9. Victoria
VICTORIA
El rechazo es una verdadera mierda, se estaba dando cuenta Victoria.
No era una mujer estúpida. Intelectualmente, sabía que Anna había tenido razón.
Sin embargo, seguía doliendo.
Durante días, el beso se repitió en el teatro de su mente, y no era capaz de arrepentirse de haberse lanzado.
No podía arrepentirse de haber probado la suave dulzura de la boca de Anna, de haber aprendido cómo se sentían aquellos labios carnosos bajo su lengua.
Le había pillado un poco por sorpresa darse cuenta de que quería besar a Anna, pero lo aceptó de buen grado, se dejó llevar.
¡Qué lejos quedaba ya su resentimiento hacia aquella psicoterapeuta bajita y rellena!
Ahora quería a Anna en su cama, bajo sus manos, deshaciéndose por completo ante el tacto de Victoria.
No estaba acostumbrada a que le dijeran que no podía tener algo. Pero el silencio absoluto por parte de Anna no podía interpretarse de ninguna otra manera.
Victoria tenía citas programadas con Anna. Las canceló por puro despecho, y luego se irritó aún más al no recibir ningún mensaje de seguimiento.
Pero siguió haciendo las meditaciones nocturnas.
Siguió tomando cenas satisfactorias. La recaída en el pánico había sido un duro recordatorio de aquello de lo que intentaba salir, así que redoblaría sus esfuerzos para mantenerse lejos de ese foso oscuro y opresivo.
No importaba que una parte de ella siguiera considerando los ejercicios una tontería propia de la New Age; había algo en ellos que funcionaba, así que de acuerdo.
Que otra parte de ella los viera como una forma de mantener una parte de Anna cerca mientras ella la mantenía a distancia… bueno, no iba a analizar eso con demasiada profundidad. Ya tenía bastante con lo que lidiar.
Por la noche, dormía profundamente, sin sueños.
Durante el día, rendía sin tacha. A veces, durante procedimientos especialmente difíciles, sentía que los bordes del pánico se le acercaban, pero simplemente soltaba el instrumental si podía, daba un paso atrás y respiraba hondo unas cuantas veces.
A veces hacía más ejercicios de los de Anna…
aunque no la cuenta atrás que habían hecho en la escalera.
Eso podría haber resultado más una distracción que una ayuda.
Afortunadamente, la pequeña hoja de Anna estaba llena de útiles ejercicios de toma de tierra que Victoria podía probar.
Una vez que sentía que el pánico remitía, volvía a coger los bisturís y las sondas y seguía adelante.
Eso le granjeó algunas miradas extrañas en el quirófano, pero estaba aprendiendo a que le importara menos lo que pensaran los demás si necesitaba ponerse a sí misma en primer lugar por un momento.
Había aprendido que no podía atender bien a sus pacientes si ella misma no estaba bien.
¿Había sido difícil reconocer que no estaba bien?
Sí. ¿Había valido la pena? Parecía que sí.
Excepto por la parte en la que no tenía a Anna. Victoria sopesó sus opciones. Podía concertar otra cita, fácilmente. Solo había cancelado las que tenía por necesidad de espacio para pensar y, si era sincera, por un poco de despecho.
Pero si hacía eso, sabía que Anna utilizaría el entorno de la consulta como telón de fondo para volver a encauzar su relación profesional, y eso no era lo que Victoria quería discutir.
Anna pondría una distancia firme entre ellas; algo que Victoria tampoco quería.
Entendía que Anna probablemente estuviera luchando con dilemas éticos.
Victoria nunca se había lucido precisamente a la hora de reconocer la ética, en ciertos aspectos.
Si lo hubiera hecho, no estarían así. Todo el lío con Hilary no habría sucedido si se hubiera ceñido a las directrices del hospital, hubiera admitido su estrecha amistad y se hubiera recusado del caso, sin importar lo que Hilary quisiera.
Victoria hizo una mueca. Quizá ella también necesitaba empezar a tomarse más en serio la ética, en realidad.
—¿Oye? ¿Estás bien? —Una mano le dio unas palmaditas en el hombro y Victoria se sobresaltó, girándose para ver a una enfermera que no conocía intentando pasar mientras ella bloqueaba la entrada de la cafetería del hospital.
—Perdón. Lo siento. —Se apresuró a entrar en la cafetería, sorprendida de lo llena que estaba.
Entonces se dio cuenta de que era el Día del Espagueti.
Los Días del Espagueti en Oakridge eran algo que todos los demás en el hospital esperaban con ansia, así que la cafetería estaba realmente animada.
Definitivamente, hoy no voy a comer aquí dentro.
Tampoco iba a comer espaguetis. Victoria había estado consumiendo mucha pasta últimamente y no le apetecía.
En su lugar, se abrió paso entre la multitud amante de los carbohidratos y seleccionó una ensalada Cobb, un plátano y, como capricho especial, una galleta con pepitas de chocolate.
Mientras pagaba el almuerzo, se maravilló un poco de su progreso en tan solo unas semanas, todo gracias a que Anna había sido paciente con ella, insistiendo y picando sus muros hasta que Victoria finalmente la escuchó, y se escuchó a sí misma.
