CAPÍTULO XLVIII
ÉIRE
Miré la vorágine de colores que se estampaba en el cielo.
El tono malva más suave, el anaranjado más vivo y el azul más celeste se entrelazaban en un horizonte limpio.
Apenas había nubes que difuminaran las líneas que separaban cada color, creando un tapiz que parecía moverse con cada respiración del viento.
Estaba sentada sobre la tierra mientras dejaba que los rayos de sol acariciaran mi rostro y calentaran mis labios.
La nieve se había derretido y solo quedaba un día templado de víspera, el albor que tanto había esperado y con el que había soñado durante mi largo recorrido por Nargrave.
Sin embargo, a pesar de la promesa del día, sentía que dejaba demasiadas cosas atrás.
Cabos sueltos que me habría gustado atar, conversaciones que quedaron a medias o que ni siquiera había comenzado.
Entre mis dedos descansaba la carta que había escrito para Ashania el día de su muerte.
En aquel momento había volcado todos mis pensamientos precipitados, y nunca fui capaz de releerla tras dejar la pluma en su tintero.
Aun así, una voz interior me susurraba que debía permitirme una despedida antes de que acabara el año.
Recorrí con mis dedos el grueso papel mal cortado con la tinta seca pero corrida por las lágrimas y una caligrafía descuidada y torpe.
El sol intensificaba el negro de la tinta, haciendo que cada palabra resaltara con más fuerza.
Y yo lo permitía, porque quería leer cuidadosamente cada letra, regodearme en mi dolor.
Querida Ashania:
No, esta carta no tiene más destinatario que yo misma. No hay un “querida Ashania”, aunque sé que así debería comenzar una carta dirigida a ti. Te gustaría que me dirigiese de esa manera, lo sé. Aunque ya no podré confirmarlo. Nunca fue mi intención que esto acabara así.
Creo que debo reafirmarlo.
Me salvaste, me enseñaste el valor de nuestro pueblo y el de las criaturas razha. Me mostraste cosas que ahora sé, y siendo sincera, tú serías mucho mejor reina que yo. Fuiste tú quien me encontró y ayudó a levantar a nuestra gente, este movimiento comenzó por ti, no por mí.
Siento haberle hecho eso a Cade. Eso, de todo, es lo más imperdonable. Eras una madre ejemplar, la misma que me habría gustado tener, y se la he arrebatado a Cade. Le he quitado todo. Pero este propósito, estas personas, este plan… significan mucho para mí. Incluso más que tú, Asha.
Me gustaría decir que lo lamento, pero sería mentir.
Lo único que lamento es no haberte dado una oportunidad.
Lo único que lamento es no admitir que sí, te consideré mi amiga, pero algo más.
Entre nosotras siempre pudo haber algo más y, si esto no hubiera ocurrido…
quizás habría llegado a amarte, Ashania Minceust. Jugaré cada noche a las cartas yo sola, porque es un juego que no puede perderse. Solo en tu honor.
Hay tantos “¿y si?” en nuestra historia. Como: ¿y si Keelan no hubiera estado? ¿y si me hubiera permitido caer en la tentación? ¿y si todo no fuera tan difícil? ¿y si fuese otro momento, otra ocasión? ¿y si fuésemos otras personas?
Siento haber dejado que eso me detuviera, pero decir ahora esto es egoísta. He sido tu verdugo y me avergüenzo de ello, pero era necesario. Ojalá, allá donde estés, me odies tanto como yo lo hago.
Te veré tras mi muerte, que ojalá sea pronto.
La hechicera de las bestias,
Éire Güillemort Gwen. Solo Éire.
—¿Qué ocurre? —preguntó Audry, acercándose desde la lejanía hasta donde estaba sentada. Le había pedido que me encontrase allí cuando el sol ascendiese por el este.
No parecía preocupado, solo ligeramente molesto. No me sorprendía, el que había sido mi mejor amigo y yo no estábamos en nuestro mejor momento. Ni siquiera sabía si nuestra amistad aún persistía, y si lo hacía, pendía de una hebra frágil, a punto de romperse con un solo soplo.
