CAPÍTULO 18
Puertas cerradas en noviembre
La habitación de Rhett en el ala oeste del rancho tenía la ventana que daba al sur y la cama que era demasiado pequeña para alguien de su altura, y esa noche de noviembre con la lluvia en el tejado y el calor de la estufa llegando desde el pasillo era exactamente lo que era: un sitio pequeño y caliente en el que estaban los dos.
Rhett no era un hombre que dijera muchas cosas en voz alta que pudiera decir de otra manera, y esa noche tampoco hizo una excepción.
Pero lo que no dijo con palabras lo dijo de sobra con las manos y con esa paciencia suya que no era pasividad sino la atención completa de alguien que no quiere perderse nada.
Nora lo sabía. Llevaba suficiente tiempo conociéndolo para leer lo que no decía, y lo que no decía esa noche era más de lo que había dicho en siete años juntos con palabras.
Le puso la mano en la mandíbula y lo miró antes de cerrar los ojos, y lo que vio fue lo mismo que había visto en el restaurante de los Patterson en abril y en el hospital de Duluth en agosto y en el borde del prado en octubre: un hombre que estaba exactamente donde quería estar y no tenía intención de moverse.
—Rhett —dijo, en algún momento.
—Aquí —dijo él, que era la única respuesta que tenía y era suficiente.
Por la mañana la lluvia había parado, como Bram había dicho, y la ventana del sur tenía esa luz gris y limpia de los días de noviembre después de la tormenta.
Rhett estaba despierto. Nora lo supo porque tenía el brazo diferente, el de quien está despierto y quieto a propósito.
—¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó.
—Un rato.
—¿Por qué no te levantaste?
—Porque no quería.
Nora abrió los ojos. El techo de la habitación era de madera de pino sin pintar, oscurecida por los años.
—El rancho se despierta a las cinco —dijo.
—Son las seis y cuarto. Ya me retrasé.
—¿Y no te importa?
—Hoy no.
Nora se incorporó. Por la ventana del sur los pastos estaban cubiertos de la escarcha de la primera noche fría real, brillando con la luz que acababa de empezar.
—Es precioso —dijo.
Rhett se incorporó a su lado.
—Todos los otoños lo es.
—¿Y nunca te cansas de verlo?
—Nunca. —La miró—. Las cosas buenas no cansan.
Nora lo miró de lado.
—¿Eso incluye a las personas?
—Eso incluye sobre todo a las personas.
Se levantaron. Rhett fue al rancho. Nora se quedó en la cocina de la casa principal con Bram, que estaba haciendo el café de las seis y media con la indiferencia estudiada de quien da por hecho que hay más gente en su cocina de lo habitual y no necesita que nadie se lo explique.
—¿Huevos? —preguntó Bram.
—Si hay.
—Siempre hay.
Comieron los dos solos, con la radio baja y el rancho despertándose afuera.
Bram no preguntó nada. Nora no explicó nada.
Pero cuando Rhett volvió del primer turno a las ocho y se sentó a la mesa y Bram le sirvió el café sin preguntar si quería, los tres estuvieron en esa cocina con el confort de las cosas que ya son normales aunque sean nuevas.
—¿Se queda a comer? —preguntó Bram a Nora.
—Tengo turno a las dos.
—Eso es un sí hasta la una y media.
Nora lo miró.
—Sí, entonces.
Bram asintió y siguió con el café.
Lucas apareció a las ocho y veinte, vio a Nora en la mesa, dijo «bien» con la economía de quien ya no necesita más palabras para decir lo que quiere decir, y se sirvió el café.
Rhett lo miró.
—Lucas.
—¿Qué?
—Nada.
—Solo he dicho «bien».
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Y nada. —Rhett bebió el café—. Gracias.
Lucas lo miró.
—¿Me estás dando las gracias por decir «bien»?
—Por lo de las flores. En abril. —Rhett no lo miró—. Y por lo de antes.
Lucas guardó silencio un momento.
—No hice nada.
—Dijiste lo que había que decir.
—Cualquiera lo habría dicho.
—No cualquiera. —Rhett lo miró—. Tú sí.
Lucas asintió, bebió el café y miró por la ventana del sur con una expresión que era mucho más tranquila que la que había tenido cuando llegó al pueblo dieciocho meses antes.
Nora los observó a los dos en silencio y pensó que los hombres del rancho Kellerman tenían maneras de decirse las cosas que no se parecían a las maneras del resto del mundo, pero que funcionaban.