CAPÍTULO IV
ÉIRE
Pasamos toda la mañana al galope. Sin detenernos. Tan solo avanzando hacia los límites de Gregdow, hasta alcanzar su comienzo y dirigirnos luego hacia el noroeste, justo donde se empezaban a vislumbrar las grandes montañas, ciénagas y marismas. Era el camino hacia Iriam y sus poblados.
Esta vez no me molesté en ocultarnos entre los senderos recónditos; en cambio, decidí tomar el camino central, por donde solían viajar los comerciantes, los nobles y la realeza.
Dentro de poco deberíamos detenernos para almorzar, pero preferí retrasar la pausa tanto como fuese posible.
El viaje hacia Güíjar era corto, apenas un día sin detenernos.
Si descansábamos, prolongaríamos el trayecto varias horas más, y no estaba dispuesta a perder tiempo.
—Está todo demasiado silencioso, ¿verdad? Dime que no soy el único que lo nota —comentó Audry, ralentizando el paso de su yegua.
Tenía razón. Todo estaba demasiado silencioso. Había cruzado Gregdow en más de una ocasión, pero jamás recordaba un silencio tan denso, tan profundo. Era terrorífico. Y todos sabíamos lo que significaba, que los monstruos habían comenzado a salir del bosque.
—Debemos darnos prisa, Éire. Tal vez un mercenario ya haya acabado con las manadas —intervino Asha, alcanzándonos. Su voz sonó tensa, como si cada palabra le costara esfuerzo.
Les dirigí una mirada breve.
—Tranquilos. Lo tengo todo bajo control, ¿de acuerdo? —Asentí hacia la elaboradora—. ¿Dónde está?
—A buen recaudo, en una carreta custodiada por varios guardias. No te preocupes por él.
Audry tragó saliva con dificultad y tiró de las riendas para girar en la vereda.
—¿Por qué viene con nosotros? —preguntó, evitando mirarme—. No creo que sea buena idea llevarlo a una guerra. Si su cuerpo se pierde, cualquier posibilidad de devolverle la vida desaparecerá.
—Confía en mí, ¿de acuerdo? —respondí con firmeza—. Hemos recorrido este bosque demasiadas veces, y siempre hemos salido con vida. Si existe una forma de revivirlo, estará aquí.
Ni siquiera yo podía jurar que el plan fuera infalible, pero en ese momento no tenía espacio para la duda.
—Créeme —añadí—, si alguien intenta llevarse esa carreta, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
Y hablaba con total sinceridad. No permitiría que, después de meses de desesperación, de mantener su cuerpo intacto con la esperanza de encontrar una forma de regresarlo, alguien me lo arrebatara. No lo permitiría bajo ningún concepto.
Aquel cuerpo era mi último vestigio de esperanza. Ese cuerpo… y el ejército que me seguía.
El ejército que me acompañaría hasta el final de mi venganza.
Pero mi propósito no terminaba en el corazón de Iriam. No. Llegaría mucho más lejos. Porque tenía planes, muchos más que una simple guerra contra mi hermana.
Ya había comprendido que aquello era imposible, sin el apoyo de los nobles, jamás obtendría la corona, y ellos ya me habían dejado claro que me preferían muerta. Igual que el padre de la mujer que cabalgaba a mi lado.
Y los súbditos de mi hermana la adoraban. Así que, incluso si lograba conquistar el trono en una guerra legítima, no lo conservaría más que unos pocos días.
Por eso, tenía otros planes. Ideas que, probablemente, tendrían un efecto mucho más duradero.
No nos detuvimos hasta alcanzar un poblado aheriano, cercano a Güíjar, aunque no lo suficiente como para obligar a mis hombres a seguir cabalgando. Avanzamos durante un par de horas más, hasta que el sol comenzó a descender. Si no almorzábamos pronto, la cena sería lo único que tendríamos.
Uno de los soldados se acercó con su caballo, tirando de las riendas hasta detenerse junto a mí.
Lo observé de reojo. No sabía quién era, pero su porte, la firmeza de sus hombros y la manera en que sujetaba las riendas me bastaron para deducir que había sido alguien importante entre los suyos.
—Mi señora, esto es Valhiam —dijo con tono respetuoso—. Son conocidos en la capital por su hospitalidad… y por sus lingotes de oro.
—¿No fueron ellos quienes contrataron cazadores de monstruos? —pregunté, recordando vagamente los informes. Su amenaza eran los quepaks, criaturas que secuestraban niños para alimentarse de ellos.
—Quizá, si les ayudamos con los monstruos, obtengamos un donativo considerable —respondió el guardia. Sus ojos se iluminaron al imaginar el botín que podría aguardarnos.