Pero aún le quería y no permitiría que se alejase sin más.
Palpé la tierra a mi lado y dije con voz firme:
—Siéntate a mi lado.
Hizo el amago de detenerse, pero no dudó demasiado antes de sentarse justo donde le pedí.
—¿Y esta repentina atención? —masculló—. Pensé que te habías olvidado de que existía.
—No digas eso. Sabes que no es cierto. Es solo…
que esto es complicado para mí, ¿sabes? —Tragué saliva con fuerza y lo miré.
Su cabello había sido recortado, y su rostro recuperaba rasgos del niño que conocí a los dieciséis años.
Parpadeé y traté de mantener la entereza—. Y últimamente no has parecido tú mismo.
Él sonrió, sarcástico.
—Ah, ¿y tú sí? —Sin aviso, tocó la marca que sellaba mi piel con hierro y fuego en el cuello.
Pero esta vez, no sentí nada—. Incluso tu cicatriz ha desaparecido; ahora tienes líneas obsidianas que surcan tu hombro.
Tu cabello y tus ojos se han oscurecido, y ni hablar de tu corazón.
Te conocí cuando eras una perra, pero ahora eres malvada, Éire.
Observé aquellas líneas paralelas y perpendiculares, cada una seguía un camino distinto hasta mi mentón, oscuras como tizne, tan intrínsecas a mi piel como una cicatriz. Había rascado y frotado con fuerza mi cuello, clavículas y pecho, pero no desaparecían. No era un mal sueño, era la magia razha.
—Sabes que no soy malvada.
—¿Lo sé? Últimamente no has mostrado demasiada bondad —aseguró, mirándome a los ojos y humedeciendo los labios solo una vez antes de continuar—. ¿Crees que nadie ha notado que los monstruos han desaparecido? ¿Dónde están, Éire?
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que están esperando en el campo de batalla? —Me reí secamente—. Ellos no lucharán. No es su guerra.
—Ah, ¿y la de los humanos que lucharán por ti sí? ¿Morirán por ti?
—Muertes aceptables. Ellos mismos pueden irse si quieren.
—No sin que antes los mates, probablemente.
—¿Esa es tu idea sobre mí? —respondí, burlona, aunque sin una pizca de diversión. En ese momento, una lágrima rodó por mi mejilla sin que él lo notara.
Aun así, no respondió. Permaneció en silencio y, lentamente, como la caricia de un dolor que se arrastra sin tregua, su mano rozó la mía sobre la tierra.
Lo miré de soslayo. Sus ojos estaban apagados, tristes.
—Te entiendo, Éire. Solo que no sé qué nos ha ocurrido.
—La tragedia del tiempo, supongo —susurré. Otra lágrima rodó por mi mejilla.
Audry apretó mi mano.
—Las circunstancias nos han cambiado. El tiempo hace que cada cambio se dé en su lugar. Pero no me gustan estos cambios, todos mis principios, mis ideas… Ahora no soy nada sin ellos. ¿Qué hace un caballero sin su honor? ¿Sigo queriendo ser un caballero? ¿Sigo mereciéndolo?
Yo resoplé.
—No creo que sea yo quien deba responder a esas preguntas, pequeño comandante —dije a la par que esbozaba una sonrisa breve—. Ni siquiera puedo responder a las mías propias.
—En todo el tiempo que estuvimos separados en Aherian, cambiaste tanto… —Él suspiró profundamente, sin apartar la vista del sol que ascendía en el horizonte. No era un gesto directo, pero desde mi perspectiva podía parecerlo—. Cuéntame, ¿cómo ocurrió?
—No recuerdo mucho de esa época —respondí, dejando que mi voz se mantuviera firme a pesar del nudo que sentía en el pecho—.
Solo sé que no sentía nada, como si no existiese, como si hubiese llegado al final absoluto.
