Capítulo 28 #2
Miguel sugirió, durante la última sesión, que escribiera sin necesidad de enviarlo. Aquella noche, por primera vez, la idea me pareció útil.
Saqué una hoja del bloc que guardaba en el cajón y empecé una carta.
No escribí sobre São Paulo de inmediato. Tampoco le dije que la quería en las primeras líneas ni intenté reconstruir toda nuestra historia. Empecé por el cargo.
Conté que el nombramiento no me había sorprendido, aunque me llenaba de orgullo.
Reconocí que Beatriz había creado el proyecto sin mí, había defendido la candidatura a pesar de las sospechas y se había ganado un espacio que debería haberse reconocido mucho antes.
Escribí que mi alejamiento de las comisiones no era un favor, sino una obligación necesaria para que nadie utilizara mi nombre en contra de su mérito.
Después, hablé de la propuesta del instituto.
Expliqué que había rechazado la dirección y había propuesto una colaboración, pero dejé claro que la decisión no era una petición de reconciliación.
No quería que Beatriz se sintiera responsable del cargo perdido ni que interpretara la elección como un sacrificio que exigiera alguna respuesta.
Escribí sobre el miedo que me llevó a ocultar la negociación, admitiendo que seguía intentando proteger las relaciones eliminando de antemano la incertidumbre. También reconocí que esa forma de amar seguía excluyendo a la persona a la que decía querer preservar.
Cuando llegué al final, surgieron las palabras más difíciles.
Te quiero, pero por fin comprendo que ese sentimiento no me da derecho a tu presencia.
No rechacé São Paulo para traerte de vuelta, del mismo modo que no asumí mis errores para ganarme tu perdón.
Tomé esas decisiones porque necesito ser capaz de vivir con el hombre en el que me estoy convirtiendo, aunque tú nunca vuelvas a elegirlo.
Volví a leer la carta y sentí un nudo en la garganta.
Existía el riesgo de que todo siguiera pareciendo un intento de demostrar un cambio.
Cualquier comunicación podía conllevar ese peso.
Por eso, añadí que no tenía por qué responder, ni quedar conmigo, ni decidir nada tras leerla.
También escribí que seguiría respetando la distancia y que la carta no era una emergencia encubierta.
Doblé la hoja, la metí en un sobre y la guardé en la carpeta junto al pendiente que Beatriz había dejado en el piso.
No se la entregaría esa noche. Quizá nunca se la entregara. El mero hecho de escribir ya me había obligado a ordenar la verdad sin lanzársela encima de inmediato.
Cuando salí del hospital, la lluvia había amainado. Fui a buscar a Helena a casa de mi madre y me encontré a Teresa sentada en el salón, sosteniendo a su nieta mientras ambas miraban un libro infantil abierto.
Había llegado aquella tarde para quedarse unos días en Belo Horizonte. Su rostro aún reflejaba la tristeza que parecía haberse convertido en parte de sus rasgos, pero esbozó una sonrisa al verme.
—A su hija le gustan las páginas brillantes —comentó mientras dejaba que Helena tocara el libro con la mano abierta—. Todavía no entiende nada, pero tiene opiniones muy firmes.
—Es algo que viene de familia.
Mi madre salió de la cocina con dos tazas de té y me lanzó una mirada elocuente.
—Teresa ya sabe lo de que Beatriz va a ser jefa y de tu decisión de no irte a São Paulo.
—Las noticias vuelan en esta familia.
—Tú lo comunicaste al instituto desde el teléfono de mi despacho —respondió mi madre, sin mostrar ningún remordimiento—. No es que lo estuviera ocultando precisamente.
Teresa me miró a la cara.
—¿Lo rechazaste por culpa de ella?
La pregunta era la misma que la de Augusto, pero no me molestó.
—No. Beatriz es una de las razones por las que no quiero alejarme de Belo Horizonte, pero no tomé la decisión para convencerla de que volviera.
—¿Seguís separados?
—Ella me pidió un poco de espacio.
Teresa pasó la mano por la manta de Helena.
—Laura solía decir que tú convertías cualquier elección en una ecuación con una única respuesta correcta.
El recuerdo le despertó un dolor sutil.
—Tenía razón.
—También decía que algún día alguien te obligaría a descubrir que las personas no obedecen a una planificación quirúrgica. —Una sonrisa triste se dibujó en su rostro—. Creo que le gustaba imaginar que sería ella.
Me senté en el sillón frente a ellas dos.
—Siento como si seguir adelante fuera otra cosa que Laura no pudo elegir.
Teresa permaneció unos segundos en silencio.
—Mi hija no tuvo el futuro que se merecía. Nada puede arreglar eso. —Me miró a los ojos, permitiendo que el dolor existiera sin convertir la frase en una acusación—. Pero su infelicidad no le devuelve nada a ella. Solo entrega a la muerte más partes de vuestras vidas.
Miré a Helena, que sostenía el dedo de su abuela.
—Beatriz tiene miedo de sustituir a Laura.
—Pues no le pidas que la sustituya —dijo Teresa, ajustando a la bebé en sus brazos—. Deja que ocupe solo el lugar que desee, si es que algún día quiere ocupar alguno. Laura seguirá siendo la madre de Helena. Eso no impide que otra persona la quiera.
La sencillez de la respuesta me oprimió el pecho.
—Quizá Beatriz no vuelva.
—Entonces seguirá teniendo que cuidar de Helena, honrar a Laura y vivir de una forma que no destruya a las personas que la rodean. —Teresa inclinó la cabeza—. Un cambio que depende de recibir amor a cambio no es más que una negociación.
Esa frase se parecía a todo lo que Miguel intentaba enseñarme.
Cogí a mi hija en brazos y sentí cómo su pequeño cuerpo se acurrucaba contra mi pecho.
Aquella noche, llevé a Helena a casa, le preparé el biberón y me quedé junto a la cuna hasta que se durmió. La carta seguía guardada junto al pendiente de Beatriz, esperando una oportunidad que quizá nunca llegara.
Había rechazado un puesto directivo que había deseado durante años, seguía queriendo a Beatriz y temía que esa distancia se convirtiera en definitiva. Ninguna de esas verdades tenía por qué dar lugar a una acción inmediata.
Por primera vez, empezaba a comprender que amar a alguien también significaba permitir que existiera fuera del futuro que yo había planeado. Incluso cuando ese futuro seguía siendo todo lo que deseaba.