Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO VII #2
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CAPÍTULO VII #2

Mis manos temblaban en cuanto pensaba en aquella deliciosa bebida bajando cálidamente por mi garganta, abrazando a mi cerebro en una tranquilizadora cercanía, susurrándome cuentos que me hacían dormir sin interrumpir mi somnolencia.

Me había sentido tan relajada después de tomar aquellas hierbas, tan anestesiada, sin el miedo a que Idelia me obligase a seguir entrenando.

Siempre que tomaba aquel brebaje, ella me dejaba descansar, mi cuerpo se permitía descansar .

Tuve que parar mis pasos durante un segundo para despejarme de aquellos estúpidos pensamientos. No podía tener una dependencia hacia aquel té. No ahora.

Inspiré hondo, sintiendo como el aire puro inundaba mis pulmones.

Procuré calmarme en cuanto al aire frío se paseó por mi rostro, refrescándome.

Tenía unas insaciables ganas de agua, de alcohol, de cualquier líquido que pudiese hidratarme.

Me sentía tan caliente, tan cansada, tan sucia mientras el sudor que perlaba mi frente se escurría por mi nariz.

Limpié aquellas gotas de sudor con el dorso de mi mano y sacudí mi cabeza. Basta, me dije con dureza.

Observé el montón de caballos que se congregaban frente a la entrada del palacio, rodeando a un gran carruaje de un color borgoña febril con ruedas bañadas en oro, mientras aquel guardia seguía adelante con mis baúles aferrados como si le fuera la vida en ello.

Comprobé que las guardaba con cuidado en aquel carruaje y me permití no prestarle más atención.

Pasé la mirada por cada guardia que ensillaba a su caballo correspondiente, aunque ninguno de ellos llamó especialmente mi atención.

Todos eran igual de aburridos con aquel uniforme perfectamente colocado y el estandarte de Zabia cosido en su chaqueta.

Aunque, un dato sí que llamó especialmente mi atención, y era que ahora todos llevaban colocada una enorme armadura metálica con hombreras y tiras de cuero.

Sinceramente, eran unos necios si pensaban que aquellos trozos de metal detendrían a los colmillos de los pulvra o a la parálisis acompañada de un miedo repentino conjurado por una bynge.

Fruncí el ceño mientras volvía a repasar a todas las personas con la mirada. Pero, de nuevo, ninguno de aquellos guardias captó mi atención.

Bueno, al menos, ninguno de ellos captó mi atención hasta que me detuve en él.

El príncipe Keelan estaba de pie, esta vez con un atuendo bastante menos formal —y, desde luego, no era una fea armadura—frente al carruaje barnizado y apoyado con indiferencia sobre este.

A pesar de aquello, podía ver la alarma en sus ojos desde aquí, la forma en la que barría a todas las personas con la mirada. Como si realmente no confiase en ellas.

Curioso.

Di varias zancadas hacia él, y en cuanto lo hice, él se aferró aún más al mango de su espada. No pude evitar sonreír al ver aquel mecánico movimiento.

— Su alteza — me pavoneé, haciendo una pequeña reverencia. Pude ver cómo fruncía el ceño mientras miraba mis pantalones de montar—, veo que está usted hoy tan amable como siempre.

—¿Por qué llevas esos pantalones, hija de Idelia? —preguntó él, escueto, endureciendo aún más su rostro si aquello era posible.

Enarqué una ceja, intentando que aquel apodo no volviese a despertar mi ira. Eso era lo que él buscaba: exaltarme, cabrearme, molestarme. Y no le daría ese privilegio.

—Vamos a un bosque lleno de criaturas de las que tendré que protegerte, creo que se me permite no asfixiarme con un corsé por esta vez.

Keelan entrecerró los ojos, apartando su mano con cautela del mango de su espada. Al parecer, ya estaba aceptando el hecho de que no iría hacia él con una daga y le rebanaría el cuello en cuanto se despistase. Al menos, no lo haría hasta que no me diese un motivo para ello.

— No vas a protegerme. Mi padre está empeñado en que te necesitamos por tu magia, pero yo sé cómo sobrevivir perfectamente sin ti.

Contra todo pronóstico, una sonrisa se estiró por mis labios.

—Permíteme dudarlo, príncipe.

—No te lo permito —dijo él bruscamente .

—Era una forma de hablar, estúpido.

El príncipe juntó aún más su ceño.

—Pues no utilices esas formas de hablar.

—No frunzas tú tanto el ceño, se te quedará marcado.

Keelan me echó una mirada llena de hastío mientras daba un paso hacia mí de sopetón. No parecía haberse dado cuenta de que tal vez se había acercado demasiado. A pesar de ello, no me aparté, adoraba verle exasperado.

