4. Garret
GARRET
El Black Anvil estaba medio vacío esa noche, lo cual me venía de puta madre con el humor que tenía.
Me dejé caer en un taburete en el extremo más alejado de la barra y solté una palmada sobre el mostrador con tanta fuerza que el camarero levantó la vista del vaso que estaba secando. —Whiskey solo, y que no dejen de venir.
Cogió una botella de la estantería y sirvió sin decir palabra. Eso era algo que me gustaba de él. Nunca forzaba las charlas de relleno ni hacía un montón de preguntas, y esa noche se lo agradecía más que nunca.
El primer trago bajó como gasolina y casi ni lo noté.
Empujé el vaso hacia delante y él volvió a llenarlo, y el segundo quemó un poco menos.
Para el tercero, empezaba a notar cómo se suavizaban los bordes de mi rabia, pero seguía ahí, clavada en el centro del pecho como una brasa ardiente que no podía expulsar.
Todavía no alcanzaba a entender por qué Sara había cortado cuando parecía que todo iba tan bien.
¿Y por qué empezó a presionar para conseguir algo que le dije desde el principio que no podía darle?
Era como si ya hubiera tomado la decisión antes de abrir la boca, y no hubiera una maldita cosa que yo pudiera haber dicho para cambiarlo.
—Otra —dije, y el camarero sirvió.
—¿Noche dura? —preguntó, eso era casi todo lo que había conseguido sacarle de conversación nunca, aunque algunos de los chicos le llamaban Doc y hablaban de él como si fuera un terapeuta o algo así.
—Algo así —gruñí y apuré el whisky que me puso delante. No me apetecía hablar del tema, de todos modos. Hablar no iba a arreglar lo que se había jodido.
Se apoyó en la encimera de atrás y cruzó los brazos. —¿Problemas de faldas o problemas de club?
—¿Importa? —fruncí el ceño y me pasé una mano por la cara, esperando que pillara la indirecta y se largara.
Luego asintió hacia mi whisky y preguntó: —¿Quieres que te abra una cuenta o pagas sobre la marcha?
—Cuenta —le gruñí, deslizando mi vaso por la barra.
Había sido un día largo y quizá había tomado la decisión equivocada al entrar en este sitio.
Cuando estaba así, era mejor irme a casa y dormir la mona.
Lo último que quería era acabar hecho un borracho como algunos de los tíos que se pasaban aquí el día.
Sacó un ticket y lo enganchó al rail detrás de la caja, luego se volvió hacia mí. —Solo no me rompas nada. La semana pasada tuve que reemplazar dos taburetes después de que Crawl se liara con aquel camionero.
—No he venido a pelear. He venido a beber.
—Eso mismo dijo él también. —Se alejó, y casi se me escapó una sonrisa, pero no me quedaba energía. Me quedé mirando el vaso y lo hice girar lentamente entre los dedos.
Lo que de verdad me traía de cabeza era que Sara no se equivocaba.
Lo que tenía con ella era mucho más que sexo.
Simplemente no podía admitirlo delante de ella.
Había ido bien; mejor que bien. Era el mejor arreglo que había tenido jamás con una mujer, y también había tenido unos cuantos arreglos.
Pero después de la visita de Peter al taller, empezó a corroerme el hecho de que no estaba cumpliendo mi palabra con él.
Luego Sara sacó el tema de hacerlo oficial, y yo no podía cruzar esa línea.
Y maldita sea si no era perfecta para mí.
Teníamos muchas cosas en común, lo cual era raro con la diferencia de edad tan grande, pero éramos uña y carne en la mayoría de las cosas.
Y si no estábamos de acuerdo en algo, era lo bastante fácil dejarlo a un lado y centrarnos en lo que compartíamos, que era mucho más de lo que podía decir de la mayoría de las mujeres.
Pero la voz de Peter también retumbaba en mi cabeza, lo cual no ayudaba.
