Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XLII #2
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CAPÍTULO XLII #2

Después de aquello, se desvaneció. Su piel, tan blanquecina como el alabastro, se convirtió en no más que un reflejo de la luna, en no más que uno de los tonos marfiles de aquellos fuegos. Ella se fue, y tras ella, no dejó más que un silencio devastador.

Caí sobre mis rodillas, e inevitablemente, lo supe. Lo que había dicho, cada cosa, era cierta. El dolor no fue lo peor, el saberlo tampoco, lo peor fue que no hubo sensación de traición, de confusión, no hubo etapa de negación. Aquello ya ni siquiera me extrañaba.

¿Mi madre sería capaz de mirarme, de asesinar a su propia hija mientras la miraba a los ojos? Por supuesto. Tan solo había estado esperando este preciso momento. Tan solo había llenado aquellos espacios de vida, durante veinte años, para después tener el placer de asesinarme.

Inesperadamente, no me sentí tan solo triste. No era solo dolor lo que rugía en mi pecho, en mis piernas, en mi vientre: era ira. Una ira incontrolable, furibunda, ahora sin cadenas, sin barrotes.

Ahora me sentía más libre que nunca.

Y, durante un instante, me di miedo de mí misma.

El dolor fue tan arrollador, tan apabullante, que no pude evitar inclinarme hacia el suelo. Arañé el cemento, me retorcí, grité con cada ápice de mi voz, y no pude hacer más además de regocijarme en aquella situación.

Cada sollozo, cada lamento, cada lágrima, cocían a fuego lento cada sentimiento negativo, lo tostaban y lo hervían, lo preparaban hasta que estuviese perfecto, reluciente, más delicioso que nunca.

Se volvió en una adicción, cada pensamiento pesimista, cada aguijón de dolor, cada gota de sangre que salía de las puntas de mis dedos.

Todo aquello fue excitante, repentinamente atractivo .

Entonces, una puerta traqueteó contra una traba, unos pasos resonaron, una capa rozando la superficie. Cada vez más cerca, con menos distancia de por medio, más cerca, más cerca, más cerca.

Y, como si se tratase de una señal divina, la puerta de la celda se abrió.

No me molesté en girarme, ni en mirarla sobre mi hombro, ni en comprobar que era ella: lo sabía, lo sabía por cada aliento que escuchaba tras de mí, lo sabía por aquel estúpido aroma a lavanda.

El sonido de uno de los fuegos estalló entre nosotras, conmigo de rodillas sobre el suelo, con el rostro perlado en lágrimas de furia y dolor, y con ella detrás de mí, con una sonrisa que ya podía vislumbrar aún sin verla.

Aquella mujer…, aquella mujer no era mi madre.

Ella no lo era. Y lo más devastador fue el sentimiento de culpa que me arrasó por sentir aquello, por pensarlo siquiera.

Aquello, aquello justamente fue lo terminó por destrozarme: el darme cuenta de cómo había jugado con mi mente, con mis sentimientos, con mi vida.

—Cariño, ¿qué haces arrodillada? Levántate, anda. Tenemos que hablar.

Su voz sonaba tan malditamente familiar, amable, bondadosa. Me estaba manipulando tan abiertamente, tan deliberadamente, como si yo fuese estúpida, como si yo …

Como si yo verdaderamente lo fuera, porque me había tragado aquello durante años. Había caído en su trampa como una liebre caía en las de Keelan.

—Cállate… —musité, sin preocuparme por si me escuchaba. Mi voz aún seguía rota, inestable, perdida y confusa. Mi madre tomó una bocanada de aire, probablemente dispuesta a hablar—. Tan solo…

—Levántate, Éire —me ordenó, ¡me ordenó! Como si tuviese poder para hacerlo. Cómo si pudiera, pudiera…

—¿Con qué pensabas hacerlo? —mascullé. Me obligué a mirarla sobre mi hombro, a retratar sus facciones dramáticamente desconcertadas, a resguardar en mi memoria la forma en la que su mandíbula palpitó.

Y aquello fue todo lo que necesité para saberlo: era cierto, todo lo que había dicho Gianna era cierto—.

¿Con un daga, tal vez? O puede que no, ya que seguramente te gustaría hacerlo de manera apasionada y teatral.

¿Tal vez una sobredosis de mis hierbas somníferas?

Idelia dio un solo paso en mi dirección, pero no se movió más. No parecía tan iracunda como hubiese imaginado, tan solo impotente. Se mantuvo en su anterior posición, y sus manos se entrelazaron con tanta fuerza que casi pudo haberse roto las falanges .

