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Tomé el collar entre mis manos. La gema estaba fría al tacto, pero cuando mis dedos la tocaron, comenzó a calentarse, a brillar más intensamente, como si me estuviera reconociendo.
"—Póntelo —dijo Elena."
Pasé la cadena alrededor de mi cuello. El broche se cerró con un clic apenas audible, y en el momento en que la gema tocó mi piel, sentí una explosión de emociones.
Amor. Un amor tan puro y tan inmenso que me dejó sin aliento. No era mi amor. Era el amor de mi madre, conservado en la gema durante dieciocho años, esperando a que yo estuviera lista para recibirlo.
"—Mamá —repetí, y esta vez la palabra no supo a cuchillo. Solo a miel."
Elena me abrazó por detrás, sus brazos rodeando mis hombros, y lloramos juntas.
Lloramos por la madre que habíamos perdido, por los años robados, por las mentiras que nos habían contado.
Pero también lloramos de alegría, porque finalmente, después de tanto tiempo, la verdad estaba saliendo a la luz.
Esa noche, acostada en mi cama, no pude dormir. El collar de mi madre descansaba sobre mi pecho, su luz suave pulsando en la oscuridad. Cerré los ojos, y a través del collar, comencé a ver imágenes.
Un bosque antiguo, de árboles tan altos que sus copas se perdían entre las nubes. Un círculo de piedras, dispuestas en un patrón que reconocí de algún lugar profundo de mi memoria. Una luz plateada que brillaba en el centro del círculo, llamándome, atrayéndome hacia ella.
"—El santuario —susurré."