Reglas rotas Capítulo 7Willow
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Capítulo 7Willow

Willow

Jake Miller empezó a evitarme al día siguiente de la fiesta.

No respondió a mi mensaje por la mañana. En el comedor, pasó a mi lado con Connor y otros dos jugadores y ni siquiera me dirigió una mirada. Por la tarde, cuando lo vi salir del entreno, cambió de dirección como si se hubiera acordado de algo urgente al otro extremo del campus.

Era casi impresionante. Jake era capaz de moverse sobre el hielo como si el mundo obedeciera a su cuerpo, pero al parecer no era capaz de estar en el mismo pasillo que yo después de haberme besado en una fiesta.

Cobarde.

Repetí esa palabra en silencio como una docena de veces antes de admitir por fin que estaba dolida. No podía creerme cómo era capaz de comportarse tan distante después de haberme besado de esa manera y de haberme tocado como si yo fuera lo único que importaba.

Esa noche, intenté estudiar durante casi una hora, pero las palabras del libro parecían escritas en otro idioma. Leía la misma página, volvía al principio, la leía otra vez y no absorbía nada más que la imagen mental de Jake apartando la cara cuando me vio cerca de la biblioteca.

Cerré el libro de golpe. Mia, que estaba sentada en la alfombra pintándose las uñas, levantó la vista.

—¿El libro ha perdido la batalla?

—No puedo estudiar. Voy a salir.

Sonrió sin esconder la curiosidad.

—¿Adónde?

—A resolver una cosa.

—¿Esa cosa mide metro noventa, tiene cara de pecado y lleva chaqueta del equipo?

Cogí el abrigo de la silla.

—No quiero hablar de eso, Mia.

Mia sopló sobre sus uñas recién pintadas y me estudió.

—¿Vas a discutir con él?

Me paré con la mano en el pomo.

—Todavía no lo he decidido.

—Pues buena suerte. Y, Willow...

Miré atrás.

—¿Qué?

—No dejes que te haga sentir pequeña.

La frase me acompañó hasta el edificio de Jake.

El viento frío me golpeó la cara mientras cruzaba el campus, pero no fue suficiente para enfriar mi rabia. O mi ansiedad. O esa parte de mí que, aunque furiosa, quería que él abriera la puerta y me mirara como me había mirado en la fiesta.

Odiaba eso. Odiaba querer tanto a alguien que parecía no importarle en absoluto. Alguien siempre dividido entre acercarme y apartarme.

Cuando llegué a su puerta, llamé antes de que se me acabara el valor.

Esa vez, Jake tardó unos segundos en abrir.

Cuando apareció, llevaba camiseta blanca, pantalón de chándal oscuro y el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos varias veces.

Sus ojos encontraron los míos y, por un instante breve, vi el alivio cruzarle la cara.

—Willow.

—Vaya. Todavía te acuerdas de mi nombre.

Soltó un suspiro.

—Nena, no quiero pelear.

—Yo no he venido a pelear, Jake. He venido a entender por qué estás actuando como un idiota.

Miró hacia el pasillo vacío detrás de mí y se apartó.

—Entra.

Pasé por su lado sin darle las gracias. El apartamento estaba en silencio, con solo una lamparilla encendida cerca del sofá.

No había sonido de videojuegos, risas, pasos ni voces masculinas molestas.

El sitio parecía demasiado íntimo, y eso empeoró todo, porque me acordé de cómo me había sentido ahí antes. Nerviosa, sí, pero segura.

Ahora ya no sabía qué sentía.

Jake cerró la puerta.

—Los chicos no están —dijo.

—Qué bien. Así nadie tiene que esconderse en tu habitación.

Se quedó inmóvil.

—Aquello fue una situación complicada.

—No, Jake. Complicado es un examen sorpresa o olvidarse de entregar un trabajo a tiempo. Aquello fue humillante.

Jake dio un paso hacia mí, pero se paró antes de acercarse demasiado.

—Lo siento mucho.

—¿Sientes mucho el qué, exactamente?

No respondió.

