Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XXVII
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CAPÍTULO XXVII

ÉIRE

Ni siquiera pestañeé cuando él escupió junto a mis pies. Los guerreros que lo sujetaban intentaron golpearlo, pero los detuve con un leve gesto de la mano.

—Oh, Cyrus… Qué destino tan miserable para un duque. Y encima, para uno tan atractivo. —Di unos pasos hacia él y recorrí con mi dedo índice una magulladura que cruzaba su mentón—. Podrías haber sido un buen aliado mío, pero preferiste vendernos como si fuéramos ganado.

Presioné la herida con la yema del dedo, y aun así su rostro endurecido no mostró el menor signo de temor. Permaneció mirándome con la mandíbula tensa y los labios crispados por la rabia.

—Vas a morir por lo que le hiciste a mi hija —masculló entre dientes.

—Lo dudo. Aunque tú sí podrás reunirte con ella —respondí con calma.

Su mirada se clavó en la mía, como si quisiera escarbar en mi alma con los ojos.

Estaba tan cerca de su rostro que casi podía sentir su aliento, aunque dudaba que pudiera distinguir mis facciones bajo las sombras de la capucha—. Además, tu muerte será… poética.

Dejé que unos hilos de niebla se deslizaran entre mis dedos y se filtraran bajo la tierra. Sentía su latido a lo lejos, probablemente en Normagrovk. Sabía que no estaba lejos; yo misma me había asegurado de ello la madrugada anterior.

Entonces, algunos hechiceros soltaron un jadeo de asombro. Una sonrisa satisfecha curvó mis labios. Allí debía estar.

Giré apenas el rostro, y en el extremo de mi visión aparecieron destellos carmesí.

Fragmentos de piedras preciosas relucían con un brillo abrumador, y sus ojos, oscuros y hondos como pozos, centelleaban con una intensidad casi hipnótica.

La criatura se movía con agilidad felina, apoyando las pinzas delanteras en la tierra mientras deslizaba el cuerpo con las traseras.

Las extremidades brillaban como tenazas pulidas, y su mirada fija en Cyrus Minceust bastaba para helar la sangre a cualquier mortal.

Pero él no tembló.

—¿Crees que un padre que ha perdido a su hija teme a la muerte? —farfulló.

—Quizá no. Pero deberías temer dejar a Cade solo. Quién sabe qué bestias podrían destrozarlo —dije con frialdad. Me encogí de hombros y retrocedí un paso, aparentando serenidad.

Por dentro, hervía de ira, por su calma, por mis propias palabras, por la mentira que acababa de pronunciar.

Era la falsedad más grande que había dicho en mi vida, pero debía sonar convincente.

Y supe que lo había sido cuando las facciones del duque se quebraron bajo mi mirada, derritiéndose como hielo al sol.

Entonces lo vi. El terror. Ese miedo puro que lo despojó de toda dignidad. Forcejeó con los guardias que lo sostenían, gritando con desesperación:

—¡No serías capaz! ¡Él es solo un niño!

—¿Acaso está aquí? —pregunté, alzando una ceja.

La sombra de la criatura se alzó detrás de mí, cubriendo los rayos del sol que me alcanzaban la nuca.

—No… pero tal vez no esté solo —admitió el duque, bajando la voz.

Como si los dioses quisieran confirmar sus palabras, escuché el chasquido de una espada junto a mí.

Me giré apenas y vi a Keelan deteniendo el golpe de una figura que intentaba lanzarse sobre mí.

Por un instante no supe qué era. Su silueta era borrosa, su movimiento demasiado rápido.

Pero entonces distinguí la cascada dorada que caía sobre su cráneo. No era más que cabello.

Un cabello rubio y largo.

Y los huecos que creí vacíos resultaron ser ojos. Ojos reales, ardientes, encendidos por un fuego interno que les daba vida.

Cuando su rostro quedó frente al mío, reconocí su belleza antinatural. Era una de las doncellas del duque, aquella mujer rubia que solía acompañar a Cade. Las mismas que debían haber protegido la casa de Cyrus sin necesidad de un ejército. Y ahora intentaban matarme.

No pude evitar soltar una carcajada abierta mientras Keelan sostenía su espada contra el cuello de la farscanté.

—¿Acaso Clarén también ha venido de visita? Me encantaría verla. Aunque espero que se haya quitado la harina de las manos si piensa tocarme —comenté, elevando la vista hacia la daga con la que empecé a limpiar mis uñas.

La farscanté me mostró los dientes y escupió una palabra cargada de odio:

—Zorra.

—De veras, estoy esperando a que aparezcan las demás. Preferiría no repetir mi discurso de villana demasiadas veces —murmuré con una sonrisa.

