Reclamando lo que es mío (Jugando con el Peligro 2) 2 Killian
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KILLIAN

En la parte delantera de la clase, recibo a mis alumnos con una reverencia y todos me corresponden.

Mientras me inclino, mi mirada se dirige hacia la rubia despampanante que se aleja por el pasillo hacia la puerta principal.

Es lo más sexy que he visto en mucho tiempo y no puedo evitar admirar sus piernas largas con esos diminutos shorts que casi no cubren nada.

Me enderezo, cierro los ojos un momento y recupero la concentración. Tengo una clase llena de niños a los que enseñar kárate, así que ahora no es el momento de fantasear con la rubia. Quizás más tarde, cuando esté solo en la cama…

Comienzo la clase con unos ejercicios de calentamiento de golpes y patadas.

Un par de padres están sentados en sillas plegables de metal junto a la pared y, en parte, me alegro de que Aubrey no se haya quedado.

Habría sido una distracción enorme que ahora no necesito.

Ya hay demasiadas cosas sucediendo en mi patética vida y el drama inevitable de una mujer es lo último que necesito o deseo.

A pesar de mi renuencia a involucrarme demasiado con una, me encantan las mujeres: su olor tan bueno, lo suave que es su piel y todas esas curvas tentadoras.

Yo soy todo lo contrario, con aristas duras y afiladas, nudillos eternamente magullados y una boca que haría sonrojar a un marinero.

Los tatuajes coloridos que recorren mis brazos y mi pecho me dan un aire provocador, y las mujeres más rudas con las que suelo acostarme gustan de trazarlos con la lengua o con sus uñas postizas.

Pero la rubia que acaba de irse no podría estar más lejos de mis conquistas habituales.

Yo voy a lo seguro y nueve veces y media de cada diez, es la mujer la que me liga.

La mayoría son como mi vecina Lola, que vive en la caravana junto a la mía.

Está divorciada y no es ajena a los rollos de una noche.

Con un par de hijos y un ex inútil, trabaja en dos empleos mal pagados y da una buena mamada.

No es genial, pero es suficiente para terminar el trabajo.

Una mujer como Aubrey, sin embargo, me hace pensar en sábanas de seda, champán caro y baños de burbujas.

Normalmente, nunca miraría dos veces a una dama de alta clase como ella porque está completamente fuera de mi liga.

Probablemente ya tiene novio y puedo imaginármelo perfectamente: algún capullo adinerado que viste un traje de diseñador bien planchado y trabaja en un rascacielos del centro.

Le pone leche y azúcar al café porque no soporta tomarlo solo y su elección de alcohol es alguna botella polvorienta en lo alto de la estantería detrás de la barra que un pringado como yo no puede permitirse.

Y probablemente ni siquiera le guste el sabor. Solo la etiqueta elegante y el precio.

Odio a los imbéciles así. Prefiero una cerveza bien fría, unos vaqueros gastados y mi chaqueta de cuero. Y mis guantes de combate, porque me encantaría darle un puñetazo en su cara de niño bonito.

—Vale, separaos en parejas y practicad el combate —les digo a los niños.

Soy un firme defensor de que no se pueden aprender artes marciales sin practicar el combate.

Puedes aprender a patear, golpear y bloquear, pero para saber cómo funciona en un entorno real, en una pelea de verdad, practicar poniendo en movimiento lo aprendido es esencial.

Como ex luchador de MMA, debería saberlo.

Las artes marciales mixtas son un deporte de contacto total que combina varias técnicas de lucha como el wrestling, el judo, el jiu-jitsu brasileño (BJJ) y el boxeo.

Aunque algunos creen que ser practicante de kárate no ayudaría mucho en el octágono, no podrían estar más equivocados.

El kárate me dio un talento extremadamente desarrollado para controlar la distancia.

Sabía mantenerme justo fuera del alcance de golpeo de mi oponente, lo que me permitía elegir cuándo atacar.

Este estilo controlaba a mi oponente y lo forzaba a entrar en mi distancia de golpeo, que era cuando yo atacaba con un golpe rápido como un rayo.

Mi mirada recorre a los niños, en su mayoría chicos de 8 a 12 años con algunas chicas dispersas, y me recuerdo a su edad.

Yo era pequeño, débil y no tenía ni idea de cómo lanzar un puñetazo, ni mucho menos defenderme de los matones que me atormentaban a diario.

Supongo que se metían conmigo porque era el pobre niño irlandés del lado equivocado de las vías y ellos eran más grandes.

Partirme la cara les resultaba demasiado fácil y se convirtió en un deporte para ellos.

Hasta el día que me defendí.

Tras una paliza especialmente dura, encontré el estudio de kárate más cercano y juré venganza.

Fue donde conocí a Mac "El Cuchillo" Moretti, quien se convirtió en mi mentor y entrenador.

Por alguna razón, creyó en mi escuálido trasero y se quedó conmigo todos estos años.

