Reglas rotas Capítulo 4Willow
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Capítulo 4Willow

Willow

Había pasado veinte minutos mirando mi reflejo en el espejo, para, al final, elegir la misma falda negra, la misma blusa de manga larga y el mismo par de botas que usaría en cualquier otra ocasión.

La diferencia era que, esa noche, me había recogido el pelo de una forma que parecía casual, pero que solo usaba en ocasiones especiales.

También me había puesto brillo en los labios y decidido ponerme mi mejor perfume.

—Esto no es una cita —intenté convencerme a mí misma, aunque mi reflejo no parecía creérselo.

Suspiré, cogí el abrigo y salí antes de perder el valor.

El campus estaba frío, iluminado por las farolas amarillentas que dejaban las aceras con pinta de escena de película.

Algunos alumnos cruzaban de un edificio a otro, absortos en su propio mundo y totalmente ajenos a lo que yo estaba a punto de hacer.

Para ellos, aquella era solo una noche más en la universidad.

Para mí, parecía que iba a cometer un delito.

Técnicamente, no era ningún delito. Yo era mayor de edad, Jake era mayor de edad, y a nadie se le estaba obligando a nada. Aun así, había una voz irritante dentro de mi cabeza repitiendo el nombre de mi hermano como si fuera una alarma: Connor. Connor. Connor.

Si mi hermano siquiera soñara con lo que estaba a punto de hacer, probablemente dejaría a Jake con algunos hematomas, y después me sometería a una charla de tres horas sobre el amor propio, los tíos del equipo de hockey y «las intenciones dudosas de los deportistas universitarios».

Solo de imaginarlo, me dio un escalofrío. Adoraba a mi hermano, pero había momentos en los que parecía olvidar que yo no tenía doce años.

Cuando llegué al edificio donde vivía Jake con algunos jugadores del equipo, tenía las manos heladas, y no era solo por el viento.

Me paré frente a su puerta y casi me eché atrás...

Entonces me acordé del beso de la noche anterior.

Mi primer beso con Jake Miller. No mi primer beso de la vida, claro.

Ya había besado a algunos otros chicos antes, lo cual no era exactamente un motivo de orgullo, ya que precisamente era mi fracaso en la vida amorosa lo que me tenía ahí.

Antes de poder pensarlo demasiado, llamé. La puerta se abrió, y apareció Jake con un pantalón de chándal gris y una camiseta negra que parecía haber sido creada con el único propósito de arruinar mi paz. Tenía el pelo oscuro húmedo, revuelto, como si acabara de salir de la ducha.

Me miró de arriba abajo, y el corazón me dio un tropezón dentro del pecho.

—Has venido —dijo.

—No soy de las que acceden a algo y luego huyen.

Creo que notó el tono de veneno en mi voz, porque la comisura de su boca se elevó en una sonrisa.

—Igual soy yo el que tiene que aprender algunas cosas de ti, ¿eh?

Sentí que la cara me ardía.

—¿Vas a seguir molestándome mientras me congelo aquí fuera o me vas a dejar entrar?

Jake abrió más la puerta e hizo un gesto con la mano.

—Entra, Bennett.

Entré intentando parecer normal, pero sabía que estaba fracasando en cada intento.

El apartamento estaba bastante ordenado para tratarse de un sitio ocupado por jugadores de hockey.

Había una mochila tirada en el sofá, unas zapatillas cerca de la puerta y una pila de libros sobre la mesa de centro.

Olía a jabón, a café y a algo que ya estaba empezando a asociar peligrosamente con Jake.

Cerró la puerta detrás de mí, y el sonido del cerrojo me sonó fuerte a mis oídos ansiosos.

Me giré rápido, intentando no mostrar tanto nerviosismo.

—¿Tus compañeros están aquí?

—Han salido —respondió Jake, sin apartar los ojos de los míos.

—¿Y sabes si van a volver pronto? —insistí, ganando tiempo.

—Willow... —La forma en que dijo mi nombre me secó la boca.

—¿Qué?

Jake cruzó los brazos, apoyándose en la puerta.

—Si estás buscando una excusa para huir, búscate una mejor.

Abrí la boca, luego la cerré. Sin un argumento mejor, levanté la barbilla.

—No estoy huyendo.

—Claro que no. Lo último que las chicas quieren hacer cuando están conmigo es huir.

Solté una risita burlona.

—¿Siempre eres tan creído?

—Solo cuando tengo razón. —Su sonrisa se abrió despacio.

Puse los ojos en blanco, pero por dentro era un desastre.

Jake caminó hasta la cocina abierta y cogió dos botellas de agua de la nevera, dándome una. Nuestros dedos se rozaron durante medio segundo, y odié cómo reaccionó mi cuerpo a eso. Como si aquel simple contacto hubiera apretado algún botón secreto en mí.

Bebí un trago solo para hacer algo con las manos.

—Entonces... —empecé, intentando sonar práctica—. ¿Cuál es la lección de hoy?

Jake apoyó la cadera en la encimera.

—¿Tienes prisa?

—No —mentí.

—Pues parece que sí.

—Estoy intentando ser objetiva.

—Estás nerviosa, Willow —me corrigió—. Y, sinceramente, ¿esto no va a funcionar si estás nerviosa.

Solté un suspiro pesado.

—Lo siento, pero no puedo controlarlo.