Estaba convencido de que cuando me echó la bronca fue porque me había visto con ella y ya estaba harto.
Quizá habría sido mejor si hubiera sido así; entonces tendríamos un objetivo común con el que enfadarnos, en lugar de ser solo yo sintiéndome tan rechazado y dolido por ella.
Volví a empujar el vaso hacia delante. El camarero lo llenó y me echó una mirada.
—¿Qué? —dije.
—Solo estoy contando. —Dejó la botella. —Van cinco —añadió en tono de advertencia.
—Sé contar —espeté entre dientes mientras daba un sorbo al vaso, pero tenía razón.
Empaparme hasta quedarme gilipollas no era la solución, igual que tampoco lo era estar cabreado y morder a todo el mundo.
No era culpa de nadie más que mía. Me lo había buscado yo solo al enredarme con una chica que estaba fuera de límites.
Tarde o temprano tenía que acabar, y yo lo sabía, y cada vez que Peter me miraba torcido, me acordaba de ello.
—Vaya, pero si es el hombre desaparecido.
No necesitaba levantar la vista para saber quién era. Crystal se deslizó en el taburete de al lado y cruzó las piernas, apoyando un codo en la barra. Algunos tíos habrían agradecido la compañía después de una noche como esa, pero yo no.
—Esta noche no, Crystal. —Seguí con la mirada fija al frente, en la caja registradora y las botellas de licor de las estanterías de detrás. Crystal había dado más vueltas por el pueblo que mi moto. No tenía el más mínimo interés en sus avances, que ya había rechazado más de una vez.
—Oh, vamos. Tienes pinta de necesitar compañía. —Puso la mano en mi brazo, y yo la aparté antes de que pudiera acomodarse.
—He dicho que esta noche no.
Hizo un mohín y volvió a tocarme, jugueteando con un hilo suelto de mi chaleco mientras yo apuraba el trago que tenía en la mano. —He oído que fuiste al circuito el otro día.
La miré de reojo con el ceño fruncido y pregunté: —¿Y a ti qué más te da? Si la bici del pueblo sabía que había salido a ver la carrera de Sara, ¿quién más lo sabía? Igual la visita de Peter tenía más miga de lo que yo pensaba y a él le había faltado valor, o educación, para soltarlo en voz alta.
—Oh, no es que… —Negó con la cabeza y me sonrió, caminando con los dedos por mi bíceps. —Solo es que no sabía que te iban las motos de cross. Yo a veces salgo. Podríamos dar unas vueltas, si quieres.
Esta mujer no sabía aceptar un no por respuesta, y resultaba asqueroso.
Me giré para mirarla de frente y dije: —Te lo he dicho, no estoy interesado.
—No tienes gracia —dijo, y se deslizó del taburete hacia las mesas de billar, donde Rusty y Hank estaban montando una partida.
El camarero la vio alejarse y luego volvió a mirarme. —¿Seguro que no? Igual te mejoraba el humor.
—Créeme. No lo haría.
Levantó las dos manos en gesto de rendición y soltó una risita. —Tú decides.
Cualquier otra noche, quizá al menos me habría sentido tentado. Esa noche, todo en lo que podía pensar eran unos ojos marrones y grasa de motor y la forma en que Sara se reía cuando yo lancé un puñado de semillas de césped y se le quedaron enganchadas en el pelo.
Mierda.
Estaba apurando lo que quedaba de mi quinto vaso cuando la puerta principal se abrió de golpe y la gente levantó la vista para ver quién había armado el estruendo.
Lightning entró como si hubiera estado mascando clavos.
Tenía la mandíbula apretada y un rasguño en el antebrazo izquierdo que ni se había molestado en limpiarse.
Su chaleco estaba lleno de polvo y las botas, cubiertas de barro seco.
Tenía un aspecto duro; no de estar herido, sino de haber estado en alguna parte donde no debía, haciendo algo que no había salido precisamente bien.
