Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXVII #2
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CAPÍTULO XXVII #2

La punta de mi lengua la saboreó, se movió, mordisqueó y tanteó cada zona, mientras sentía como sus piernas se cerraban alrededor de mi cabeza, apoyadas contra mis hombros, mis manos aún aferradas a los bordes de su vestido, hincando mis uñas en sus caderas.

Las cuales, aún, se movían descontroladas.

Apenas tardó unos cuantos minutos, con mi cabeza entre sus piernas y las puntas de sus pies retorciéndose con vehemencia. Ella se sacudió, sus ojos rodaron y sus facciones se distorsionaron en placer. Casi pude haber reído mientras limpiaba mis labios con el dorso de mi mano.

Casi. Sino llega a ser porque la puerta se abrió.

Yo seguía arrodillada sobre el suelo, con aquella mujer aún recuperando el aliento, tendida en las piedras pintadas con barro seco del almacén, cuando el príncipe entró.

Parpadeó una vez, luego dos, paseó su mirada entre la camarera y yo, y después tan solo me miró a mi.

No había sorpresa, ni tampoco repulsión, tan solo un asentimiento, una pregunta implícita en su mirada.

La mujer ni siquiera hizo el amago de taparse, mientras yo soltaba un resoplido.

—Sí, ya hemos terminado —aseguré, echándole una mirada sesgada a la mujer que aún tenía la mano sobre su pecho. Enarqué las cejas y me levanté, dirigiéndome hacia Keelan con pasos seguros. En cuanto salimos de allí, el príncipe se acercó a susurrar algo en mi oído.

—¿Sabes que te has enrollado con una devota? Estaba recitando oraciones al círculo antes de irte. —Él me echó una mirada burlona.

—Bueno, se ve que mis dotes son suficientes como para dar gracias a las tres deidades. —Keelan sacudió su cabeza, ahora con su ceño ligeramente arrugado. No pude evitar esbozar una sonrisa mientras añadía—: No he conseguido toda esa cerveza, pero podría hacerte una demostración de lo que le he…

—Mejor no sigas —advirtió el príncipe.

—¿Celoso?

—Ni en mil vidas, hechicera.

Quise seguir bromeando; sin embargo, la mirada de Keelan se detuvo en un lugar demasiado tiempo. Demasiado tiempo para alguien como él, demasiado como para que fuese prudente, como para que fuese una causalidad. Así que seguí su mirada.

Un hombre alto, con un muñón como brazo derecho, y una expresión amarga en su rostro estaba frente a un mesón; sus músculos parecían fuertes, su espada firmemente envainada, su mirada feroz.

Pero no fue él quien llamó mi especial atención, sino el niño que se encontraba junto a él, tendiéndole una jarra llena de espumosa cerveza: Audry: extrañamente feliz, desenfadado.

Fruncí el ceño y volví a mirar al príncipe. Él crispó sus labios, sus ojos entrecerrados, su mirada ni siquiera se despegó de ellos dos. Malas noticias , pensé.

—¿Quién es ese?

Keelan se acercó a ellos.

—El hombre al que buscábamos.

Y entonces supe que estaba en lo cierto. Malas, muy malas noticias

Tuve que empujar a algunos hombres que brindaban con sus jarras servidas hasta arriba.

Gotas de alcohol me salpicaron, mientras Keelan daba grandes zancadas hacia a aquel mesón.

Aunque estuviera de espaldas a mi, casi podía ver a la perfección su expresión iracunda, su mandíbula apretada.

Mi capucha ya no tapaba mi reciente y enorme cicatriz, así que ahora muchos se giraban a observarme con aversión y asco reluciendo en sus miradas, casi como si fuera una cucaracha escabulléndose de la suela de su zapato: sucia, nauseabunda.

Miré a algunos, arqueando una ceja. Si querían insultarme en voz alta, adelante, que lo hicieran. Luego, tal vez, se coserían sus propios labios con hilo y aguja.

Escuché las sonoras risas de Audry, escandalosas, tal vez demasiado como para estar hablando con un hombre así. Un hombre, que sino estaba deduciendo mal, era uno de los mercenarios a los que buscábamos.

En cuanto nos acercamos a la mesa, Keelan soltó un suspiro de alivio, limpiándose las gotas de sudor que brillaban en su mandíbula. Detuve mis pasos, ojeando como aquel tullido se giraba a observarnos; su frente se arrugó en desconcierto durante un instante…No, desconcierto no, más bien molestia.

Keelan estuvo a punto de decir algo; sin embargo, Audry chocó su hombro contra el de aquel hombre, dedicándole una sonrisa cómplice. Casi pude ver cómo el único puño que tenía aquel tullido se cerraba con dureza.

