CAPÍTULO XVII #2
—Los modales se te dan bastante mejor cuando estamos frente a gente mayor, Éire, ¿tal vez es debido a un trauma?
—Keelan me miró de arriba a abajo en una rápida pasada.
Y, cuando sus ojos volvieron a chocar contra los míos, casi me sorprendí por el brillo de malicia en los suyos—.
Oh, ya sé. Problemas maternales, tal vez.
¿Tu madre estaba demasiado ocupada como para prestarte atención?
Solté una burda carcajada ante aquellas palabras.
—Ojalá hubiera sido eso, créeme.
Keelan rodó los ojos casi inmediatamente. El gato de Serill volvió a pasear sus garras por la madera del suelo de la cabaña, desgarrando el silencio y el material con una intensidad desagradable y abrumadora.
—Claro, seguro que tuviste problemas más grandes .
—Claro, seguro que la vida de un príncipe también fue muy…
——¡Lulú! Ese es el suelo recién limpio. Ya está bien, no raspes mi suelo.
Me detuve en seco, girándome casi instantáneamente en dirección a Serill. La discusión con Keelan se congeló durante un instante, siendo apartada a un segundo plano por mi mente, dejando simplemente hueco para aquellas palabras que acababan de salir de la boca de Serill.
—¿Has dicho Lulú? —pregunté, incrédula, alternando mi mirada entre aquel enfermizo gato y aquella mujer que, por lo que había descubierto, parecía compartir lazos sanguíneos conmigo.
El gato elevó su cabeza hacia mí, ladeándola brevemente, al parecer captando el hecho de que lo había nombrando.
Sus cuencas vacías se agrandaron aún más mientras aguardaba a que le dijese algo más, lamiendo su peluda pata con esa áspera y viscosa lengua.
Tuve que pestañear varias veces para esfumar aquella imagen de mi cabeza, volviendo a dirigir mi mirada hacia Serill.
La vieja me dedicó una mirada, encogiéndose de hombros con simpleza mientras decía—: Es fácil de recordar .
—Desde luego que sí —confirmé, observando el rostro de Keelan de soslayo.
Muy a mi pesar, él parecía estar entrecerrando sus ojos en mi dirección justo en ese momento, así que nuestras miradas se cruzaron.
Pese a lo que pudo parecer, el príncipe no estaba observándome por una atracción inconmensurable hacia mí —aunque bien podría ser entendible—, sino porque aún parecía reticente a fiarse de mi persona.
Keelan me analizaba con la mirada, comprobando en qué puntos estratégicos había colocado cada arma, preparado para desarmarme y atacarme si es que fuese necesario.
Inevitablemente, puse los ojos en blanco, apartando mi mirada de la suya.
Retuve un suspiro, intentando recopilar aquellos vestigios que aún quedaban de esas imágenes que Serill había implantado en mí, las cuales habían danzado sobre mi mente como si ese fuera el idóneo lugar para hacerlo.
Era una sensación extraña la que electrificaba cada neurona de mi cerebro.
Había visto tan claro aquel hecho, tan nítido, tan transparente: Serill de veras era mi tía, hermana de Idelia, una Gwen de linaje.
Sin embargo, otra parte de la visión estaba bloqueada para mí. Sabía lo que eso significaba, sabía lo que Serill quería ocultar, podía deducir la verdad tras aquella bruma. Pero, aún así, aquellos hechos no cambiaban nada en mi vida.
Yo tenía una misión y un objetivo claro. Serill nunca sería de veras de mi familia y aquella visión podría olvidarse en los lugares más recónditos de mi mente.
Porque yo nunca más la buscaría.
—Ya le he dicho al príncipe que podéis pasar la noche aquí, así que disponemos del resto de la tarde para que escuchéis mi estrategia.
Las palabras de Serill me sacaron instantáneamente de mis cavilaciones. Sacudí la cabeza ligeramente mientras detenía mis ojos sobre ella.
—¿Qué estrategia? —pregunté, inquisitiva, notando como un extraño dolor de cabeza empezaba a martillear mis sienes. Me giré hacia Keelan en cuánto escuché sus pesadas botas arrastrándose por los tablones hasta detenerse justo frente a una pared.
Fruncí el ceño mientras reparaba en el mapa que colgaba de esta, extendido y colgado con clavos sobre la madera, manchado en algunas esquinas y moderadamente estropeado; sin embargo, aquello no te impedía ver cada parte de Nargrave con claridad.
Keelan me echó una mirada justo antes de posar su dedo sobre el acantilado que rompía aquel tramo del bosque, probablemente rodeado de ñacús hambrientos. Nunca había estado allí, si era sincera, pero parecía enorme incluso con las dimensiones de aquel pergamino.
—Este es el acantilado de Normagrovk, uno de los sitios más peligrosos de Gregdow.
