CAPÍTULO XIX #2
Aquella cosa aún parpadeaba, mostrándome dos ojos que parecían más bien dos trozos extraídos directamente del sol colocados sobre sus glóbulos oculares.
Retuve una exclamación mientras empezaba a sentir como el calor que sus ojos desprendían empezaba a hacer estragos en mí.
No veía el fuego que salía de sus hendiduras llamadas ojos, y ni siquiera podía ver como aquello quemaba mi propia visión, pero casi inmediatamente sentí una fuerza aplastadora sobre mis pupilas.
Escuché como alguien tras de mí volvía a desenvainar una espada e, inmediatamente, supe que era Keelan .
Pero, inesperadamente, ahora me sentía en el extraño aprieto de acabar con aquella cosa yo misma.
Sabía que cualquier persona con lógica y raciocinio le hubiese preguntado a él, que no podía negar que era un experto, cual era la forma más rápida e indolora de acabar con aquella bestia; sin embargo, yo no tenía ni idea de lo que eran esas cosas.
Así que en un rápido y hábil movimiento, saqué la daga que solía atar cerca de mi muslo, y antes de que aquella bestia reparase siquiera en el movimiento, clavé la punta afilada de mi arma sobre uno de sus dos relucientes ojos.
Esa cosa ni siquiera gruñó, aunque sí que se removió bajo mi ataque, mientras yo sacaba aquella daga de su visión y la clavaba sin miramientos en su otra hendidura.
Un extraño resplandor salió de su cuerpo una última vez, esta vez algo más aplacado, mientras yo retorcía el filo de mi daga en las profundidades de su ojo.
Entonces, me di cuenta de que más que obvio porqué no podía gruñir iracundo.
Aquel ser no tenía boca. O, bueno, ni siquiera tenía algo parecido a una.
—¿Qué es esto? —pregunté, sacando mi arma de su glóbulo, y observando la hoja de mi daga embadurnada en un extraño y espeso plasma ámbar. Parecía oro líquido untado sobre ella, forjando el filo de esta bañándolo en aquel lustre metal.
—Cuenta la leyenda que una Razha se bañó en los rayos que la mismísima Vignís exhaló y mezcló su magia con trozos perdidos en Nargrave de esa estrella incandescente: creando un ejército de hijos y descendientes de la diosa.
Arrugué el ceño, mirando a Serill sobre mi hombro mientras decía—: Sí, esas leyendas son maravillosas para que una nodriza calme a un niño del que está a cargo. Pero, ¿qué son verdaderamente?
Fue Keelan quién me respondió:
—Son dankús. Seres que desprenden una luz inhumana, cegadora e implacable. No pueden moverse ni comerte, pero te consumen en cenizas tan solo con su mirada.
Me giré hacia la voz del príncipe, quién se encontraba con su túnica salpicada en sangre dorada de aquel ser, al parecer llamado dankú.
Agarraba la empuñadura de su espada, y su mirada ámbar estaba fija en mí, con su pelo negro desordenado y goteando levemente en sudor. Su tez trigueña estaba perlada en una extraña mezcla entre su propio sudor y la sangre de aquella bestia, rociando hasta las comisuras de sus labios .
Fruncí el ceño en su dirección, guardando mi daga con un diestro movimiento.
—¿Está muerto?
Keelan le echó una ojeada tan breve al monstruo que inclusive pensé que fue mi imaginación.
—Sí, está muerto.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí sino puede desplazarse? —inquirí, alternando mi mirada entre Serill y Keelan. La vieja parecía reticente a hablar, así que Keelan fue quien lo hizo de nuevo mientras soltaba el mango de su arma, ahora mucho menos alerta.
—No se sabe con exactitud.
La vieja chasqueó la lengua al escuchar aquello.
—De hecho, hay teorías sobre ello —dijo Serill, dando un pequeño golpe en la densa hierba con el extremo de su bastón—.
Se dice que, al ser hijos de una de las diosas del círculo, esta los alberga en sus propios rayos.
Cuando un sitio en el bosque es soleado, los dankús aparecen repentinamente ahí, porque su propia madre y la esencia de ella los transporta por Gregdow.
Cuando no hay sol, simplemente no existen.
Fruncí el ceño en dirección a mi supuesta tía. ¿Que el sol los transportaba, había dicho? Idelia se carcajearía justo después de abofetearme por creer semejante estupidez .
Keelan deslizó una sonrisa ladeada por sus labios.
—Pero sólo son cuentos que narran en las ciudades y en los pueblos para entretener a la muchedumbre. Son teorías absurdas, y nada más —zanjó el príncipe.
Serill, contra todo pronóstico, soltó una sonora risa.
—Keelan, querido mío, El llanto de la Nigromante se acerca. Y creo que esa es la viva demostración de que las leyendas no son sólo cuentos para amansar a la muchedumbre.
Trague saliva repentinamente. El llanto de la Nigromante se acercaba, era cierto. Quedaban tan solo dos días para el solsticio de verano: tan solo dos días para que aquella leyenda se cumpliera como lo hacía todos los años.
Una celebración demasiado importante para los hechiceros. Un día en el que todos los miembros de sus casas se reunían para celebrar aquella fiesta, para celebrar la muerte de las Nigromantes, registrada hacía al menos un milenio.
—¿Se podrá ver desde aquí? —pregunté, mirando a Keelan únicamente. El príncipe sonrió, divertido, mirándome de arriba a abajo en una rápida pasada.
—Hechicera, cuando llegue el solsticio, estaremos en el acantilado de Normagrovk. —Keelan ensanchó su sonrisa—. El acantilado donde todas ellas murieron.