Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XXXV #2
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CAPÍTULO XXXV #2

El hombre me ofreció una taza de té, aunque el marfil temblaba en sus manos mientras vertía el líquido caliente. Tomé la bebida con gratitud y dejé que mi capa cayese tras de mí en el sillón ofrecido como asiento.

La mujer era mayor, calculé unos diez años más que él y veinte más que yo. Aun así, me dedicó una sonrisa tímida.

—Podéis sentaros. Ambos —aseguré, y ellos obedecieron sin demora. El hombre se situó junto a su esposa, un poco más cerca de mí, como si pudiera protegerla de cualquier peligro—. Vengo pacíficamente a entregaros algo que os arrebaté.

Un simple pensamiento bastó, y un kolbra se coló por la ventana con una cesta en su brazo escamoso.

Los dueños de la casa no reaccionaron con alarma, aunque sus ojos brillaban con nerviosismo.

Sonreí escuetamente al kolbra y, con un gesto, tomé la cesta tejida en juncos, mimbres y plantas, repleta de semillas, frutos, hortalizas frescas, trigo y cebada.

Deposité la cesta sobre la mesa y acaricié la cabeza del kolbra, que se recostó junto a mí y ronroneó suavemente. Pude ver cómo los hombros de los humanos se relajaban, especialmente cuando advirtieron los alimentos que contenía.

El hombre fue el primero en hablar tras aclararse la garganta:

—¿Esto es nuestro, mi señora?

—Por supuesto. No vengo a masacraros ni a derramar sangre inocente. Esto es un regalo de buena fe, para que alimentéis a vuestros hijos.

Tras esa casa, muchas otras la siguieron. Algunos parecían más recelosos, otros apoyaban mi causa en secreto y me compartían rumores de la capital. Algunos orgullosos rechazaron la cesta al principio, pero el hambre los obligó a aceptarla. Finalmente, solo quedó una casa, la última de Sindorya.

Era la más alejada, en el recodo de un camino hacia el bosque. Construida en adobe, juncos y madera, pequeña y redonda, casi del tamaño de la mesa de mi nuevo dormitorio. Su techo mostraba cicatrices de antiguas guerras, con clavos oxidados y madera resquebrajada.

Toqué a la puerta varias veces y un hombre mayor la abrió.

Parecía rondar los setenta, con arrugas profundas que endurecían su expresión, boca pequeña y fruncida, dientes podridos.

Su piel mostraba una fina capa de suciedad y sus manos, callosas y marcadas por heridas recientes y antiguas, tenían cicatrices grotescas.

—¿Vas a volver a echarnos de nuestras casas, a humillarnos y a matar a nuestros guardias? —escupió, mirándome con furia—. Si es así, puedes irte con los dioses, hechicera.

No me amedrenté. Tenía un propósito y lo cumpliría, desagradable señor o no.

—Traigo comida. Creo que le hace falta —respondí, dejando que mis palabras fueran precisas y sin mostrar rastro de temor.

—¿Ja, comida? ¿Pretendes que ahora nos postremos ante ti por devolvernos las cosechas que tú quemaste? No somos perros con los que puedas jugar lanzándoles y arrebatándoles un hueso. Somos personas.

—Mi pueblo también son personas. ¿Pretende usted detener a Eris cuando dicte una ley que nos condene a la horca solo por existir?

El viejo solo resopló. Sus mejillas, manchadas de hollín, se hinchaban como dos pelotas bajo el ceño fruncido.

Parecía dispuesto a continuar aquella absurda discusión, como si fuese factible considerarme un igual a quien contradecir, pero unos pasos ligeros hicieron crujir el suelo de la lúgubre casucha.

—Abuelo, ¿podemos tomar la comida de esa señora? Tengo… un poco de hambre —dijo un hilo de voz aniñado. Aquello sonó más a súplica que a declaración, como si buscara suavizar la ira del viejo, pues claramente su hambre era mayor que un simple “poco”.

