Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XXXIV
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CAPÍTULO XXXIV

EVELYN

—¡Debe mantenerse dentro del castillo, su majestad! —me gritó un guardia real mientras trataba de cerrar las puertas de mi alcoba.

En cuanto las hojas se unieron con un golpe seco, supe que había corrido hacia las escaleras para descenderlas con prisa. Lo deduje por el eco de sus pasos y por la vibración de las tablas bajo sus botas. Yo, con la oreja pegada a la puerta, aguardaba el momento oportuno para salir.

Cuando solo los sonidos lejanos de pisadas y quejidos se filtraron en mi habitación, decidí que era hora de actuar.

Me despojé del vestido con rapidez. Las sedas, los encajes y las puntillas cayeron a mis pies en un suspiro de telas.

Me estremecí cuando el aceite de cría de ruv comenzó a secarse sobre mi piel, dejando un brillo perlado que reflejaba la luz de las velas.

Aquella bestia había sido la misma que atacó a Éire y Keelan en la terma de Sindorya.

No hallé información sobre ella en ningún pergamino ni en los bestiarios del reino, así que decidí nombrarla por mi cuenta y mandé actualizar los registros.

Aquello no complació a Éire, aunque no intentó detenerme.

Ordené que mis soldados recogieran el aceite que cubría a la cría muerta, y con él elaboraron un cosmético exclusivo para mí. Quizá Éire nunca lo supo, o simplemente no le importó. Tal vez aquel aceite no representaba peligro alguno para la criatura, y por eso lo dejó pasar.

Aflojé las cintas del corsé con torpeza; las manos me temblaban cada vez que un nuevo alarido se colaba desde el exterior. No me hacía falta mirar por la ventana para saber lo que vería.

La niebla obsidiana envolvía Aherian como una criatura viva. De su espesura brotaban tentáculos oscuros que se enroscaban en los tejados y torres, y entre ellos se movían bestias moldeadas por la magia.

Al principio, solo fue un velo extraño que cubrió la capital durante dos noches.

Decidí no prestarle demasiada atención —aunque los rumores en la corte me empujaban a hacerlo— y me refugié en los libros de la biblioteca real.

No encontré más que vagas referencias a la magia razha, una teoría que descarté de inmediato.

Solo existía una hechicera de aquella casa, y ella no podía haber sido la causante de aquel fenómeno.

Éire había protegido el reino durante los meses que permaneció aquí, y aunque se marchó pronto, no tenía motivo alguno para atacarnos.

Por los dioses, yo misma le había entregado un ejército entero.

Pero ahora la niebla no solo cubría el amanecer, sino que se expandía.

Y no venía sola.

Entre sus ondulaciones oscuras brillaban ojos. Algunos parecían rendijas, otros eran redondos y fijos, y algunos se desvanecían como miradas espectrales. Ningún guardia se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos sabíamos que eran monstruos.

Me puse los pantalones de montar y la túnica violeta de botones marfiles que solía usar en mis paseos a caballo. No era el atuendo de una reina, pero sí el más cómodo que tenía a mano. Me vestí con premura y salí a trompicones de mi habitación.

Hacía tiempo que había despedido a todas mis damas de compañía. Prefería ocuparme sola de mi aseo y mis vestidos; la soledad me resultaba más práctica y, en ciertos días, más digna. Así que nadie se interpuso en mi camino.

No tenía por qué ocultarme. Era la reina. Tenía más deberes que nadie en Aherian, y no me escondería tras los muros esperando que otros libraran mis batallas. Quien no comprendiera eso podía buscar refugio en los tronos de la tríada.

Mi deber era con mi pueblo, y así debía ser.

Atravesé el extenso jardín, donde las rosas, los tulipanes y los nomeolvides parecían marchitarse bajo el manto gris que se cernía sobre el cielo.

Varios guardias se cruzaron conmigo mientras avanzaba hacia las puertas del castillo, pero ninguno osó detenerme; solo se inclinaron en señal de respeto.

Supuse que consideraban mi presencia razonable, incluso necesaria.

Después de todo, muchos reyes y reinas habían luchado al frente de sus ejércitos, y aunque algunos perecieron por ello, ninguno renunció a su deber.

Todos lo entendían. Todos, excepto Bastián.

Él era mi mano derecha, mi consejero y, por encima de todo, el comandante de mis ejércitos.

