CAPÍTULO III #2
Y aquello solo significaba una cosa: volvería a dormir, todas las noches, con el príncipe heredero.
—¡Ya estoy aquí, Gerald! —voceó lo que parecía una mujer con voz gruesa. Yo estaba echada en el diván, dejando que mis pies descalzos que acababa de limpiar con un barreño de agua helada entrasen en calor. Así que, consecuentemente, fui la primera que la vio.
Era una mujer regordeta, con un mandil sin una sola mácula y con un suelto vestido azul marino ajustado a su cintura: y no por un corsé, sino por un trozo de cuerda enlazado.
Aunque, lo más llamativo de su vestimenta no era aquello: era el faldón que caía hasta sus tobillos y que ella misma debía de haber maniobrado para coserle unos mechones de lana ordenados en franjas del mismo color que las piedras de ojo de tigre.
Rápidamente dejó el cazo humeante que llevaba entre sus brazos y sus facciones se fruncieron en mi dirección.
—¿¡Quién eres tú!? —me gritó, sacando de entre sus faldas una cuchara doblada y probablemente bastante usada.
Enarqué una ceja.
—La invitada de tu marido.
Entonces, la mano erguida que tenía lista para lanzarme aquello, cayó casi con pensar justo al lado de su cadera. Sus labios se crisparon aún más y en cuando me echó un vistazo de arriba a abajo me pareció ver una mueca de repulsión en su rostro.
—¿Qué? ¿Qué dices, sucia niña? ¿Dónde está Gerald? —La anciana hizo una pausa, mientras cerraba la puerta con un portazo sumamente ruidoso —. ¡Gerald! ¡Ven aquí ahora mismo!
Entonces, por fin, Gerald abrió la puerta de la entrada y apareció en la casa de nuevo, con un semblante bastante enfurruñado.
—¿Qué quieres, Amy? Estaba ordeñando a la vaca y enseñándole a los chavales los cachivaches que guardamos en los baúles entre la paja.
La tal Amy sacudió la cabeza, como si estuviera harta de estas discusiones y su corto pelo ondulado se movió al son de su cabeza.
—¿A qué niños has acogido ahora, Gerald? ¡Esto no es un maldito albergue como para meter a niños sucios que pueden traer enfermedades!
Enarqué una ceja, antes de resoplar —: Esa oveja se está comiendo la cebada.
—¡Mierda! —exclamó Amy y rápidamente se olvidó de nuestra presencia mientras intentaba robarle el cazo a la oveja que se debía de haber escapado de algún rebaño.
La oveja zarandeaba la cebada por el mango, apretando sus dientes con fuerza en torno a él y Amy no se reprimió a la hora de maldecirla con un pronunciado acento norteño.
Gerald se encogió de hombros, pidiéndome disculpas silenciosamente y yo no tardé en girarme hacia las escaleras y saltar los peldaños con rapidez.
Tomé una bocanada de aire, mientras luchaba contra mí impulso para convocar una tormenta y beberme hasta la última gota que caía sobre este suelo; sin embargo, debía de ser más fuerte que eso. Yo debía tener más fuerza de voluntad que eso.
La habitación que Keelan y yo compartíamos estaba al final del pasillo que se alumbraba por unos candelabros de pared de llama fija y luminosa.
En cuanto entré en nuestra habitación, pisando con mis pies descalzos la fría piedra, no tardé demasiado en contar que aquel cubículo llamado cuarto no tenía más que cuatro varas de espacio.
Me eché en el pequeño colchón arrinconado en la esquina, notando como bajo su funda la lana esponjosa se amoldaba a mi cuerpo de forma extraña.
Y, ahora que estaba en cierto silencio, tan solo escuchando las protestas de Amy y Gerald resonando por la casa, mi cerebro empezó a trabajar más de lo que debería.
Nos dirigíamos a Iriam por mí, por mi trono, ¿pero esa corona me pertenecía realmente? Eris era la que había luchado por ella, con su reino y la gente que ahora vive y vivió allí. Mi hermana se crio allí, conocía las costumbres, la pronunciación, tenía demasiados aliados a los que hacer frente.
