CAPÍTULO XXVI #2
Y después de eso…Libertad. Tal vez retirarme a un lugar oscuro y muy muy lejano donde poder lamer mis heridas tranquilamente. Donde recopilar cada trocito de mi corazón partido. Donde intentaría pegar las piezas con no más que mi sangre, saliva y sudor.
De cualquier forma, esta era la situación y no había mucho más que pensar al respecto. Pese a eso, mi cerebro estaba empeñado en hacerlo, auto saboteándome cada día, a cada hora, cada vez que se presentaba la oportunidad.
Algunas veces, mientras los demás comían en un silencio poco interrumpido, o me perdía en el sonido de la grava contra el carro con no más que mis demonios como compañeros, pensaba en lo que me había dicho Asha:
“Yo creo que también lo haces por esos hechiceros, por los monstruos, por cada persona que sufrirá por la llegada de Eris.”
Lo pensaba una y otra vez. Aquellas palabras bailaban en mi mente y se habían marcado con un ardiente atizador después de tocar las llamas de una chimenea.
Porque…era cierto. En cierto modo, había tenido razón.
No lo había pensado hasta ahora porque la muerte de mi madre lo había acaparado todo, como una enorme nube negra que te impedía con sus tentáculos discernir tu alrededor.
Pero cuando la duda de si podía ser cierto surgió en mi…empecé a darle aún más y más vueltas.
¿ Podrá ser cierto? Me preguntaba en mi fuero interno reiterativamente, como un cuento sempiterno, como un cántico interminable.
Pero no tenía respuesta. Al menos, no una del todo sincera.
Aunque, después de pensarlo durante tantas horas, lo único que había pasado había sido eso: que lo había imaginado.
Había imaginado a aquellos hechiceros, sus historias, sus familias…La forma en la que esto nos hubiera afectado a mi madre y a mí. La forma en la que hubiera afectado a Keelan si sus padres siguieran vivos y la forma en la que le afectaría.
Y Ojitos…No quería pensar en perderlo, pero sino detenía a Eris, él sería tan perseguido como nosotros. De cualquier forma, yo aún parecía dubitativa a la hora de sentir empatía hacia las otras criaturas y aunque Ojitos fuera una de ellas, para mí no era lo mismo.
Porque él también era mi compañero de viaje. Y me negaba firmemente a perder alguno más.
—¿Primera guardia? —me preguntó Audry, sentándose a mi lado. Solté un bufido y aplasté mis dedos mientras me estiraba. Consecuentemente, estos crujieron.
—Sí —respondí —. ¿Tú tienes la segunda?
Me sonrió burlonamente.
—Si me considera apto para ello.
—No del todo, pero aceptable, pequeño cobarde espadachín. —Me encogí de hombros y asentí hacia Asterin, Lucca y Evelyn, quiénes estaban sentados en la parte trasera del carro, dejando caer sus piernas fuera de él —. Teniendo en cuenta a las otras opciones, supongo que entenderás el porqué.
Asha, Keelan, Audry y yo nos habíamos dividido la noche.
Teníamos que vigilar atentamente el carro, no solo por las criaturas que irrumpiesen en la vereda, si no por los guardias, caza recompensas, bandidos o aldeanos que cruzasen por aquí y viesen alguno de nuestros rostros. Entonces, Keelan, Audry y yo estaríamos condenados.
Así que, sí, teniendo en cuenta que dormir no era muy agradable últimamente para mí, no me quejaba de aquellos hechos.
—¿Qué harás cuando lleguemos a Iriam? —le pregunté. Él entrecerró los ojos imperceptiblemente. Pareció vacilante, aunque ni siquiera se lo pensó cuando respondió.
—Te acompañaré. Me quedaré allí hasta que todo termine.
Entrenaré mientras tanto en las tierras del ducado de Cyrus Minceust y después de eso iré hacia Zabia.
—Sus ojos relucieron ligeramente, emocionados y yo esbocé una sonrisa en consecuencia —.
Keelan me ha prometido que haré el juramento entonces.
Yo posé mi mano sobre la suya y sentí la calidez de su palma contra la mía mientras entrelazábamos los dedos. Audry me miró y su mirada chispeó con cariño.
Aquel sentimiento de atracción, aquel flechazo estúpido que lo había apabullado antes de Aherian, había desaparecido. Y, en su lugar, dejó un amor familiar que era mucho más profundo que eso .
—Estoy tan orgullosa de ver tu progreso, Audry.
—Él tragó saliva duramente y pude ver cómo contenía las lágrimas a duras penas —.
Ventín estaría orgulloso de ti. Y seguro que no se arrepentiría de haberte alimentado mientras los otros te daban la espalda.
Porque servirás a un reino, Audry. Salvarás vidas.
Y, si me permites decir una palabra que no estaría en mi léxico habitual, eso es honorable.
Él apretó ligeramente su palma contra la mía.
—Yo también estoy orgulloso de ver el tuyo.
Solté una risa baja.
¿Mi progreso? Vaya, podríamos hacer una gráfica de cómo mi vida había ido dando tumbos y rigiéndose por altibajos mucho más drásticos que los de las otras personas.
Aún así, podía entender a lo qué se refería:
Ya no era una niña que quería salvar a su madre y que se limitaba a dar su vida por y para lo que consideraba que era el amor . Ahora estaba entendiendo cada sentimiento sano, entendiendo qué era lo que me dañaba y teniendo una motivación que empezaba a descubrir más allá de la venganza.
Sería lento, tortuoso y tendría recaídas en el camino.
Porque sanar una herida que llevaba tanto tiempo abierta, siempre sería algo que requeriría su tiempo.
Sobretodo considerando que tendría que reeducarme, reeducar a mi mente y aprender a manejar la empatía, la impulsividad y mi tendencia a la huida cuando algo me aterraba.
Pero pensar en aquello, plantearlo siquiera…Aquello era algo bueno. Aquello estaba bien.
Porque yo no era una bestia. No podía negar que aún había una parte de mí que gritaba lo contrario, pero en este momento, bajo la mirada esperanzada de Audry y al recordar quién era yo, pude sentirme más que como una bestia.
Porque, realmente, era un ser vivo, con sentimientos y ambiciones, con esperanzas, gustos y debilidades.
Y aquello, así como llorar, estaba bien.
Así que me limité a asentir. Porque tenía razón: estaba creciendo como persona y aprendiendo a sanarme yo misma.
Pero, justo cuando me giré durante un instante a observar sobre mi hombro, vi la pesada mirada de Evelyn sobre mí. Y supe que, tal vez, aquel era el momento.
El momento que uniría mi alma para siempre a aquel pacto.
Y aquella sensación de paz se esfumó de un plumazo.