CAPÍTULO XIV
ÉIRE
Las ramas fueron las primeras en rodear mis dedos.
Después, el tacto sedoso de los pétalos se deslizó por mi codo hasta que las espinas se clavaron directamente en mi hombro.
Levanté la mirada hacia aquella mujer, e instintivamente sentí cómo mis entrañas se retorcían al ver que su sonrisa se ensanchaba, lenta y satisfecha, como la de un depredador que disfruta del sufrimiento ajeno.
Intenté retorcerme entre las plantas que comenzaban a envolverme, buscando un resquicio de aire, una grieta en su hechizo; pero la hechicera se adelantó y sostuvo mi mano libre antes de que escapara de su alcance.
En cuanto los tallos se enredaron alrededor de mi torso, sentí el peso opresivo del hechizo cerrándome el pecho.
El aire se volvió escaso, áspero, y la presión me nubló la vista.
—Zorra —siseé, sin poder contenerme. Aquellas malditas ramas me robaban cada fragmento de oxígeno que quedaba en mi cuerpo.
Ella arqueó una ceja, sin molestarse en ocultar su satisfacción. Disfrutaba del espectáculo. Probablemente, estaba a segundos de verme asfixiarme.
—Oh, ¿su majestad está enfadada? —se pavoneó, dejando que su voz rezumara burla.
—Créeme, no me has visto enfadada —farfullé, tirando de los hilos nebulosos dentro de mi vientre.
Los sentía vibrar bajo la piel, enmarañándose en mi interior, despiertos y relucientes mientras se engarzaban con las mentes de las bestias que dominaba.
Era un poder vivo, agitado, que solo podía controlar gracias al espíritu de la antigua reina.
Sin ella, jamás habría podido contener semejante fuerza.
Era poderosa, sí, pero incluso para mí, ese poder era demasiado vasto.
—Si eres tan poderosa, ¿por qué no escapas de unas simples plantas? —Su tono me hizo querer arrancarle la lengua y hacérsela tragar. Pero me forcé a mantener la calma, a tragar saliva y no darle el placer de verme perder el control.
—Porque estaba esperando eso. —Mis labios se curvaron apenas mientras miraba por encima de su hombro.
La hechicera se giró con rapidez, y en ese gesto, las ramas aflojaron su presión.
Pude respirar de nuevo, llenando mis pulmones con un aire áspero, mezclado con polvo y sangre.
En ese preciso instante, el ñacú cruzó el cielo y descendió en picado.
Su sombra se proyectó sobre nosotras, oscura y veloz, antes de que su enorme hocico se abriera sobre la cabeza de la hechicera.
Para ella pasó inadvertido. Para mí, no.
—No perdería mi energía con seres insignificantes —mascullé al pasar por encima del cuerpo sin vida de la hechicera. Estaba casi igual que antes, salvo porque ahora no tenía cabeza.
No me detuve. No podía hacerlo. Seguí mi camino en dirección al pequeño comandante. No dejaría que lo lastimaran, no mientras pudiera respirar.
Quienquiera que lo hubiera hecho gritar, conocería el verdadero tormento al enfrentarse conmigo. Él era parte de mí, y nadie salía impune tras dañar a la hechicera de las bestias.
Reparé en su posición unos instantes después, estaba acorralado en el borde del puente colgante por tres guardias enemigos.
Oh, ¿así que con batallas injustas?
Yo les mostraría lo que era una verdadera injusticia.
Saqué una daga de mi bota con un movimiento rápido y preciso.
El filo brilló bajo la luz tenue mientras lo colocaba justo bajo el mentón de uno de los hombres.
Era el más alto de los tres, de mirada fría y firme.
Por la forma en que sostenía la espada apuntando al pecho del comandante, comprendí que no era un novato.
Audry me vio entonces. Su mirada, cargada de tensión, se alzó hacia mí, y una mueca fugaz cruzó su rostro.
—Lo tenía todo bajo control —gruñó, balanceándose peligrosamente al borde de los tablones.
Le lancé una mirada significativa hacia su tahalí vacío. Desarmado. No, no lo tenía bajo control, y ambos lo sabíamos.
—No creo que quieras hacer esto. Por tu fuerza y tamaño, no representas una amenaza real para tres hombres armados —dijo uno de ellos con voz grave.
Apreté la hoja contra su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo el acero. No sonaba burlón, más bien convencido de lo que decía, como si estuviera recitando una verdad evidente.
Me incliné hasta que la sombra de su barba rozó mi barbilla.
—Si buscas un verdadero reto, lucha conmigo y déjalo ir. Te demostraré que soy una amenaza digna. —Sentí cómo sonreía—. Si aceptas por tu cuenta, quizá después te dé una muerte rápida.
Sus dos compañeros se carcajearon, aun sujetando a Audry contra las cuerdas del puente. Parecían bravucones adolescentes con músculos, arrogancia y cero inteligencia.
—Está bien, cariño. Jugaremos a tu juego en cuanto me sueltes —respondió el hombre, con una voz tan suave como la miel derritiéndose en mis oídos.
