CAPÍTULO XXV #2
Tres días habían pasado desde aquella noche.
Aún no habíamos llegado a nuestro destino: demasiadas paradas, algún que otro monstruo, y un largo descanso durante la noche que nos retrasaba más y más.
Keelan parecía cada día más frustrado, observando los mapas con más ahínco, como si estuviera firmemente seguro de que nos habíamos perdido.
De que aquel esbozo de esa posada no era más que un dibujo estúpido, que realmente se encontraba leguas y leguas más allá.
Aún así, en esos tres días no nos desviamos del camino por el que nos guiaba el príncipe, montando en su caballo de crines tan oscuras como su mismo cabello, siempre algunos pasos más avanzado que Audry y yo.
A veces, me preguntaba cómo podría vivir el príncipe entre tanta preocupación.
Se llevaba todo el día observando aquellos mapas, comiendo apenas mientras se preocupaba por ojear algunos papeles, dormitando siempre alerta por si alguna criatura aparecía .
Jamás lo diría, pero me causaba un enorme interés averiguar de donde habían salido aquellos extraños hábitos.
En estos tres días, había intentado dejar de tomar aquella agua mágica, sin querer volver a conjurar una tormenta; ahora bien, el único día que lo había intentado, se convirtió en eterno desazón, dolor, cansancio, sudor, necesidad.
Necesitaba esas hierbas, necesitaba esa suave sensación acariciando mi gaznate.
Por mucho que quise negarlo, era obvio que la magia sanadora de los temporales no funcionaba con mi abstinencia, tan solo la retrasaba.
Así que, ahora, parecía que iba a tener que depender también de aquella agua enfrascada.
Estiré mis extremidades sobre las hojas secas y caídas de Gregdow, extrañamente marchitas y casi ennegrecidas, mientras escuchaba el susurro de mi daga traquetear en su vaina.
Parpadeé, sintiendo la leve calidez de los rayos del sol bailar entre mis párpados, tan molesta como siempre; sin embargo, justo cuando quise incorporarme a buscar un poco de agua, algo me detuvo.
No fue el rugido de un monstruo, tampoco el silbido de una espada ni unos gritos agoniosos: fue la nada.
La absoluta, completa y única nada: oscuridad, silencio, ausencia alguna de sonido, sin visión, sin oído, sin olfato.
Incluso, aunque quise sentir la humedad de las plantas entre mis dedos, tampoco sentí su tacto.
Fruncí el ceño, al menos, eso quise hacer, mientras intentaba remover mi cuerpo.
La opresión de algo sobre mis manos, atándolas, inutilizándolas.
Cadenas, pensé de inmediato; pese a todo, ningún material pesaba sobre mi piel.
No, no, no, no era eso. Lo sabía con certeza, incluso aunque no pudiese olfatear su hediondo olor.
Era magia.
Tal vez no Razha, tal vez no los vestigios que dejaba un monstruo, pero sí que era magia. Aunque no sabía con certeza cual de todas.
Entonces una voz se adentró en mi mente, haciéndose hueco entre mis pensamientos más banales, y escavando con sus espolones afilados en mi cerebro. Estuve segura de que si pudiese haber gritado, en ese momento lo hubiera hecho.
Una voz vieja, tan antigua como los mismos árboles que rodeaban el bosque.
Me era conocida…No, conocida no, pero sí que confusa.
Extrañamente oscura, arrastrada, lenta y profunda.
Como si un canto al unísono de dolor se hallara detrás, engarzado en cada tono de sus palabras.
No supe con certeza si se trataba de un hombre o una mujer, tal vez de una vieja erudita, o de una cr iatura que engañaba a tu mente; sin embargo, algo era obvio: aquel ser no era humano.
Sus dedos incorpóreos —o tal vez sí que tenían forma y estaban partiendo mi cráneo en dos —arañaron, arparon y rasgaron cada trazo de mi mente: rebuscando algo, enturbiando mis pensamientos, haciéndome sentir cada ápice de dolor pese a que ni siquiera sentía mi cuerpo físico.
Estaba en una especie de trance, sola, en un vacío, entre remolinos de oscuridad y suplicio constante: sin poder gritar, sin poder ver, sin poder sentir nada además de dolor.
Quise sacar mi daga y desgarrar su cuerpo, abrir mi boca para soltarle todas las amenazas en las que freía sus vísceras sobre su propia sangre, y las tragaba de un bocado, mientras le sacaba los ojos y me limpiaba las uñas con un balde y el mismo cuchillo con el que lo había destripado.
«Oh, ¿quieres matarme? Eso es algo complicado, Éire. No estamos en el mismo plano. Aún así, podría ser divertido verte intentándolo»
Me mecí, hincando mis uñas sobre mis rodillas, acercando mis piernas a mi pecho.
Al menos, eso fue lo que intenté, queriendo volver de aquella bruma de dolor y confusión.
Aquella perdición, aquel vacío, que por mucho que intentaba encontrarle salida no parecía tener un fin.
Sin embargo, la voz no parecía divertida, juguetona o maliciosa.
En todo caso, parecía extrañamente neutra.
«Volverás, aprendiz, volverás. Estas tierras que pisas son antiguas, tanto como yo, y necesitan que les ayudes, niña. Para volver, necesito que les ayudes aún más de lo que ya lo has hecho»
Mi mente rogó, se sacudió, la zarandearon como un jubón lleno de polvo, mientras yo me perdía entre esa nebulosa, trastabillando, sintiendo un extraño hollín moteando la punta de mis dedos.
Todo a mi alrededor fue un eterno y sempiterno pozo, inundado de aguas tan oscuras como el carbón, mientras mi conciencia se ahogaba y se ahogaba, dando brazadas mientras intentaba sobrevivir.
Hipé, tosí e hice aspavientos, buscando un borde, una piedra saliente, una cuerda caída sobre las aguas.
Lo que fuera, lo que fuera .
Sin embargo, una aplastante energía me obligó a hundirme, a tragar aquella agua espesa y negruzca, a sentir aquel líquido untuoso pasando por mi nariz, mi garganta, mis pulmones, bañando mi corazón como oro líquido a una espada.
Ni siquiera escuché los chapoteos, ni las burbujas que delataron mi último aliento, tampoco sentí como el agua se pegaba a mi túnica desasida ni como mis pies se retorcían.
De nuevo, todo se apagó a mi alrededor .
Y yo fui parte de esa oscuridad.