Reclamo Despiadado (vows of violence 2) 18. Valentina
76%

18. Valentina

VALENTINA

Alguien más está hablando, pero su voz me llega como si estuviera bajo el agua, distante y ligeramente distorsionada.

Hay un zumbido en mis oídos que apareció en el momento en que él dijo concluyente y no ha cesado.

Cillian es el padre de Finn.

Cillian es el padre de Finn y yo estaba equivocada. La ciencia es clara. La ciencia no miente.

Incluso siendo tan mala para las ciencias, sé eso. Me quedo sentada con las manos en el regazo mientras ese zumbido en mis oídos se vuelve cada vez más fuerte. No sé qué estoy sintiendo ahora mismo, ya que la conmoción es tan profunda que pesa sobre mí, casi asfixiándome.

Debería decir algo. Probablemente existan respuestas apropiadas que la gente da cuando un asesor genético confirma la paternidad, pero no tengo ni idea de qué decir.

Necesito salir de aquí.

La voz de mi madre florece en mi mente: espalda recta, barbilla alta, aquí no. No te derrumbes delante de ellos, de eso te ocupas más tarde.

Espalda recta. Barbilla alta.

Me pongo en pie. —Gracias —le digo al asesor genético con serenidad, lo cual es francamente impresionante dado mi estado emocional. Pero al parecer estoy en piloto automático y los años de buenos modales inculcados por mi madre se manifiestan de forma inconsciente.

Salgo de la sala y voy por el pasillo, buscando el cuarto de baño. Lo encuentro y entro en el cubículo del fondo. Me tiemblan tanto las manos que necesito intentarlo dos veces para conseguir echar el pestillo. Una vez hecho, apoyo la espalda contra la pared y respiro.

El temblor de mis manos es violento. Me las quedo mirando antes de darme cuenta de que mi cuerpo también está empezando a temblar. El temblor asciende por mis brazos hasta el pecho y entonces me quedo sin aliento, o puedo respirar pero las bocanadas de aire no sirven de nada.

Esto es un ataque de pánico. Se volvieron frecuentes después del asesinato de Gabriel.

Siento como si las paredes se cerraran y como si un elefante estuviera sentado sobre mi pecho. Me araño la blusa, desesperada por aire. Mi cuerpo claramente ha tenido suficiente y ha decidido sublevarse.

Cinco cosas que puedas ver. La voz de mi terapeuta está ahora en mi cabeza. Cuatro cosas que puedas tocar.

La parte trasera de la puerta. El pestillo. El azulejo. Lo... lo... no, no puedo hacerlo. No puedo hacer este estúpido ejercicio de mierda ahora mismo.

Cillian tiene un hijo.

No un quizá. No un supuesto. 99,97 %. Concluyente. Cillian Brennan es el padre biológico de ese niño.

Hay un niño de ocho años que pertenece a Cillian a medias. Ya forma parte, de manera irrevocable y permanente, de nuestras vidas.

Nuestras vidas. La mía.

El sollozo que se me escapa proviene de lo más profundo de mi ser. No responde a la voz de mi madre ni a los ejercicios de mi terapeuta ni a ninguna de las herramientas que he pasado años cultivando con cuidado. No podría detener esto aunque lo intentara.

Así que no lo intento.

Me deslizo por la puerta hasta quedarme sentada en el asqueroso suelo con las rodillas encogidas, me presiono la boca con ambas manos y lloro. No es el llanto compuesto que he usado antes; una lágrima bien situada puede mover montañas.

No, este es el tipo de llanto feo. Ese que suena animal y al que no le importa el suelo de baldosas o el hecho de que mi abrigo vaya a necesitar pasar por la tintorería.

Cillian tiene un hijo.

Y Claire... Claire es la madre de ese hijo. Va a estar en nuestras vidas de forma permanente.

Es la madre de su primogénito y estará en cada cumpleaños, en cada evento escolar, en cada hito, en cada plan de Navidad y horario de verano, y ya ha dejado sobradamente claro que tiene planes que van mucho más allá de una paternidad compartida amistosa.

Va a estar en todas partes.

Y yo estoy embarazada.

¿Puedo hacer esto? ¿Puedo estar realmente casada con un hombre que tiene otro hijo, que me ha mentido durante un mes sobre ello? ¿Puedo de verdad dejar al hombre al que amo más que a la vida misma?

Dios, le quiero tanto que me aterra, y esa es la peor parte. El amor sigue ahí bajo todo el dolor; no desapareció cuando quise que lo hiciera. Siempre le querré.

Pero ¿soy lo bastante fuerte para marcharme?

No lo sé.

Sorbo por la nariz y los mocos se me acumulan bajo ella. Uf, apenas puedo respirar. Me inclino hacia delante y corto un trozo de papel higiénico para sonarme ruidosamente. Uf otra vez. Me siento tan cansada y débil, mi cuerpo pesa.

Me quedo en el suelo un poco más, solo para asegurarme de que no voy a estallar en lágrimas de nuevo. Luego me obligo a levantarme, abro la puerta y me obligo a mirarme en el espejo. Hago una mueca.

Dios, tengo un aspecto horrible.

Tengo los ojos hinchados y enrojecidos, y la piel de alrededor rosada y tirante. Tengo la nariz tan roja como Rudolf y la cara manchada por el llanto. Hago una mueca ante los surcos de rímel en mi rostro. Parezco un maldito mapache.

