Un año después
—Por favor, otra vez Petfinder no —suplicó Anna al ver los anuncios abiertos en el portátil de Victoria. Dejó la taza de té que había preparado sobre la mesa del comedor y se sentó al lado de su novia—. Vic, te lo sigo diciendo: estamos demasiado ocupadas para adoptar un gatito.
—He decidido que no quiero adoptar un gatito —dijo Victoria, cogiendo distraídamente su té con una mano mientras hacía scroll con la otra. A pesar de sus palabras, no apartaba los ojos de la pantalla, y Anna supo que tramaba algo.
—Soy todo oídos —fue lo único que dijo, sabiendo que no necesitaría darle a Victoria ni un palmo de cuerda para que terminara ahorcándose sola.
—Quiero adoptar dos. —Giró el portátil hacia ella con una sonrisa de júbilo que le iluminaba el rostro como la luz del sol.
En la pantalla, dos gatitos peludos, uno naranja y otro calicó, estaban acurrucados el uno contra el otro y miraban a la cámara con unos ojos verdes enormes—. Mira, cariño. ¡Son hermanos!
Anna la miró por encima de su taza. —Vic. No tenemos tiempo para un gatito, ¿y quieres dos?
—Ahí está la gracia. —El deleite de Victoria era tangible, emanaba de ella en oleadas—.
He estado leyendo sobre el tema. Parejas vinculadas.
Juegan entre ellos, ¡nunca se aburren, siempre tienen compañía!
Se mantendrán ocupados mientras nosotras estemos en el hospital.
—No solo estaba encantada, sino a todas luces extremadamente orgullosa de sí misma; dio un golpecito en la pantalla, apoyó la barbilla en el borde superior del portátil y parpadeó con sus grandes ojos azules hacia Anna—.
Por favor, Anna cariñito, mi vida, amor mío. Déjame tener gatitos.
Anna echó un vistazo al amplio, diáfano y soleado condominio de Brentwood que acababan de comprar y al que se habían mudado hacía tres meses.
Miró hacia los enormes ventanales rodeados de vegetación, siempre llenos de pájaros y del torrente de sus cantos melódicos; sabía que ahora se convertirían en pantallas gigantes para los gatos.
Su mezcla de muebles —el estilo escandinavo y elegante de Victoria y las delicias de tienda de segunda mano, mullidas y con volantes, de Anna— se cubriría de un manto de pelo de gato en un abrir y cerrar de ojos.
Victoria pondría árboles para gatos en cada esquina.
O no, espera... Anna la había visto echándole el ojo a todo un sistema de laberinto de pared.
En el comedor tenían una pared amplia y vacía que Anna había reservado para hacer una composición de cuadros.
Todavía estaban intentando elegir las fotos enmarcadas y las obras de arte, pero sabía perfectamente que Victoria iba a empezar a presionar para que el muro de escalada felino fuera allí en su lugar.
¿Cómo podía haber sabido hace seis meses, cuando decidieron irse a vivir juntas, que el amor de su vida era una apasionada de los gatos reprimida?
Victoria pareció tomarse el reflexivo silencio de Anna como un camino hacia el consentimiento.
—He reducido mis horas de cirugía y me he organizado con un horario más normal —dijo, acercando su silla y arrastrando el portátil con ella—.
Y tú siempre has tenido un horario bastante normal.
Ninguna de las dos es alérgica a los gatos.
Podemos comprar un arenero motorizado, comederos automáticos. .. es una idea brillante.
Anna apoyó la barbilla en la mano y sonrió, dejando simplemente que Victoria expusiera sus argumentos.
Era innecesario, por supuesto. Iba a aceptar sin remedio a ese ridículo par de gatitos peludos.
Ayudaría a limpiar ese arenero. Pasaría el rodillo quitapelusas por toda su ropa.
Buscaría fundas para sus mejores muebles.
Y cuando llegara el momento adecuado, le pondría un collar muy elegante al más educado de los dos gatos, uno con una gran cinta suave atada en forma de lazo.
Y en ese lazo, llevará bien atado el precioso anillo de zafiro antiguo que eligió el mes pasado, y le hará a Victoria una pregunta muy importante.
No mañana. No será pronto, en realidad.
Pero sucederá.
Anna alarga la mano y coge la de Victoria. Sorprendida, Victoria deja de hablar. —¿Anna?
—Está bien. Sí, amor mío —dice Anna con el corazón henchido—. Ya no me tienes que convencer más. Confío en ti. Hagámoslo.
Los ojos de Victoria brillaron con intensidad y se abalanzó para agarrar el rostro de Anna y besarla con fuerza y rapidez. Cuando se apartó, su sonrisa habría podido iluminar la habitación—. Gracias, Anna. Te quiero tanto.
Su alegría es casi infantil, entrañable, vulnerable.
Ha llegado tan lejos, susurra una voz en el fondo de la cabeza de Anna. Un susurro cargado de orgullo—. —Por supuesto, Vic. Yo también te quiero. —Se puso en pie y tiró de Victoria para que se levantara también—. Vamos a buscarnos unos gatitos.