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Estaba en los jardines de plata, observando las flores que brillaban con luz propia, cuando sentí una presencia familiar. Me giré y vi a una mujer acercándose, su capucha cubriendo su rostro, su cuerpo envuelto en una capa gris.
"—Tengo información sobre tu madre —dijo, su voz temblorosa."
"—¿Quién eres?"
Bajó la capucha, y mi sangre se heló.
Camila.
"—Tú —gruñí, mis garras extendiéndose instintivamente—. ¿Qué haces aquí?"
"—He venido a advertirte."
Se veía diferente. Sus ojos verdes, que antes brillaban con arrogancia, ahora estaban hundidos y rodeados de ojeras. Su cabello, que siempre había sido perfecto, estaba desaliñado, y su vestido, aunque caro, estaba arrugado y sucio.
"—Alejandro me echó —dijo, su voz quebrándose—. Después de que te fueras, comenzó a cambiar. Se volvía distante, frío. Una noche, gritó tu nombre mientras dormía."
"—¿Y qué esperas que haga? ¿Que sienta lástima por ti?"
"—No espero nada de ti. Solo quiero ayudarte."
"—¿Ayudarme? Después de lo que me hiciste, ¿esperas que confíe en ti?"
Camila bajó la mirada, las lágrimas comenzando a acumularse en sus ojos.
"—Sé que fui cruel. Sé que te hice daño. Y sé que merezco tu odio. Pero necesito que me escuches."
"—Habla —dije, cruzando los brazos—. Y que sea rápido."