Me reí bajito, sin humor.

—Vale, ya lo entiendo todo.

—Willow, no es eso.

—Entonces ¿qué es? —ya estaba irritada.

Se pasó las dos manos por el pelo, dándose la vuelta un segundo, como si intentara contener algo dentro del pecho. Cuando volvió a mirarme, sus ojos habían perdido esa ligereza provocadora que usaba como armadura.

—Es que... Connor es mi mejor amigo —dijo con tono derrotado—. Y confía en mí. Cuando me acuerdo de que le estoy mintiendo, eso... eso me destroza.

—¿Y tú crees que yo no lo sé, Jake? —exploté, y el sonido de mi propia voz me asustó—.

Sé que es tu mejor amigo, sé que jugáis juntos, sé que hiciste una promesa idiota sobre no tocar nunca a la hermana del otro como si yo fuera una propiedad.

Sé todos los motivos por los que no podemos tener nada, pero la cuestión es que tú también lo sabías cuando me besaste anoche.

Absorbió la frase como si le hubiera dado un puñetazo.

—Si quieres saberlo, intenté mantenerme alejado de ti —dijo—. Pero la verdad es que no puedo pensar con claridad cuando estás cerca.

Se me apretó el pecho, pero no dejé que eso me desarmara.

—Entonces deja de confundirme, Jake.

Jake apretó la mandíbula.

—¿Crees que esto es fácil para mí?

—Creo que estás haciendo todo más difícil de lo necesario.

—Estoy intentando hacer lo correcto —insistió.

—Si lo correcto es hacerme sufrir, se te está dando bastante bien.

La frase quedó flotando entre nosotros, demasiado pesada para el tamaño del salón.

Jake respiró hondo.

—Nunca quise hacerte daño.

La forma en que lo dijo, tan sincero, me desarmó por un segundo.

—Si esto es una broma, se acaba aquí.

Levantó los ojos hacia mí.

—No es una broma, Willow.

—Entonces ¿qué es?

Jake me miró. Había tantas respuestas en su cara que me dio miedo cuál pudiera salir.

Se acercó un paso.

—¿Qué quieres que te diga, Willow?

—La verdad.

—La verdad es que debería haber dicho que no cuando llamaste a esa puerta.

Tragué saliva.

—Entonces ¿por qué no lo dijiste?

Jake se rio sin humor, con los ojos brillando de una emoción contenida.

—Porque la simple idea de que le pidieras a otro tío que te enseñara sobre sexo me volvió loco —confesó—.

Porque sabía que, si alguien iba a tocarte por primera vez, quería que fuera alguien que entendiera lo importante que era eso.

Porque confié en mí para cuidarte, pero no confié en mí para seguir fingiendo que no te quería solo para mí.

Se me cortó la respiración.

Jake se acercó lo suficiente para que sintiera su calor.

—Y te quiero, Willow... Te quiero solo para mí. —Mi nombre en su boca sonaba distinto cuando lo decía así, sin bromas, sin escudo, sin Connor entre nosotros—. Te quiero más de lo que debería. Más de lo que puedo. Más de lo que prometí que jamás querría.

La rabia dentro de mí empezó a deshacerse, dejando algo más peligroso en su lugar. Un deseo y una necesidad tan crudos que llegaban a asustarme.

Su mirada bajó hasta mi boca, y entonces me tocó la cara con una mano, despacio y con cuidado.

Y entonces, como si no me hubiera puesto el mundo patas arriba, Jake me besó.

No fue un beso suave al principio. Estuvo contenido durante medio segundo, y después se volvió intenso, hambriento, cargado de todo lo que había estado conteniendo desde la fiesta.

Mis manos fueron a su pecho, agarrando la camiseta, y Jake me atrajo por la cintura hasta que sentí cada línea de su cuerpo contra el mío.

Su boca bajó por el borde de mi mandíbula, e incliné la cabeza sin pensar. Mis dedos subieron a su pelo, tirando levemente, y Jake soltó un sonido bajo contra mi piel que me dejó las piernas débiles.

