Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO V #2
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CAPÍTULO V #2

Una de las comisuras de mis labios se estiró ante aquella iracunda mujer y bajé por el pasillo sutilmente empinado, hasta finalmente pisar el último peldaño de las escaleras de la cabaña.

Allí, justo en la puerta, ya estaban esperando Audry y Keelan.

Sus trajes no eran muy distintos al mío, solo que en lugar de una larga tela que rodease su cuerpo, esta tan solo rodeaba sus piernas y sus pechos estaban tapados con túnicas de diversos colores.

Audry iba completa y enteramente vestido de blanco, con un círculo azul trazado con pintura y apenas seco en su túnica alabastrina.

Keelan, en cambio, llevaba una túnica borgoña y la seda que caía por sus piernas era ónix. Como siempre, haciendo honor al estandarte de su reino: Zabia.

Me acerqué a ellos, directa a abrir la puerta, pasando por el espacio que me habían dejado aquellos dos, cuando Keelan se acercó inesperadamente a mi oído y musitó:

—Preciosa.

Yo tragué duramente saliva. Y el sentimiento de culpa me apabulló, porque si el príncipe supiera lo que iba a hacer esta noche, no pensaría eso de mí. Pensaría que era un monstruo más sin escribir en uno de los tantos Bestiarios.

Sonreí castamente en su dirección y tras algunas bromas de Audry, los comentarios de la nefasta protección de la cabaña de Amy y Gerald que hacía el príncipe y mis resoplos molestos por el camino, por fin se ojearon las luces de un poblado.

—¡Thard! —exclamó Audry, señalando con su dedo índice las titilantes luces de velas que provenían de un pequeño pueblo que casi podía considerarse una aldea.

Todavía no habíamos llegado, pero desde aquí se podían apreciar los grandes leños en mitad de las altas hierbas, aún sin ser engullidos por el fuego que, como un fenómeno, en este día hasta acabar la madrugada, era azul —Ya está la gente congregada, ¡van a encender La Gran Hoguera!

Tras eso, el castaño empezó a correr hacia el poblado, pasando alguna que otra casa de piedra que eran casi idénticas a las de la cabaña donde nos alojábamos.

Las pequeñas cabañas estaban dispersas por la hierba, con alguna fuente para lavar y tablas y jabones de grasa animal desperdigados por las charcas más cercanas.

En cuanto llegamos al centro del poblado, pudimos ver a decenas y decenas de personas alrededor de los enormes leños que parecían troncos enteros de árboles talados apilados uno encima del otro.

Estaban riendo, brindando con copas de bronce, latón y plata rebosando en vino rojo purpúreo, vestidos prácticamente igual que nosotros, solo que con distintos adornos, piedras y colores.

Frente a la hoguera había un hombre que llevaba unos ropajes muy parecidos a los femeninos en esta ocasión: un enorme y pesado traje garzo que se enrollaba en torno a su cuerpo y tenía sus pies desnudos sobre la hierba.

Era joven, calculaba que tendría unos treinta y tantos años y su pelo dibujado en bucles castaños con ligeras hebras rubias se enroscaban como lana natural siendo torcida e hilada preparada para ser utilizada.

Entonces, mientras los tres nos intentábamos hacer hueco entre la multitud, el hombre chasqueó sus dedos. Y, con tan solo ese gesto, todos callaron, detuvieron el sorbo de sus vinos y las risas se silenciaron de sopetón.

—Hoy, en este día tan especial y en el que todo Thard y gente de más allá de nuestra aldea ha venido a ver este lugar sagrado en su esplendor el día de Las Dos Lunas, observarán los incrédulos como los chispeos azules que la tríada envía hoy a esta hoguera llegan hasta nuestro astro y lo divide en dos circunferencias que son los ojos de nuestra madre: Cristea.

Pasaron unos segundos y nadie abrió la boca, ni soltaron vítores eufóricos ni tampoco se inclinaron ante el que debía ser el sumo sacerdote; sin embargo, instantes después entendí porqué.

El hombre dio una sola palmada y tras él, La Gran Hoguera se encendió en una enorme llama índigo que llegaba al cielo y más allá de el.

Los chispeos azulados tocaron el cuerpo del sumo sacerdote, pero en lugar de lamentarse, exclamó de felicidad: como si aquel fuego fuese fuente de alegría y sus chispeos no te otorgaran más que felicidad .

Tras eso, la gente sí que empezó a moverse eufórica.

Empezaron a bailar en torno a la hoguera, los niños rociaron la hoguera de hojas de plantas y algunos otros lanzaron jarras de sangre de algún animal, probablemente en forma de ofrenda para la tríada.

