Reino de bestias y poder (Nargrave 3) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—No, hace un tiempo lo dejé. Me costó muchas recaídas y lágrimas, pero finalmente estoy limpia —dijo, con una sonrisa cortés y breve, no la que esperaba de ella. ¿Cómo podría sonreír de otra manera tras nuestra despedida y el genocidio que presenciamos?

—¿Y tú? ¿Desde cuándo bebes tanto? —comentó ella, señalando hacia las cuatro copas vacías sobre una mesa cercana.

—¿Cómo…? —pregunté sorprendido.

—Te he estado observando —contestó con naturalidad—. No demasiado, pero lo suficiente para saber cómo transcurre tu vida… si eres feliz.

Parpadeé, desconcertado.

—¿Y qué conclusión has sacado?

—Que llevas una vida tranquila, pero no lo suficientemente feliz.

Casi reí.

—¿Crees que nuestro futuro habría sido tranquilo o feliz?

—Creo que habría sido imposible, pero si hubiese ocurrido, sería feliz. Complicado, quizás nos consumiría, pero feliz.

—Pienso lo mismo —asentí. Aunque me hubiera gustado conocer ese futuro, estaba contento con mi vida.

La alianza con Evelyn nos trajo prosperidad, y la llegada de Katherine nos dio felicidad.

Nuestro matrimonio no fue el más pasional, pero nos respetábamos y nos queríamos.

Esa paz era suficiente—. ¿Y tú? ¿Eres feliz?

—Lo soy. Aún tengo pendiente surcar los mares en busca de aventuras, pero esperaré a que Freyja pueda gobernar en mi ausencia. Solo confío en ella para esa labor.

—¿Tanto la quieres?

—Es mi hija, pero también es mi ancla. Uno de mis motivos para resurgir de mis cenizas. Mi tarea diaria es enseñarle todo lo que a mí no me enseñaron. Ella será digna de portar la corona.

—Me alegro mucho por ti —dije, tomando su mano con suavidad y apretándola con cariño. La calidez que sentí me recordó a lo que alguna vez percibí, ahora transformado en un antiguo afecto.

—Y yo por ti —respondió.

Katherine me llamó desde detrás, apresuradamente.

—Debo marcharme, pero disfruta de la velada —dije.

—Adiós, Keelan Gragbeam —respondió ella.

Me detuve un instante, giré el rostro y le dediqué un destello de sonrisa. No había tristeza; solo estaba ahí, suspendida en un hilo.

—Adiós, hechicera.

ÉIRE

Esa había sido mi despedida con Keelan. No la más emocionante, de hecho, casi decepcionante.

Pero fue la última vez que lo vi antes de abandonar Gregdow para embarcarme hacia las islas del más allá.

Freyja se había convertido en toda una mujer; gobernó en mi ausencia incluso mejor de lo que yo habría podido hacerlo, y en más de una ocasión me pregunté si su cuerpo albergaba algo del alma de Ashania Minceust. Eran tan parecidas en ciertos aspectos…

Audry se había casado con Haakon, y juntos viajaban por Nargrave a su antojo. En esas travesías, Audry ayudaba a quien lo necesitase y hacía justicia en nombre de los débiles. Había alcanzado su meta: convertirse en un verdadero caballero.

Vi a Keelan Gragbeam una última vez antes de que la muerte lo reclamase, y lo encontré leyendo uno de los tomos de Lucca.

Fui a visitarle apenas supe de su estado.

Deposité un beso en su mejilla y él se enjugó varias lágrimas.

Nos abrazamos, y nunca antes lo había sentido tan cerca como en aquella tarde.

Sabía que la muerte le rondaba, así que le confesé una verdad cruda. Si había sacrificado a todas esas personas, no lo había hecho solo por mi vida, sino también por la suya.

Continúa con el plan, había dicho Nascha. Si no lo hacía, Keelan moriría.

Al menos, eso deduje, y no quise arriesgarme. Aunque el futuro me mostraba que una vida juntos habría sido posible, no estaba dispuesta a renunciar a mi magia ni a mi causa por ello. Él lloró con más fuerza al enterarse, y yo me mantuve firme, comprendiendo que ese era el precio de mi camino.

Pero, al final, aquel había sido mi trayecto por Nargrave.

Mi madre me dejó cicatrices, adicciones y dolor, pero conseguí salir de todo eso.

Me había convertido en alguien resiliente.

Conocí a personas que me ayudaron a lo largo del camino, y también me conocí a mí misma, a la verdadera Éire.

No a la que se temía, ni a la que se autosaboteaba.

A aquella mujer decidida, con ideas claras y temperamento firme.

A aquella mujer libre, que pensaba con calma pero actuaba con rapidez.

Me había aprendido a aceptar, con cicatrices y con un cuerpo que, para muchos, podía resultar atemorizante.

Había amado, había sufrido y había soltado. Aprendí mucho durante esta travesía, pero sobre todo a vivir.

Ahora vivía. Plenamente. Con personas a mi lado o sin ellas. Solo con mi compañía me bastaba.

O quizás necesitaba un poco de amor de vez en cuando, porque al final del día me sentía humana.

Había dormido en castillos, chozas, posadas e incluso en el suelo. Comprendí que la familia no siempre comparte tu sangre, y que mi bienestar era prioritario.

Esa había sido mi vida en Nargrave. No perfecta, ni triste, solo realista.

Y estaba orgullosa de lo que había logrado con sudor, sangre y lágrimas. Aunque muchos me llamasen villana, yo conocía mis motivos y mis decisiones.

Me conocía mejor que nadie. Y esta era mi historia, solo mía para contar.

Solo mía para recorrerla, como un paseo por la constelación de mis recuerdos de Nargrave.