CAPÍTULO XIII #2
Si mi madre me viese ahora mismo, me daría una bofetada.
Necia, tan necia como los humanos. Los animales son inferiores a ellos, pero mucho más inferiores a nosotros.
Nunca había estado demasiado de acuerdo con los valores de Idelia. De todas formas, no obedecerla era sentenciarme casi al instante.
Entrecerré los ojos en dirección a aquella zona del bosque. No la había pisado nunca, pero escuchar el aleteo de los pájaros me tranquilizaba levemente.
Me adentré entre la maleza, apartando las ramas de mi camino, comprobando que mis pies pisaban sitios seguros y no algún tronco que partiese de inmediato mi tobillo al tropezar.
Todo parecía tranquilo a mi alrededor, pero la desconfianza seguía palpitante en mi pecho.
Sabía de criaturas que podían ocultarse silenciosamente, que incluso podían camuflarse con su entorno.
Yo no confiaba siquiera en mi propia sombra, mucho menos lo haría en un ambiente aparentemente seguro.
Y, entonces, lo escuché.
Pese a lo que esperé, no fue el rugido de ningún monstruo ni el arrullo de un quepak. Tampoco fue el gorgoteo de una garganta siendo rebanada o el sonido de un pulvra reptando por algún riachuelo.
Era el sonido de risas. De risas y chapoteos.
Entrecerré aún más los ojos mientras seguía el rastro de aquellos sonidos. Cuanto más cerca me encontraba, más podía asegurar que había decenas de personas allí, que aquellas voces eran inesperadamente conocidas.
El riachuelo apareció en pocos minutos, aquella pendiente lodosa de nuevo frente a mí, pisadas de botas demasiado visibles, demasiado obvias para cualquier depredador inteligente: como lo era una bynge.
Casi rugí mientras observaba a aquellos guardias nadando entre aquellas corrientes, tirándose lodo y riendo como si fueran malditos niños pequeños .
Yo cuando era niña ya estaba aprendiendo a matar. Y los que se suponían que debían de proteger al príncipe, estaban jugando.
Barrí aquel sitio con la mirada: todos estaban en el agua, eran absolutamente todos los guardias que debían de resguardar a Keelan, y ninguno estaba siquiera armado.
Bajé la mirada a aquella pendiente lodosa y observé aquellas armas enterradas en el lodo, sucias, inútiles, demasiado lejanas si aparecía el pulvra que reptaba por este mismo riachuelo.
Tuve que tensar mi mandíbula con férrea fuerza para intentar no clavar un cuchillo en el pecho de cada uno de los que estaban presentes.
Ni siquiera se habían percatado de mi presencia, ¿cómo aquellos estúpidos iban a cuidar del príncipe?
Yo no era admiradora de Keelan, pero esta era mi misión, y ellos deberían tomársela tan en serio como yo, aún cuando el príncipe no era una persona de mi agrado.
—¿¡Qué hacéis, necios!? —grité, haciendo que todos los guardias que nadaban tranquilamente se girasen hacia mí.
Vi algunas expresiones molestas, otras sorprendidas y algunas incluso iracundas.
Aquello no me amedrentó en lo más mínimo mientras elevaba la voz.
—: ¡Tenéis que cuidar del príncipe Keelan! ¿Cómo podéis estar aquí divirtiéndoos ?
Audry se giró hacia mí, frunciendo el ceño. Sus compañeros se arremolinaron en torno a él, al parecer visiblemente molestos por lo que acababa de decir.
—Eh, eh, Éire —dijo Audry, dando un paso hacia mí, con el agua casi llegando a su cadera—. Tienes que relajarte. Estamos bien, el príncipe Keelan se ha ido de caza. Todo está bien.
Repasé con la mirada cada uno de los rostros de esos guardias. Algunos ni siquiera me estaban prestando atención, como si fuera una nimia e insignificante distracción. Otros, sin embargo, parecían muy concentrados riéndose por lo bajo de mí.
Estiré una lenta sonrisa por mis labios.
—Entonces, no debo preocuparme, ¿verdad? ¿Sabréis defender a su alteza de los monstruos del bosque? —pregunté, inquisitiva. Les dediqué una sonrisa encantadora, haciendo que Audry destensara sus hombros y elevase una de las comisuras de sus labios.
—Sí, sí, claro, señorita. No se preocupe, puede volver a descansar si así lo prefiere.
Antes de poder poner una mueca de disgusto, un guardia calvo voceó:
—O puedes venirte a mi tienda, nena. Nunca me he follado a una hechicera .
Todos estallaron en risas en aquel riachuelo, mirándome como si fuese irremediablemente graciosa. Ensanché aún más mi sonrisa, dando un paso hacia el lodo, y dejándome caer hacia delante.
Como supuse, aquel hombre que había gritado eso sobre mí, me sujetó antes de sumergirme en el agua. Me agarré a sus hombros mientras el aferraba sus grandes dedos en mis caderas, apretando más de lo necesario.
—Ay, lo siento tanto. Me he caído. —Solté una risita tonta—. Ya sabes, cosas de mujeres.
Él me sonrió, mostrándome sus dientes torcidos y aquel colmillo dorado en su dentadura. El guardia bajó su mirada hasta mi pecho, justo donde la túnica se había pegado más a mi piel gracias al agua, transparentando todo lo que se encontraba debajo.
Retrocedí un paso, volviendo a sonreírle. Aquel hombre no apartó la mirada de mi pecho, así que no me costó sacar la daga de mi vaina bajo el agua, aún oculta de todos los guardias que sabía que no me quitaban la mirada de encima.
—Bueno, me quedo mucho más tranquila sabiendo que hombres tan apuestos y entrenados protegen a su alteza.
—Endulcé mis palabras con miel, aleteando mis pestañas en dirección al hombre frente a mí.
Justo cuando él iba a colocar de nuevo su mano en mi cadera, saqué la daga de su escondite en el agua—.
El problema es que no hay ni uno de esos hombres aquí.
Mi sonrisa se volvió afilada mientras pasaba la daga por la palma de mi mano, dejando gotear la sangre sobre el agua.
Los guardias contuvieron una exclamación, y supe de inmediato que muchos se iban a abalanzar sobre mí; sin embargo, no tardé en volver a hablar, escuchando casi instantáneamente el sonido del siseo de un pulvra.
—Los que consigan sobrevivir, podrán ayudarme a proteger al príncipe. Los que no, espero que sea una muerte rápida. Una pena que al pulvra le guste devorar a sus presas vivas.
Ni siquiera pudieron detenerme cuando el pulvra ya había devorado a uno de esos guardias. Salté a la pendiente lodosa con agilidad, desapareciendo entre los árboles unos momentos después.
Aún podía escuchar los gritos de los guardias, rogando por su vida o, tal vez, rogando por una muerte mucho más veloz.