Demasiado fácil. Era una trampa obvia, y aun así me sonrió como si creyera que caería. Sabía que, si lo soltaba, intentaría matarme, y sus amigos empujarían a Audry al vacío.
—Nah, era una broma. No creo que pudieses seguirme el ritmo. —Separé la daga de su cuello y, sin pensarlo, la lancé con precisión letal hacia uno de los hombres que retenían a Audry.
La hoja silbó en el aire y se incrustó justo bajo su ceja rubia, atravesándole el ojo.
El jadeo ahogado del hombre fue todo lo que Audry necesitó para reaccionar.
Aprovechó la distracción, levantó una pierna y pateó el rostro de su agresor.
Se oyó un gemido quebrado y el chasquido seco de un hueso fracturado.
Antes de que pudiera verlo caer, el caos volvió a cubrir el puente de cuerpos sangrientos y las armas siendo blandidas.
El hombre al que había mantenido contra mi daga se giró entonces hacia mí. Su mirada era una fiera desatada. El cadáver de su amigo aún caía por el abismo, y cuando el cuerpo golpeó el agua con un sonido hueco, supe que estaba muerto. Irremediablemente muerto.
Por mi culpa.
Yo lo había matado. Y no tuve la cobardía de negarlo.
Ahora podía ver en su rostro fruncido, que compartía mi mismo pensamiento: me mataría.
Ya no por placer ni por honor, sino por venganza.
Era una ira visceral, primitiva, una furia que conocía demasiado bien.
Nadie entendía mejor que yo lo que era dejarse consumir por ese fuego interno que devora todo.
—Estás muerta —dijo, y las palabras se escaparon de su boca como un suspiro lleno de veneno.
—Pues yo me siento bastante bien. —Me encogí de hombros—. Aunque, ahora que lo mencionas, no me vendría mal una cerveza.
Era un intento torpe de conservar la calma.
Sabía que en ese instante no habría tregua, ni tiempo para ironías.
Aquel hombre estaba fuera de sí. Su rostro era una máscara de odio, las venas de su frente sobresalían con violencia y los músculos de su cuello parecían tensarse hasta el límite de romperse.
No tuve oportunidad de pronunciar otra palabra. Balanceó su espada y se lanzó sobre mí, con la mandíbula apretada y una determinación ciega en la mirada.
Giré sobre mis pies, esquivando el golpe por una fracción de segundo.
Me sostuve con dificultad en la punta de los dedos, a punto de perder el equilibrio.
La sangre se extendía por el suelo como un espejo irregular y resbaladizo.
Un movimiento en falso podía sellar mi destino, sobre todo frente a un enemigo tan rápido y calculador.
Llevé una mano a mi cadera, buscando instintivamente una de mis armas, pero ya me había deshecho de todas. Maldije en silencio e intenté idear una salida.
No podía recurrir a mi magia. No esta vez. Sentía la energía drenada, como si cada célula de mi cuerpo gritara de agotamiento. Había invocado y controlado demasiadas criaturas; el precio de mantenerlas bajo mi dominio era alto. Incluso con la ayuda de Gianna, apenas podía sostenerme.
Solo me quedaban mis habilidades físicas… y la posibilidad de arrebatarle un arma a alguno de los muertos antes de que él me atravesara.
Entonces vi un hacha girar sobre el suelo, deslizándose hasta detenerse a un par de metros. Me abalancé sobre ella, la tomé con firmeza y la levanté. Reconocí al instante su diseño, pertenecía a los guerreros de Güíjar.
Al alzar la vista, mis ojos se encontraron con los de Haakon. Me observaba desde la distancia, y asintió con un gesto breve, casi imperceptible. A su lado, vi a Audry. Estaba vivo, ileso, incluso con una expresión de orgullo contenida.
Por un momento, la sorpresa me paralizó. ¿En qué momento se habían conocido personalmente? ¿Cómo habían acabado luchando codo a codo?
No tuve tiempo para pensarlo. El filo de una espada cortó mi costado con una precisión dolorosamente limpia. Sentí el desgarrón en la tela y el calor inmediato de la sangre empapando mi túnica.
El dolor me atravesó como una ráfaga. No logré contener el gruñido que se escapó de lo profundo de mi garganta.
Sujeté el hacha y la balanceé por encima del hombro, aunque el movimiento hizo arder la herida.
La sangre descendía por mi vientre, tibia y constante, hasta resbalar en las botas.
Aun así, apreté la mandíbula y me negué a emitir un solo gemido frente a ese hombre.
No le daría el gusto de saberse vencedor.
El enemigo esquivó mi ataque con facilidad y arremetió de nuevo.
Su cuerpo chocó de lleno contra el mío y golpeó justo donde me había herido.
Un dolor punzante me recorrió la columna, robándome el aire.
Perdí el equilibrio y caí bajo su peso. Su cuerpo me inmovilizó con la fuerza de una bestia, y sus muslos me aprisionaron con un control feroz.