—No lo entiendes, tú nunca lo entenderás. Esto es más fuerte que tú y que yo, aprendiz, esto es omnipotente. Los dioses lo han pedido, ella se alzará y tú…

—¿¡Quién coño es ella!? —le grité sin poder controlarlo. Me levanté trastabillando, agarrando a duras penas las faldas de mi vestido, mis dedos temblando tan reiterativamente que pude haberme preocupado—. ¡Ella! ¡Ella todo el rato! ¿¡Quién es ella, que es más importante que tu propia hija!?

La mujer retrocedió un paso, como si aquello la hubiese recibido como una bofetada.

—Ella es más importante que muchas otras cosas. Ella restaurará la memoria de tu padre. No lo entenderías, no lo entenderías...—repitió una y otra vez, como si hubiese perdido el juicio.

Una lágrima rodó por mi mejilla, inesperadamente gélida, perlada sobre mi rostro. Una furia fría se asentó en mi estómago, y no pude evitar imaginar a Idelia sufriendo, sollozando, postrada sobre el suelo…

Como yo, maldita sea, como tantas veces había estado yo.

—Mi padre —suspiré, mis piernas temblando—. ¿Qué memoria tiene acaso mi padre ?

Entonces, ella dirigió de nuevo su vista hacia mi.

Sus ojos se entrecerraron, sus labios se fruncieron, su gaznate se movió mientras tragaba duramente.

Ojeó las lágrimas que caían por mi barbilla, las gotas de sangre que brotaban de mis dedos heridos, el suelo lleno de rasguños y rastros de mi plasma.

Y algo parecido a la tristeza bañó su expresión.

—Rauthier Güillemort era tu padre, Éire.

Yo nací en Iriam, así que fuimos buenos amigos, él fue mi amante cuando la guerra de los seis reinos tuvo lugar.

Pero algo se torció cuando él le declaró la guerra a Gregdow, al corazón de Nargrave, a la cuna de la magia.

—Ella se detuvo, y su voz tembló ligeramente.

Su vello se erizó y una lágrima rodó desde su lacrimal—.

Tuve que huir de aquella guerra, aprendiz, pero estaba embarazada, con dos vidas en mi vientre.

Los dioses me advirtieron, me dijeron que debía de acabar con aquella que poseía el poder de los creadores de monstruos, debía de acabar con la descendiente de la magia de Gianna, la última reina que tuvo el reino de Gregdow.

Pero, entonces, algo se hizo mal, algo no concordó, me equivoqué y ahora…

, ahora aquí estás: viva. Intenté acabar con tu poder con las dosis que elaboraba Serill, que eran esas “hierbas somníferas,” e incluso marqué en tu cuello aquel símbolo para que pudieses aprender a ver el futuro, aunque fu ese como un humano aprendiz de hechicero. Pero no sirvió de absolutamente nada.

Pestañeé varias veces, repetí aquella historia en mi cabeza, en los lugares más recónditos de mi mente. Algo no cuadraba, algo no…, algo no…

Aquello no tenía sentido. Aquello era simplemente una enorme mentira poco convincente.

Rauthier Güillemort, no Revee Mightmoor. Embarazada de dos vidas, no de una. El poder de la descendiente de Gianna, no la clarividencia.

Retrocedí, retrocedí tantos pasos hacia atrás que me topé con una pared de piedra, hasta que mis pies se detuvieron por sí solos.

Y, lo más extraño, es que por un momento, tuvo sentido: el hecho de como apenas recordaba a mi padre, aquellas constantes humillaciones de Idelia hacia mí, la forma en la que no era capaz de utilizar mi supuesto don.

Lo que había estado utilizando todo este tiempo no había sido magia defensora: había sido magia Razha.

Mi madre se mantuvo ahí, con alguna que otra lágrima cayendo por su rostro casi impasible, observándome detenidamente, prácticamente como si esperase cada una de las reacciones que mi cuerpo había tenido .

—¿Ahora se supone que tengo una melliza perdida por ahí?

—Solté una carcajada carente de gracia, mientras cada una de las perlas salinas caían de mis ojos y seguían rodando hasta el suelo—.

La edad afecta en la mente de las personas, madre.

Deberías de ir al sanador real. O, bueno, ¿no se suponía que estabas presa?

Idelia chasqueó la lengua y se limpió rápidamente cada uno de los rastros que quedaban de las lágrimas en su rostro

—Sabes la respuesta a eso. Tu hermana te necesitaba muerta para ascender, Éire: tan solo eres una amenaza.

Y sin su reinado, Iriam está perdido. Mi reino, el reino de tu padre, tu reino está terriblemente perdido.

Aherian tiene un tratado vigente hoy día con Iriam, y no dejarán que te vayas con vida de aquí.

—Ella soltó un sollozo y apartó la mirada, como si le diese incluso vergüenza mirarme—.

Sabes que me duele, de veras que sí, pero esto debe de suceder.

Tarde o temprano estás destinada a morir.

