Capítulo 22
Nash
No sabría decir cuántos minutos pasé sentado dentro del hidroavión pensando en lo que acababa de descubrir.
Puede que fueran veinte, cuarenta o incluso una hora, porque perdí por completo la noción del tiempo mientras intentaba asimilar aquella verdad que me había caído encima como un jarro de agua fría.
Durante todo ese rato repasé cada gesto, cada conversación y todas aquellas veces en las que Kate había esquivado mis preguntas sobre su pasado.
Cerré los ojos y reconstruí su cara en mi cabeza, fijándome mentalmente en sus rasgos y en esas pequeñas cosas que todos hacemos por instinto sin darnos cuenta, hasta que terminé sintiéndome como un completo estúpido por haber tenido la verdad delante durante dos meses sin ser capaz de verla.
Lo primero en lo que pensé fueron sus ojos, esos que en otro tiempo no podía mirar sin sentir que el estómago me daba un vuelco.
Seguían siendo los mismos, del mismo color y con aquella forma ligeramente rasgada que recordaba perfectamente, y aun así yo no los había reconocido.
Después aparecieron otros detalles, como la pequeña cicatriz que tenía encima de la ceja derecha, ahora casi imperceptible por el paso de los años, pero que yo sabía perfectamente cómo se había hecho porque estaba allí cuando se cayó de la bicicleta con seis años.
También estaba la forma en la que tamborileaba los dedos contra la ropa cuando se ponía nerviosa o cómo se mordía el labio cuando estaba concentrada pensando en algo.
Y luego estaban los hidroaviones, porque ¿cómo coño no había relacionado antes la facilidad con la que subía, se colocaba el cinturón o ajustaba los cascos sin necesidad de mirar?
¿Cómo no me había llamado todavía más la atención lo cómoda que se sentía en el aire y la forma en la que disfrutaba estando entre las nubes?
Claro que sabía hacer todas aquellas cosas porque durante años las habíamos hecho juntos.
Habíamos compartido excursiones en hidroavión varias veces al mes y también todas aquellas noches en las que nos escapábamos para ir al embarcadero y sentarnos dentro de alguno siempre que podíamos hacerlo sin que nadie nos pillara.
Yo le había enseñado muchas de esas cosas y, con el tiempo, para ella estar en el aire había terminado siendo casi tan especial y necesario como lo era para mí.
Apreté los puños, enfadado conmigo mismo y también con ella, y solté de golpe el aire que parecía llevar demasiado tiempo atrapado en mis pulmones antes de obligarme por fin a bajar.
Salí del embarcadero con pasos fuertes y todo el cuerpo en tensión mientras me dirigía hacia el edificio de la empresa.
Sabía que allí estaban Winter, Owen y Aria y necesitaba hablar con ellos porque, si aquello era cierto, quería saber hasta qué punto los demás habían estado al tanto.
Sally me saludó cuando entré en recepción y yo apenas conseguí responder con un movimiento de cabeza antes de subir directamente hacia los despachos. Abrí la puerta del de Winter y allí estaban los tres, sentados en silencio y mirándome como si llevaran un rato esperando mi llegada.
No sabía cuánto conocían de lo que acababa de pasar. Kate podía haber hablado con ellos; quizá la habían visto marcharse corriendo o simplemente habían observado que yo llevaba demasiado tiempo metido solo en el hidroavión. No tenía ni idea, pero sus caras no me gustaron nada.
—Nash… —dijo mi hermana con preocupación.
—No sé si me he vuelto loco, si estoy viendo cosas que no existen o qué coño está pasando.
Los tres intercambiaron una mirada y no hizo falta que dijeran nada. Solo con aquello me bastó para comprender que sabían perfectamente de qué estaba hablando.
—Lo sabéis —murmuré apretando los dientes.
Volvieron a mirarse antes de asentir y durante unos segundos no fui capaz de decir nada porque la pregunta que más necesitaba responderse acababa de golpearme con toda su fuerza.
—¿Desde cuándo? —pregunté con un tono mucho más alto de lo necesario.
—Nash, tranquilízate, ¿vale? —intentó intervenir Owen.
—No me jodas, Owen. No me pidas que esté tranquilo cuando hace menos de una hora he besado a un puto fantasma.
—¿Has besado a Kate? —preguntó Winter, y durante un segundo se le escapó una sonrisa.
—Borra esa sonrisa porque a mí no me hace ninguna gracia. No estoy precisamente feliz después de descubrir a quién acabo de besar. Joder, me siento asqueado.
La expresión de mi hermana cambió inmediatamente.
—¿Eso es lo que has sentido al besarla? ¿Asco? —preguntó Aria.
—Lo que haya sentido mientras la besaba es lo de menos. El asco ha venido después, cuando me he dado cuenta de quién era y de que llevaba dos meses sin decirme la verdad.
—Pues ya has tardado —murmuró Owen.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Qué has dicho?
—Que ya has tardado en darte cuenta de que era Mary, joder. Dos putos meses, Nash.
Escuchar aquel nombre hizo que toda la mala hostia que me recorría el cuerpo subiera otro nivel.
—Así que, por lo visto, soy el último gilipollas en enterarse. Vuelvo a preguntarlo: ¿desde cuándo lo sabéis?
—Nash, escucha… —dijo Winter mientras intentaba acercarse.
Di un paso atrás.
—¡¿Desde cuándo?!
Mi hermana respiró hondo antes de responder.
—Desde el primer día. Desde que entró por esa puerta para contratar los vuelos. Owen y yo estábamos aquí y, en cuanto la vimos, supimos que era ella. Kate se quedó tan sorprendida al encontrarnos como nosotros al verla.
