Reina de espadas Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

P enryn no sabía si alguna vez volvería al puesto fronterizo más allá de Cloor.

Y, desde luego, no pensó ni por un momento que lo haría con Rafrael, pero Frijol se había quedado en casa, descansando en la cabaña.

Elijah los había acompañado durante parte del camino, pero se había distraído con una ninfa especialmente coqueta y los había dejado a los dos terminar el peregrinaje en paz.

Y ahora allí estaban, caminando por el sendero apenas transitado que llevaba al huerto medicinal de la antigua casa de Qavtar.

Rafrael tenía la mano entrelazada con la de Penryn.

Casi no la había soltado desde que salieron de la cabaña de Marianne, pero la mano de ella encajaba tan bien en la suya que parecía que ese era su lugar natural.

Él la ayudó mientras avanzaban por un terreno más accidentado hacia las hileras bien cuidadas de parterres elevados, con hierbas y flores que habían sido cultivadas con esmero a lo largo de los años.

Recorrieron el laberinto de muros de piedra y plantaciones de flores, buscando, pero, cuando llegaron al jardín hundido, con sus tranquilos bancos y su hoguera, Rafrael dejó escapar un suspiro abatido.

Allí, sentado en el banco, estaba Qavtar.

Tenía los brazos apoyados en el respaldo y la cabeza inclinada hacia arriba, como si estuviera admirando el cielo.

Penryn se le acercó, deseosa de expresarle su gratitud, pero, en cuanto se puso a la altura del anciano dríade, se dio cuenta de que ya no era el de antes.

El cuerpo del ermitaño había cambiado. Sus extremidades, sus músculos…

, todo se había endurecido; la piel y la carne que tenía la última vez que lo vieron se habían convertido en madera sólida y nudosa.

Su pelo era ahora una cascada de hiedra, y sus ropas estaban cubiertas de musgo y flores.

Había gastado todo el poder de su magia en el frasquito medicinal que había preparado para Rafrael.

Toda su vida activa, toda su energía mítica, se había agotado.

Ahora formaba parte de la tierra, reclamado y convertido en parte del mundo natural que había nutrido.

Sus rasgos aún estaban ahí, tallados en el manzano que ahora crecía a través de él, y Penryn sonrió con tristeza al ver una flor solitaria brotando de la coronilla de su cabeza.

Se inclinó de puntillas para inhalar su dulce y delicado aroma. Apoyó las manos en la corteza de los hombros de Qavtar para mantener el equilibrio y acarició la diminuta flor con la punta del dedo, observando cómo se flexionaba al tocarla.

—¿Así que se ha ido… sin más? —Miró a Rafrael—. ¿Su magia se ha agotado?

—Supongo que se ha reutilizado —dijo Rafrael en tono solem ne—. Una vida por otra, en cierto modo. Quería que él te ayudara a recuperar tu poder.

Penryn negó con la cabeza.

—No podía arriesgarme a perderte —le recordó ella—. Y de haberlo sabido, de encontrarme en la misma situación, volvería a hacer exactamente lo mismo.

Así era Penryn, generosa y bondadosa. Rafrael le tomó el rostro entre las manos, se agachó para darle un beso suave y posesivo en los labios, y movió la boca con ternura contra la de ella mientras la abrazaba.

—Tal vez tengamos que tomar decisiones así en el futuro —le advirtió.

La llevó al banco de enfrente y se sentaron uno al lado del otro para descansar y disfrutar del tranquilo jardín mientras pudieran.

Rafrael volvió a entrelazar las manos con las de Penryn, acariciándole los nudillos uno a uno con el pulgar, muy despacio, mientras pensaba en lo que podría depararles el destino—.

El rey de Espadas debe saber de tu existencia.

Y tú… —bajó la voz hasta convertirla en un suave murmullo— tienes todo el derecho a ocupar tu lugar en esa Casa, si así lo deseas. Y…

Se quedó callado, mirándola pensativo. Se inclinó hacia ella y le apartó unos mechones de pelo que se le habían escapado y le caían sobre la cara; mechones que le colocó detrás de las orejas.

—… y creo que deberías ocuparlo. El bien que podrías hacer, con la bendición de tu padre, salvaría a muchas personas. La Casa de las Espadas caerá si Arquerio ocupa el puesto de Tarsus cuando este fallezca.

—¿Y la otra criatura?

Rafrael soltó una risita suave.

—¿La otra criatura? No, Arquerio es el único heredero.

Salvo tú —añadió, estrechándola una vez más.

Penryn dudó, dispuesta a replicar. Había habido otra criatura, otro niño o niña, en las catacumbas.

¿O no? ¿Se lo habría imaginado? Si no fuera por la daga que aún se le clavaba ligeramente en el muslo, oculta entre los pliegues del vestido, habría estado segura de que esa era la explicación.

—Creo que esto de las Grandes Casas no es para mí —dijo tímidamente, con la cabeza gacha—. Creo que ya he tenido suficientes aventuras por ahora. Necesito volver a casa, con mi hermana y mi aldea.

Rafrael se quedó inmóvil al oír eso. La incertidumbre se asomó a sus ojos, pues no sabía qué significaba aquello para ninguno de los dos.

—¿Quieres volver a Dalmorgan?

¿No era así? Allí estaría a salvo, junto a Talia y todo lo que le era familiar. Volver a los Campos del Norte, al mundo de los humanos, tenía su lógica…, pero sabía lo que eso supondría: dejar a Rafrael en las Tierras Indómitas.

—¿Crees que no debería hacerlo?

Rafrael sonrió.

—No quiero ser egoísta, Pen —dijo en voz baja, rodeándola con el brazo por la cintura y atrayéndola hacia él. Ella se rio al sentir su contacto, ese abrazo tan íntimo, mientras sus cuerpos se fundían el uno con el otro—. Pero, al mismo tiempo, no quiero renunciar a lo que acabamos de empezar.

Y ella tampoco. Aparte de todo lo que comenzaba a sentir y experimentar con Rafrael, en su vida había ahora mucho más que un hogar en Dalmorgan.

Un padre al que no conocía y al que ansiaba conocer.

¿Querría el rey de Espadas que formara parte de su Casa?

¿O simplemente aceptaría que Arquerio heredara su trono sin ningún tipo de objeción?

Penryn detestaba la idea de que ese carroñero llorón tuviera control sobre los encantadores seres feéricos que había conocido en el reino.

—¿Y si hacemos una cosa? —propuso él—. Regresa, visita a tu familia, haz lo que tengas que hacer.

Yo, mientras, acamparé junto al azud donde nos conocimos.

Cuando estés preparada para tu próxima aventura, ¿vendrás a buscarme?

Sea como sea —añadió, rozándole la mejilla con la punta de nariz antes de besarla en la piel—, yo estaré allí.

Ella lo miró con expresión interrogativa.

—¿Me esperarás… sin más? —preguntó, sorprendida de que le hiciera tal oferta.

Rafrael asintió con la cabeza.

—Aún nos quedan muchos más acertijos que resolver juntos. Muchas cosas para las que encontrar soluciones. —Le tendió la mano y esperó a que ella volviera a posar la suya, entrelazándose como si fueran uno solo—. Te esperaré en el límite de Arcania, preparado para nuestra próxima aventura.