CAPÍTULO XVI
Parpadeé, notando algo húmedo contra mi frente sudorosa. De nuevo, aquella noche, había vuelto a perderme en el mundo de las pesadillas. Con mi madre muerta entre mis brazos y aquel hombre de barba pelirroja rugiéndome que era un monstruo.
Pero yo no lo era. Yo no lo era.
Abrí ligeramente los ojos, intentando tragar saliva con dificultad.
Notaba algo de sangre en mi paladar y como mi cuerpo sin fuerzas se estiraba sobre una superficie cómoda.
Parpadeé un par de veces y en cuanto enfoqué mi visión vi a Asha frente a mí, sosteniendo un paño mojado en agua sobre mi frente y dedicándome una débil sonrisa.
Cade, quien se asomaba por su hombro, me dedicó una enorme sonrisa al ver que había despertado. Y, de nuevo, como aquel día en el claro, dio algunos aplausos y soltó unas risitas mientras alternaba su mirada entre su madre y yo.
Entonces, noté como las almohadas que se apilaban tras de mí hacían leves movimientos. Arriba, abajo, arriba y abajo, determiné rápidamente. Y aquello…Aquello solo se debía a una cosa: estábamos en movimiento.
Arrugué el ceño e intente incorporarme, pero Asha apenas me dejó erguirme ligeramente mientras me chistaba y me mantenía con una mano sobre mi hombro en mi posición.
—¿Qué…? ¿Dónde estamos, Asha? ¿Dónde están los demás?
—Giré mi cabeza levemente, intentando averiguar si aquello era el carruaje de Evelyn y Asterin, pero eso no podía ser po rque ese carruaje no tenía el suficiente espacio como para mantenerme tendida en una superficie acolchada.
Y, en cuanto vi las paredes de madera con clavos de latón, la larga superficie en la que varios cuerpos se tendían y escuché el restallar de un látigo sobre unos caballos, supe donde estábamos: en el carro de Asha, de camino a Iriam.
—Estamos en mi carro, vamos hacia la capital. Llevas inconsciente unos dos días, así que nos quedan apenas otros para llegar si no hacemos ninguna parada. —Ella pasó su mano por mi rostro y lo despejó de las hebras de mi cabello que se pegaban a el por el sudor.
Tragué saliva y me dejé caer de nuevo contra las almohadas. Nos quedaban dos días…Dos días para llegar a la capital.
Al menos, al girarme, había visto la cabellera obsidiana de Keelan y el cuerpo de Audry, así que sabía que ellos estaban aquí, que ellos estaban conmigo y por eso mismo el peso de mi pecho se alivianó brevemente.
—¿Qué les pasa? ¿Cómo…cómo están? —le pregunté, soltando algunas toses que Asha calmó con unos sorbos de agua de su cantimplora.
Supe de inmediato que no era solo agua por el punto amargo del líquido y porque no era ligera sino más bien densa; sin embargo, me la bebí de un trago y preferí no preguntar.
La mujer tragó saliva y evitó durante un instante el contacto visual.
—Están vivos. Por poco, pero lo están. —Aquello me sirvió lo suficiente como para poder cerrar levemente los ojos —. Aún así, ellos necesitan más descanso que tú, así que no sabemos con certeza cuando despertarán.
—¿Y la princesa y su madre? ¿Dónde están? —pregunté, interesándome por el bienestar de aquellas mujeres. Aún así, Asha negó con su cabeza, dejando que sus pequeñas trenzas se movieran ligeramente, esta vez atrapadas por unas sedas escarlatas.
—No tenemos ni idea. Cade las buscó por la zona de las habitaciones, pero ya no había nadie.
El niño, justo a mi lado, asintió muy seguro. Yo le dediqué un esbozo de sonrisa y él se acercó imperceptiblemente a mí.
Entonces, se inclinó hacia mi oído y musitó —: Están vivas. Confía.
Asentí en su dirección y preferí pensar que tenía razón. No había arriesgado la vida de mis compañeros para nada al intentar salvar a la princesa. Prefería pensar que aquello no había sido en vano.
—Te he suministrado un relajante muscular y un antibiótico.
Yo misma los he preparado, así que en breve notarás sus efectos.
Apenas te darás cuenta de este viaje, Éire —dijo, sosteniendo aún aquel paño sobre mi frente.
Abrí desmesuradamente mis ojos e intente incorporarme con fiereza, pero ambos me obligaron a recostarme de nuevo.
No podía volver a dormir, no podía… No, no, no, me negaba a volver a soñar con lo mismo —. Descansa. Necesitas descansar.
—¡No! —me pareció que grité, forcejeando con aquella mujer; sin embargo, aquel líquido ya había hecho efecto en mi cuerpo y todo el peso del mundo pareció caer contra mi cuerpo.