—El príncipe desvió su dedo hacia un puente que estaba cuidadosamente pintado.
Parecía protegido por algunos guardias —al menos eso deduje de los esbozos de monigotes que se congregaban frente a este —y revestido en seguridad.
El puente era enorme, seguro, y atravesaba el acantilado a veinte leguas de donde nos encontrábamos—.
Normalmente, podríamos utilizar el camino real sin problemas, pero no es conveniente que en estos momentos decisivos para Zabia pueda ser tan fácil encontrar a su príncipe heredero, tan solo acompañado por una aprendiz y un niño de dieciséis años sin nociones de guerra.
Estuve a punto de protestar por aquello, ofendida. Pero, en el fondo de mi amarga alma, sabía que el príncipe tenía razón.
Keelan le hizo un imperceptible asentimiento a Serill, y eso pareció ser su permiso para hablar, ya que ella no tardó en añadir—: En menos de unos días el camino que seguís será inviable.
No será conveniente que los soldados aherianos del puente vean al príncipe de Zabia en estos claros signos de debilidad.
Ellos se carcajearán al ver que un niño escuálido ha sobrevivido y no los demás guardias de la comitiva.
Contarán en las tabernas que el ejército de Zabia es débil.
Lo rumorearan y correrá como la pólvora hasta llegar a sus majestades. Y eso, chiquilla, ha de evitarse.
No dije nada, entendiendo cada una de sus palabras y esperando a que continuaran. Cuando no lo hicieron, no pude evitar impacientarme mientras mascullaba:
—Bueno, ¿y cuál es la idea?
Serill soltó un suspiro, aparentemente hastiado, pero fue Keelan quién me respondió mientras señalaba con su dedo otro punto del mapa. Extrañamente, nada se encontraba en aquel tramo además de millares de árboles. Antes de poder decirle que allí no había nada significativo, Keelan me miró.
—Hay otro camino, pero no está dibujado en ningún mapa.
Serill me ha confesado que, de hecho, ni siquiera ella misma sabe si es seguro.
Probablemente nos encontremos con muchos más monstruos; sin embargo, es lo mejor que tenemos.
Después de eso, ya hablaremos sobre cómo cruzar ese acantilado.
—Keelan me dedicó una sonrisa amarga, desdeñosa, justo antes de añadir—: Pero, si hace falta, supongo que no tendrías problema alguno en cabalgar a un ñacú .
Intenté evitar el comentario que solté, de veras que sí.
Pero no lo hice.
—¿Quieres probar mis dotes previamente, Keelan? No querría entorpecer nuestro camino si es que no estás satisfecho con ellas.
—Audry las probaría gustoso. Oh, bueno, no lo tengo claro. Al fin y al cabo, mataste a sus amigos.
Enarqué mis cejas.
—Creía que íbamos a hablar de estrategia, dejando a un lado los comentarios personales.
El príncipe entrecerró sus ojos en mi dirección.
—Bien, entonces, ¿entiendes el plan? Debemos ser muy cautelosos por esa bifurcación, Éire. Probablemente incluso tengamos que prescindir de las hogueras y de la carne recién hecha.
Tomé una respiración pausada, y no tardé en asentir hacia ambos.
—Lo entiendo, pero sigo pensando que esto se hubiera evitado si nuestro querido príncipe no hubiese traído como comitiva a un grupo de inútiles y estúpidos.
Keelan tensó su mandíbula.
—¿Incluso de los muertos te gusta hablar mal?
Yo simplemente me encogí de hombros.
—Ellos ni siquiera me van a escuchar .
Nadie en la estancia dijo nada más.
Un silencio extraño y tenso arropó a la sala, dejando un rastro de inquietud tras el. El dolor de mis sienes no había cesado, y sentía como cada pensamiento se escapaba de mi cerebro, prófugo.
Pese a que no me importaba demasiado aquel vínculo sanguíneo con aquella mujer, el hecho de que Idelia me hubiese ocultado aquello dejaba un desagradable sabor en la punta de mi lengua.
¿Por qué ocultarme que tenía una hermana?
Simplemente se me ocurrieron dos respuestas: porque había perdido toda relación con ella y veía innecesario presentármela.
O —la más descabellada—porque Serill sabía algo de lo que yo no debía enterarme.
—¿Cuál habías dicho que era mi habitación, Serill?
Ella me miró, y el brillo que destellaban sus ojos delató que tenía miedo. Por un instante, no supe bien porqué, aunque después parecí tenerlo muy claro.
—Sígueme.
Mientras iba tras la anciana, no pude evitar recordar aquel fragmento de sus ojos. El miedo danzaba en su pupila, implacable, acaparador: miedo a que revelase la verdad.
O, tal vez, miedo de mí.