Reclamando lo que es mío (Jugando con el Peligro 2) 8 Killian #2
34%

8 Killian #2

Cuando un coche entra en el aparcamiento, veo a Aubrey. Sale del Uber y se acerca, con una sonrisa dibujada en los labios. —Hola —dice. Sobria del todo, vuelve a ser la mujer tímida que recuerdo. Su pelo rubio hasta los hombros cae en ondas sueltas y lleva otro vestidito veraniego mono.

—Hola —respondo y me aparto de la moto. Nos quedamos frente a frente, sin estar muy seguros de qué hacer, y me inclino para dejar un beso en su mejilla—. ¿Lista para ir a un picnic conmigo?

—No veo el momento. ¿Dónde vamos a hacer este picnic?

—Lo verás —digo con una sonrisa misteriosa—. Vamos. Paso una pierna sobre la moto, me siento y luego la ayudo a subir detrás de mí. Aunque no debería, se siente bien con sus brazos y piernas alrededor de mí otra vez. Como si estuviera exactamente donde debe estar.

Salgo del aparcamiento y giro hacia el lugar especial donde voy a llevarla.

Es una pequeña colina, escondida, con vistas a la ciudad.

La panorámica, especialmente de noche, es espectacular.

No tardamos mucho en llegar y, tras bajar por un sendero apartado en el bosque, de repente se abre y aparco la moto.

Aubrey se baja y se acerca al borde de la colina, con los ojos bien abiertos. —Oh, guau —dice—. Esto es increíble. ¿Cómo encontraste este lugar?

Camino a su lado, llevando una manta, y me alegro de que le parezca tan bonito como a mí. —Lo encontré por casualidad un día cuando estaba paseando en moto. Nunca he visto a nadie más aquí, así que es bastante agradable.

Mientras extiendo la manta sobre la hierba, Aubrey admira un poco más la vista. Luego se acerca, se quita los zapatos y se sienta frente a mí, observando cómo reparto la comida.

—¿Quieres vino? —pregunto, y ella asiente. Abro una botella de tinto, sirvo un poco en un vaso de plástico y se lo paso—. Perdona que no tenga copa.

—Gracias. Es perfecto. —Coge el vaso y me mira de forma extraña.

—¿Qué? —pregunto.

—Esto es lo más bonito que me han hecho nunca. Qué detalle —dice.

—¿Nunca te han llevado a un picnic nocturno antes? —bromeo mientras tomo un sorbo de vino.

Ella niega con la cabeza. —No. Ni tampoco a uno por la mañana o por la tarde.

—Quizá has estado saliendo con los hombres equivocados —comento mientras abro el recipiente con queso y galletas—. Sírvete.

—En realidad solo he tenido un novio —confiesa mientras coloca una loncha de queso sobre una galleta.

Un atisbo de celos me recorre y sé que no tengo derecho a reaccionar así. Aubrey no es mía y nunca lo será. Por mucho que me den ganas de apretar los dientes y golpear algo, ella puede salir con quien quiera. No es maldito asunto tuyo, me digo a mí mismo.

Aun así, soy tan cotilla que quiero saber más. Si acaso, para torturarme. —¿Qué pasó? —pregunto.

—No lo amaba —admite, mirándome a los ojos—. Lo intenté y era todo lo que debería haber deseado, pero faltaba algo.

—¿Qué?

Las mejillas de Aubrey se sonrojan y bebe un trago de vino. —Chispa.

—¿Nada de química?

—Tenía más química con mis padres que conmigo. Ellos lo adoraban y aún me presionan para que vuelva con él, pero...

Espero a que continúe, pero solo se encoge de hombros. —Quizá tus padres deberían salir con él —sugiero con tono irónico y ella ríe.

—Probablemente serían muy felices juntos.

Siento su mirada sobre mí, estudiándome, y alzo la vista hacia sus preciosos ojos color mar. —¿En qué piensas? —pregunto.

—Se me ha ocurrido que estuve con Ben durante dos años y nunca sentí lo que siento cuando estoy contigo.

Mi corazón se acelera mientras cojo una fresa. —¿Qué sientes? —pregunto con cautela.

—Alegría, emoción, nervios. Un montón de emociones que me hacen sentir un lío por dentro.

