Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO XXXII #2
58%

CAPÍTULO XXXII #2

—Entonces, ¿cuál es el menú de esta noche?

—le pregunté, limpiando sutilmente los trazos de tierra húmeda de mis dedos que no habían salido con aquel paño, un jarrón de agua y el lavamanos.

De cualquier forma, si hubiera tenido que esperar que Keelan y Éire saliesen de aquella terma privada, me quedaría bañada en suciedad todo el día.

La cocinera se movió nerviosamente entre los fogones y se acercó a tomar uno de los tantos trozos de masa dulce que se desperdigaban por la cocina.

—Estaba ideando el postre. No sabia si hacer la tartaleta con esencia de vainilla y migajas de galletas o con chocolate salado y frambuesas.

Tomé un trozo de aquella masa, acercando el molde y poniendo papel de pergamino sobre el.

Solté un sonido de satisfacción, bastante parecido a un ronroneo.

Aquella masa era espectacular. Las tazas de harina muy bien pesadas, sin demasiada mantequilla, yemas de huevo perfectamente coladas…

Y una pizca de sal y de azúcar quizá también.

—Mm, ¿chocolate salado? Nunca lo he probado.

Ella me dedicó una sonrisa deslumbrante.

—¡Dioses, te encantará! Aunque el caramelo salado es aún mejor.

Tienes que probarlo…¡Mañana mismo, podría ser!

Para no ser demasiado repetitivas, haremos hoy la tartaleta de vainilla.

—Ella asintió, convenciéndose a sí misma de aquello —.

Machaca esas galletas de ahí mismo. Las horneé esta misma tarde, así que deben de estar tibias aún.

Después, mézclalas en un cazo junto con la mantequilla.

Iré haciendo el relleno de vainilla mientras.

Aunque tal vez me arriesgue y le añada algo de…

—¿Queso? —interrumpí yo, aplastando las galletas con aquel mortero. Sobre aquel ruido, pude escuchar el sonido complacido de Clarén por haber pensado en lo mismo que ella.

—Sí, exactamente. Quedará cremosa pero con sabor.

Entonces no nos hará falta esto —dijo, tomando la masa dulce y echándola a uno de los cubos.

Casi pude decir que me dolió, pero ella pareció indiferente —Ahora batiré el huevo junto con la vainilla y el azúcar.

Tras eso, añadiré el queso. ¡Va a quedar espléndida!

Podríamos hacerle decoraciones…Dejar las migajas de forma estratégica para que parezcan pimpollos sobre la nieve —Me echó una mirada brillante.

Como si fuese lo más emocionante que hubiese hecho en su vida, pese a que parecía llevarse la mayor parte de ella cocinando —. Esto estará listo en un periquete.

Tras eso, fue un largo rato en el que pasamos la espátula por el queso, lo batimos junto con la mezcla de Clarén había hecho con el azúcar, el huevo y la esencia de vainilla.

Lo dejamos caer en el molde que yo antes había preparado, dejando que un poco de mantequilla fundida resbalase sobre el papel de pergamino y no tardamos en hornearlo.

Al principio, fue algo incómodo, mientras ella guardaba silencio y yo intentaba sacar temas de conversación. Pero, mediante pasaba el tiempo, Clarén cada vez seguía con más destreza el hilo.

Me preguntaba algunas cosas de mi corte y yo curioseaba sobre su vida aquí.

De cualquier forma, parecía más bien reservada y tan solo había podido averiguar que tenía quince años y una altura desproporcionada para su edad.

Además de eso, solo sabía que no podía acompañarme al exterior por algún extraño motivo y que ella había sido rescatada por el duque.

Según sus palabras textuales: “ Le debo mi vida al señor. Él me salvó de la muerte en las calles.”

Miré a mi alrededor y aunque quise concentrarme en el agradable olor de la cremosa tarta que estaba esperándonos en el horno, solo olía aquellas tripas, aquellos platos descomponiéndose, la carne pudriéndose…

Me aclaré la garganta y le dije —: ¿Me ayudas a recoger las cosas en mal estado? No creo que sea demasiado salubre tenerlas aquí. Y, desde luego, no hacen más que cerrarte el apetito .

—Por supuesto. Claro que sí. Así estarán listos los cubos para cuando vengan Danielle y Klarissa.

Eché todo el contenido de uno de aquellos platos en un cubo vacío.

—¿Danielle y Klarissa? ¿Alguna de ellas es rubia? Tal vez me las he encontrado.

Clarén soltó una risa, como si aquello fuese alguna extraña broma que yo no entendía.

—Son las dos únicas damas que trabajan para el señor. Además de mí, claro.

Arrugué el ceño. ¿Cómo podrían solo dos damas mantener una casa así de enorme? ¿Cómo…?

Iba a decirlo en voz alta, pero la puerta de la cocina se abrió de golpe.

—¿Éire? ¿Keelan? ¿Puedo ayudaros en algo? —pregunté, entrañada. La hechicera arrugó la nariz, asqueada mientras miraba alrededor. Keelan me miró, confuso y lo pareció aún más cuando vio mis manos llenas de sangre y vísceras de pescado, masa dulce y yema de huevo.

—Desde luego que en esas condiciones no —dijo Éire, cruzándose de brazos. Ni siquiera miró a Clarén —. Vamos a ir a conocer la aldea. ¿Vienes con nosotros o prefieres…hacer lo que sea que estés haciendo?

Yo miré a la joven sobre mi hombro, casi como si estuviera pidiéndole permiso. Y es que, si era sincera, me parecía descortés abandonarla en este momento.

Además, yo nunca había conocido una aldea. Nada más allá que la capital de Aherian y pocas veces había caminado fuera de los jardines de palacio.

—No sé si es…

—¡Claro que quiere! —me interrumpió Clarén, echándome una mirada significativa.

Yo solté un suspiro y dejé el plato que estaba limpiando sobre la encimera.

—Necesitaría limpiarme las manos y…

—La cara. La tienes llena de cosas para cocinar —me interrumpió la mujer castaña. Keelan miró mal a Éire y ella se encogió de hombros .

Asentí y le eché una última mirada a Clarén.

—Guárdame un trozo para mí. ¿Podrás?

La cocinera asintió. Tras eso, me fui de la baja planta junto con Keelan y Éire y me dispuse a limpiar con cepillos mis manos hasta que mi piel estuvo rosada.

Porque iba a conocer una aldea.

Y yo…nunca había conocido una.

¿Cómo era una aldea?