Y yo…Yo solo tenía lo mismo que le reprochaba a Keelan: derecho a la corona por línea sucesoria. Tal vez y solo tal vez, debería ir a visitar a Eris, a observar su reino, a intentar encontrar aliados. Pero, si era sincera, yo no quería el peso de una corona, sino el de una espada.
«Venganza, Éire. Piensa en la venganza. Utiliza esa ira contra tu propia madre que quería matarte por los propósitos de Eris.
Ese reino es tuyo por derecho y debes quitarles a ellos lo que a mí me quitaron, lo que a nosotras nos quitaron: el reino de Gregdow.
Que ahora no es más que ladrillo, tierra y madera desvanecida por su culpa.
Si ellos nos quitaron Gregdow, nosotras les arrebataremos Iriam. »
La voz de Gianna atravesó mi cerebro como una aguja siendo enhebrada. Su melodiosa y dura voz, la voz de los gritos de quejumbrosos de la que verdaderamente había sido la guerra de los Seis Reinos. Y, de repente, sus ojos, por un momento, fueron los míos:
Niños descuartizados, monstruos viendo cómo ensartaban a sus creadores con espadas, las criaturas destrozando el reino al notar la muerte de su madre: Gianna.
Las mujeres corrían, despavoridas, con bebés en sus brazos que les eran arrebatados de golpe.
Hombres intentando utilizar torpemente una espada y a los que finalmente les clavaban una daga en su frente, dejando que la sangre goteara hasta sus ojos: ojos que aún poseían vida, ojos que brillaban por el miedo y que instantes después carecían de movimiento.
Ya todo era silencio, cuerpos desperdigados por el suelo, monstruos aullando y rugiendo por el dolor que les provocaba haber roto el vínculo con su hechicero, sanadoras intentando posar sus manos sobre los cuerpos heridos, para que después un soldado se las cortase.
—¿Quiénes fueron? ¿Solo Iriam estuvo…?—Tosí, reteniendo la bilis que patinaba por mi esófago —¿Sólo Iriam estuvo involucrado?
M voz era temblorosa y no solo por la fiebre y los escalofríos que perlaban mi frente en sudor. No solo por eso, no, si no por esas imágenes: esas imágenes que habían pasado por mis ojos y se habían intrincado en mi cerebro con uñas y dientes.
«Rauthier fue el mayor culpable. Aherian lo ayudó por desesperación, ya que no tenían cultivos para subsistir. De hecho, la princesa Evelyn y la reina Asterin no están de acuerdo con el tratado que los une desde hace siglos a Iriam»
Asentí, intentando concentrarme absolutamente en el significado de aquellas palabras.
Aquello tenía sentido, ya que Keelan no tuvo reparo en decirme quién le confesó donde me ocultaban.
Además, la misma Asterin Waldorm me había dejado encontrarme con mi madre una noche antes pese a ocultárselo al rey.
El corazón me latía a mil, rozando con las yemas de mis dedos casi la muerte, mis manos temblaban y ni siquiera me había atrevido a bajar para ver qué había pasado tras mi huida y si Keelan y Audry habían vuelto de los establos.
Estaba taan cansada y al mismo tiempo mi insomnio era tan enorme que no había podido pegar ojo desde que me tumbé en aquel diván.
Me mordisqueé una de mis sucias uñas, justo antes de decir:
—¿Y por qué no están de acuerdo? ¿Por el tema de la libertad de expresión y blablablá?
—Una lágrima de sangre cayó de la piel mordisqueada de mi dedo, mientras comenzaba a intentar imitar la fina voz de Evelyn Waldorm —: Porque soy una dulce y melindrosa dama que respeta a todos los seres de Nargrave y a todos los que habiten más allá de los mares de Vignís
Gianna, a mi lado, con su largo vestido casi traslúcido y sus rizos cobrizos cayendo por su vientre, me dedicó una mirada sombría. Y apenas estuve preparada para el cambio tan drástico que dio su semblante cuando dijo:
«Porque el rey de Aherian y Eris quieren destruir Gregdow de una vez por todas y acabar con cada monstruo existente en Nargrave »