RANGER CREED (Brotherhood Protectors nº 14) Capítulo 8
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Capítulo 8

A Lani le había encantado cada minuto con Zach dentro de ella.

Tiempo atrás, había creído que la única forma de que una mujer tuviese un orgasmo era procurándoselo ella misma.

Ninguno de sus amantes anteriores la había hecho llegar.

No por falta de empeño. Simplemente, parecía que nunca daban con el punto exacto.

Lani se recostó, esperando plenamente sentirse decepcionada una vez más. Pero no le importaba. Que Zach recorriera cada centímetro de su piel con los dedos, los labios y la lengua sería igual de satisfactorio. ¿O no?

Él empezó con un beso que le incendió el mundo.

Luego, su boca abandonó la de ella y trazó un camino abrasador por su cuello hasta el pulso que latía contra su piel en la base de la garganta.

Chupó y jugueteó con la lengua en ese punto antes de pasar a la clavícula y bajar hasta el primero de sus pechos.

Cuando le rozó la punta del pezón erecto, sintió un tirón en lo más profundo de sus entrañas.

—Mmm, qué gusto —dijo.

Volvió a rozárselo y luego lo hizo rodar entre los dientes.

No era suficiente. Arqueando la espalda, se irguió, ofreciéndole más el pecho.

Se lo llevó a la boca, succionando con fuerza. De nuevo, aquel tirón en lo más profundo de sus entrañas la hizo retorcerse bajo él.

Un anhelo creció, hinchándose en su interior.

Zach pasó al otro pecho y lo trató con los mismos mordisquitos y lametones burlones, succionándolo entre los dientes.

Se tumbó entre sus piernas, con la polla presionándole la cara interna del muslo.

Lani lo quería dentro otra vez. Levantó las caderas, esperando que pillara la indirecta.

—Nanay —dijo él, y abandonó su pecho para trazar un camino de besos abrasadores sobre la piel de sus costillas, hasta llegar al ombligo—. No hasta que tú también llegues.

A Lani se le cortó el aliento cuando él le ahuecó el sexo y un dedo encontró su húmeda entrada, agradablemente dolorida por su minucioso modo de hacer el amor.

Introdujo un dedo en ella y lo giró, mientras su lengua jugueteaba en su ombligo para luego deslizarse más abajo, hacia los rizos que ocultaban su clítoris.

No era el primero que le hacía un cunnilingus. Pero nunca había estado tan excitada a esas alturas. Ese anhelo que había empezado cuando él se había dedicado a sus pechos había crecido con cada caricia de su lengua.

Cerró los ojos y deseó que continuara, que diera un paso más y la tocara donde solo ella había sido capaz de encender esa llama.

Sacó ese dedo húmedo de su entrada, le separó los labios y esparció los jugos sobre esa pequeña tira de carne repleta de un millón de nervios diminutos que solo esperaban a que les prendieran fuego.

Luego la acarició con la punta del dedo.

Las caderas de Lani se elevaron automáticamente. Había tocado ese punto. Ese punto increíblemente esquivo que iluminaba su mundo.

Abandonó su clítoris y volvió a sumergirse en su canal.

Lani se dejó caer de nuevo, un poco decepcionada de que el breve roce de su dedo no le hubiera despertado los sentidos por completo.

Volvió con un dedo húmedo y otro intento de hacerlo bien.

Zach giraba y pellizcaba con ese dedo mágico, pero no conseguía dar con el punto exacto.

Lani movió las caderas, esperando ayudarlo a encontrarlo, pero fue en vano.

—Oye —dijo él, con su aliento cálido contra su sexo—. Déjamelo a mí.

Ella se relajó, decidida a disfrutar de lo que fuera que él lograra inspirar.

Él se movió más abajo entre sus piernas, hasta que su cara estuvo donde antes habían estado sus dedos. Separándole los labios con los pulgares, sopló una cálida corriente de aire sobre su carne caliente.

Lani inspiró hondo y esperó. Tenía que mirar, tenía que verlo tomarla con la boca.

Y lo hizo.

La primera caricia de su lengua dio justo en la punta de su clítoris.

Una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo.

Jadeó, con el cuerpo rígido.

La segunda vez que su lengua la tocó ahí, ella apoyó de golpe las palmas en el suelo y levantó las caderas.

—Por favor —gimió.

Él se rio entre dientes.

—¿Por favor, qué?

—Por favor, hazlo otra vez.

Volvió a juguetear con la lengua. Esta vez, encendió esa llama que explotó como una tormenta de fuego, enviando olas de calor y descargas eléctricas por todo su cuerpo hasta las puntas de los dedos de las manos y de los pies.

Se habría conformado si él se hubiera detenido ahí, pero no.

Intensificó su ataque a los sentidos, lamiendo, jugueteando y succionando su clítoris con la boca hasta que ella gemía, rugiendo su nombre en un intento de capturar el momento y guardarlo para toda la eternidad.

Su orgasmo la inundó en oleadas, su cuerpo pulsando al ritmo de la lengua de él moviéndose contra ella.

Cuando pensó que quizá no volvería a respirar, finalmente aterrizó de nuevo en la tierra, en el saco de dormir y en el suelo donde yacía.

Zach trepó por su cuerpo, se puso un condón nuevo en el miembro y lo presionó contra su entrada.

—¿Estás demasiado dolorida para hacerlo otra vez? —preguntó.