Sabía que no estaban lejos. Había descubierto que podía sentir a los farscantés igual que a los monstruos razha. Ambos compartían la misma esencia mágica; ambos habían sido creados a partir del mismo poder. Y esa conexión me permitía controlarlos.

Fue entonces cuando la magia se agitó tras de mí, latiendo con fuerza. Sentí cómo el monstruo dentro de ellas despertaba. Percibí el deseo de venganza, la sed de sangre, la urgencia por destruirme. Eran dos presencias, la de una mujer y una niña. Las conocía a ambas. A una, especialmente.

El jadeo de Audry me alertó antes de que las viera. Los cuerpos de las dos mujeres lo rodearon, primero uno más bajo y ancho, y el otro alto y delgado. Intentaban someterlo, sin éxito.

Solo cuando estuve segura de que lo tenían inmovilizado, de que su magia presionaba su corazón y las garras de la otra rubia rasgaban su cuello, me giré hacia ellos.

Keelan abrió los ojos desmesuradamente. Vi cómo su mano temblaba sobre la empuñadura de la espada, aunque no perdió el control. No necesité tranquilizarlo. Sabía que lo tenía todo bajo su poder.

—Ahora te arrebataremos lo que más amas —dijo la mujer que sujetaba a Audry.

Su cabello dorado se pegaba a las mejillas por el sudor, y su respiración era un jadeo entrecortado. Su magia me susurró su nombre, Klarissa.

Su ojo derecho, cubierto por una neblina blanca, delataba al cornok que habitaba dentro de ella. Las garras se clavaron en el cuello del comandante, trazando heridas finas por las que la sangre corría como hilos oscuros sobre su pecho.

—Éire —murmuró Keelan, alarmado, apretando la empuñadura de su arma. Aun así, mantuvo la serenidad suficiente para no fallar un solo movimiento.

—¿Lo que más amo? —repetí con una sonrisa helada—. Lo que más amo soy yo misma, y no veo que nadie me amenace. —Terminé de limpiar una uña rota y envainé la daga con calma.

Volví la vista hacia Clarén, de pie junto a Audry. No lo tocaba. Sus dedos se retorcían con nerviosismo, y sus hombros temblaban bajo la tensión.

—¿Te molesta el sol, Clarén? —pregunté en voz baja—. Podría hacerlo desaparecer.

Era cierto. Podía hacerlo. Podía cubrir el cielo con un manto de nubes y desatar una lluvia tan espesa que ningún rayo de sol alcanzara la superficie de Nargrave.

¿Lo haría? No. No valía mi esfuerzo, aunque me complacía recordar el poder que poseía.

Sabía que los rayos solares le resultaban insoportables.

La luz del día era un tormento para un hechicero mitad scrantés.

En Sindorya descubrí que aquellas criaturas no toleraban el calor, y el frío hierro que una vez sentí atravesar los órganos de aquella joven solo podía ser el vestigio del monstruo que moraba en su interior.

—No… quiero hablar contigo —balbuceó, mordiéndose con fuerza el labio inferior. Cuando los entreabrió, un destello metálico recorrió uno de sus dientes.

Estuve a punto de ahondar en su mente, deseando con intensidad verla sufrir. Sin embargo, Klarissa zarandeó a Audry y hundió sus garras en sus hombros. La sangre comenzó a resbalar por encima de su túnica, y mi mandíbula se tensó de pura ira.

—Basta. Se acabó el juego —declaré con la voz firme—. Habéis agotado mi paciencia.

Y era verdad. Habían desgarrado la poca calma que me había esmerado en mantener. Nadie tocaba a Audry. Nadie.

La magia vibró contra mi piel, tiñendo mis ojos de oscuridad y deslizándose hasta lo más profundo de mi mente, donde Gianna se ocupó de deshacer cualquier resto de remordimiento.

Dejé que la energía se enredara en el cuerpo de Clarén, penetrando su razón y anclándose en los rincones donde dormían sus recuerdos sobre a quién amaba, a quién temía, cada sonrisa, cada momento de paz.

Todo se volvió bruma para ella tras el roce de mi poder.

Le arrebaté su voluntad, y en un parpadeo fue mía, tan mía como una extensión de mi propio cuerpo.

Presioné donde sabía que más dolía, en el núcleo mismo de su magia, en el punto que anhelaba liberarse y consumirlo todo.

Al principio, su piel se endureció y comenzó a brillar con un resplandor metálico.

Los músculos se tensaron, rasgando su ropa hasta convertirla en jirones.

Gruñó con una fuerza que estremeció el aire y me mostró su dentadura metálica mientras sus rodillas se curvaban y sus miembros se estiraban más allá de cualquier forma humana.