Un vacío profundo me oprimía el pecho, acompañado de una soledad que persistía sin importar los cuerpos que tocaba.
Mi única salida, al no poder cambiar mi entorno, fue cambiar yo misma.
Ahí me consumió la magia y el dolor; ahí sentí cómo la soledad se apaciguaba gracias a las bestias de todo Nargrave, las percibía como siento latir mi propio corazón.
Fue entonces cuando Éire Gwen murió, y nació la hechicera de las bestias, la mujer dispuesta a hacer cualquier cosa por esas criaturas y por sí misma…
porque era lo único que me quedó cuando lo perdí todo.
—¿Crees que eres la villana de esta historia? —preguntó él, sin malicia, con una curiosidad genuina que me obligó a mirarlo.
—Solo quiero nuestra libertad, cueste lo que cueste, muera quien muera —dije, firme—. Esta vez venceré yo. Si eso suena como algo que diría un villano, entonces así será. Pero ambos sabemos que la línea entre el bien y el mal es mucho más difusa de lo que parece.
Audry asintió, con un gesto suave y sincero.
—Te quiero. Eres como una hermana para mí, Éire. Aunque siento que nuestra relación ha cambiado; que ya no somos tan cercanos desde la muerte de Keelan.
—Yo me siento agradecida de haber sido cercana a ti, aunque haya sido por poco tiempo y aunque ese lazo se haya debilitado —le respondí—. Supongo que la gente cambia, y con ello debemos dejar que cada uno tome su camino. Debemos dejarlos ir…
—Pero me da miedo —confesó él, con la voz trémula.
—¿El qué? —pregunté, suavizando mi tono.
—Que todo haya cambiado tan rápido. La persona en la que me estoy convirtiendo. Separarme de ti para siempre, aunque sea solo en el alma, el solo saber que ya nunca será igual me duele tanto. Solo quiero que todo se arregle, que todo vuelva a ser como antes.
Al mirarlo, pude ver a su niño interior desprotegido hablándome a través de sus enormes ojos brillantes y sus labios temblorosos, dejando entrever la vulnerabilidad que normalmente escondía.
Lo acerqué a mí y lo abracé con fuerza.
—Es hora de decirnos adiós, y ambos lo sabemos —susurré—. Ha sido una travesía intensa, triste y hermosa a tu lado, pero ha llegado a su fin. Aun así, esperaré noticias de tus logros, donde sea que los encuentres.
—Podría formar parte de tu séquito —dijo con un hilo de esperanza.
No permití que se separase de mí, pues sabía que esperaba una respuesta afirmativa. No se la daría; hacerlo me habría destrozado.
—No —contesté, con firmeza—. Ambos sabemos que no deseas formar parte de esto por más tiempo. Debes marcharte a otro lugar, quizá junto a Keelan.
Entonces sí se separó de mí. En su mirada se leía un cúmulo de preguntas sobre mí y Keelan; comprendí de inmediato que quería saber si nuestra relación había terminado por completo. En lugar de eso, sorbió su nariz y asintió lentamente.
—No creo que haga eso, no me parece correcto.
Quiero visitar el gran templo de Zabia, encontrar respuestas sobre mi vida y ver por última vez a mi familia, aunque sea a través de una ventana.
Después, me someteré a duras pruebas en algún ejército y empezaré desde el escalafón más bajo.
Prefiero pensar que me he ganado mi lugar y, sobre todo, que estoy listo para desempeñarlo.
—Veo que lo tienes claro —le dije, dándole varias palmaditas reconfortantes en el hombro. Sonreí débilmente, con ese hilo de ternura que aún conservaba.
—Intenta no morir hoy, Éire.
—No me preocuparía si me dañaran —respondí, con un gesto tranquilo.
—No estoy preocupado por los demás, estoy preocupado por ti —dijo, observando las marcas oscuras de mi cuello, que se serpenteaban hasta desaparecer bajo la tela de mi túnica.
Tragué saliva con fuerza. Tenía razón. Debía cuidar cada paso que daba.