Por un instante, Jake se limitó a mirarme. Habría dado cualquier cosa por saber qué estaba pensando.

—¿Por qué te sientes así?

—¿Y cómo no me voy a poner nerviosa, a solas con un tío?

—Si fuera cualquier tío, sí; pero soy yo, tu Jake. No tienes por qué sentirte incómoda conmigo.

Tu Jake. La forma en que lo dijo encendió algo caliente en mi vientre.

Tragué saliva.

—Tú no me haces sentir incómoda. Es que... no sé lo que estoy haciendo.

—Ese es el objetivo de estar aquí, ¿no? —Dejó la botella sobre la encimera y se acercó un paso.

—Igual no quiero parecer ridícula.

Jake se acercó un poco más. No lo suficiente para tocarme, pero sí lo bastante para adueñarse del aire a mi alrededor.

—No pareces ridícula.

—Lo dices porque estás intentando ser amable.

—No soy muy famoso por ser amable —dijo, y la comisura de su boca subió.

—Ya, lo sé. Eres Jake Miller, y eres famoso por ser la gran estrella del hockey. El tío que siempre tiene una fila de chicas con experiencia esperando para hacer cualquier cosa contigo.

En cuanto lo dije, me arrepentí. La frase salió amarga y cargada de una inseguridad a la que no tenía ningún derecho. Jake no era mío, y no debería parecer tan posesiva e infantil de esa manera.

Aparté la mirada.

—Perdona. Eso ha sido una idiotez.

—Sí, ha sido una idiotez —replicó—. Pero no por los motivos que estás pensando, sino porque te estás comparando con gente que no tiene nada que ver contigo.

Jake se paró a pocos centímetros de mí, pero no me tocó. Aun así, podía sentir el calor de su cuerpo y observar el movimiento lento de su respiración bajo la camiseta.

—Segunda lección... —dijo, con la voz más baja—. Ser tocada.

Se me contrajo el estómago. Solté el aire despacio.

—¿Y cómo funciona esa lección?

Jake inclinó la cabeza.

—Voy a tocarte donde tú me dejes. Si no estás de acuerdo, me dices cuándo parar, y paro.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—¿Y si... no digo nada?

—Si noto que estás incómoda, paro de todas formas.

La respuesta me sorprendió. No porque no creyera que él fuera a respetar mis límites, sino porque esperaba algún tipo de provocación de su parte.

Sin embargo, Jake parecía muy concentrado y serio en la tarea que estábamos a punto de llevar a cabo.

Para ser sincera, parecía bastante concentrado en mí.

—Willow —me llamó.

—¿Sí?

—¿Puedo tocarte?

La pregunta fue simple y directa; aun así, hizo que algo se abriera dentro de mi pecho.

—Puedes.

Jake levantó una mano despacio, como si no quisiera asustarme, y me tocó la cara con los dedos. Deslizó las yemas por mi mejilla, hasta la mandíbula. No era gran cosa. Nada que justificara cómo mis rodillas casi olvidaron su función.

Parecía observar cada reacción mía. La forma en que contenía la respiración, cómo apretaba los dedos en torno a la botella, o cómo mis ojos, traidores, bajaban hasta su boca.

—Piensas demasiado... —murmuró.

—Lo siento, pero es un defecto mío.

—No es un defecto. —Su pulgar rozó levemente la comisura de mi boca—. Pero a veces pensar demasiado estorba.

Me reí, nerviosa.

—Fácil de decir para ti.

—No tan fácil como piensas. —Me giró de espaldas a él y pegó su pecho a mi espalda—. Ahora sí voy a tocarte de verdad.

—¿No estabas tocándome ya antes?

—No de la forma en que siempre he querido.

Eso activó algo en mi cabeza e intenté girarme para mirarlo, pero él no me lo permitió.

—Quédate quieta —pidió, con la boca tan cerca de mi oreja que su aliento caliente erizó todo el vello de mi brazo—. Confía en mí.

Quería decir que confiaba, pero las palabras no salieron.

En su lugar, dejé que mis hombros cedieran un poco, lo suficiente para que Jake notara que me estaba entregando a la situación.

Él no perdió el tiempo. La palma de su mano se deslizó por mis brazos, despacio, como si estuviera memorizando cada centímetro de piel que encontraba a su paso.

Cuando llegó a mis hombros, apretó levemente, masajeando, y sentí un escalofrío bajarme por la columna a una velocidad absurda.

—Estás tensa. —Siguió masajeándome los hombros por encima de la blusa, y cerré los ojos, intentando concentrarme solo en la sensación. Era tan agradable. Sus dedos eran firmes y expertos, encontrando puntos de tensión y deshaciéndolos todos.

Poco a poco, fui relajándome. Sus manos bajaron de mis hombros a mis brazos, y luego a mi cintura.

Me sujetó ahí, con firmeza, como si me estuviera anclando.

Todavía de espaldas a él, sentía su pecho subir y bajar contra mi espalda, y el perfume que había notado al entrar en el apartamento ahora me envolvía por completo.

Quería girarme y hundir el rostro en su cuello, pero aún no tenía valor para eso.

Su mano derecha subió despacio, rozando la tela de mi blusa. Pasó los dedos por mi tripa, tan levemente que casi no se sentía, y aun así, cada centímetro de mi piel parecía electrificado. Cuando llegó a la altura de mis costillas, se detuvo.

—¿Puedo seguir?

—Puedes.