Todo empezó de una forma muy "Karate Kid", por eso sigue siendo una de mis películas favoritas y me encanta la serie de Netflix.

Lo único que me gusta ver aparte de los combates.

Mac me enseñó el combate por puntos, donde quien logra un golpe limpio, ya sea un puñetazo o una patada, gana un punto.

Esto me animaba a golpear sin ser golpeado y creo que eso es lo que perfeccionó mi velocidad y precisión al golpear, además de enseñarme a ser increíblemente escurridizo.

El entrenamiento de kárate y los torneos de combate por puntos me dieron una base sólida para las peleas de MMA.

Por desgracia, me volví arrogante, salí de fiesta demasiado y dejé que el éxito se me subiera a la cabeza.

Luego, el año pasado, me dieron una paliza en la pelea más importante de mi vida.

Joder, qué humillación. Eso me devolvió a la realidad y dejé de pelear para centrarme en enmendar mi comportamiento.

O al menos, eso fue lo que le conté a Mac.

Siendo sincero, creo que ahora estoy aún más hecho un desastre que antes.

Emocionalmente, al menos. Físicamente, estoy en plena forma.

He reducido el alcohol y el tabaco y, aunque aún me permito algún capricho, sé controlarme.

Ahora nunca se me pasaría por la cabeza tomar ni un sorbo de alcohol antes de una pelea, pero cuando me presenté el año pasado para enfrentarme a Bobby "El Toro" Torres, iba medio borracho.

Qué puto desastre.

Me avergüenza y me mortifica lo que pasó, así que ¿qué diablos más podía hacer aparte de desaparecer de la escena del MMA con el rabo entre las piernas?

Sé que algunos murmuraron sobre un posible regreso, pero no tengo el más mínimo interés en volver a la jaula.

Sin embargo, participo en el circuito clandestino de peleas locales.

La posibilidad muy real de volver a una pelea de MMA y que me vuelvan a dar una paliza en la televisión nacional no me atrae.

Es un riesgo que no estoy dispuesto a correr, por mucho que Mac me fastidie con el tema.

Uno de estos días, el duro italiano entenderá que no es no y que esto no es una puta película de Rocky.

Perder es perder y no hay redención para mí.

Mientras tanto, cada vez que Mac menciona volver al mundo del MMA, le digo lo mismo: Ni de coña.

La cuestión es que soy un luchador hasta la médula.

El instinto fluye por la sangre de mis venas y, cuando estoy en la jaula, prospero.

Eso explica por qué me siento como una mierda de perro secándose al sol.

Dejé de hacer lo que más amo y no me permito volver.

Las peleas clandestinas mantienen mis habilidades afiladas, me dan un atisbo de lo que amo, pero no es lo mismo que el MMA.

En el mundo del MMA hay respeto, apoyo y dinero, y cuando estoy lanzando golpes y patadas a algún tonto con sobrepeso en un ring hecho de fardos de paja en un puto granero en medio de la nada, me deja un sabor amargo en la boca.

Soy mejor que eso, pero ¿qué diablos puedo hacer? A los mendigos, o en mi caso a los cobardes acabados, no les queda otra. Porque eso es exactamente lo que siento que soy. Un maldito cobarde incapaz de poner su vida en orden.

Bueno, qué le vamos a hacer. Estoy empezando a aceptar que nunca volveré a ganar el dinero que ganaba antes ni tendré fans que griten por mí como lo hacían cuando peleaba en la jaula.

Lamentablemente, las facturas siguen llegando y el premio de las peleas clandestinas puede ser de un par de miles en una buena noche.

No es suficiente y estoy pasando apuros económicos, pero mi orgullo es más importante que un suculento cheque.

Enseñar kárate a los niños tampoco paga mucho, pero disfruto mucho haciéndolo.

Es una de las pocas cosas que realmente espero con ansias en mi patética vida.

Probablemente porque me veo en estos pequeños diablos, recordando cuando tenía su edad y me debatía en un mar de matones.

Para mí es importante que puedan defenderse y no sean acosados como lo fui yo a los diez años.

Mi mirada se fija en Jimmy, a quien Aubrey dejó antes. Baila demasiado cerca de su compañero de sparring y el otro chico consigue golpearlo, haciendo que Jimmy gima. —Vigila tu postura —digo, acercándome—. Calcula la distancia y no dejes que se acerque tanto.

Él asiente y rebota sobre sus piernas escuálidas, rodeando a su oponente con una mirada determinada.

Joder, el crío me recuerda a mí hace años.

Cuando Jimmy avanza, levanto una mano. —Espérate —digo—.

Estudia a tu oponente, observa cómo se mueve y cuándo golpea.

Mantente fuera de su zona… y luego golpea fuerte y rápido.

Jimmy golpea el pecho del otro chico, retrocede fuera de su alcance y yo sonrío. —Bien hecho, Jimmy. Vigila tu equilibrio —le digo al otro chico.