¿Quieres seguir volando conmigo? Epílogo
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Epílogo

Dieciocho años después…

Mary

—Mamá.

—Dime, cariño.

—¿Estás lista?

—Sí, solo me falta coger la cámara. ¿Tú vas a llevar la tuya?

—Mamá… —dijo haciéndome reír al verla poner los ojos en blanco—. Eso ni se pregunta. Hoy es un día importantísimo; hay que dejarlo todo inmortalizado para el recuerdo.

Me eché a reír mientras asentía porque mi hija Aurora tenía toda la razón del mundo. Aquel día era muy importante para nuestra familia y también muy emocionante.

Me puse la bandolera, sí, esa seguía formando parte de mi atuendo, me colgué la cámara al cuello y le di la mano a mi hija.

Juntas bajamos a la planta de abajo de la casa, donde nos esperaban el resto de los miembros de nuestra familia.

Bueno, solo los de la mía y de Nash, a los demás los veríamos en un ratito.

Nada más entrar en la cocina, donde el bullicio de las conversaciones llenaba el espacio, no pude hacer otra cosa que sonreír al ver a todos los que estaban allí dentro y repasarlos con la mirada.

Mi hijo mayor, Zany, ya tenía dieciocho años y, si su padre era guapo, él, como le dije a Nash aquel día ya tan lejano en el que descubrió que iba a ser padre, era guapísimo.

Se le veía nervioso, aunque intentaba disimularlo bromeando con Nash, que estaba justo a su lado, pero yo lo conocía bien y sabía perfectamente que lo estaba.

Como nos prometimos Nash y yo aquel día en el hidroavión, con el paso de los años habíamos ido cumpliendo los sueños que nos prometimos de niños, y uno de ellos era tener al menos cuatro hijos.

Eso lo habíamos cumplido. Bueno, nos habíamos pasado por uno, pero estábamos muy felices con ello.

Un año y medio después de nacer Zany volví a quedarme embarazada y, en esa ocasión, como predijo Nash, tuvimos una niña, la que estaba justo a mi lado agarrada de mi mano.

Aurora, nombre que le pusimos por mi madre, tenía ya dieciséis años y era, como también dijo su padre, una completa enamorada de la fotografía. Diría que incluso más que yo, porque hasta dormía con su cámara.

Según ella, nunca se sabía dónde estaba la foto perfecta y lo mejor era no separarse nunca de la cámara.

Giré un poco la cabeza y vi a mis otros tres hijos sentados alrededor de la mesa de la cocina, riéndose.

Dexter, de quince años, era un auténtico calco de su padre en todo.

A su derecha estaban nuestros últimos hijos, los que llegaron a la vez para cerrar nuestra familia.

Denali y James eran mellizos, tenían trece años y eran los revolucionarios de la familia.

No es que fueran malos, pero sí los más bromistas, ruidosos y liantes de todos.

Un calorcito maravilloso me apretó por dentro al verlos.

Yo, que había pasado años dando tumbos por el mundo siendo una trotamundos, como decía mi amigo Zane, nunca imaginé que acabaría formando una familia tan maravillosa con el hombre de mi vida, al que llevaba amando desde que era una niña.

Ninguno se había dado cuenta de que Aurora y yo habíamos llegado a la cocina, pero, cuando ella carraspeó, todos giraron la cabeza.

La sonrisa de Nash al verme se hizo más amplia y, sin perder el tiempo, se levantó de su taburete y vino hasta mí.

—Amor, ¿ya estás? —preguntó antes de cogerme por la cintura para besarme.

—Puag… Ya están los pegajosos con sus besitos.

Nash, al oír a James protestar por nuestras muestras de cariño, que eran constantes y no habían perdido fuerza desde que nos reencontramos, se separó de mis labios y sonrió contra ellos.

—¿Somos unos pegajosos?

—Y yo encantada de que lo seamos.

—¿Nos vamos? Seguro que los demás ya están allí esperándonos —nos preguntó Dexter.

—Sí, vámonos antes de que Zany vomite, se cague encima o le dé un chungo.

—James, deja de decir bobadas. Estoy bien.