Caí de sopetón contra las almohadas y me entregué a la oscuridad más absoluta. Pero no…no, no…No quería volver a soñar con lo mismo…
No otra vez, por favor, me pareció oír que supliqué. Pero no fui escuchada, nadie me escuchó, porque cuando abrí los ojos, estaba de nuevo en aquel bosque.
—¡Éire! ¡Ayúdame, Éire! —gritó Idelia, como siempre hacía. Entonces, yo me negué a correr en su dirección porque sabía lo que vería y no quería verlo. No de nuevo, no más veces.
Pero una fuerza mayor a mí me obligó a hacerlo, movió mis pies con fuerza como si yo fuese un títere siendo movido por un titiritero y corrí hacia aquel bosque tras mi madre.
Entonces, ella siguió gritando, su tono resonando por los árboles y botando en cada recóndito lugar de mi mente.
Yo veía retazos de su falda frente a mí y como se giraba a mirarme sobre su hombro desesperada.
Entonces, ella cayó por la pendiente de un claro y yo rodé tras ella. En cuanto Idelia se levantó, su mirada suplicante frente a mí me hizo querer arrancarme los ojos.
—¡Éire! ¡Ayúdame, por favor! —seguía gritando, ahora entre sollozos, como si yo no fuese su hija sino más bien un monstruo más.
Yo avancé en su dirección y aquella daga estaba de nuevo entre mis manos.
Antes de que ella pudiese volver a echar a correr, la clavé en la parte izquierda de su esternón, siempre ahí, justo en su oscuro corazón.
Y entonces, le grité, aún sin yo quererlo —: ¡Esto es por haberme arrebatado todo lo que pude tener! ¡Esto es por cada parte de mi cerebro que has jodido con tus palabras y tus golpes!
Entonces mi madre cayó sobre mis brazos y no fuimos más que una maraña de sangre, dolor y furia. Yo sollocé, solté un alarido y me dejé caer sobre ella, besando de nuevo su frente como siempre hacia, deslizando mis manos bañadas en su sangre por sus mejillas.
Me revolví de nuevo entre aquellas almohadas, solté algunas exclamaciones y abrí los ojos de sopetón. Asha estaba de nuevo frente a mí, con aquella cantimplora entre sus dedos, pero intenté apartarla con todas mis fuerzas, queriendo que aquella cantimplora no rozase de nuevo mis labios.
Los ojos de Asha relucían en sufrimiento mientras sostenía mi cabeza y me obligaba a tragar de la boquilla de aquella cantimplora.
—Lo siento mucho, Éire. Pero debo hacerlo para que tu cuerpo y tu magia sanen.
Entonces, solo recuerdo las lágrimas que solté mientras le susurraba, hipando:
—No te voy a perdonar nunca por esto, Ashania Minceust.
Y el líquido me obligó de nuevo a perderme entre aquellos sueños —más bien pesadillas —oníricos.
El camisón ondeaba por el gélido viento que me hacía estremecer. El largo pasillo se encontraba encharcado en sangre y el cuerpo de Audry estaba sobre uno de aquellos charcos carmesíes.
Me puse de cuclillas a su lado, sollozando y tomé su rostro ausente de vida entre mis manos. Sus ojos estaban abiertos, llenos de miedo, de miedo a morir como lo había hecho.
—Mi pequeño cobarde espadachín —musité entre lágrimas, dejando caer mi rostro en su cuello, empapando de lágrimas su túnica bañada en sangre. Otra vez pasó algo parecido, pero no así, porque él estaba vivo y rugiéndome que no teníamos porqué pisar Iriam .
Y no pudo tener mayor razón.
Porque Iriam había sido la última gota que colmó el vaso de mi ira, la última gota que completó aquel frasco de dolor, aquel bote donde se enfrascaban mis lágrimas más puras.
Entonces, escuché un gritó, un grueso grito que sabía más que bien de quién provenía.
Keelan Gragbeam estaba gritando y mi cuerpo sabía exactamente dónde se encontraba mientras mis piernas echaban a correr hacia allí.
Mis pies se llenaron de sangre, casi me resbalé varias veces con el plasma y el cuerpo de Audry quedó tras de mí mientras yo limpiaba mis lágrimas rápidamente.
Entonces, abrí la sala del trono, que ahora no estaba protegida por ningún guardia y dejé que aquellas puertas dobles, blancas y vidriadas se abriesen de inmediato. El sonido resonó por la Sala del Trono y allí estaba Keelan, justo al lado de ella, quien mantenía una daga sobre su cuello.
Yo abrí desmesuradamente los ojos y di un cauteloso paso en dirección a ellos, notando como los seis guardias que la escoltaban estaban ojeando cada uno de mis movimientos con total interés.