—No. Oh, no. Por favor. —Sacudía la cabeza de lado a lado, todavía febril por el mejor orgasmo que había experimentado jamás—. Te quiero. Dentro de mí. Ahora. —Le agarró el culo, lo guio hacia su centro y lo clavó hasta el fondo.

La tomó de nuevo, esta vez cabalgando sobre las olas de su exquisito orgasmo.

Lani nunca había sentido nada parecido. Respondía a sus embestidas con las suyas, deseándolo tan profundo que no podía recordar dónde terminaba ella y empezaba él.

Cuando él se corrió esta vez, su cuerpo se estremeció dentro del de ella, cada uno de sus músculos tan tenso que parecían bandas de acero.

Luego se dejó caer sobre ella, la hizo girar para ponerla de costado y la abrazó sin romper su íntima conexión.

Lani yacía en sus brazos, agotada pero plena, con una sonrisa curvándole los labios mientras se dejaba llevar por el sueño.

—Te quiero —susurró en sueños.

Zach permaneció tumbado mucho tiempo, sosteniendo a Lani en sus brazos, atesorando el momento, memorizando cada curva de su delicioso cuerpo. De algún modo, había sabido que con Lani sería bueno. Jamás, ni en sus sueños más locos, podría haber imaginado hasta qué punto.

Aquella mujer era tan apasionada haciendo el amor como lo era con todo lo demás en su vida.

Mientras se quedaba dormida, había murmurado tres palabras que lo habían sacudido hasta la médula.

Te quiero.

Sacudió la cabeza, incluso mientras la sostenía en brazos.

Estaba dormida cuando dijo esas palabras. Habían sido parte de un sueño, no de la realidad.

Las palabras lo habían bañado como mantequilla derretida sobre tortitas, absorbiéndose en cada poro de su piel. Si tan solo lo quisiera de verdad. Qué vida podrían construir juntos.

Imágenes de una casita con una valla de estacas y media docena de niños de pelo oscuro correteando por el jardín surgieron en la cabeza de Zach. Nunca había pensado en sentar la cabeza y formar una familia. Joder, apenas se había acostumbrado a la idea de vivir en Montana de nuevo.

Lani se revolvió contra él, acariciando su pecho con la mejilla.

Le gustaba cómo se sentía, lo cálida que estaba su piel contra la de él. Quería que esa sensación durara.

Mucho, mucho tiempo.

A medida que la temperatura de la habitación bajaba, Zach supo que tendría que soltarla y envolverla en el saco de dormir.

Si se quedaba a su lado mucho más tiempo, se quedaría dormido.

No podía permitir que eso sucediera. No cuando la vida de Lani estaba en juego.

Aquella palabra escrita en el exterior de la casa se había grabado a fuego en la memoria de Zach.

No podía permitir que le pasara nada a esa mujer.

Rápidamente, se había abierto paso hasta su corazón, y él no estaba dispuesto a dejarla marchar.

Excepto para envolverla en la calidez del saco de dormir, cosa que hizo, con cuidado de no despertarla.

Se levantó, se vistió y comprobó la pistola de su cartuchera. Su mirada volvió a la mujer que yacía entre los pliegues del saco de dormir. Se había puesto boca arriba, y el borde del saco se había deslizado, dejando al descubierto un pecho lleno y delicioso.

Con la entrepierna tensándosele, Zach se inclinó para cubrirle el pecho. Tenía que estar ojo avizor. Si alguien iba a atacar, sería en plena noche, después de que ambos se durmieran.

Zach dejó a Lani en el salón e hizo una inspección superficial de las demás habitaciones, probando las cerraduras de las ventanas. De vuelta al salón, comprobó la cerradura de la puerta trasera y salió de la casa por la delantera.

Consultó su reloj. A pesar del deseo de Lani de hacer el segundo turno, Zach la había dejado dormir.

Eran casi las cinco de la madrugada. El sol saldría pronto y comenzaría otro día.

Otro día persiguiendo pistas. ¿Por qué no podían tener un golpe de suerte con este tío?

¿Quién se la tenía jurada a Tyler, a Ben y, ahora, a Lani?

Zach dio una vuelta completa a la casa, buscando movimiento en la línea de árboles o en el camino que conducía a la casa.

Aparte de un gato callejero acechando en el bosque, nada se movía.

Las nubes avanzaron, bloqueando la luz de las estrellas, haciendo la oscuridad aún más completa; la única luz ahora provenía de la única bombilla encendida sobre el porche delantero.

Subió los escalones y justo cuando iba a coger el pomo, la puerta se abrió y apareció Lani, vestida solo con una camiseta, con sus largas piernas desnudas bajo la luz que brillaba sobre ella.

Se apartó el pelo de la cara y lo miró fijamente.

—Se suponía que tenías que despertarme.

Al levantar el brazo para echarse el pelo hacia atrás, el bajo de la camiseta subió, dejando al descubierto los rizos sobre su sexo.

Zach reprimió un gemido.

—Cariño, vuelve a la cama. Me estás volviendo loco.

Ella le pasó un brazo por encima del hombro.

—Ven conmigo.

—Alguien tiene que vigilar por si hay peligro.

—Parece que hemos pasado la noche. ¿Qué más podría pasar de aquí al amanecer?

La hizo retroceder hacia el interior de la casa, cerrando la puerta de una patada.

—Te diré lo que podría pasar…