Cruzó el local a zancadas hasta la barra y soltó una palmada en el mostrador. —Cerveza. Fría. Ahora.
El camarero se movió más rápido por Lightning de lo que lo había hecho por mí, y no le culpaba. Ese tío tenía la mecha corta en sus mejores días, y claramente ese no era uno de ellos. El ceño fruncido le había labrado surcos en la frente y una arruga permanente en el puente de la nariz.
Lightning se bebió media cerveza de un trago y se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego clavó los ojos en mí. Noté su mirada antes de verlo.
—Crank.
—Lightning —dije, asintiendo hacia él. Dios, ojalá se largara, pero empezó a acercarse y cerré los ojos para que no me viera ponerlos en blanco.
Acortó la distancia entre los dos y se plantó en el taburete justo a mi lado. —La suspensión de mi moto está hecha una mierda. La necesito arreglada antes de las nueve de mañana.
Di un trago lento a mi whisky antes de contestar. —Vas un poco justo de tiempo.
—No he preguntado si te venía bien. He dicho que la necesito lista. —Pude ver mejor el corte de su brazo y lo tenía hecho un cristo. La sangre se le había acumulado y secado sobre la piel sudada, y se le pegaban diminutas semillas de hierba.
Dejé el vaso y me giré en el taburete para encararme con él. —Y yo te estoy diciendo que ya no soy un novato. No puedes entrar aquí y soltarme órdenes como si fuera un crío limpiando retretes en la sede. Si quieres que te arregle la moto, me lo pides como un hombre y acordamos un plazo.
Entrecerró los ojos. Tony era más alto que yo quizá por un par de centímetros, y le encantaba usar cada milímetro para intentar demostrar que era más hombre.
Se inclinó lo justo para dejar claro que no estaba pidiendo un favor.
—¿Quieres hablar de plazos, Crank? Vale.
Hablemos de cómo alguien te vio en el circuito de tierra hace tres días. ¿Te acuerdas de eso?
Se me encogió el estómago, pero mantuve el rostro inexpresivo.
—Fox dijo que nadie se acercaba a esas carreras ahora mismo. Punto. Ha habido chicos de los Locust moviéndose por esos circuitos, y lo último que necesitamos es que alguien de nuestro lado empiece algo en público. ¿Te acuerdas de que lo dijera, o tengo que refrescarte la memoria?
Me acordaba. Fox lo había dejado claro en la iglesia hacía dos semanas, cristalino.
Los Black Locusts probablemente estaban reclutando, y Fox quería cero contacto hasta que las cosas se calmaran; ni una excepción.
Yo había ido de todas formas porque Sara corría ese día y porque era un maldito imbécil que no podía mantenerse alejado de ella ni siquiera cuando debía hacerlo.
—Salí a dar una vuelta —dije—. Y acabé cerca del circuito.
No hablé con nadie. —Volví a mi bebida y la terminé, deseando que hubiera más en el vaso, pero Lightning aún no había acabado conmigo.
Me agarró del hombro y me empujó para obligarme a volver a mirarle.
Vi el ceño fruncido del camarero y me acordé de su advertencia de no montar una pelea.
Si por mí fuera, ni estaría hablando con este capullo.
—Da igual, estabas allí. Y si yo llevo eso a Fox, ya sabes lo que pasa.
—Le dio otro trago a la cerveza y la posó.
—Como mucho, te enfrentas a una sentada.
En el peor de los casos, te quita el privilegio de meterle mano a una llave inglesa durante un mes y vuelves a los trabajos de mierda mientras otro toca las motos. ¿Eso es lo que quieres?
No contesté porque él ya sabía que no. El garaje era mi territorio, la única cosa de este club que era completamente mía, y Tony sabía perfectamente cómo amenazarlo. Dios, cómo me habría gustado partirle la cara.
—Nueve en punto —repitió—. Suspensión, delantera y trasera. Se me va a la izquierda y el amortiguador trasero está reventado.