—Suéltalo, o te arrepentirás de esto, Eris —le rugí yo. Y, antes de poder abalanzarme sobre ella, antes de congregar mi magia para hacerla soltar aquella daga, ella apretó la daga contra el cuello de un príncipe que no parecía asustado mientras la sangre caía por su túnica.
Tragué saliva y él dijo algo indescifrable mientras aquella mujer le cortaba el cuello.
Y, entonces, Keelan cayó sobre el mármol de la sala, manchando el blanco del suelo de un escarlata muy oscuro, haciendo en consecuencia que yo me doblase sobre mis rodillas.
Me acerqué a su cuerpo y lo tomé entre mis brazos, aún entumecida, sin soltar siquiera una lágrima por el. Porque aquello no era real. No lo era.
Entonces, Keelan musitó unas palabras mientras la sangre lo llenaba todo y mi grito resonaba hasta Zabia y más allá.
Abrí de nuevo los ojos de golpe, incorporándome entre aquellas almohadas, notando como mi cuerpo se perlaba en sudor y mis músculos me gritaban por algún movimiento, agarrotados y adormecidos sobre aquel carro.
Asha me miró sobre su hombro y tomó rápidamente la cantimplora y se acercó en mi dirección, dispuesta a hacerme de nuevo tragar eso; sin embargo, esta vez no se lo pondría tan fácil.
Aún estando enlentecida por sus brebajes constantes y adormecida por el reciente sueño en el que había estado atrapada, mi magia volvía a estar palpitante sobre mi corazón, colándose por cada vaso sanguíneo y tomando cada hemisferio de mi cerebro.
Entonces, la miré con una furia apenas contenida, congregando una pequeña parte de la niebla que se escondía en mi interior.
Entonces, esta misma reptó como un pulvra por el suelo del carruaje e hizo un círculo alrededor de sus pies que la detuvo de inmediato.
Asha me miró alarmada, mientras su hijo alternaba la mirada entre ambas y sus facciones se arrugaban asustadas.
—A mí, Ashania Minceust, nadie me dice qué hacer —le rugí, poniéndome de pie a duras penas, sujetándome con mis uñas rotas a la madera del carro, mientras la niebla color tizón la atrapaba entre sus garras casi al completo —. Y no porque sea una reina, si no porque soy una guerrera.
Y entonces, se escuchó el crujido de un hueso al romperse y luego otro y otro, mientras cada hueso de sus piernas se rompía y la niebla se disipaba haciéndola doblar sobre sus rodillas.
El brebaje de su cantimplora cayó rodando por el suelo mientras el líquido verde agua se derramaba por la madera.
Cade soltó una exclamación y echó a correr en dirección a su madre, acunándola entre sus brazos mientras las piernas dobladas de Asha se encontraban en posiciones inimaginables para una mortal.
Entonces, el carro se detuvo repentinamente, haciéndome tambalear.
Aún así, no tardé en acercarme a los dos bultos envueltos en pieles que se encontraban en aquel carro aparte de mí, Asha y su hijo.
Les di la vuelta y vi los rostros dormidos de ambos, mientras el olor a magia Elaboradora los envolvía, probablemente por haber sido drogados una y otra vez por Asha como me había ocurrido a mí.
Entonces, les sacudí con fuerza, intentando que despertasen de aquellos sueños que estuviesen teniendo.
—Tenemos que irnos. Ya —les dije, mientras miradas desorientadas y confundidas fue todo lo que recibí por parte de ellos. En ese momento, la parte trasera del carruaje de abrió y el que debía de ser el hombre que hacía de cochero se asomó por las puertas de madera.
Entonces, retrocedí un paso y solté una exclamación, mientras él me miraba con el ceño fruncido, desconcertado.
Ya ni siquiera veía si Keelan y Audry se estaban irguiendo, no sabía si habían recuperado sus cabales al completo y ni siquiera sabía qué estaban haciendo Asha y Cade, porque toda mi visión se concentró en aquel hombre.
En aquel hombre que ahora tenía un leve rastro de barba castaña en su mentón, que parecía haber crecido un centímetro o dos y que ahora llevaba un jubón de seda en lugar de harapos y libros polvorientos.
Tragué saliva una sola vez antes de decir:
—¿Lucca? ¿Qué…haces aquí?
Él me echó una mirada confundida.
—No, ¿qué haces tú aquí cuando estás siendo buscada por la reina Eris Güillemort?
—¿Qué haces aquí? —volví a preguntar, prefiriendo dejar la respuesta de aquella pregunta para otro momento en el que tuviese un barril a mano.
Y el frunció el ceño, como si estuviese loca por preguntarle aquello.
—El rey Symond murió. Desde entonces, Zabia está siendo gobernada por Miriela como regente, mientras esperan a Keelan. —Se detuvo un momento antes de decir —: Hemos caído en la ruina más absoluta, así que me echaron del palacio hace semanas porque solo era una boca más para alimentar.