Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XLI #2
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CAPÍTULO XLI #2

Después, perdí la consciencia.

Keelan Gragbeam

Nunca había estado en una de estas fiestas. Y, desde luego, tampoco imaginé que una celebración en el prestigioso salón de las piedras pudiese ser tan privada.

Había charlado, al menos, con toda la nobleza de Aherian: condes de los que ni siquiera conocía el nombre, numerosas familias de barones, decenas de esposas —y también algún esposo—, de señores de algún señorío.

No había tocado aquel vino, aunque conocía las bodegas aherianas: primera calidad, uvas recogidas en los más recónditos lugares de Gregdow, barricas de madera permeable, sabores especiados y frutales, como granos de café y de textura tan liviana que casi parecía viento entre tus dedos.

Seguro que a Éire le habían encantado. A mi, por el contrario, me parecía una pérdida de tiempo: tenía suficiente trabajo analizando a cada noble de este Gran Salón como para preocuparme por estupideces.

Si iba a ser rey de este lugar debía de conseguir influencia, respeto y, sobre todo, aliados .

—¿Cómo va tu jornada? —le pregunté a Audry, quién estaba custodiando uno de los laterales del salón, ahora justo a mi lado. El niño me dedicó un suspiro hastiado y se encogió de hombros dramáticamente.

—Muy divertida, sin duda. Aún más si contamos con el hecho de que no encajo en este sitio y de que, además, nadie se acerca a mí porque soy un guardia real.

Asentí lentamente, esforzándome por escuchar cada palabra mientras ojeaba a los presentes.

Evelyn estaba justo en el otro extremo de la habitación, con una larga y estrecha copa de vino en sus manos, y susurrándole algo a su madre: la reina.

Su sonrisa era cálida, pero tras ella no había más que rigidez .

La princesa podría llevar una máscara de polvos blanquecinos, pero era obvio que, fuera lo que fuese de lo que hablaba con su madre, no era alegre para ninguna de las dos.

—¿No has estado con Éire? Juraría que ambos encajáis lo mismo en este lugar —le respondí, entrecerrando los ojos en dirección a los labios de la princesa.

Su boca se frunció, su lengua se movió bajo su paladar, sus dientes chocaron y creí con firmeza que había dicho la palabra boda .

Su madre arrugó el ceño, e hizo un mohín.

Sus labios se movieron, pero esta vez casi pude entenderlo perfectamente: la boda debe celebrarse antes de que…

Y ya no pude comprender nada más. Sus labios articulaban demasiado rápido, o tal vez mi habilidad para leerlos se había deteriorado con el paso de los años. Pero, de cualquier forma, lo poco que había escuchado era suficiente para alertarme consecuentemente.

—Lo estuve. Pero ahora mismo ella no está —explicó Audry, mirándome sesgadamente—. De cualquier forma, vamos a vernos a medianoche, justo cuando empiecen los fuegos. Este año serán de color marfil, ¿verdad? Me han dicho que uno de los destellos incluso tendrá forma de manzana .

—Sí, eso me han dicho —le dije, aún cuando apenas le estaba prestando atención. Normalmente, me gustaba escuchar a Audry, pero, ahora, con Evelyn a considerable distancia de mí y hablando sospechosamente sobre una boda, no podía permitirme hacerlo

—¿Sabes lo que diría Éire ahora mismo? —inquirió el castaño, ahora con su voz repentinamente animada.

Enarqué las cejas.

—Probablemente diría algo como: algún día haré que mi rostro aparezca en uno de esos fuegos.

El guardia, a mi lado, soltó una risa baja, casi tímida.

—Exactamente.

Pasaron algunos segundos en los que ninguno dijo nada. Evelyn, justo en su posición anterior, se giró en mi dirección. Le dediqué una media sonrisa, y ella la correspondió. Apenas pasó un instante cuando le murmuró algo a su madre y se giró hacia mí, al parecer con intenciones de acercarse.

Audry, a mi lado, pareció percatarse de aquello, ya que carraspeó incómodo.

—Yo…Debería irme. —Asentí tan solo una vez, y le dediqué un esbozo de sonrisa. Aún así, él agregó algo justo antes de marcharse—: Oye, ¿puedo pedirte una cosa, Keelan ?

Fruncí el ceño. Le miré inmediatamente, casi olvidándome de la inminente presencia de Evelyn, y no tardé en decir:

—Por supuesto. Ya deberías saberlo.

El castaño tragó saliva, evitó mi mirada durante un instante, y luego pareció obligarse a mantenérmela sin flaquear.

Estaba nervioso: iba a decirme algo importante, vergonzoso o tal vez una confesión.

—Dioses, no paro de pediros cosas, me siento tan avergonzado —exhaló, y sus ojos casi parecían querer desapegarse de los míos, relucientes de pudor—. Me gustaría que enviases todo el dinero que me prometiste a mi familia.

—¿Y qué hay de ti? ¿Qué harás? —le pregunté, deduciendo por el tiempo que tardaba Evelyn en llegar, que debía de haberse entretenido con alguna otra persona. Si era sincero, lo agradecía enormemente: sólo necesitaba unos minutos, y esperaba poder tenerlos.

—Bueno, no lo sé, pero…

—Audry, déjame darte una idea, ¿está bien? —le interrumpí. Él asintió, ligeramente dubitativo—. Enviaré gran parte de ese dinero. Pero, lo demás, será para costearte el entrenamiento con un buen profesor .