Le sostuve la mirada un largo segundo, luego la aparté. —Dame las llaves.
Las sacó del bolsillo y las dejó caer en la barra junto a mi vaso. Sonaron al chocar mientras yo buscaba las mías y se las plantaba en la mano. —No me falles, Crank.
Luego cogió su cerveza y se fue hacia el cuarto de atrás, donde unos cuantos hermanos estaban jugando a las cartas. El camarero le siguió con la vista y luego me miró con las cejas enarcadas.
—Ni una palabra —dije.
—No iba a decir nada. —Cogió un vaso y empezó a secarlo, pero le vi la cara. Todo el mundo en ese bar conocía la dinámica. Tony no estaba al mando ni nada por el estilo, pero le gustaba buscar bronca cuando no hacíamos lo que él decía. Y bronca era lo último que yo quería.
Liquidé mi cuenta, guardé las llaves de Tony en el bolsillo y me fui antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirme.
Lo único bueno que había salido de esa interacción era que me había permitido sacar de la cabeza la discusión con Sara durante unos minutos, porque estaba tan cabreado con Tony que ni se me ocurrió que debería seguir rumiando lo otro.
Su moto estaba aparcada delante, una cruiser negra mate con tubos de escape personalizados y una pintura que ahora estaba arañada.
Lancé la pierna por encima y la puse en marcha de una patada, y enseguida noté a qué se refería.
La horquilla delantera se hundía demasiado en cuanto tocaba el freno, y el amortiguador trasero no tenía rebote alguno.
Se sentía floja y suelta, como si se hubiera metido en algún salto o dos.
El muy gilipollas no tenía el sentido común de respetar su propio acero.
Conduje despacio por el pueblo en dirección a mi casa, y cuanto más me fijaba, peor era.
La suspensión no estaba solo gastada. Estaba destrozada, como si hubiera estado pasando esta máquina por terrenos abruptos a toda velocidad.
Ninguna carretera de Grove Hill haría ese tipo de daño en condiciones normales de conducción.
Esto era lo que pasaba cuando cruzabas campos o caminos sin asfaltar donde el terreno era irregular y lleno de roderas.
Entré en el aparcamiento de grava frente a mi caravana y apagué el motor.
El silencio repentino era casi más ruidoso que los tubos de escape.
Me quedé allí sentado un minuto, escuchando el chasquido del metal al enfriarse, y luego me bajé de un salto, me acuclillé junto a la rueda trasera y casi pierdo el equilibrio cuando el whisky empezó de verdad a hacer efecto.
Había hierba enredada en los radios, y no poca.
Eran manojos espesos, enrollados alrededor de los radios inferiores y apelmazados en el hueco entre la llanta y la pinza del freno.
Arranqué parte y la froté entre los dedos.
Estaba verde y fresca. Revisé la rueda delantera y encontré lo mismo: hierba atascada en las pastillas de freno y pasada entre los radios como si hubiera estado atravesando un campo a todo gas.
Me incorporé y miré la moto bajo el resplandor amarillento de la luz del porche.
Esto no era propio de él. Tony no hacía campo a través. Mimaba esa moto como si fuera de cristal. Le había visto amenazar a un novato por apoyarse mal en ella. Entonces ¿qué coño hacía destrozando hierba lo bastante fuerte como para reventar la suspensión y llenar las ruedas de suciedad?
Me limpié las manos en los vaqueros y entré. La caravana estaba oscura y silenciosa, como siempre. Solté las llaves de Tony sobre la encimera de la cocina y me quedé allí de pie, en mitad del silencio, pensando.
Algo no cuadraba.
Todavía no sabía qué era, pero la sensación se me instaló en las tripas y no tenía pinta de irse a ninguna parte. Igual que el recordatorio constante de que Sara me había dejado. Necesitaba irme a la cama y necesitaba olvidarme de ella.
Lo que no sabía era cómo.