Victoria cogió su bolsa de comida y empezó a empujar entre la multitud de médicos y personal del hospital para llegar a las puertas de la cafetería.
¿Es que la gente aquí se había duplicado?
—Ningún espagueti está tan bueno —masculló entre dientes mientras se agachaba y sorteaba los cuerpos que charlaban con entusiasmo, con la mirada baja, centrada en sus pies.
En la puerta, chocó con un cuerpo suave y cálido. —¡Perdón! Yo… —Su voz se apagó al levantar la vista y darse cuenta de que se había tropezado con Anna—. Anna.
—Dra. Ellis. —Esas dos palabras fueron como un brazo extendido que la frenaba. Una gruesa barra de madera bajando para parapetar una puerta. Victoria se estremeció.
Pero no se dejó amilanar. —Tenía intención de programar una nueva sesión contigo.
El rostro de Anna estaba liso, inexpresivo. No era frío, pero… tampoco cálido, ni acogedor como solía ser. —Me alegra mucho oír eso, ya que ha cancelado las últimas que teníamos fijadas.
Tan distante. Victoria siguió adelante. —Lo sé. Yo… —Inspiró profundamente y soltó el aire de golpe—. Lo siento. Lo solucionaré.
—Por supuesto, ya sabe que puede hacerlo a través de su aplicación sanitaria, o simplemente llamar a Kathleen. —La sonrisa de Anna fue educada y nada más—. Por favor, discúlpeme, Dra. Ellis. Hoy solo tengo un breve descanso para almorzar.
Empezó a pasar por el lado de Victoria. Por impulso, Victoria alargó la mano y le agarró suavemente el brazo, guiándola de vuelta al pasillo. —Anna, por favor —dijo en voz baja.
Pudo ver que su tacto, su voz, atravesaban esa máscara de calma y sosiego. Anna temblaba bajo el ligero agarre de Victoria. —Dra. Ellis, aquí no.
—Lo sé. ¿Podemos vernos?
Anna se mordió el labio. —Tengo una hora libre a las tres de la tarde.
—Quiero más tiempo —dijo Victoria, manteniendo la voz baja—. Dejaré mi número en tu recepción. Envíame un mensaje, organizaremos algo. ¿Estás libre el domingo?
Los ojos castaños de Anna se agrandaron. —No podemos ir a una…
—No estoy pidiendo una cita. Solo quiero tiempo para hablar contigo, tener una conversación de verdad, lejos de este maldito hospital. ¿Podemos hacer eso? —Le costó esfuerzo, pero Victoria mantuvo un tono ligero y logró sonreír—. Solo quiero hablar, Anna.
Mirando a su alrededor mientras la gente pasaba a su lado para entrar y salir de la cafetería, Anna se mostraba nerviosa y para entonces se mordisqueaba el labio inferior. Pero finalmente, asintió. —Vale. Podemos hablar. Sí, deja tu información a Kathleen.
—Excelente. Gracias. —Soltando el brazo de Anna, Victoria volvió a sonreír y asintió.
Girar sobre sus talones para marcharse a su despacho fue lo más difícil que creía haber hecho en mucho tiempo, especialmente cuando sentía la mirada curiosa y preocupada de Anna en su espalda, pero siguió caminando.
Con cada paso, su corazón susurraba: Domingo, domingo, domingo…
Victoria recorría el suelo de parqué de la exhibición de Rococó del Getty Center, una serie de salas tan ornamentadamente doradas y recargadas que hacían que sus dientes minimalistas sufrieran de lo lindo.
Los nervios entonaban una canción de tensión y esperanza contenida justo bajo la superficie de su piel mientras esperaba a que llegara Anna.
Había elegido el Getty porque era muy diferente al hospital y, a pesar del exceso sobreestimulante de las salas rococó, era un lugar que le encantaba visitar.
Victoria solía pasar allí los días libres, o al menos lo hacía en el pasado.
Mientras caminaba, se dio cuenta de que en realidad no había estado allí en bastante tiempo.
Desde… bueno. Probablemente desde antes de que muriera Hilary.
Victoria se permitió pensar en la palabra, se permitió asimilarla. Hilary murió. Luego puso a prueba algunas palabras que antes no se había permitido considerar en absoluto. Hilary murió, y no fue culpa mía.
Se le revolvió el estómago y tuvo que caminar hasta una pequeña sala de descanso para visitantes cercana y tomar asiento, inspirando lenta y profundamente por la nariz y expirando por la boca, tal como las meditaciones de Anna le hacían hacer cada noche.
—Hilary murió —dijo en voz alta, tranquila pero firme—. Y no fue culpa mía.
—No, no lo fue —dijo una voz desde el umbral, y Victoria levantó la vista, sobresaltada. Anna estaba allí, con las manos en los bolsillos de su americana azul marino y una suave sonrisa asomando a sus labios—. Hola.
—Hola. —Victoria se puso en pie, frotándose las manos contra los muslos—. Lo siento, mi intención era estar esperándote ahí fuera. —Señaló hacia las salas rococó.
—Ningún problema. Te he encontrado, y parecía que te estabas diciendo cosas que necesitabas oír de ti misma. —Anna ladeó la cabeza—. ¿Quieres hablar de eso?