—Pues eso, Éldelgar, que luego mi primo hizo que…

El príncipe le interrumpió de inmediato, colocando una sonrisa tensa sobre sus labios mientras agarraba con rudeza a Audry de los hombros y lo pegaba a su pecho .

—Dulce primo, mejor no cuentes mis secretos frente a un desconocido.

Tuve que reprimir una pequeña risa mientras Keelan le dirigía un asentimiento cortés al mercenario. Mentiroso, mentiroso, mentiroso, pensé.

El niño miró a su alrededor, confuso, como si no tuviese ni idea de lo que estaba pasando.

Olfateé el ambiente impregnado en alcohol…

, tal vez cualquier otro no lo hubiera distinguido entre la inmensa vorágine de olores tan distintos y tan desagradables; sin embargo, yo lo supe de inmediato.

Aquel vestigio amargo cerca de Audry, el pequeño vaso que reposaba en la mesa y apenas contenía más que un sorbo de ese brebaje oscuro, la nube en la que el niño parecía bailar, perdido, sin tapujos.

Opio. Tan solo podía tratarse de la sustancia que extraían de las cabezas de adormidera

Niño, niño estúpido, tonto, inútil y humano. No pude evitar rodar los ojos mientras observaba aquella escena. Más tarde, sin ninguna duda, Keelan le sacudiría hasta que vomitase sus entrañas.

—Fuera de aquí si vais a hacerme perder el tiempo —ladró aquel hombre, echándonos una mirada a los tres. Me tensé casi de inmediato por su tono; sin embargo, no era tan estúpida, las mediaciones prefería dejárselas al príncipe .

Keelan ladeó la cabeza, aún sosteniendo los hombros de Audry, clavando la punta de sus dedos tal vez con demasiada fuerza sobre su túnica.

El niño aún parpadeaba, como si estuviese en un mundo de algodones mientras era agasajado por los dioses.

Estúpido, tonto, inútil, humano, repetí, con ganas de cabecear contra la húmeda pared.

—Éldelgar, ¿verdad? —inquirió Keelan, mirando a aquel hombre con una firmeza que era impresionante.

El mercenario entrecerró los ojos en su dirección instantáneamente, recorrió las facciones del príncipe con rapidez, intentando identificarlo; sin embargo, fue obvio en su mirada que no encontró ninguna similitud con cualquier conocido suyo.

—¿Quién lo pregunta?

El príncipe soltó una risa baja.

—Alguien con mucho dinero que necesita hombres suficientes para una comitiva.

—¿Por qué alguien con mucho dinero estaría aquí hablando conmigo? —inquirió el tullido, con la desconfianza reluciendo en su mirada. Sus ojos echaron miradas sesgadas a su alrededor, intentando asegurarse de que nadie escuchaba aquella conversación.

—Éldelgar de la frontera…, de la frontera…

—Keelan chasqueó la lengua—. Sí, sé quién eres.

Un coronel de un regi miento entero que batalló en la guerra de los cinco reinos, hiciste tratos con nigromantes para alargar los años de tu vida, tu quinta esposa está justo arriba, durmiendo, tranquila, sola, indefensa y…

—¿Qué quieres? —gruñó aquel hombre. Su expresión podría parecer la de un peligroso animal salvaje, pero el miedo, la incertidumbre y la estupefacción latían bajo sus glóbulos.

Keelan humedeció sus labios y le sonrió ladeadamente.

—Ya lo he dicho, Éldelgar, quiero hombres para mi comitiva.

Un sonido gutural reverberó de la garganta del tal Éldelgar, que ahora tan solo tenía su vista sellada en el príncipe; candente, furibunda, probablemente fastidiado porque hubiesen averiguado sus secretos con esa deliberada facilidad.

Fruncí el ceño hacia Keelan; tal vez me había equivocado con ese hombre; tal vez era más que un peón elegido por su sangre.

¿Qué escondes, Keelan Gragbeam?

—Dos días y los tendrás. Aunque quiero tres bolsas llenas de monedas de oro y los tres caballos que dormitan en los establos de la posada .

Keelan enarcó sus cejas. No sabía exactamente si por el hecho de que Éldelgar sabía toda aquella información, o por las condiciones tan altas que estaba exigiendo; aún así, la socarronería era obvia en sus facciones.

—Ni siquiera los mejores mercenarios cobran eso —alegó—. Unas monedas de oro, y eso es todo lo que ofreceré.

Aquel hombre tensó su mandíbula, evitó la fija mirada del príncipe, juntó sus labios en una fina línea y casi estuve segura de que iba a negarse a ayudarnos.

Entonces, dirigió sus oscuros ojos hacia Keelan: pequeños, arrugados, cansados, su mirada aún recelosa.

Aún así, su respuesta fue firme.

—Bien.