Se preocupaba por mí más de lo necesario.

Había sido el primero en rogarme que no saliera del castillo, sobre todo porque mis lecciones de tiro con arco y manejo de armas ligeras apenas comenzaban.

Sabía que, sola, no podría defenderme con eficacia.

La guardia real había ordenado a los ciudadanos refugiarse en sus hogares.

Repartieron parte del arsenal real entre quienes pudieron empuñar una lanza, y reforzaron las chozas del sector más pobre con tablones, pieles sobre la paja y puntas clavadas frente a cada puerta.

No serviría de mucho, pero al menos les daría tiempo.

Desde que aumenté los impuestos sobre especias, telas, ornamentos y cualquier otro lujo reservado a los nobles, la economía del reino había prosperado.

Aquella medida provocó enfrentamientos tensos con la aristocracia, pero los mantuve a raya: los tributos no eran obligatorios, solo para quienes deseaban conservar sus extravagancias.

Los precios de los caprichos se dispararon, pero eso no los detuvo.

Seguían vaciando sus arcas en frutas exóticas, sedas y zapatos hechos con escamas de pulvra.

Avancé entre los soldados apostados en los muros exteriores. Uno de ellos se ofreció a escoltarme hasta el comandante, y acepté sin demora. Evitamos los callejones y mantuve la vista fija en los guardias cercanos. No quería… ningún incidente ese día.

Bastián me esperaba en las murallas, junto a los arqueros y las catapultas.

Me separé del escolta, que, tras una reverencia, regresó a su puesto.

El camino de piedra serpenteaba bajo mis pies, y los rostros que me rodeaban —desfigurados por el miedo— me hicieron comprender que los rumores eran ciertos.

Los monstruos no eran una ilusión. Estaban allí. Eran reales.

Y allí estaba él, Bastián, en lo alto de la muralla. No parecía aterrorizado como los demás, sino absorto, observando algo en la distancia, más allá del muro. Probablemente la niebla.

—¿Crees que vienen hacia nosotros? —pregunté, con un hilo de voz.

Tragué saliva mientras el comandante de ojos aguamarina se volvía hacia mí. Apoyaba los antebrazos sobre el borde de la muralla y, aunque me miró con seriedad, no mostró sorpresa alguna.

—Creo que sí, pero… no avanzan. Por algún motivo, se han detenido justo frente a la puerta de la muralla. Los arqueros quieren disparar, pero estas criaturas no parecen interesadas en luchar —dijo, sacudiendo la cabeza incrédulo, mientras bajaba la mirada de nuevo—. Sé que suena absurdo, pero…

Antes de que pudiera continuar, decidí asomarme y sacar mis propias conclusiones.

Lo primero que vi fue una capa de oscuridad que cubría el cielo tras la muralla, descendiendo hacia nosotros como un muro de nubes de hollín.

Era una niebla densa, casi tangible, que se extendía como un telón negro.

Si extendía la mano desde lo alto de la muralla, mis dedos no habrían alcanzado a tocarla; pero si me separaba apenas unos pasos, habría estado dentro de ella, envuelta por un espeso velo que prometía pesadillas inimaginables.

A medida que mis ojos se acostumbraban, pude distinguir a los monstruos.

Criaturas enormes y pequeñas, aladas y terrestres, algunas adaptadas al agua, todas presentes ante nosotros.

Sus miradas se clavaban en mí con una intención casi deliberada.

Ojos inhumanos, de formas animales o espectrales, que parecían diseñados para desestabilizarme.

Cada vez que buscaba más allá, las miradas se multiplicaban, una alineación interminable que se extendía hasta perderse en la niebla.

Entonces, una criatura avanzó un paso. Nunca la había visto en persona, pero recordaba a la perfección su descripción en el bestiario: un ser fantasmal que adoptaba a veces forma femenina, con un vestido largo que rozaba sus tobillos.

Su piel no era sólida; parecía pura energía, y se podía traspasar con la yema de los dedos.

Su voz resonó en todo el aire, como si los propios dioses hablaran desde el cielo hasta nosotros.

«Estas criaturas no nacieron en este mundo, sino que ayudaron a crearlo».

—Evelyn Waldorm de Aherian, reina de estas tierras —dijo la criatura, su voz se extendía de forma persistente—. No tenemos intención de atacarte ni a ti ni a tu reino. Solo traemos un mensaje.

