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El compartimento secreto era pequeño, apenas un hueco en la pared. Dentro, había un cofre de madera oscura, tallada con símbolos que reconocí inmediatamente. Eran los mismos símbolos que habían adornado las cadenas de mi loba. Los mismos símbolos que había visto en mis pesadillas.
"—Ábrelo —dijo Elena."
Mis manos temblaban mientras levantaba la tapa. El cofre no estaba cerrado con llave, como si hubiera estado esperando todo este tiempo a que alguien lo abriera.
Dentro, encontré dos cosas.
La primera era un collar de plata. Una cadena fina y delicada, de la que colgaba una gema azul del tamaño de mi uña del pulgar. La gema brillaba con luz propia, incluso en la penumbra del escondite, pulsando con un ritmo que parecía sincronizado con los latidos de mi corazón.
La segunda era un pergamino amarillento, doblado cuidadosamente, sellado con cera plateada. El sello tenía la forma de una luna creciente, y cuando lo toqué, sentí una descarga eléctrica recorrer mi brazo.
"—Es de tu madre —dijo Elena, su voz apenas un susurro—. Lo escribió cuando supo que iba a morir."
Rompió el sello con dedos temblorosos y desdobló el pergamino. La caligrafía era hermosa, fluida, llena de curvas elegantes. Las palabras estaban escritas con tinta plateada que parecía brillar bajo la luz de la vela.
"Mi querida Valeria:
Si estás leyendo esto, significa que has sobrevivido. Que has despertado. Que mi muerte no fue en vano.