—No me digas qué hacer, hija de Idelia.

Tensé mi mandíbula mientras le maldecía silenciosamente.

—Eres insoportable, hijo de Symond.

Él inclinó su cabeza hacia mí, haciendo que yo tuviera que elevar la mía en consecuencia. Noté como su mandíbula palpitaba mientras humedecía sus labios. En ningún momento dejamos de maldecirnos con la mirada cuando él volvió a hablar, ahora mucho más tenso.

—¿Siempre eres tan poco original? ¿O simplemente es tu cabeza inconsciente la que te hace decir estupideces?

Elevé mis cejas.

—Es lo que eres al final del día, ¿no? Solo un heredero. Solo un peón más que es elegido por su sangre. —Me puse levemente de puntillas para alinear nuestras miradas mientras le decía—: Patético .

Keelan me devolvió la mirada durante algunos instantes, aunque no tardó en gruñir, molesto, y en apartarse de mi lado.

No pude evitar sonreír, triunfante, en cuanto su hombro chocó con el mío al pasar. Era especialmente placentero molestar a aquel hombre

—¡Todos a los caballos! ¡Nos vamos inmediatamente!

—gritó el príncipe con autoridad. Instantáneamente, como si aquella fuese la orden que estaban esperando para rendir, todos obedecieron sin rechistar.

Cualquiera podría pensar que lo hacían porque era el príncipe heredero, por una cuestión más bien de poder y respeto; sin embargo, esas personas que ahora estaban montándose en sus caballos no parecían hacerlo por obligación.

Pese a que había escuchado aquellos rumores que decían que el príncipe sería un gran gobernante, nunca lo había visto con mis propios ojos.

Aquel tono de voz, aquella postura, las palabras escogidas y la forma de pronunciarlas, eran tan perfectas para ser simplemente un heredero que casi me arrepentí de mis palabras.

Tal vez él sí que merecía ser rey.

Sea como fuere, no le diría aquello.

Me di la vuelta, notando como la capa ondeaba tras de mí, y me dirigí hacia alguno de los caballos ensillados. Intenté que mis pasos no fueran renqueantes cada vez que me movía, pero aquella capa tan pesada no facilitaba mi trabajo en lo más mínimo.

Antes de poder alcanzarlo, alguien sujetó mi muñeca desde atrás, deteniéndome sobre mis pies. Me giré para mirar sobre mi hombro de quién se trataba, aunque antes de siquiera poder hacerlo, él ya había hablado.

—Desgraciadamente, tú vienes conmigo. —En cuanto dijo aquello, soltó mi muñeca súbitamente. Como si le quemase mi simple tacto, como si mi piel pudiese tener alguna enfermedad mortal que fuera a transmitirle.

Me giré completamente hacia Keelan, mirándole con desdén.

—Iré donde yo vea conveniente ir.

Él crispó los labios

—Ve hacia el carruaje, hechicera. Son órdenes del rey.

—Ajá, claro y…

—Escúchame —me interrumpió de golpe, y yo no pude evitar entrecerrar los ojos en su dirección—.

Como tú bien has dicho, debes protegerme con tu magia.

Así que, Éire, usa tu inteligencia y piensa que lo más lógico sería acompañarme en el viaje.

—Entreabrí los labios para rebatirle aquello con algún argumento que se me ocurriese sobre la marcha; sin embargo, él me detuvo de nuevo—: Aunque, haz lo que quieras, ¿qué me iba a esperar de una niña que lleva veinte años bajo las faldas de su madre?

Intenté demostrar que aquello no me había afectado, de veras que sí, pero supe que mi mueca fue suficiente como para que el príncipe fuese ahora el que sonriese satisfecho.

Reí irónicamente, sin hacerme ni pizca de gracia aquello.

—Eres un inmaduro. No utilices esa psicología conmigo. No intentes manipularme.

El príncipe se encogió de hombros y dijo deliberadamente—: No osaría manipular a una dama.

—¿Eso es un forma de decirme que no lo soy?

Contra todo pronóstico, el príncipe se rio. Y, esta vez, parecía que verdaderamente le había hecho gracia mi comentario. No sabía si había sido por mi voz ofendida o por las palabras escogidas, pero aún estaba sonriendo levemente mientras decía:

—Tu inteligencia me abruma, hija de Idelia.

Suspiré dramáticamente, pasando por su lado y chocando mi hombro intencionadamente con el suyo.

—Suele pasar.

Me monté en aquel carruaje sin decirle nada más. Extrañamente, sentía que el ambiente parecía haberse aligerado un poco entre los dos en cuanto nos quedamos solos en aquel transporte.