—Willow —dijo, con la voz ronca.

—No pares.

Me miró, serio a pesar de la respiración irregular.

—Necesito oírte decir que quieres esto.

El corazón me latía tan rápido que parecía imposible responder sin tropezar con las palabras.

—Lo quiero.

Jake cerró los ojos un segundo, como si esas dos palabras le hubieran dolido. Después me besó otra vez y me levantó por la cintura con una facilidad que me arrancó un pequeño sobresalto. Enrosqué las piernas alrededor de él por instinto, y me llevó por el pasillo sin apartar la boca de la mía.

Cuando entramos en la habitación, todo se volvió más real.

No era la primera vez que entraba ahí, pero antes había entrado para esconderme. Ahora, Jake me sentó en el borde de la cama y se quedó de pie frente a mí, mirándome como si estuviera librando una última batalla consigo mismo.

La luz era tenue, procedente de la lamparilla de la mesa, y dejaba la habitación con sombras suaves.

Había un chándal tirado en la silla, libros apilados cerca de la cama, una botella de agua medio vacía en la mesilla.

Detalles cotidianos, casi demasiado íntimos, que me recordaron que aquello no era un escenario de fantasía.

Era Jake, la habitación de Jake, la cama de Jake, y yo estaba ahí porque quería.

Se arrodilló frente a mí, y ese gesto, más que cualquier otra cosa, me apretó el pecho.

—Todavía podemos parar —dijo.

Le pasé los dedos por el pelo, sintiendo la suavidad de los mechones oscuros.

—Lo sé.

Jake deslizó las manos por mis piernas, despacio, dándome tiempo para que me negara si cambiaba de idea, pero no me eché atrás. En vez de eso, observé cada movimiento suyo, fascinada por la manera en que alguien tan fuerte podía tocar con tanta paciencia.

Levantó la vista.

—Estás temblando. ¿Tienes miedo?

Pensé antes de responder.

—De ti, no.

Su rostro se suavizó.

—Entonces ¿de qué?

—De no saber cómo hacerlo.

Jake apoyó las manos en el lateral de mis muslos e inclinó la cabeza, mirándome con tanta ternura que casi me deshice ahí delante de él.

—No tienes que tener miedo, preciosa. Estoy aquí para enseñarte.

La tensión bajó un segundo, lo justo para respirar.

Entonces Jake se levantó y se inclinó sobre mí, apoyando una mano en el colchón a mi lado.

El beso llegó más lento esa vez, profundo, explorador.

Mi inseguridad no desapareció, pero se hizo más pequeña cada vez que él esperaba mi respuesta y me dejaba llevar el ritmo, hasta que mi cuerpo entendió que no estaba ahí para recibir una nota.

Éramos solo nosotros dos, probando algo que ambos deseábamos con ardor.

Solo tenía que sentir.

Me quitó el jersey con cuidado, como si desenvolviera algo frágil, y el aire frío me tocó la piel. Por instinto, crucé los brazos delante del cuerpo, pero Jake me sujetó las muñecas con delicadeza.

—Eh. No te escondas de mí —la frase salió baja, casi un ruego.

Poco a poco, dejé caer los brazos.

La mirada de Jake me recorrió la cara antes de bajar, y no había prisa en ella, ni juicio. Había admiración, tan clara que se me cerró la garganta. Me tocó la cintura, el hombro, la curva del brazo, como si estuviera aprendiendo el camino y memorizando cada respuesta mía.

—Preciosa —murmuró.

Jake me recostó despacio, cubriendo mi cuerpo con el suyo sin aplastarme.

Su peso parcial sobre mí era nuevo, intenso y extrañamente seguro.

Sus besos bajaron por mi cuello, y cada roce de su boca parecía encender un camino por mi piel.

Mis dedos se agarraron a las sábanas cuando encontró un punto sensible cerca de mi clavícula.

—Jake...

—Estoy aquí.

Siguió besándome, tocándome, estudiando mi cuerpo como si fuera un mapa.