Miré de soslayo a mis compañeros. Por sus expresiones, supe que aprobaban la idea, especialmente porque se trataba de monstruos que atacaban humanos. Pero yo no estaba convencida. No necesitaba fortunas para cumplir mi cometido, y perder tiempo por oro me parecía inútil.
—Ve a solicitar permiso para acampar esta noche —ordené—. No quiero tener problemas con un pueblo en nuestra primera parada. —Le hice un gesto con la cabeza—. Y no pienso perder tiempo aquí. Nuestro objetivo es Güíjar.
El soldado asintió dos veces, aunque su mirada perdió algo de brillo, decepcionada.
—Por supuesto, pero, si me permite decirlo, Güíjar carece de riqueza. No es una tierra fértil ni poderosa. Apenas un trozo de suelo habitado por salvajes.
Arqueé una ceja.
—Tienen soldados entrenados para matar. Y, como tú mismo has dicho, son salvajes. Son justo lo que necesito en mi ejército.
El hombre no volvió a replicar. Espoleó a su caballo y se acercó a las puertas de Valhiam. Tras obtener permiso para ocupar sus terrenos durante el resto del día, los guardias comenzaron a montar las tiendas y las carpas.
El ambiente tras las murallas del poblado ya no era tan silencioso como el de los caminos de Gregdow. Se escuchaban voces tras los muros, pasos que resonaban sobre la tierra húmeda, el resoplar de los caballos y el sonido metálico de las armas al chocar unas con otras.
Además, ahora los soldados se permitían conversar mientras compartían algunas jarras de vino, procedentes de los barriles que los señores de Valhiam nos habían obsequiado. La carne no alcanzaba para todos, así que nos habíamos conformado con varios cuencos de caldo y unas pocas verduras.
Mi tienda era amplia, la más grande de todas.
Estaba construida con seda y sostenida por palillos de metal, con pieles colgando del techo de tela para aumentar la calidez del interior.
El suelo estaba cubierto de alfombras de pelaje, y Cala había atizado la hoguera que ardía frente a mis cojines rellenos de plumas.
Mis baúles permanecían esparcidos por el espacio, y mi criada había resguardado cuidadosamente el agua que tomó del pozo del poblado, envuelta en gasas, para que pudiera bañarme esa noche en la intimidad, utilizando la tina de madera que varios guardias habían transportado a pie desde la capital.
El murmullo de los soldados se colaba entre las sedas que separaban mi refugio del resto del campamento.
En parte, sabía que depender de un ejército comprado no era la mejor estrategia para una guerra, pero ya había previsto esa eventualidad.
Además, estaba segura de que los guerreros que buscaría al día siguiente me seguirían por convicción propia.
Al fin y al cabo, ¿qué más podría motivar a un verdadero soldado que la guerra, la masacre y la victoria?
Tomé otra cucharada de guiso y lamí la cuchara de madera con cuidado, mientras el calor del fuego acariciaba mi rostro. En ese instante, las telas de la entrada se sacudieron, y alguien penetró en la tienda. Antes incluso de distinguir su rostro, supe que era Audry.
—Dime, ¿qué ocurre? —pregunté, mirándolo por encima del hombro mientras Cala se acercaba a recoger mi cuenco vacío. Tras asentir con un gesto, Cala salió para limpiar la pieza de madera.
Audry se sentó sobre el cojín a mi lado, frotando las manos frente al fuego.
—No lo sé… —dijo en un hilo de voz—. Es extraño estar contigo y, al mismo tiempo, sentir que no estoy aquí. Te pedí que no te compadecieras de mí, pero soy el primero que lo hace. Pensé que esta era mi vocación, pero ahora no siento que lo sea.
Asentí, comprendiendo lo que intentaba expresar mejor que nadie.
—Aún recuerdo esas noches en Gregdow, frente a una hoguera como esta —dije, con un suspiro—. Los tres estábamos juntos, sin más preocupaciones que los compromisos de Keelan. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y quedarme atrapada allí para siempre.
Él cerró la mano sobre la mía y se inclinó lo suficiente para que mis ojos se encontraran con los suyos.
—Keelan volverá, Éire. Encontraremos la forma de que regrese.
—Eso espero, pequeño guardia real. Eso espero —respondí.
Audry apretó con más fuerza mi mano, mientras se apoyaba en mi costado y sus ojos se fijaban en las llamas crecientes.
—¿Soy mala persona por querer atacar Iriam y salir victorioso?
—No, Audry —dije—. Eres un guerrero. Un guerrero que busca vengar la muerte de su rey.
Me miró nuevamente, y en sus ojos brillaba la gratitud.
—Y tú… ¿qué eres ahora, Éire? ¿Una reina? ¿Una guerrera?
—Supongo que aún no lo sé —contesté con un suspiro—. Pero lo descubriré.