El hombre miró tras él, probablemente al muchacho, y tras una brusca exhalación, me abrió la puerta con una mirada airada.

Al entrar, comprendí que la casa era peor de lo que había imaginado.

Telarañas colgaban del techo y moscas revoloteaban por la única sala.

El mobiliario consistía en un viejo sofá de paja sucia y una pequeña cama de madera con mantas deshilachadas.

Las paredes parecían a punto de ceder con los tablones hinchados, corroídos y astillados daban la impresión de cadáveres putrefactos.

La madera estaba podrida y un golpe podría dejar a aquella familia sin techo ante el frío y las tormentas del norte.

No había chimenea, cubertería ni utensilios de cocina.

Tampoco se percibía alimento alguno, ni siquiera una fruta mordisqueada. Nada.

El niño que había hablado no debía tener más de diez años.

Llevaba un abrigo remendado con parches cosidos con hilo negro y unos pantalones demasiado grandes que seguramente habían sido de su abuelo.

Su cabello era dorado, con reflejos rojizos como la luz del atardecer, y sus ojos esmeraldas brillaban con la fuerza de un diamante al ver la cesta en mis manos.

El kolbra permaneció fuera de la casa, observando atento.

—¿Vos sois la nueva duquesa de Sindorya? —preguntó con inocencia, mientras su abuelo cerraba la puerta de un portazo tras de sí.

Me acerqué al niño sin titubear, esperando que el viejo interviniera, pero solo se quedó allí, observándome. Me arrodillé y apoyé la cesta sobre mis muslos.

—Por ahora sí, aunque pronto partiré a otro lugar y encontraré lo que será mi hogar —respondí, sonriéndole con suavidad.

Nunca me habían apasionado los niños, pero desde que mis crueles actos llegaron a oídos de todo Nargrave, ellos eran los únicos que no entendían con quién hablaban. Por eso me agradaban, me hacían sentir humana.

—¿Y por qué nos trae comida si no quiere agasajarnos como a su pueblo?

—¿Cómo sabes que eso no es lo que quiero?

El niño ladeó la cabeza, evaluando mis palabras y buscando la verdad entre ellas.

—No pareces una conquistadora. Pareces buena —susurró, pensativo.

No pude evitar sonreír más ampliamente, sintiendo aún la pesada mirada de su abuelo sobre mí. Sin necesidad de mirar, sabía que se había acercado a una vaina donde guardaba una espada. No la usaría sin motivo, estaba segura de ello. Solo si yo les atacaba.

—¿Quieres ver un truco de magia? —pregunté, elevando un poco mi mano.

—¿Puedo tomar una manzana mientras? —replicó él. Me reí suavemente y le ofrecí una manzana carmesí. La mordió con ansia, y su rostro se iluminó mientras continuaba observándome.

—Bien. Mira esto —murmuré, levantando la mano hasta quedar a un palmo de su rostro.

Mis dedos se movieron con delicadeza y un destello de colores cenicientos y azulados surgió de la fricción, vibrando desde mis nudillos hasta las yemas de mis dedos.

Los tonos se unieron formando trazos complejos en el aire, curvas y líneas inconclusas que poco a poco dieron forma a un cuerpo alargado y delicado.

Mandalas y patrones únicos surgieron desde la punta de sus alas hasta sus antenas negras y brillantes.

El batir de sus alas anunció su vida; los destellos se convirtieron en materia tangible y el insecto saltó de mi palma y salió volando por la ventana.

—¡Una mariposa! —exclamó el niño mientras aplaudía y corría hacia los brazos de su todavía enfurruñado abuelo. Aun así, al aceptar la cesta, su rostro parecía suavizado y resignado.

No tardé en regresar a la mansión. Audry me esperaba, preocupado, con los brazos cruzados, bajo la luz que reflejaban las amatistas colgantes del techo.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

—Evitando una rebelión —respondí con firmeza.