Contuve la respiración. Me mantuve firme sobre las piedras frías de la muralla, consciente de todas las miradas que me observaban, expectantes.

—¿Un mensaje? Hablad claro, monstruo. Esto parece más una amenaza que otra cosa.

Una vibración surgió de la criatura, fue un sonido semejante a una risa maliciosa que permaneció flotando entre nosotros.

—No podéis ver cómo comienza una guerra sin tomar un bando. Esto ya ocurrió años atrás, y la historia está destinada a repetirse.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—Podéis correr, pero ningún lugar está lo suficientemente lejos para la hechicera de las bestias.

♣

—Éire… —resoplé—. Por supuesto.

Sujeté con fuerza el alféizar de la ventana.

¿Cómo se había atrevido? La había acogido, le había dado un lugar en mi corte y, a cambio…

¿me amenazaba? Ni siquiera sabía cómo había confiado en ella.

Mi madre había tenido razón meses atrás al decirme que Éire era peligrosa.

Que cometiera algunos actos razonables no significaba que fuera digna de confianza.

Al fin y al cabo, era una asesina de masas.

—¡Perra traidora! ¡La dejamos vivir, maldita sea! ¿¡Cómo ha podido amenazarnos frente a las puertas de nuestro reino!? Ni siquiera estaba aquí para hacerlo ella misma —exclamó Bastián, dando vueltas furiosas por la sala, escupiendo con desprecio—. Cobarde.

—Exactamente —respondí, girándome de golpe—. Si no estaba aquí… ¿cómo ha podido controlar esa niebla y a esos monstruos? ¿Acaso sabía que le responderíamos? ¿Nos está… escuchando de algún modo?

Bastián se detuvo en seco, como si nunca hubiese considerado esa posibilidad. Sus ojos recorrieron la sala, buscando una hechicera oculta, iracunda por el insulto; pero al no encontrar nada, volvió a mirarme, ahora con un miedo profundo que no había visto hasta ese día.

—¿De qué poderes podríamos estar hablando, Evelyn? ¿A qué nos enfrentamos?

Me acerqué al escritorio y tomé uno de los libros de magia que mi madre guardaba bajo llave. «Formas de enseñar a un humano», «Cada casa y su historia», «Ritos más antiguos de los hechiceros» y… «Gregdow, el final de los razha».

Pasé las páginas con rapidez mientras repasaba los dibujos hechos a mano y recordaba lo leído hace años.

—Hay leyendas que aseguran que Gregdow es el epicentro de nuestro mundo.

No existen dioses ni seres que nos hayan creado, solo un cúmulo de magia que se ramificó en cada casa de hechiceros.

Gregdow es eso: la magia más pura que dio origen a distintos tipos de poder.

Dicen que, cuando los humanos comenzaron a exterminar casas enteras por la fe en falsos dioses, Gregdow se enfureció y provocó la gripe que diezmó a nuestra población.

No existe en este plano, así que por sí mismo no podía acabar con nosotros.

Sin embargo, trató de exterminarnos muchas veces y…

—¿Y qué, Evelyn? ¿Qué tiene que ver eso con la hechicera de las bestias? —insistió Bastián.

Me giré hacia él, esforzando la voz para que sonara firme y segura.

—Gregdow provocó la muerte de los hechiceros razha, enloqueciendo a Rauthier Güillemort y haciendo que los monstruos lo acecharan hasta que perdió la cordura, encarceló hechiceros y creó criaturas imposibles.

Por eso nadie conocía a los ruvs ni a los scrantés.

Se decía que eran los monstruos del rey porque Rauthier los controlaba —deduje en voz alta—.

Todo esto fue obra del bosque, que utilizó la magia de los razha para crear algo más…

Una magia capaz de controlarlos a todos, diseñada para destruirlos.

Gianna, sin saberlo, cumplió este destino al abrir un puente mágico hacia un niño desconocido, y a través de él, la magia de todos los razha llegó a ese bebé.

Hablamos de manipulación mental, control absoluto de la magia de distintas casas, creación de monstruos, incluso omnipresencia.

En ese instante, sentí su presencia cercana, como si Éire hablara junto a mí.

¿Acaso me echaste de menos, Eve?