Mi maquillaje no tiene salvación, así que abro el bolso y busco mis toallitas desmaquillantes.

Me quito el maquillaje con cuidado y luego me echo agua fría en la cara. Mi madre se horrorizaría al ver que estoy en un lugar público sin maquillar, pero también creo que podría entender por qué no me importa exactamente ahora mismo.

Respirando hondo una vez más, abro la puerta, esperando poder largarme de aquí sin que nadie se dé cuenta.

Por desgracia para mí, Cillian está en el pasillo. Me detengo en seco, con la boca seca y el estómago dándome vuelcos incómodos.

Joder.

Está apoyado contra la pared frente a la puerta del baño, con los brazos cruzados.

Cuando salgo, la angustia en su rostro es tan visceral que casi deshace la poca compostura que he logrado recomponer. Tiene la mandíbula tensa y sus ojos se ven doloridos mientras se separa de la pared al verme.

Abre la boca, pero yo niego con la cabeza.

—No, Cillian —levanto una mano. Odio cómo me tiembla la voz—. No.

Se detiene, moviendo la boca mientras me mira suplicante.

—Necesito tiempo —logro decir. Mantengo la mano levantada porque es lo único que nos separa y necesito esa distancia—.

Necesito pensar. Necesito... están pasando demasiadas cosas ahora mismo y no puedo...

—Se me quiebra la voz y hago una pausa, respirando para reorientarme—. Solo necesito tiempo. Por favor.

—Está bien —dice él, con sus ojos azules fijos en los míos—. Está bien. Lo entiendo. Solo necesito que sepas que sea lo que sea que estés pensando ahora sobre Claire, no es⁠⁠—

Cierro los ojos. De verdad que no quiero oír su nombre ahora mismo. —Cillian.

—Ella no significa nada para mí —continúa Cillian, casi desesperado—. Lo que fuera que tuviéramos fue hace nueve años, fue⁠⁠—

—Para —le digo con firmeza, estudiando sus rasgos. Jamás en mi vida he visto a Cillian Brennan con un aspecto tan absolutamente destrozado—. No importa lo que ella signifique para ti.

Él se estremece. Me duele el corazón, pero me obligo a continuar.

—Es la madre de tu primogénito —me oigo decir y odio cada palabra que sale de mi boca—.

Va a estar en nuestras vidas para siempre.

Y probablemente yo habría podido vivir con eso si hubieras sido sincero conmigo desde el principio.

Pero no lo fuiste. En lugar de eso, me arrebataste esa elección y me hiciste quedar como una tonta.

Vuelve a estremecerse, con aire avergonzado.

Respiro hondo. —No sé si puedo hacer esto.

Por el brusco jadeo de Cillian, no esperaba que dijera eso. Parece horrorizado. —Val⁠⁠—

—No estoy diciendo que no pueda —digo rápidamente, porque necesito que capte la distinción—. Estoy diciendo que no lo sé. Necesito tiempo para descubrir si puedo. —Bajo la mano y me alejo de él—. Por favor, no me sigas.

No lo hace, pero siento sus ojos sobre mí mientras escapo de la clínica.

Mi madre abre la puerta.

Le echa un vistazo a mi cara y capto el fugaz destello de horror maternal al ver a tu hijo destrozado y saber que no puedes arreglarlo, antes de que recupere la serenidad.

Afortunadamente, no dice nada. En su lugar, da un paso atrás y me deja entrar.

Cruzo el umbral.

—¿Qué ha ocurrido, Valentina? —pregunta mi madre con delicadeza.

Abro la boca, pero lo que sale es un sonido ahogado y entrecortado: —Mamma.

Mi madre me agarra entonces, poniéndome ambas manos en la cara, con los dedos fríos contra mi piel caliente e hinchada. —Cuéntamelo todo —dice en voz baja y me guía hacia el interior de la casa.

Y así lo hago. Sentada en el sofá que ha estado aquí desde antes de que yo naciera, se lo cuento todo entre sollozos. Mamma me abraza con fuerza, con un brazo sobre mis hombros y mi cabeza contra la suya mientras me acaricia el pelo despacio.

—Él es el padre de Finn —digo contra su hombro, y decirlo en voz alta sigue sin hacerlo real—. El test ha sido abrumadoramente positivo.

Sus dedos se detienen un momento antes de continuar con sus atenciones, sin decir nada todavía.

—Estaba tan segura —vuelvo a llorar. Pero esta vez, no me importan las lágrimas porque estoy en un lugar seguro—.

Estaba tan segura, Mamma. Tenía la certeza de que ella mentía y me equivoqué y ahora...

—Me detengo, con hipo—. Ahora nunca seremos solo Cillian y yo. Siempre los incluirá a ellos también.

La mano de mi madre juguetea con un mechón de mi pelo. —Lo sé —dice en voz baja.

—Dime qué hacer —le suplico, aferrándome a ella, desesperada por que alguien tome una decisión por mí.

Ella sigue acariciándome el pelo. —Sabes que no puedo hacer eso, amore.

—Dime que es demasiado —le ruego, queriendo que alguien me dé permiso para hacer lo que resulta difícil—. Dime que está bien marcharse. —Me importan una mierda las consecuencias. No me importa si Connor se cabrea.

Vuelve a quedarse callada. Su mano se detiene en mi cabello.