Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

ÉIRE

—Cala, ¿tienes lo que te pedí anoche? —pregunté mientras salía del pasillo donde se encontraban las habitaciones y terminaba de anudar mi capa de pelaje de lobo.

Había sido un regalo que me concedí a mí misma el día en que un hombre osó desafiarme. Después de demostrarle que sí podía vencerlo, le quité aquella costosa prenda de su cadáver aún tibio.

—Por supuesto, dama. ¿Desea que le sirva el mismo desayuno de siempre?

Mi estómago rugió con solo escucharlo. Tocino grasiento, apenas chamuscado, acompañado de un vaso de licor. Tentador. Pero si quería mantenerme sobria, esa no era una buena elección.

Mis manos temblaron al intentar contener el impulso. Estuve a punto de decir que sí, pero debía ser más fuerte que mi adicción. Tragué saliva con esfuerzo y susurré.

—No. Sírveme una buena jarra del agua que recogiste anoche.

Una gota de sudor frío recorrió el hueco entre mis pechos, y no fue precisamente por el aire gélido que azotaba las ventanas y empujaba las ramas contra los cristales sucios.

Cala frunció el ceño unos segundos, aunque no se atrevió a cuestionar mis órdenes. Rodeó la barra con cuidado, esquivando los huesos animales y humanos, que reposaban alrededor del aminqueg dormido junto al hogar.

Me senté en uno de los taburetes frente a ella y observé cómo colaba el agua de tormenta con un embudo hacia una jarra moldeada en barro. Ojitos bufó al oír el sonido del líquido caer y, molesto, azotó con su cola la chimenea, haciendo que las llamas se elevaran de golpe.

Cuando el fuego alcanzó la temperatura que lo complacía, volvió a acomodarse frente a la piedra ardiente.

Algunas gotas salpicaron fuera del barreno que Cala sostenía. Murmuró una disculpa temblorosa, y yo me limité a asentir. Nadie se sentía del todo tranquilo cerca de Ojitos. Lo entendía bien. A Keelan tampoco le había caído en gracia jamás.

—Aquí está —dijo Cala, dejando la jarra sobre la barra—. ¿Desea que la mezcle con algo?

Le di un sorbo rápido. Sentí el frescor descender como un torrente hasta mi vientre y despejar mi mente. La sensación punzante recorrió mis nervios, acelerando mi pulso y diluyendo el espesor de mi sangre. Un escalofrío me atravesó el cuerpo y despertó cada músculo dormido.

Parpadeé varias veces mientras notaba cómo el sudor se enfriaba sobre mi piel.

—No… —Respiré hondo—. Cuéntame qué contenían los papeles que dejaste secar anoche.

Cala humedeció sus labios antes de acercarse a la repisa donde se amontonaban los pergaminos. Habían pasado toda la noche colgando cerca del fuego. Tomó uno de ellos y lo hojeó con cuidado.

—He pasado la noche en vela intentando descifrar las propuestas.

La mayoría son pagos aproximados por eliminar distintas jaurías de monstruos que acechan las aldeas.

Hay informes de pulvras en el Puerto de los Caídos, dankús en el Monte Verdinegro, quepaks que secuestran niños en Valhiam y… cornoks atacando en Güíjar.

—¿Cornoks atacando aldeas? —Arqueé una ceja—. Eso no tiene sentido. Son criaturas pacíficas.

—No lo sé, mi señora. Es lo que dice aquí.

Me quedé observándola en silencio mientras me mordía una uña. Confiaba en Cala; después de todo, su vida dependía de mí. Pero algo no encajaba. Era extraño. Sumamente extraño.

Conocía bien a las criaturas que habitaban en Gregdow. Muchas estaban al borde de la extinción, pero jamás habría imaginado a un cornok atacando humanos. No cuando podían alimentarse de ganado sin dificultad.

Además, aquel lugar que había mencionado… ¿Güíjar? Jamás había oído hablar de esas tierras. Si se tratara de un señorío, su nobleza habría llegado a mis oídos.

—Bien. ¿Y dónde está Güíjar? ¿Quién gobierna allí?

—Güíjar no tiene soberano, mi señora —respondió Cala—. Es una tierra anárquica, libre de las leyes de Aherian. Se encuentra al borde del bosque, y sus aldeanos se crían bajo la ley del más fuerte. Las leyendas dicen que de allí provienen los mejores guerreros. Incluso mejores que los iriamnos.

Chasqueé la lengua y vacié la jarra de un solo trago.

—Perfecto. Tenemos destino. Haz llamar a Ashania Minceust; la quiero aquí cuando regrese.

—Si se me permite la descortesía… ¿puedo saber a dónde se dirige? —preguntó con voz dulce, intentando no sonar temerosa.

—No. —Me encogí de hombros y ajusté la daga a mi cinturón antes de cubrirme el rostro con la capucha—. Esta noche traeré la cena. Prepara mi equipaje y el tuyo. Marcharás conmigo hacia las tierras de Güíjar.