Aún así, pese a los líquidos y materiales que arrojaban a La Gran Hoguera, esta nunca se apagó.

Al parecer, era cierto: no se apagaría desde la medianoche hasta el amanecer.

Keelan, a mi lado, sonrió.

—¿Por qué sonríes? —le pregunté yo.

—Mira a Audry, mira a los niños corretear, mira cada expresión de felicidad. Llevan esperando un año entero para esto y hoy todo es maravilloso en su mente. Los problemas desaparecen y solo están Las Dos Lunas que se supone emergerán pronto.

Le eché un vistazo a Audry, como el había dicho y le vi tomado de la mano de unos niños de cabellos trenzados y largas vestimentas, dando saltos en torno a las llamas índigo.

Madres acunaban a sus hijos, dejando que tocaran con las palmas diminutas de sus manos las llamas de la hoguera, provocando que soltasen risas, mostrando su dentadura careciente de dientes.

Hombres hacían pasos extraños, estrechaban sus manos con el sumo sacerdote —que debía ser un hechicero de la casa Elemental —y agarraban a sus mujeres de las cinturas y las movían en volandas.

Y eso, exactamente eso, me hizo titubear. La hoguera estaba justo a mi lado, nadie se extrañaría si me acercaba sutilmente a ella, pero…Pero, si lo hacía, toda esta gente acabaría eviscerada, jadeando de dolor por los rugidos de los ñacús que los ensordecerían a todos.

Incluso a Amy y a Gerald. Que aunque los conociese tan solo de un día, no creía que mereciesen ese destino tan cruel.

Así que me detuve, me giré hacia Keelan y le tendí mi mano.

—Bailemos en torno a esa maldita hoguera —le propuse. Rápidamente, él aceptó y una enorme sonrisa se extendió por su rostro mientras me tomaba con quietud de las caderas y me movía dando círculos veloces y sin sentido alrededor de las llamas.

Tan solo veía retazos de índigo, de la túnica borgoña de Keelan y de sus ojos chispeantes que me miraban fijamente.

Me dejé llevar por el calor de la hoguera, por las risas de la gente, por las charlas interminables y dimos vuelta tras vuelta a La Gran Hoguera, bajo la luna que luego se convirtió en dos y que alumbró todo Thard como si fuesen los mismísimos rayos del sol.

—¿Ahora mismo querrías ser otra persona? —me preguntó, elevando la voz para que le escuchase entre el gentío, mientras las palmas de mis manos se aferraban a su nuca perlada en sudor.

—Ahora menos que nunca.

—¿Por qué? —inquirió él, haciendo que diésemos una vuelta alrededor de otra pareja que también bailaba a nuestro ritmo. Ellos rieron por el encontronazo y extrañamente, nosotros también.

—Porque entonces no estaría contigo, Keelan Gragbeam.

Él iba a responder, lo sabía con certeza, pero no pudo. Y no porque alguien nos interrumpiese, si no porque algo pasó dentro de mí.

Una vorágine de oscuridad, de la nebulosa más pura, de la niebla más obsidiana, se expandió por mi pecho y me hizo trastabillar.

Sabía que Keelan me había preguntado algo, sabía que me miraba con preocupación, sabía que Audry también se había acercado y que algunos nos miraban curiosos, pero yo no podía controlar nada.

La opresión en mi pecho hizo que mis ojos lagrimearan, mi estómago llegó a doler tanto que arañé mi rostro con aquellos complementos de mis dedos. Caí de rodillas sobre la hierba y mis piernas temblaron mientras en mi cabeza solo resonaba una voz:

«Venganza, Éire. Créeme, después estarás de acuerdo conmigo»

Y entonces, aquella oscuridad que antes había sido dolor, aquella magia que creó al aminqueg, salió de la yema de mis dedos que estaban tapados por picudos anillos plateados, cayendo de golpe sobre la hoguera.

Los hilos de oscuridad se entretejieron contra los azules chispeantes, pero, aún así, la oscuridad se sobrepuso a las llamas de La Gran Hoguera, haciendo que sus llamas se desvanecieran de inmediato y se convirtiesen en un borrón hollín que apenas destellaba .

Yo caí al suelo, no supe que más pasó, pero escuché los gritos de las personas, las estridentes exclamaciones y sentí como alguien me tomaba en sus brazos.

Pero ahora no bajo dos lunas y una sombra azulada, sino bajo un manto nebuloso y unas sombras enormes, de piel desnuda y negra, como la de un gato sin pelaje y unas enormes alas llenas de púas ponzoñosas:

Una manada de ñacús.