CAPÍTULO XX #2
Asentí, aun sin verla. Imaginé que me observaba desde algún punto invisible.
Allí dentro, el frío era solo un eco lejano, una brisa pesada comparada con el hielo real que aún envolvía mi cuerpo en el mundo exterior.
Sin embargo, la idea de que mi cuerpo físico siguiera flotando en aquel río, entre criaturas desconocidas o rocas afiladas que podrían destrozarme, me estremeció.
—Está bien —dijo ella al fin. Fruncí el ceño, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a golpear con fuerza en mi pecho. ¿Había escuchado bien? —. Pero tengo una condición.
—¿Qué? Sí, lo que sea —me precipité a responder. Aunque fuese una alucinación, necesitaba verla una vez más.
Entonces lo sentí. La humedad escaló por mi muñeca, incrustando fragmentos de hielo en la piel y clavando sus puntas diminutas en mi carne.
Era como si dentro de mí nacieran estalactitas que atravesaban músculos, huesos y venas hasta helarlos.
La sensación se extendió por todo mi cuerpo, hasta alcanzar cada hebra de mi cabello.
Abrí los ojos de golpe al notar cómo la sombra de mi poder razha cubría mis mechones de un tono tiznado, señal de que mi magia se agitaba, dispuesta a defenderme.
Y entonces la vi. Una mano femenina, pálida y esbelta, emergía de la oscuridad. Pertenecía a una joven, quizá una adolescente, que permanecía oculta entre las sombras, negándose a mostrar su rostro.
No tuve tiempo de reaccionar. Sus labios, fríos como el granizo, rozaron el lóbulo de mi oreja para murmurar con voz quebrada:
—Continúa con el plan.
Abrí los ojos de golpe, tomando una gran bocanada de aire.
Imaginé que, tras aquella visión, me encontraría mucho más lejos del puente, con los pulmones inundados de agua y la cabeza golpeada contra alguna roca.
Sin embargo, lo único que hallé fue la presión de mis dedos hundiéndose en un suelo cubierto por briznas de hierba reducidas a cenizas.
Parpadeé varias veces, tragando saliva con esfuerzo, mientras un escalofrío ascendía desde mi espalda baja hasta la nuca, erizándome la piel.
—¡Estás aquí! —exclamó alguien cerca de mí.
Al principio me sentí desorientada, como si mi mente tardara en regresar a la realidad.
No reconocí la voz hasta que unas manos heladas se deslizaron por mis brazos.
Entonces vi el rostro tenso de Audry, crispado por la preocupación.
Estaba inclinado sobre mí, con la ropa empapada pegándose a su torso y los labios teñidos de un violáceo enfermizo.
—Pensé que te perdía. No respirabas, Éire. ¿Te encuentras bien? —preguntó con la voz entrecortada.
—Yo… —Tomé aire y traté de incorporarme. Él me ayudó, sosteniéndome por los hombros hasta que logré enderezar la espalda—. Creo que he hablado con Nascha, Audry. He hablado con ella.
Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre mis hombros. Sentí cómo sus manos frías se clavaban en mi piel empapada, pero la fricción generó un calor que me recorrió el cuerpo como una descarga.
—¿Qué? ¿Y qué te ha dicho? ¿Nos ayudará? —Su voz temblaba, aunque en ella se filtraba una esperanza que parecía tan frágil como un hilo de cristal.
Asentí con firmeza, notando cómo un estremecimiento se expandía en mi vientre.
—Sí. Ha dicho que nos ayudará. Que Keelan vivirá de nuevo.
—¿Y dónde está? —preguntó con ansiedad, mirando a su alrededor.
Seguí su mirada, pero Keelan no estaba allí.
Me aparté de Audry, rodeando mi cuerpo con los brazos mientras me levantaba.
Mis ojos recorrieron el paisaje, en busca de cualquier señal.
Habíamos vuelto a Normagrovk, junto al puente colgante, rodeados por el resplandor de las llamas que devoraban las copas de los árboles.
Avancé entre el humo, crucé el puente, me asomé al borde y seguí con la vista el cauce del río de sal, pero no había rastro alguno de él.
¿Por qué no estaba?
Había hablado con la Nigromante. Ella me había asegurado que lo traería de vuelta, que todo lo que debía hacer era continuar con la guerra. Pero ¿y si todo había sido una alucinación? ¿Y si aquella conversación solo existió dentro de mi mente?
—¡Keelan! —grité, girando la cabeza en todas direcciones. La esperanza aún ardía en mi pecho, débil pero persistente, aunque la realidad comenzaba a sofocarla con brutalidad. Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí el crujido en mis sienes—. ¡Maldita sea! ¡Keelan, respóndeme!
Audry colocó una mano sobre mi hombro. El viejo puente crujió bajo el peso de ambos, mientras el sonido del agua golpeando las piedras llenaba el aire. Sin embargo, ni siquiera ese estruendo logró ocultar el sollozo que escapó de mis labios.
—Está bien, Éire —dijo él en voz baja—. Él no querría que te hicieras tanto daño. Por eso tienes que soltarlo. Se fue para que tú vivieras, y ahora no lo estás haciendo.
No fui capaz de mirarlo. Mantuve los ojos fijos en las aguas oscuras del río. Se suponía que debían ser cálidas, como el mar de Vignís o las termas de Sindorya, pero el frío me había entumecido las extremidades con una rapidez humillante.
—Tal vez es demasiado pronto —dije al fin, más para mí que para él—. Ni siquiera ha tenido tiempo de llegar aquí. Quizá está desorientado. No sabrá cuánto tiempo ha pasado. Debo ir a verle, ayudarle a orientarse.
—Éire… no creo que eso sea bueno para ti —susurró Audry.
Su compasión me hirió más que cualquier reproche. Sabía que, desde su perspectiva, debía parecer una mujer perdida, patética en su obstinación. Pero no me importaba. Me aferraba a la esperanza porque era lo único que mantenía mi humanidad intacta.
—Necesito comprobarlo —insistí, con la voz quebrada—. Solo quiero asegurarme de que es cierto. Quizá esté vivo. Nascha me lo dijo en el río. Hablé con ella, Audry. Me aseguró que lo estaría.
Él no respondió de inmediato. Ambos sabíamos que mis argumentos podían desmoronarse con facilidad. Aun así, ninguno de los dos se atrevió a contradecirlos.
—Está bien —cedió al fin—. Yo iré a comprobarlo, ¿de acuerdo? Si él está despierto, serás la primera en saberlo. Pero si no lo está… no creo que te haga bien enterarte ahora.
Asentí una vez. Estaba convencida de que él regresaría. Lo sentía en lo más profundo de mí.
O al menos quería sentirlo.
Porque, aunque intentara creerlo, en el fondo de mi corazón sabía la verdad: Keelan no volvería. Su muerte era definitiva, y aceptarlo resultaba devastador.
Porque, aunque Keelan había muerto por nosotros, una parte de mí había perecido con él aquel día.
Y esa parte jamás podría recuperarla.