Su sinceridad enciende un fuego en mi interior. Aubrey tiene un encanto e inocencia que me están cautivando. Es el tipo de mujer que sería una esposa y madre maravillosa. Alguien con quien no debería jugar.

Por mucho que me diga que la deje en paz, que está prohibida, no puedo evitarlo. Me acerco, alargo una mano para sostener su rostro y capturo sus labios en un beso lento y ardiente. Cuando mi lengua invade su boca, ella la recibe con la suya y desliza una mano por mi brazo hasta agarrar mi hombro.

Siento sus uñas clavarse en mi brazo cuando inclino su cabeza y profundizo el beso. Dios, cómo deseo a esta mujer, pero tomarla sería tan equivocado porque no tengo nada sustancial que ofrecerle a cambio.

Un trueno retumba a lo lejos y nos separamos. Miro al cielo y veo varias nubes oscuras acercándose. Típico del Medio Oeste y efecto colateral de los Grandes Lagos. Un momento hace sol y al siguiente diluvia.

—¿Crees que va a llover? —pregunta con preocupación—. ¿Deberíamos recoger?

Mientras intento sofocar la tormenta que crece en mí, entrecierro los ojos estudiando el horizonte. —Ojalá se disipe.

De pronto, gruesas gotas comienzan a caer sobre nosotros y nos levantamos rápidamente para guardarlo todo en la cesta y la nevera portátil. La lluvia arrecia y nos reímos al darnos cuenta de que vamos a empaparnos.

—¿Qué hacemos? —pregunta—. ¿Esperar bajo un árbol?

—No sé cuándo parará —respondo. El cielo oscuro parece ominoso y ahora los relámpagos iluminan la ciudad—. Hay un viejo granero al otro lado del bosque. Podemos refugiarnos allí hasta que escampe.

Aubrey asiente, cogemos la manta y la comida, y corremos como locos entre los árboles. Al llegar a un claro, un granero viejo aparece ante nosotros. Parece a punto de derrumbarse, totalmente abandonado, pero debería protegernos de la tormenta.

Entramos corriendo y tropezando en el granero, riendo, jadeando y pareciendo dos ahogados. El olor a heno y a animales desaparecidos invade mis fosas nasales. Es un poco mohoso y la lluvia cae por varios agujeros del techo, pero en general debería mantenernos secos y a salvo.

Bueno, quizá lo de secos ya sea tarde.

—Me encanta la lluvia —anuncio abriendo los brazos.

—Estás loco, ¿lo sabes?

—¿Nunca has bailado bajo la lluvia?

—¡No! —exclama entre risas—. Claro que no.

—¿Quieres hacerlo?

Mi pregunta la pilla por sorpresa. Suelto la manta y le tiendo la mano. —Ya estamos mojados —digo.

—Supongo que tienes razón —responde, colocando su mano en la mía.

Sonriendo, la atraigo hacia mí y salimos de nuevo a la noche húmeda y brumosa.

La lluvia cae con suavidad y la acerco a mí, girándonos en círculo.

Ella rodea mi cuello con sus brazos y yo inclino la cabeza para capturar sus labios en un beso lento que debe generar vapor entre nosotros.

Cuando finalmente nos separamos, Aubrey echa la cabeza hacia atrás y ríe mientras la lluvia cae sobre su bonito rostro y se adhiere a sus pestañas.

—Nunca me había sentido tan libre —dice.

Nuestros cuerpos se mueven al unísono, siguiendo la música en nuestras cabezas. Soy hiperconsciente de cómo encajamos, de lo bien que lo hacemos y del calor que emana de ella. Se siente tan bien, tan perfecto.

—Si al final pillo un resfriado por bailar bajo la lluvia contigo, habrá valido la pena.

—No quiero que enfermes —le digo, y tras unos cuantos besos y giros más, volvemos al granero.

Estoy calado hasta los huesos y cuando miro a Aubrey, siento cómo se me tensa la entrepierna. Mierda. Su vestido se le ha pegado al cuerpo y no puedo evitar fijarme en sus pezones endurecidos o en cómo la tela se adhiere al montículo entre sus piernas.

Joder. No puedo evitarlo. Me acerco y vuelvo a atrapar a Aubrey entre mis brazos, besándola con fuerza.

Dios, cómo me encanta la lluvia.