Cerré la puerta de la taberna antes de que pudiera formular una sola palabra más. No había salido de allí desde mi llegada a la capital. Y, sin embargo, Aherian seguía luciendo tan empobrecido como el primer día.

Habían firmado la alianza con Zabia, pero el sur también sufría escasez, y ese pacto apenas había beneficiado al reino. Ahora contaban con menos soldados y ninguna recompensa a cambio.

Aun así, Evelyn no había reculado. Ambas sabíamos que no podía hacerlo ya que la debilidad le costaría la vida. En su intento por sostener el trono, había buscado el favor de los señoríos vecinos para evitar que su pueblo muriera de hambre.

Redujo los impuestos y destinó gran parte del tesoro real a incrementar el cultivo de cereales. Ordenó a sus guardias que repartieran comida cada mañana en las aldeas más pobres. Gracias a esos sacrificios, las barrigas del pueblo seguían llenas… por ahora.

Pero sabía que cuando se agotara el dinero y los favores de los nobles que juraron ante su padre, aquellos mismos que durante generaciones habían hincado la rodilla ante el apellido Waldorm, la historia sería otra.

Entonces, dudaría mucho que continuaran aplaudiendo las decisiones de su joven soberana.

—¿Quiere probar estos dulces, dama? —me preguntó una mujer de ojos rasgados que aguardaba dentro de un puesto del mercado.

Frente a ella reposaba una mesa desgastada, pintada sobre la madera sucia, donde se apilaban varios panecillos de leche cubiertos con manteca y azúcar.

La ignoré deliberadamente y me concentré en el hedor que impregnaba el aire con carne podrida, desperdicios y restos de animales que se descomponían bajo el sol débil del amanecer.

Los pescados abiertos y las alimañas desolladas colgaban de hilos raídos, meciéndose suavemente con el viento, mientras el sonido de las monedas al chocar sobre las mesas se mezclaba con los gritos de los mercaderes que intentaban vender su miseria disfrazada de mercancía.

Tuve que abrirme paso entre decenas de personas y animales.

En ocasiones, se apartaban al verme; en otras, debía hacerlo a empujones.

Varios niños, con el cabello sucio y enmarañado, intentaron introducir sus manos en mi capa para robar algo de provecho, pero solo consiguieron que les mostrara los dientes.

El castillo no quedaba lejos de mi taberna, aunque el trayecto resultaba tedioso.

Los suelos estaban cubiertos de cieno, barro y heces de las bestias que aguardaban su ejecución o intercambio.

La ausencia de vigilancia era evidente, desde la reubicación de muchos de los guardias, ya nadie controlaba el mercado.

Por eso, no era raro tropezar con riñas improvisadas o con charlatanes que vociferaban discursos para distraer a los hambrientos.

Finalmente, llegué al puente levadizo. Era una de las más recientes construcciones de Evelyn, un paso de madera reforzada que se alzaba sobre aguas pantanosas y turbias, donde serpientes de escamas verdosas se enroscaban entre sí, siseando hacia la superficie.

Los dos guardias apostados en el puente me lanzaron una mirada distraída. Mi rostro permanecía oculto bajo la capucha, por lo que no se molestaron en detenerme. Sin embargo, decidí apartar la tela y mostrarme ante ellos.

Uno de los guardias, el que no llevaba yelmo, soltó una exclamación ahogada al reconocerme. Supuse que fue la cicatriz, la que cruzaba mi rostro como una marca indeleble, la que le despejó cualquier duda. Esa herida era tan célebre como mi nombre.

—¿Qué quieres? No tenemos todo el día —gruñó el otro. Su compañero reaccionó con rapidez y le propinó un codazo, maldiciendo entre dientes.

—Bastardo… es la hechicera de las bestias —susurró el guardia de rostro descubierto, sin apartar la vista de mí—. No se preocupe, mi señora. Puede pasar. Perdónelo, es un recluta nuevo.

Asentí con frialdad. Ambos se apartaron, levantando las lanzas que me bloqueaban el paso. El filo del acero resplandeció bajo la luz anaranjada del sol poniente.

—Tened cuidado —murmuré al pasar—. Las serpientes están enroscándose en vuestras botas.

Escuché cómo uno de ellos soltaba un grito ahogado y saltaba hacia atrás. Las serpientes, desde luego, no se habían movido; el miedo lo había hecho por ellos. Sonreí bajo la capucha, sin detenerme.

La barbacana se alzó con un crujido metálico, y pude avanzar hasta el portón principal. Los guardias del rastrillo lo levantaron en cuanto me vieron, y las puertas del castillo se abrieron ante mí.

Caminé entre los setos húmedos del jardín, sin dirigir palabra a los soldados que custodiaban el perímetro. En cuanto crucé el umbral, una doncella se acercó apresurada para ofrecerse a guardar mi abrigo. Me negué con un gesto tajante y exigí que me condujera ante la reina.

