Ah! Por cierto, mi más sincero agradecimiento por haber salvado a Sindorya. Algo grotesca la muerte de aquel scrantés, pero está bien. Seréis unos buenos reyes.
Ambos nos tensamos automáticamente. ¿Reyes? Ajá, ni siquiera habíamos hablado de algo serio y este hombre estaba insinuando un matrimonio. No supe cómo tomarme aquello, si como una creencia real del duque o como algo que había sonado demasiado condescendiente.
De cualquier forma, ninguno replicó y preferimos irnos de allí. No pude evitar reparar en que, mientras cruzaba miradas con aquella mujer rubia, me sonaba de algo. En un principio, mientras las puertas de cerraban y las bisagras apenas hacían chasquidos, no supe a qué enlazar aquella sensación.
Hasta que, tras unos instantes, me percaté de aquel mismo vestido de seda, de aquellos pies descalzos y lechosos que acompañaron a Cade hasta aquella habitación.
Era la misma criada. La misma con la que me había topado un par de veces.
Además de ella, solo recordaba haber visto a aquella cocinera regordeta.
Y a otra doncella, quizá. No estaba segura.
Pero…aquello no tenía sentido. ¿Tres personas encargadas de la casa de un noble? ¿Ni un solo soldado? De hecho, el duque ni siquiera me había ofrecido un ejército para marchar contra Eris .
Aquello era extraño. Y sospechoso. Tal vez demasiado sospechoso.
Todo había sido demasiado sospechoso.
Aunque no tuve demasiado tiempo para pensar en ello.
De repente, alguien zarandeó mi brazo y me estampó contra la barandilla de la gran escalera.
Por un momento, casi sentí que caía hacia abajo y pude prever el duro golpe contra el suelo.
Pero no fue el caso. En cambio, la madera se clavó en mi espalda baja y unas manos se cerraron en mis caderas.
Ahogué un jadeo peligrosamente cerca de los labios de Keelan.
—Voy a arrancarte la lengua por esto, hijo de Symond.
Y su aliento se mezcló con el mío. Cítricos extremadamente afrodisiacos para mí. Un poco de menta. Y algo metálico, algo pesado…
Sangre.
—Creo que sé muchas otras cosas que podría intentar con mi lengua. —Su mirada chocó contra la mía. La fuerza con la que me miraba, desnudándome lentamente con la vista, fue abrumadora —. Si no me la arrancas, claro.
Casi pude haber balbuceado en ese momento.
Si había algo que me gustaba, eran las garras y los dientes.
No en sentido literal, obviamente. Y, aunque en este caso bien era cierto, no me refería a eso en ese sentido.
Más bien era…el hecho de alguien que me pusiera en el límite, que me sostuviese allí y me demostrase que tal vez no podía tenerlo todo bajo control.
Alguien que me retara.
—Podríamos hacer una excepción, por supuesto. Hoy, casualmente, me encuentro de muy buen humor.
Él sonrió. Su sonrisa era siempre de oreja a oreja, sincera, transparente. Preciosa.
Entonces, entrelazó una mano con la mía.
—Luego tendremos que hablar de Eris, ¿de acuerdo?
Yo refunfuñé.
—Que forma tan rápida de arruinarlo todo.
—Déjame terminar —repuso. Su tacto ya no era tan gélido contra mis dedos —. Luego lo haremos, pero merecemos un descanso. Y, de camino hacia aquí, he improvisado una sorpresa que quizá será lo suficientemente buena como para hacer que nos despejemos un rato. Tan solo uno.
Pasé mi lengua por mi labio inferior. Sus labios eran pálidos, pero parecían suaves al tacto pese al frío que hacía. No estaban resquebrajados ni mucho menos. Y sentí el impulso de trazar su arco superior con mi dedo.
—Estás hablando con la reina de las vagas, Keelan Gragbeam. Podría quedarme todo el día durmiendo y comiendo sin volver a hablar ni una sola vez de Eris.
—Pensé que tenías el sueño ligero.
Esbocé una sonrisa.
—Y lo tengo…, pero solo cuando desconfío de la persona con la que duermo.
Su mirada relució casi instantáneamente. Y entonces su mano se apretó aún más contra la mía.
—Entonces sígueme.