No, no lo estaba. Estaba nervioso y, al cruzar la mirada con Nash, supe que él pensaba lo mismo.

—Tranquila, lo hará muy bien —me susurró al oído antes de dejarme un suave beso en los labios.

—Lo sé. Lo lleva en la sangre y, además, ha tenido el mejor maestro, así que estoy muy tranquila y deseando verlo en acción.

Nash asintió sonriendo.

—Chicos, vámonos.

Todos juntos salimos de casa y nos montamos en el coche para ir al lugar donde nos esperaba el resto de nuestra familia.

Supongo que ya lo habéis imaginado, pero, por si acaso, os aclaro adónde íbamos y el motivo.

Como predijeron Winter, mi marido y mis amigos —y no solo por llevarle la contraria a Zane, que todavía seguía mosqueado por no haberse salido con la suya—, Zany había querido ser piloto como su padre desde… creo que desde que llevaba pañales.

Todos nos dimos cuenta muy pronto de que aquello era lo que acabaría pasando, en cuanto su padre y yo lo montamos en un hidroavión por primera vez cuando tenía un año.

Sentado en mi regazo, se pasó lo que duró el vuelo mirándolo todo maravillado, aplaudiendo, e incluso lloró muchísimo cuando nos bajamos, así que desde aquel momento supimos que volaría tanto o más que su padre.

Y hoy era el día en el que haría su primer vuelo con su licencia de piloto y nos llevaría a toda la familia a sobrevolar los cielos de Alaska para celebrarlo.

Al bajarnos del coche, la mirada se me fue sola hacia el embarcadero, ese en el que seguían estando todos los hidroaviones de la empresa de mi marido y que en esos momentos estaba lleno de gente.

Mientras caminábamos hacia allí, a mi mente llegaron muchos recuerdos de cómo habíamos llegado a convertirnos en la gran familia que éramos.

El primero fue el de aquel día, dieciocho años atrás, cuando Nash y yo bajamos de su hidroavión juntos, de la mano, una mano que ninguno de los dos había soltado desde entonces.

Cuando todos nos vieron llegar agarrados a la empresa, solo les faltó tirar confeti para celebrar nuestra reconciliación.

A partir de aquel día Nash y yo no nos habíamos separado. Lo de ir a vivir juntos tardó un poquito más. Durante los primeros meses después de mi vuelta me quedé en casa de Winter, pero no sola porque él también lo hizo.

El motivo era que ninguno de los dos queríamos vivir en la misma casa en la que él lo había hecho con Sadie, así que nos quedamos con mi cuñada hasta encontrar una que nos gustara a los dos.

No tuvimos ningún problema para comprarla.

Nash vendió la suya y, con ese dinero y parte de mis ahorros, que como sabéis eran muchos, compramos una casa grande con intención de llenarla de niños, como finalmente había ocurrido.

Sadie, cuando se enteró de mi vuelta, puso el grito en el cielo y tuvo la poca vergüenza de ir a recriminarle muchas cosas a Nash, entre ellas llamarlo… prefiero no repetir cómo, por haberme querido toda la vida y haberla engañado.

Nunca había visto a Nash tan enfadado y furioso como aquel día y, si ella le dijo muchas cosas, él tampoco se quedó atrás. Desde entonces no habíamos vuelto a saber nada de ella, salvo que unos meses después se marchó de Alaska para no volver.

Zane siguió en Seattle dos años más después de que yo regresara a Juneau, pero, sorprendiéndonos a todos, durante una de esas visitas que venía a hacernos muy a menudo, apareció no solo con una maleta, sino con todas sus cosas, y nos dijo:

—Aquí me quedo, donde está mi familia.

Y así lo hizo. Buscó una casa y, meses después, montó una empresa de fotografía como la que tenía en Seattle, en la que yo seguía trabajando con él incluso en la actualidad.

También encontró el amor en uno de los fotógrafos que contrató, Connor, con quien llevaba ya diez años. Era maravilloso verlos juntos porque eran amor en estado puro.

Winter, después de su chasco con Robert, como ya sabéis, empezó una relación con Henry que fue cociéndose a fuego lento y acabó como tenía que acabar. Se casaron cinco años después de empezar y tenían un hijo de doce años al que llamaron Richard, Richy para todos.