La muchacha asintió con torpeza. La cofia que recogía su cabello se deslizó y una hebra cobriza cayó sobre su frente. Rió con nerviosismo, intentando ocultarla, y me pidió que la siguiera hacia el despacho de Evelyn. Yo recordaba perfectamente el camino, pero le permití acompañarme.

—¿Eres Iriamna? —pregunté, viendo cómo se tensaba.

—No, señora. Los dioses me libren de compartir sangre con quienes intentaron asesinar a mi reina.

Mentira. Lo supe de inmediato.

—Eso está bien —repliqué con voz serena—. Vuestra reina estaría orgullosa.

—¿No es su reina también, mi señora? —se atrevió a preguntar.

Aclaré mi garganta mientras doblábamos la esquina del pasillo.

—Yo ya no tengo rey.

La doncella bajó la cabeza, sin añadir palabra. Tras recorrer un tercer corredor, se detuvo frente a una puerta de madera gruesa y se inclinó con respeto.

—Aquí es, mi señora. Si me disculpa…

—Acompáñame —ordené. Cerré la mano sobre el picaporte y empujé la traba. La puerta chirrió antes de ceder.

El despacho era amplio y helado. Un ventanal sin cristales permitía el paso de copos de nieve que caían sobre el suelo encharcado. La escarcha cubría parte de las paredes y la gran mesa de reuniones mostraba huellas de haber sido limpiada con prisa ya que aún quedaban charcos de agua derretida.

Tras el escritorio se encontraba Evelyn.

Aún vestía de luto, cada día con atuendos más oscuros y elaborados.

Ese día, su falda de tul estaba adornada con plumas de cisne negro y su cuello alto rozaba el mentón.

La corona de oro, apenas sostenida por su elaborado recogido, brillaba con un fulgor apagado.

Frente a ella, un hombre permanecía de pie. No podía ver su rostro del todo, solo su espalda ancha, cubierta por pieles oscuras. Cuando la puerta se abrió y el chirrido del hierro rompió el silencio, se giró apenas.

Cabello corto, rubio cenizo; piel pálida como la nieve recién caída.

Sus ojos eran de un azul aguamarina salpicado de motas verdinegras, un contraste que resultaba tan inquietante como fascinante.

Sus pómulos marcados le daban un aire severo.

Reconocí el estandarte cosido a su camisa, era un guardia de alto rango, quizás uno de los capitanes más cercanos a la reina.

—Éire, ¿ocurre algo? —preguntó Evelyn. Su voz seguía siendo amable, pese al peso de la corona.

—Quiero mi parte del trato.

Ella frunció el ceño, sin perder la compostura. Esperé alguna reacción, una mirada de desprecio, una palabra de reproche, pero solo mostró sorpresa.

—Ahora no es buen momento. No puedo dejar desprotegido el reino —dijo con voz cansada—. Ya he enviado demasiados soldados. Estamos al borde de una guerra… tanto civil como extranjera.

—Quiero. Mi. Parte. Del. Trato —repetí, sin apartar la mirada.

—Te he perdonado tus crímenes contra Aherian y te he permitido vivir aquí, junto a tu criatura y tus sirvientes. Solo pido tiempo, Éire —replicó.

Tragué saliva. Asentí, y ella pareció aliviada. Me dedicó una sonrisa que, por un instante, me recordó a la muchacha que alguna vez fue.

—Gracias, amiga mía. No imaginas la presión que sufro desde mi coronación.

—No te preocupes, Eve. Te entiendo perfectamente. —Giré apenas la cabeza hacia la doncella. Iriamna me miraba con una sonrisa tímida, sin sospechar lo que vendría—. Te daré todo el tiempo que necesites, pero cada día que te regale costará una vida de tu reino. Así cobraré mi paciencia.

Evelyn frunció el ceño, alternando su mirada entre nosotras. El guardia, ahora en tensión, comprendió mis intenciones y desenvainó la espada. Pero fue demasiado tarde.

Toqué el brazo de la doncella y dejé que las hebras de la magia razha se enroscaran en su corazón. Sentí cómo se contraía bajo mi poder hasta detenerse. Su cuerpo cayó entre mis brazos, aún cálido, mientras el filo del soldado apuntaba inútilmente al cadáver.

Sonreí a la reina.

—Esperaré a mis hombres. Más os vale que sean dignos del esfuerzo que me tomará.

Solté el cuerpo sin vida de Iriamna a los pies del guardia, y cubrí de nuevo mi rostro con la capucha. Me marché sin volver la vista atrás.

Mientras avanzaba por el pasillo, escuché los murmullos que se deslizaban tras la puerta.

—Majestad, esa mujer ha amenazado al reino y a la corona. Debemos considerarla una criminal y atraparla cuanto antes.

—Bastián —respondió Evelyn—, esa mujer me tiene bajo la palma de su mano… y comanda un ejército de monstruos. Si crees que puedes alcanzarla, eres más ingenuo de lo que pensaba.

Sonreí, apenas, mientras me alejaba.