Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXIV #2
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CAPÍTULO XXIV #2

—Sujétate —me ladró una voz, que durante un instante no pude identificar. Un momento después, algo puntiagudo se clavó justo al lado de mi mano, rompiendo la manga de mi túnica .

De forma inmediata, cerré mi mano sobre aquel mango, clavando las yemas de mis dedos en la empuñadura de aquella daga. Ni siquiera levanté la mirada, sintiendo como mis piernas eran tironeadas hacia atrás, agitadas por ese extraño temblor.

Observé la empuñadura ornamentada en filigrana borgoña, y de forma instantánea supe que había sido el príncipe quién me había ayudado.

Solté todo el aire que había estado conteniendo, intentando adentrar la hoja de aquella arma todo lo que fuera posible en la tierra del bosque.

Repentinamente, el temblor descendió de nuevo, sosegando a aquella fuerza que parecía haber estado rugiendo.

Yo ya no podía ver el cielo, ahora con el pecho clavado en el suelo, mientras la palma de mi mano se pegaba con determinación al mango de aquella daga.

Aún así, estaba segura de lo que estaría suspendido bajo el.

—¡El cielo! —exclamó, trastabillante, la voz de Audry—. ¡Mirad el cielo!

Pausadamente, me deshice del agarre que sostenía sobre aquella daga, notando como mi corazón bombeaba con una ferocidad parecida al gruñido de un ñacú.

Exhalé detenidamente una buena cantidad de aire que se había negado a salir de mis pulmones antes notando como mis músculos se relajaban consecuentemente, ahora bastante menos entumecidos.

Me di la vuelta de golpe, notando como la extraña y nueva humedad del ambiente se reunía en mis facciones, perlando mi tez de redondas gotas salinas.

Mi espalda chocó contra la hierba, siendo atravesada repentinamente por diminutas ramas, mientras que mis ojos barrían todo el paisaje con exhaustiva rapidez.

Tragué saliva.

—¡Ya es medianoche! —dijo Audry, mientras vislumbraba a duras penas su sonrisa. Observé sesgadamente como se tambaleaba en mitad del bosque, a poca distancia de mí; con sus piernas temblando como una acuosa gelatina, sus labios entreabiertos y su cabeza elevada hacia el cielo.

Las gotas se congregaban suspendidas por todo el terreno visible, y era consciente de que se expandían más allá: por todo Gregdow, por todo Nargrave.

Eran grandes, casi tan grandes como mi mano, intactas en el aire: sin gotear, sin desaparecer al aparecer una corriente de aire, perfectamente pintadas por todo el cielo a pocos metros de nuestra altura.

Ni siquiera me lo pensé dos veces cuando intenté incorporarme, consciente de la daga que ataba a mi túnica al suelo. Aún así, tan solo zarandeé mi brazo, partiendo la manga de ésta, dejando toda la longitud de mi brazo expuesta.

—Sabes que podrías haber desencajado la daga y ya está, ¿verdad? —dijo Keelan, con el sarcasmo implícito en su voz. Aún así, tan solo sacudí la cabeza con hastío, justo antes de ponerme en pie.

Escuché como el príncipe sacaba la daga de la tierra, mientras que la hoja silbaba al ser zarandeada a la fuerza de su escondite entre las altas hierbas.

Entrecerré los ojos en dirección a una de esas gotas, las llamadas lágrimas de la Nigromante.

Por un instante, algo en ellas me sedujo, me embelesó como una mujer guapa contoneándose frente a mí.

Resoplé, levantando mi mano casi de forma inevitable, mientras una extraña voz cantarina me hipnotizaba y me adentraba en un círculo que no tenía fin.

—¡No toques las lágrimas de Nascha! —alguien vociferó. Pese a eso, ignoré su reclamo mientras me ponía de puntillas, intentando alcanzar esas elevadas gotas que parecían estar a punto de caer sobre mi coronilla.

Antes de poder hacerlo, alguien me dio la vuelta repentinamente .

Unas manos sacudieron mis hombros con rudeza, devolviéndome repentinamente a la realidad. Pestañeé, notando como mi raciocinio salía de entre la nebulosa que era mi mente, maldiciéndome una y otra vez por haber caído en ese fácil engaño.

—¿Qué estás haciendo, hechicera?

Observé a Keelan frente a mí, aún con sus manos aferradas a mis hombros, esperando a que volviese a entrar en razón. Detuve mi mirada sobre la delgada cicatriz que partía el arco de su labio, justo en la que había reparado hacia tan solo unos días.

——¿Éire? —volvió a preguntar el príncipe.

Instantáneamente, sacudí mi cabeza.

—Estoy bien. Dejad el drama —me desbaraté de su agarre, retrocediendo algunos pasos. Intenté parecer despreocupada, pese a eso, podía sentir perfectamente la mirada extrañada de aquellos hombres sobre mí.

—No tienes ninguna vida que salvar, Éire. Si esas gotas no te consideran merecedora, si ven que estás jugando con la magia de Nascha…

—Sí, ya lo sé, moriré y blablablá —solté un suspiro justo después de interrumpir a Audry. Froté mis ojos repetidas veces, intentando asentarme de nuevo en la realidad. No sabía lo que me había pasado; aún así, no me gustaba un pelo.

Mientras volvía a separar mis párpados, me fijé en que Keelan tenía el ceño fruncido en mi dirección.

Entonces, fue cuando reparé en el corte que sangraba ligeramente en su barbilla. Pero, de cualquier forma, no abrí la boca ni una vez más mientras me dirigía a comprobar cómo estaba mi yegua.

Casi empecé a creer en esas tres deidades cuando pude ver que aún seguía viva.

Algunos caballos habían desaparecido, probablemente ahora mismo se encontrarían ahogándose entre las aguas del río de Normagrovk; pese a eso, Chica seguía ilesa, aunque tirada en el suelo, anudada de tal forma que casi podría cortar su respiración, y enormemente asustada.

Pero seguía viva.