Aparté la mirada. No podía verla, no podía mirar aquellos ojos, no podía.

Aquel ser no era mi madre, aquella cáscara cruel y cobarde era solo lo que había quedado con los años.

Pero mi madre estaba muerta. Para mí, ella estaba muerta.

Porque esta cosa, esta mujer que estaba revelándome estas cosas justo antes de supuestamente morir, no era mi madre. No era nada para mí.

Y yo no dejaría que se saliese con la suya.

Ni ella, ni esos dioses, ni esos nobles mentirosos y arrogantes.

Acabaría con todos, con absoluta y completamente cada ser sobre la faz de la tierra que hubiese participado en esto.

Porque yo ya no era una persona de carne y hueso, con culpa y recuerdos, con empatía y tristeza.

Ahora me resumía a la ira. A la ira, al rencor, a cada sentimiento negativo y susurro inquisitivo que pululaba por mi mente. Ahora me resumía a la magia y a la sangre.

Y en eso convertiría a este lugar: en vestigios de un reino de magia y sangre.

—No sabes…No tienes ni una maldita idea de cómo me has arruinado —le gruñí entre sollozos, avanzando una zancada hacia ella.

La puerta, justo tras Idelia, se cerró de un chasquido.

Y, mi madre, después de aquello, abrió desmesuradamente los ojos en mi dirección—.

De cómo me has convertido en esto: en un monstruo que necesita esas malditas drogas.

En un ser que no es más que ira, dolor y que no sabe expresar sus sentimientos, porque a veces incluso pienso que no tengo…

Que incluso no tengo nada más…, que no soy más que dolor .

—Éire… —intentó susurrar ella. Por primera vez, el miedo más puro relució en su mirada, y la satisfacción más enorme engulló cada remordimiento dentro de mí.

Di otra zancada enfurecida hacia ella, el largo vestido ondeando en torno a mí, mis botas de cuero trenzado chirriaron en los calabozos, y mi madre se pegó con cada ápice de sus fuerzas contra los barrotes.

—¡Cállate, joder! ¡Cállate! —le ladré. Mi garganta se cerró repentinamente, y me tragué cada nudo que la comenzó a atar, sin estar dispuesta a volver a echarme a llorar—. Me ibas a matar, me has ocultado quién era mi padre, mi hermana, me has maltratado durante años. Y tú… Me ibas…Tú…

Idelia humedeció sus labios y sus manos empezaron a temblar mientras las escondía entre sus faldas. Entonces, fue cuando pasó.

Su movimiento no fue rápido, ni certero, tampoco hábil. Sacó aquella daga, mi propia daga, con una torpe estocada, dispuesta a clavarla directamente en mi pecho. No supe exactamente si fue aquel movimiento lo que desencadenó todo lo demás, o si aquello iba a suceder de cualquier forma.

Cerré mi mano alrededor de su muñeca, apreté y apreté, y mi madre contuvo una exclamación.

Ella me suplicó con su mirada, apenas pudiendo hacer nada más que mantenerse ahí, suplicando a Cristea con algunas de sus plegarias, el miedo más puro, el dolor más primitivo, su instinto más básico gritando entre las pupilas dilatadas de sus ojos.

Pero ya era tarde. Ya era tan tarde.

Porque ya me habían despertado, porque ya habían activado aquella parte más recóndita de mí.

Y ahora me daba igual que fuese mi madre. Ahora me daba igual aquel beso de buenas noches.

Ahora no era más que dolor.

Y en eso la convertí a ella.

Le arrebaté mi daga de entre sus dedos, y la clavé contra su pecho, justo en la parte izquierda de su esternón.

Una y otra vez, hasta que las salpicaduras de sangre no solo llenaban mi rostro y mi cuello, sino también mi vestido.

Una y otra vez, hasta que sus gritos se convirtieron en silencio.

Una y otra vez, hasta que mis lágrimas dejaron de caer, hasta que el dolor se transformó en resentimiento y este a su vez en arrepentimiento.

Y no paré. No hasta que mi mano se cansó, no hasta que mi cuerpo estaba encorvado contra el suyo sin vida, y mi puñal no era más que un trozo de metal bañado en sangre .

Miré mis manos, dejé caer el arma, y volví a sollozar. Estaban llenas de sangre, de mi madre, de mi madre….

—Lo siento, lo siento, lo siento…—Sollocé y le rogué una y otra vez. Todo estaba mal, todo estaba mal, todo, todo, todo— ¿Qué he hecho, madre? ¿Qué he hecho?

Mis dedos temblaban, mis piernas temblaban, mis labios temblaban: todo mi ser, completa y enteramente, estaba temblando. No sentía nada más, ni el dolor de aquellas heridas en mis dedos, ni una sola pizca de esa enorme furia: solo dolor. Dolor, dolor y más dolor.