Brenna, por su parte, había dejado muy atrás aquella adolescencia rebelde que tantos quebraderos de cabeza nos dio.

Terminó su carrera y, con el tiempo, acabó trabajando también en la empresa familiar, donde se había convertido en una pieza más de aquel pequeño mundo que habíamos construido entre todos.

Los que también seguían juntos, y era imposible que fuera de otra manera, eran Owen y Aria. Ellos no se habían casado porque se consideraban un matrimonio desde que eran niños, así que no necesitaban ningún papel.

Tenían dos hijos, de dieciséis y quince años: una niña a la que llamaron Yura y un chico al que pusieron Adriel. Los dos eran inseparables de mis hijos, sus primos, porque así se consideraban todos.

Al pensar en su no boda, inmediatamente me vino a la cabeza la mía y, solo con recordar cómo Nash me pidió que me casara con él, seguía emocionándome.

Después de nacer Zany, en cuanto me recuperé, me pidió que lo acompañara a volar, por supuesto. Lo hice sin saber lo que tenía preparado.

A los diez minutos, cuando ya habíamos alcanzado suficiente altura, descendió para volar más bajo y que pudiera ver lo que había escrito con letras enormes sobre una gran extensión de nieve bajo el glaciar.

Había una frase que nunca olvidaría:

¿Quieres seguir volando conmigo siendo mi mujer?

Allí, en el aire y entre lágrimas, le dije que sí. Claro que le dije que sí. Y solo tres meses después nos casamos.

Fue una boda preciosa e íntima, justo como queríamos que fuera.

—Mary Kate —me saludó mi suegra al llegar a su lado, sacándome de mi ensimismamiento con el pasado.

Me hacía gracia que, entre todos los que éramos, no todos me llamaban de la misma manera.

Mis suegros y algunas personas de la ciudad que me recordaban de cuando era niña me llamaban Mary Kate.

Owen, Winter, Aria y, por supuesto, Nash me llamaban Mary.

Zane, alegando que él me llamaba como me había conocido y también por llevarle la contraria a Nash, con quien mantenía un pique constante, aunque cariñoso porque habían acabado adorándose el uno al otro, me llamaba Kate.

Y así era yo: Mary, Kate y Mary Kate. Tres nombres diferentes y, en realidad, me gustaba porque, según qué parte de mi vida miraras, había sido todas ellas.

Nos saludamos entre todos y fuimos subiendo al hidroavión.

—Zany, espero que tu padre haya sido buen profesor. Aunque te repito que yo habría sido mejor y, en vez de llevarnos volando, habría hecho las mejores fotos.

Zane le dijo aquello a mi hijo para hacer la gracia porque, como todos, estaba encantado de verlo cumplir su sueño, igual que había hecho su padre.

—Tío Zane, yo las haré —dijo Denali levantando su cámara.

—Menos mal que al menos la niña nos salió sensata.

La carcajada fue general justo antes de que Zany, después de que todos nos abrocháramos los cinturones, pusiera en marcha el motor.

—Cariño, no estés nervioso. Lo harás genial, naciste para esto.

—Gracias, mamá. Y gracias a ti también, papá, por enseñarme a amar volar.

—No hay nada que agradecer. Y ahora dale, llévanos a las nubes.

Zany asintió y puso su cara de concentración y emoción, esa que era exactamente la misma que ponía su padre cada vez que volaba y que yo había visto cientos de veces durante los últimos años.

Porque sí, Nash y yo habíamos seguido volando juntos todas las semanas sin falta, al menos dos o tres veces.

Nash, que estaba sentado a mi lado sin quitar la vista de nuestro hijo mientras alzaba el vuelo, buscó mi mano y, cuando la encontró, vi cómo sonreía.

Giró la cabeza para mirarme y yo apoyé la mía en su hombro antes de suspirar.

—Otro vuelo más.

—Juntos.

—Siempre juntos.

—Te amo, Nash.

—Yo también te amo y doy gracias cada día al cielo por haber vuelto a volar junto a mí.