No había la prisa que imaginaba que existiría en una situación así.

Había calor y deseo suficiente para dejarme mareada, pero también había cuidado.

La forma en que Jake se detenía cuando mi respiración cambiaba.

El modo en que buscaba mis ojos antes de seguir.

La paciencia con que me enseñaba a responder a su tacto sin hacerme sentir jamás demasiado inexperta.

Cuando la ropa empezó a convertirse en un obstáculo, la vergüenza volvió con fuerza.

—Mírame —pidió.

Abrí los ojos.

—Podemos parar si quieres.

Negué con la cabeza.

—No quiero parar.

—Entonces dime qué quieres, Willow.

Se me encendió la cara.

—Jake...

—No tienes que avergonzarte conmigo, preciosa. Confianza, ¿recuerdas?

El pecho me subía y bajaba demasiado rápido.

Quería muchas cosas, pero convertir el deseo en palabras seguía siendo más difícil de lo que parecía.

Aun así, pensé en todo lo que me había llevado hasta ahí.

En la chica que había llamado a su puerta fingiendo valor.

En la que estaba cansada de que la trataran como una pieza frágil. Quería poder elegir por mí misma.

Le pasé los brazos alrededor del cuello.

—Te quiero a ti.

Su reacción fue casi dolorosa de ver. Jake me besó como si esas palabras hubieran roto algo dentro de él.

Se apartó lo justo para coger un preservativo del cajón de la mesilla, sin prisa, sin romper lo que había entre nosotros, y volvió a mí.

Entonces me penetró despacio, con una calma que me daba tiempo para ajustarme a él.

No había necesidad de prisa. Íbamos lo bastante lentos como para que sintiera cada respiración y cada temblor mientras mi cuerpo se acostumbraba al suyo.

Hubo incomodidad al principio, una presión extraña que me hizo contener el aire, y Jake paró de inmediato, besándome la cara, la frente, la boca, esperando a que me relajara.

—Mírame —susurró.

Lo miré. La culpa que había visto en él antes ya no estaba ahí. Miedo, quizá. Deseo, sin duda. Pero sobre todo había cuidado. Un cuidado tan profundo que me dieron ganas de llorar sin saber por qué.

—Estoy bien —murmuré.

Me tocó la mejilla.

—¿Segura?

Asentí.

Esa vez, cuando se movió, no sentí ganas de huir de la sensación.

Dejé que llegara, que se transformara, que mi cuerpo aprendiera un idioma nuevo junto al suyo.

Jake me besó todo el tiempo, como si no soportara apartarse.

Y yo respondí con la misma urgencia, con las manos en su espalda, con su nombre escapándose de mi boca cuando el mundo se quedó demasiado pequeño para cualquier pensamiento coherente.

—Joder, Willow... ¡eres perfecta!

La sensación de hormigueo empezó en la base de mi columna, extendiéndose por mis pechos y todo mi cuerpo. Cuando la ola por fin me alcanzó, no fue como lo había imaginado en ninguna de mis lecturas a escondidas ni en mis búsquedas vergonzosas en internet.

Fue mucho más íntimo y arrollador. Fue increíble.

Jake me sujetó todo el tiempo, murmurando mi nombre como si él también estuviera perdido. Después, cuando también se corrió, se quedó inmóvil sobre mí unos segundos, respirando contra mi cuello, el cuerpo pesado de un modo que me hizo sentir anclada.

Nuestros problemas, Connor, el acuerdo, todo pareció quedar lejos.

Más tarde, Jake me atrajo hacia sí bajo la manta. Yo llevaba puesta su camiseta, demasiado grande para mí, y él me pasaba los dedos despacio por el brazo, como si todavía necesitara asegurarse de que estaba ahí.

Me quedé quieta, escuchando su corazón.

Y, por primera vez desde que todo empezó, entendí que perder la virginidad nunca había sido el verdadero peligro.

El peligro era despertarme al día siguiente y descubrir que le había entregado a Jake Miller mucho más que mi cuerpo.

Había empezado a entregarle mi corazón.