Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

Cuando escuché al castaño zambullirse en el agua y aún sabiendo que ambos podían verme perfectamente, empecé a deshacerme de mi túnica.

—¿No…? —Audry titubeó —¿No te vas a girar?

Hice el ademán de negárselo, pero, antes de siquiera poder dar una respuesta, mi túnica tan blanca como la miga de un mendrugo de pan cayó justo al lado de mis botas.

Audry se zambulló de nuevo en el agua de inmediato, probablemente con el rubor tan extendido hasta llegar a la punta de sus pies. Sin embargo y para mí absoluta respuesta, el príncipe no se giró, no se avergonzó y, desde luego, no parecía incómodo.

Así que me deshice de cada prenda de ropa, de mis botas, de mi daga y finalmente, completamente desnuda y sintiendo como mis vellos se erizaban ante la lamida del gélido aire, di algunos pasos hacia las piedras rocosas que rodeaban aquel hoyo.

Y, entonces, me dejé caer en el agua, sabiendo que Keelan lo había observado todo: cada retazo de mi piel, cada trazo sensible y estimulado por el viento y cada lunar y cicatriz que se resguardaban tras mis túnicas.

Cuando salí de aquella oscuridad que me proporcionaban mis ojos cerrados bajo el agua de aquella terma privada, tan solo utilizada por Amy y Gerald ya que se hallaba en sus tierras, dejé que cada perla acuosa echara mi largo pelo ondulado tras mi espalda, con cada gota cayendo desde mis labios hasta mis clavículas —que era todo lo que podían ver Keelan y Audry —e incluso hasta lugares mucho más bajos.

El agua estaba cálida, tal vez demasiado y reconfortó levemente el frío que sentía constantemente desde que habíamos llegado a aldeas y poblados cercanos a Iriam.

Tomé una bocanada de aire, sintiendo una leve opresión en mi pecho que llevaba días notando, e intenté regular la respiración y relajarme mientras el agua se deslizaba por mi piel.

—¿Cómo es posible que el agua esté así de caliente con el frío que hace? —inquirió Audry, con su castaño pelo revuelto y mojado, cayendo por su frente como un flequillo irregular y que lo hacía ver terriblemente gracioso.

—Magia —respondió Keelan, imperturbable. Sus palabras sonaban como nunca habían sonado: vacías, casi tristes, mientras me ojeaba sesgadamente y apartaba la mirada de vez en cuando, incluso viéndose culpable por desviarla.

¿Qué te ocurre, Keelan? Pensé, incluso queriéndoselo preguntar en voz alta. Pero, cómo era obvio, no tuve la valentía de hacerlo.

Suspiré y miré a Audry mientras decía —: La casa de hechiceros de los Elementales están repartidos por el país, sobretodo por el norte, se mantienen haciendo guardia y cambiando de hechicero día y noche, tan solo para obtener que el agua del río que desemboca aquí se mantenga cálida.

El castaño soltó un simple ah, mientras dejaba a su espalda reposar sobre una de las piedras de aquella terma privada. Sus brazos eran finos, aunque su musculatura había aumentado ligeramente en estos veintitrés días, casi marcando ligeramente sus bíceps.

Entonces, de pronto, justo en medio del agua, un color violáceo hizo una circunferencia perfectamente circular que se fue extendiendo, casi de forma humana, hacia cada uno de nosotros.

—¿Qué es esto? —pregunté, alarmada, sin saber de qué se trataba. Audry echó sus codos hacia atrás y se impulsó, quedando sentado sobre la piedra y con sus pantalones de montar pesados y empapados dejando caer gotas de agua de nuevo a la terma privada.

Keelan soltó una carcajada, casi como si le hubieran soltado una sátira y tan tranquilamente, dijo: —Me extraña que Audry no lo sepa: en el norte, sobre todo en Thard, celebran el Día de las dos lunas y tiñen el río de color violáceo por la diosa Cristea.

Esta noche misma se celebrará una fiesta alrededor de la hoguera azul en ofrenda a la tríada.

El castaño soltó un suspiro de alivio y volvió a dejarse caer en el agua, salpicándonos ligeramente en el proceso, mientras el agua de color nos rodeaba a absolutamente todos.

Ahora era distinta: era más liviana, más pura, casi como aire entre tus dedos o el peso de una bynge que no era más que energía sin masa.

—Dioses, se me había olvidado. Hoy es ocho de Julio, el día del fenómeno de las dos lunas, cuando Cristea nos manda el espectáculo de ver cómo la hoguera azul chispea hasta hacer convertir una redonda luna en dos —dijo Audry, con la apesadumbrada culpa reflejada en sus facciones, como si fuera un sacrilegio olvidarse de una fecha estúpida marcada en el calendario como día sagrado.

Después de aquello, volvió a impulsarse hasta estar de pie sobre las rocas, apartándose ligeramente del agua que caía del caudal del río y dijo —: Ahora sí que tengo que marcharme, voy a ir hacia Thard para comprar las vestimentas adecuadas.

Entrecerré los ojos, viendo que había rogado finalmente para nada.

Keelan asintió y le indicó entre su ropa donde estaban algunas de las monedas que teníamos que haber robado.

Tras eso Audry se llevó sus ropajes mojados y, probablemente, terriblemente pesados y se despidió atropelladamente, alegando con la ansiedad más pura que íbamos a llegar tarde al festejo religioso de la tríada.

En cuanto se fue, Keelan y yo no dijimos nada; sin embargo, algo pasó: él me miró y yo le devolví la mirada, mi corazón palpitando casi como un caballo al galope y la vergüenza por eso casi pudo hacerme ruborizar al mismo nivel que Audry.

Keelan se acercó, dando brazadas en mi dirección, dejando que su pelo obsidiana se empapara aún más con el agua violácea y con su ancho cuello repleto de gotas violetas mientras el vapor ocultaba ligeramente su rostro.

Joder, tan solo pensé, sabiendo que en estas circunstancias y teniendo en cuenta que el autocontrol no era mi fuerte, esta situación no acabaría como había pensado en un principio.

Maldije a Audry en mi fuero interno y cuando Keelan estaba lo suficientemente cerca como para apreciar la cicatriz que surcaba su labio, él susurró —: Ahora eres una reina .

—Aún no —le respondí yo severamente. Aunque, aún así, no sonó demasiado convincente.

—Lo serás.

—¿Es importante para ti acaso? Porque eso solo significa que podrías proponerme matrimonio. —Tras eso, solté una risa baja, dejando más que claro que no era más que una broma.

Sin embargo, el contestó y muy serio —: Eso significa que puedes proponerme una guerra si es lo que deseas.