En menos de un minuto, la frágil Clarén desapareció. Lo que quedó fue su verdadera naturaleza, una bestia. Aquella que ocultaba tras sonrojos y sonrisas tímidas. Bastó un leve impulso de mi magia para que su apariencia humana se rompiera entre sus manos de acero.

—Tic tac —murmuré con una sonrisa helada, lanzándole mi puñal.

La criatura no dudó. Lo tomó con precisión inhumana y lo hundió en el vientre de Klarissa. El desconcierto se reflejó en el rostro de su amiga, mientras la hoja la atravesaba sin compasión.

Los labios de la híbrida se entreabrieron; la sangre manchó su abdomen y las fuerzas se escurrieron entre sus dedos.

Cayó de rodillas, liberando a Audry, que observó la escena con una mezcla de horror y desconcierto.

Apenas alcanzó a retroceder antes de que su propia espada descendiera con un tajo certero.

La cabeza de Klarissa rodó por el suelo y dejó tras de sí un rastro oscuro.

Quizá debí detenerme a observar la reacción de Audry ante su primera ejecución. Debí hacerlo, pero no lo hice, porque en ese instante la otra mujer de ojos incandescentes lanzó un codazo contra el estómago de Keelan que lo tomó por sorpresa.

Escapó de su agarre y se abalanzó sobre mí como un animal desbocado, aunque no llegó a alcanzarme. El monstruo de grandes pinzas atravesó su vientre con una de sus extremidades, sin vacilar.

En un solo segundo, ambas mujeres yacían sobre el suelo árido de Gregdow. Sus cabellos dorados se mezclaban con el polvo, y en sus rostros permanecía grabada la misma expresión de terror.

Ladeé la cabeza. Sentí el poder recorrer mis sienes chispeando bajo la piel. Era tan… satisfactorio. Ganar. Derrotar. Hacer sangrar a tus enemigos.

Y no había movido ni un solo dedo.

El aliento pesado de Cyrus sonaba tras de mí. Pude imaginar la aceptación fría en su semblante, la derrota asomando en sus ojos. Pero aquel eco de desesperanza se desvaneció ante la gratitud silenciosa del monstruo.

Gracias a mí alimentaría a su cría esa noche. Gracias a mí viviría.

Por mis actos, los seres mágicos serían libres. Yo estaba en lo correcto. No ellos.

Por eso dejé que el monstruo arrastrara los cuerpos lejos del campamento mientras dejaba un reguero de sangre que se extendía como una herida abierta sobre la tierra. Cuando se perdieron entre la niebla, solo quedó silencio. Un vacío sin vida ni color.

Entonces, unos pasos irrumpieron en la quietud. Pequeños, desiguales, apresurados. Incluso antes de girarme, supe quién era.

—Cade —susurré.

Pero si realmente era Cade, no debía estar allí. Clarén tenía órdenes de eliminar a todos los que no pertenecieran a mi ejército. Mi pecho se contrajo. Corrí hacia ellos e intenté interponerme antes de que aquella híbrida le hiciera daño. No quería matarlos. Eran… niños.

No llegué a tiempo. Cuando me lancé hacia Clarén, ella ya sostenía al pequeño entre sus manos de hierro. Los gritos y ruegos de Cyrus desgarraron el aire. Keelan y Audry se preparaban para intervenir, tratando de apartarla sin herir al niño.

No era culpa de Clarén. Era mía.

Y aun así, hice lo único que me pareció lógico.

Le arrebaté su magia razha, le quité el hilo que la mantenía viva, su esencia, su razón de ser.

Y cayó.

Sin respiración. Sin latido. Sin magia.

Estaba muerta.

—¡Abuelo, Éire, estáis bien! —gritó Cade, con los ojos húmedos y temblorosos, corriendo hacia nosotros. Buscaba refugio, como si creyera que aún podía hallarlo en mí.

Lo detuve antes de que alcanzara a su abuelo. El niño escondió el rostro en mi cuello, y yo lo abracé con fuerza. Sobre mi hombro, asentí a los guardias que sujetaban a Cyrus. Debían llevarlo lejos. Ejecutarlo donde Cade no pudiera verlo.

Mientras lo estrechaba contra mi pecho, sentí las lágrimas arder tras mis párpados. Pero no las dejé caer. No podía mostrar debilidad. No frente a ellos.

Al alzar la vista, encontré la mirada de Keelan fija en mí. En sus ojos se mezclaban la incredulidad y la rabia contenida. Audry, a su lado, parecía desorientado, con los dedos aferrados a la mano de la niña que yacía en el suelo. Había muerto mostrando su verdadera forma, la de un monstruo razha.

—¿Qué… qué ha pasado? —balbuceó Audry, con un hilo de voz.

Keelan no apartó sus ojos de mí cuando respondió:

—La hechicera de las bestias. Eso ha pasado.