Rechazada: El Despertar de la Luna Olvidada Page 2
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secas se clavaban en la planta de mis pies, pero apenas lo sentía. Todo mi cuerpo era un nudo de nervios y anticipación.

Todo el pack estaba reunido en el claro central del bosque.

Cientos de ojos clavados en mí, cientos de voces susurrando, juzgando, esperando.

Las antorchas iluminaban los rostros de los hombres lobo del Pack Luna de Plata mientras yo daba un paso adelante, luego otro, mis pies descalzos sintiendo cada piedra y cada rama en el suelo cubierto de musgo.

El olor a tierra húmeda y a sudor se mezclaba con el aroma de las velas ceremoniales que los ancianos habían colocado en un círculo perfecto alrededor del altar de piedra.

El humo se elevaba en espirales grises hacia el cielo estrellado.

Reconocía cada rostro entre la multitud.

Allí estaba la señora Méndez, que cada semana me hacía limpiar su casa tres veces porque decía que yo ensuciaba todo con solo respirar.

Sus ojos me miraban ahora con una mezcla de desprecio y diversión, como si estuviera viendo un espectáculo que había esperado durante años.

Más allá, el señor Torres, que me había golpeado una vez porque su sopa estaba demasiado salada.

Sus dedos gordos sostenían un vaso de hidromiel y sonreía, sus dientes amarillos brillando a la luz de las antorchas.

Había crecido entre ellos, sirviéndoles desde que tenía memoria.

A los cinco años ya llevaba agua del río.

A los siete, limpiaba las casas principales.

A los diez, cocinaba para las fiestas del pack mientras los demás niños jugaban y reían.

Había soportado sus burlas, sus golpes, su desprecio.

Había aprendido a morderme la lengua, a agachar la cabeza, a sonreír mientras me insultaban.

Para ellos, yo era invisible cuando no era útil, un mueble más que se movía en silencio.

Pero esta noche no era invisible. Esta noche, la Luna me había elegido.