El castaño retrocedió un paso casi por instinto. Sus ojos se abrieron brevemente, y sus manos, justo en cada lateral de su cuerpo, se abrieron y cerraron reiterativamente.

—¿Me armarás caballero? —Su voz había sonado tan emocionada que estuve a punto de sonreír abiertamente.

—Si estás preparado, sí.

Audry pareció balbucear algo inelegible, aunque tampoco pareció esforzarse por repetirlo. Retrocedió otro paso, casi trastabillando, y pude haber jurado por mi reino que sus ojos se perlaban en lágrimas.

—Vale, vale. Gracias, de verdad, Keelan..., su alteza…

—No tienes porqué dármelas —argüí.

—Claro que sí tengo que hacerlo. Gracias a ti he conseguido cosas inimaginables, he conocido sitios y personas que harían temblar al herrero de mi aldea: Grogwin, un hombre enorme, tan enorme como una montaña, pero en él no cae la nieve en…

—Lo entiendo —afirmé, mirando de soslayo como la princesa volvía a acercarse hacia nosotros.

Al parecer, por lo que había visto en los últimos segundos, había estado conversando con la vizcondesa Janadine Berthmort, una mujer a la que mi padre odiaba fervientemente ya que era una de las simpatizantes que fomentaban el odio hacia mi reino.

Qué extrañamente consecuente —. Pero, Audry, debes irte ahora.

—Lo que iba a decir es que gracias a tu acción os he conocido a ti y a Éire. Y ha sido un placer, de veras. Además, creo que hemos sido un grupo increíblemente poderoso.

Sonreí. Inevitablemente, lo hice.

—No se lo digas a Éire: le darás más motivos para alardear —El sonido de un tacón contra la obsidiana resonó inesperadamente cerca. Asentí hacia la salida tan solo una vez más, y le repetí—: Ahora, haz guardia frente a mi puerta, no confío en esos guardias que me han asignado.

Ante aquella orden —que no era más que una mentira piadosa—, Audry se despidió torpemente una última vez y se dio la vuelta sin rechistar. Pestañeé un par de veces, me obligué a forzar una expresión sosegada, y giré sobre mis pies hacia la dirección contraria.

Y ahí estaba, justo frente a mí, con aquellos bucles enmarcando su enorme sonrisa alabastrina y con sus labios adornados de tonos rúbeos.

—¿Disfruta de la fiesta? —me preguntó. Su sonrisa no era una mentira, no una total, al menos. Sabía que no estaba tan feliz como aparentaba, pero ella no era malvada: tan solo quería el bienestar de su pueblo .

Algo totalmente honorable, pero también algo peligroso para mí.

—Claro, ¿cómo no hacerlo? Habéis servido tanto vino y tanta comida como para hacer feliz a un ejército entero.

Evelyn se rio ligeramente. Fue una risa pequeña, breve, femenina.

Sus manos enguatadas estaban entrelazadas justo frente a su vientre, rozando la tela de su decoroso vestido, lo que no indicaba nada bueno: estaba ansiosa, inquieta.

Y, por como sus pies se movían tras las faldas de su vestido, parecía tener los tobillos cruzados.

Estaba controlándose, manteniendo el control…

Estaba ocultando algo.

—Bueno, es lo que tiene la celebración anual de la cosecha. Solemos servir nuestras mejores raciones en este día.

Le dediqué una sonrisa más bien forzada, justo antes de decir—: Auch, y uno pensando que todo esto era por él.

—Por los dioses, príncipe Keelan, bien podría haberlo sido. Que haya venido justo en este día no es más que un buen augurio, según nuestro sumo sacerdote. Significa que traerá abundancia y riqueza al reino. —Ella se detuvo durante un instante, y después agregó—: A nuestro reino.

Enarqué una ceja .

—Creo que os estáis adelantando un poco. De hecho, aún ni siquiera he podido hablar con su padre sobre los términos que debíamos de tratar hoy.

Evelyn evitó mi mirada, humedeció levemente sus labios. E, inconscientemente, su vista se dirigió hacia la salida.

Quería huir o, tal vez, alguno de sus secretos se hallaba fuera de este salón: algo de suma importancia.

—Sí, bueno, su alteza, mi padre es un hombre muy ocupado. Aunque le aseguro que mañana hablarán. Si lo quisiera, podríamos hablar sobre algunos términos ahora.

—Realmente no son demasiados —le dije, observando como sus ojos se crispaban durante un breve instante—. Quiero a Idelia Gwen sana y salva, la paz entre ambos reinos, y el juramento de todos los nobles del reino ante mí.

La princesa arrugó sus facciones en el transcurso de un segundo. Sus dedos ahora se retorcían nerviosamente, y por la mirada que me dedicó, parecía ofendida por mis palabras. Aunque, si fue así, no lo dijo.

Tampoco necesitaba que lo hiciera, entendía porqué se había molestado. Pero, aun así, los celos eran algo estúpido, algo irrelevante para personas como nosotros, algo inmaduro .

—Idelia…

—A Idelia —afirmé, observándola fijamente—. Y no hay ninguna negociación que podáis hacer que yo vaya a aceptar.

Evelyn asintió, aunque no pareció demasiado contenta por ello.

De hecho, casi parecía dispuesta a irse deliberadamente, cuando, repentinamente, se giró de nuevo en mi dirección y —como si supiese lo que había hecho momentos atrás mientras descifraba lo que había hablado con Asterin —articuló con sus labios:

— Las celdas.