Cerró su mano en un puño y la alzó, decidido a destrozarme el rostro. Logré apartar la cabeza a tiempo del primer golpe, aunque mis fuerzas se escapaban con la sangre que empapaba la madera bajo mí. Pero el segundo impacto no tuve cómo evitarlo.
El crujido de sus nudillos contra mi nariz resonó dentro de mi cabeza, apagando todo sonido. El mundo giró a mi alrededor y la conciencia se me deslizó entre los dedos. No oía nada, no veía nada con claridad. Solo el puño del enemigo, levantado de nuevo, impaciente por seguir golpeando.
Debía levantarme. Lo sabía. Iba a hacerlo en…
No hizo falta. El peso desapareció de encima de mí con un tirón violento. Escuché un forcejeo, un golpe seco, el arrastre de algo sobre el suelo ensangrentado… y luego un siseo.
Ojitos… sé que puedes escucharme. Detente ahora mismo.
Pensé las palabras con tanta intensidad que casi las pronuncié. Apenas un murmullo escapó de mis labios. El calor espeso que se acumulaba bajo mi espalda me advirtió que estaba perdiendo demasiada sangre.
Reuní lo poco que quedaba de mi energía y, con esfuerzo, me incorporé hasta apoyar los codos en el suelo. La visión se me nublaba, pero debía ver qué ocurría con el aminqueg.
El silencio me envolvía como un vacío inquietante.
Entrecerré los ojos, tratando de enfocar la vista.
Todo parecía distorsionado, envuelto en una neblina rojiza.
Había cuerpos por todas partes, tantos que ya no podía distinguir de qué bando eran.
Por un instante temí que hubiésemos perdido la batalla.
Entonces lo vi. El ser escamoso de múltiples ojos, cada uno brillando con un resplandor cambiante, se interponía entre mí y el enemigo. Mostraba los dientes, afilados y húmedos, mientras aquel hombre de cabello cobrizo levantaba su espada aún cubierta de sangre.
Por un momento creí que no tenía nada de qué preocuparme. Ojitos era un ser psíquico, compensaba su sordera con la capacidad de leer las mentes. Nadie podía anticipar un ataque ante él; conocía cada pensamiento antes de que se convirtiera en acción.
Y sin embargo, algo me oprimió el pecho. Una punzada fría de presentimiento.
Ojitos… vete de aquí.
Repasé con detenimiento al hombre frente a mí, buscando cualquier objeto que pudiera representar una amenaza para Ojitos. Fue entonces cuando algo llamó mi atención: una estaca enfundada en su cintura.
¿Una estaca? ¿Quién portaría una estaca? Solo podía ser para alguien especial, alguien que necesitase una madera concreta para eliminar a otro ser… o algo más.
—No —quise gritar, pero el sonido que se me escapó fue apenas un susurro.
Ojitos pareció comprender de inmediato lo que ocurría. Sus múltiples ojos se abrieron con una expresión sorprendentemente humana, reflejando un miedo genuino que me atravesó el pecho. Aun así, no retrocedió. Tal vez entendía que huir significaría abandonarme a merced de aquel hombre.
Con un movimiento rápido, se lanzó hacia el guerrero. Sus colmillos se clavaron en el cuello del enemigo justo cuando este desenvainó la estaca y la hundió en uno de sus ojos. La mordida de Ojitos era firme, letal; había sentenciado la vida del hombre con una precisión salvaje.
Pero no fue el único que encontró su destino en ese instante.
El cuerpo de Ojitos se retorció con fuerza, golpeando los tablones del puente mientras su cola azotaba con violencia.
Su piel se cubrió de un tizne oscuro que parecía absorber la luz alrededor.
Antes de que pudiera arrastrarme hasta él, sus escamas comenzaron a transformarse en una niebla densa y oscura.
La bruma saltó a lo largo de su cuerpo hasta casi cubrir su cabeza, justo en el lugar blando que siempre le acariciaba con cuidado.
Abrí los labios, impulsando mi cuerpo hacia adelante. Me arrastré sobre mi propia sangre para apoyarme en los codos. Mi piel se raspó contra la madera, y más perlas de sangre empaparon mi túnica ya hecha jirones.
Antes de que el aminqueg desapareciera por completo en la niebla —una bruma que se parecía demasiado a la que los razha solían invocar— logré alcanzarlo y sostenerlo con mis dedos ensangrentados. Sus escamas estaban heladas, mucho más de lo habitual.
No podía hablar, pero comprendía perfectamente lo que quería transmitir. Su sacrificio me decía todo, había muerto protegiéndome.
Has sido un gran amigo, Ojitos. Mejor que muchos.
La bruma continuó su danza serpenteante, envolviendo su cuerpo casi por completo, pero me dio tiempo suficiente para sentir su cabeza rozando mi palma, un gesto afectuoso que duró un instante.
Luego desapareció entre mis dedos y la espesa niebla se absorbió en la tierra de Gregdow.
Él había muerto.