Me llevé ambas manos a la cabeza.
—No me lo puedo creer. ¿Lleváis dos putos meses callándoos esto? ¿Por qué coño no me dijisteis nada?
—Porque no nos correspondía a nosotros hacerlo —respondió Winter—. Pensamos que te darías cuenta durante los primeros días.
—Sois mi familia, hostias. Claro que os correspondía decírmelo. ¿No entendéis que, si lo hubiera sabido…?
Owen me interrumpió.
—¿Qué habrías hecho? ¿La habrías echado? ¿Te habrías negado a volar con ella? ¿No habrías querido conocerla ni hablar con ella?
—Probablemente sí. No quiero saber nada de ella, igual que ella no quiso saber nada de mí.
Aria negó lentamente con la cabeza.
—Nash, hay muchas cosas que no sabes.
—Ni quiero saberlas. Me ha engañado, se ha hecho pasar por otra persona y ni siquiera utiliza su puto nombre.
—Hay una razón para todo.
—Pues me da igual. La quiero lejos de mí.
Owen soltó el aire con frustración.
—Cálmate y piensa un poco las cosas.
Winter y Aria asintieron, pero yo estaba demasiado dolido no solo con Mary, Kate o como coño quisiera llamarse ahora, sino también con todos ellos por haberme ocultado aquello durante tanto tiempo.
—¿Que piense las cosas? No tengo nada que pensar.
—Claro que lo tienes —insistió Owen—. ¿Te has preguntado cómo pudo sentirse ella cuando abrió la puerta de su casa y vio que no la reconocías? ¿O cómo se ha sentido después, pasando dos meses a tu lado mientras tú seguías sin darte cuenta?
—Me da igual.
—No puede darte igual, Nash. Tú no viste su cara aquella mañana, pero nosotros sí sabemos cómo estaba después. Tampoco tienes ni idea de lo que ha tenido que sentir durante todo este tiempo.
—Pues que me lo hubiera dicho, joder. Está muy cambiada.
—No tanto —respondió Winter—. El problema es que tú tenías demasiado grabada en la cabeza la imagen de la Mary de dieciséis años y no fuiste capaz de mirar más allá.
»Claro que ha cambiado, como todos nosotros, pero seguía estando ahí en sus ojos, en sus gestos, en su manera de mirarte y en un montón de cosas que nosotros reconocimos nada más verla.
Me pasé ambas manos por el pelo varias veces, cada vez más desesperado.
—¿De verdad no vas a hacer nada? —preguntó mi hermana, esta vez con la voz algo quebrada—. ¿No vas a ir a hablar con ella? Ha salido corriendo de aquí llorando y no hemos conseguido ni detenerla porque no quería escucharnos.
Saber que se había marchado llorando me encogió el corazón.
Ya lo imaginaba porque, antes de que cerrara la puerta del hidroavión, había visto perfectamente las lágrimas acumuladas en sus ojos, pero seguía tan cegado por la sensación de engaño, o más bien por aquella enorme omisión de la verdad, que en ese momento no quería pensar en cómo se sentía ella.
Solo era capaz de pensar en cómo me sentía yo.
—No tengo nada que hablar con ella —dije, completamente obcecado.
—¿Ni siquiera quieres una explicación? —preguntó Owen.
Solté una risa seca.
—¿Una explicación? No. Eso era lo que quería hace quince años. Esperé durante días, meses e incluso años a que llegara una puta explicación de por qué se había marchado sin mirar atrás. La esperé como un gilipollas enamorado y nunca llegó.
Tuve que detenerme un momento para coger aire porque estaba tan alterado que empezaba incluso a faltarme.
—Así que no, ya no quiero ninguna explicación. Llega quince años tarde.
—Nash, si no hablas con ella y no permites que te cuente cómo fueron realmente las cosas, se marchará y volverás a perderla. ¿Eso es lo que quieres?
—No puedes perder a alguien que no tienes. Si se va, me da igual.
Winter negó con la cabeza.
—Eso es tu enfado hablando, no tú. Yo sé que te has vuelto a enamorar de ella o quizá ni siquiera sea eso. Puede que nunca dejaras de hacerlo y que tu corazón la haya reconocido mucho antes que tu cabeza.
Volví a soltar una risa amarga.
—Winter, deja esas mierdas filosóficas para otro. Dejé de querer a Mary hace muchos años y no estoy enamorado de Kate.
Mentí porque en aquel momento no estaba dispuesto a quedar todavía más como un gilipollas delante de todos.
Owen me observó con una seriedad que pocas veces había visto en él.
—Repítetelo mil veces más y quizá termines creyéndotelo. Todos hemos visto cómo la miras, Nash. No la dejes marchar porque, si lo haces, vas a arrepentirte.
—No lo haré. La superé hace quince años cuando era un crío y ahora volveré a hacerlo.
—No la superaste entonces y tampoco podrás hacerlo ahora —respondió Owen—. Todos lo sabemos. Por eso nunca te enamoraste de Sadie ni de ninguna otra mujer de verdad, porque una parte de ti seguía anclada a Mary.
—Sí podré.
Winter se acercó otra vez, esta vez con más cuidado.
—Nash, no lo hagas. Habla con ella, por favor. Solo una vez, aunque sea para cerrar todo esto definitivamente. Hazlo para arreglarlo o para terminar de romperlo, pero hacedlo hablando. Os debéis esa conversación desde hace quince años.
En eso mi hermana sí tenía razón y, aunque solo fuera para decirle cuánto me había dolido descubrir la verdad de aquella manera y que no quería volver a verla, necesitaba enfrentarme a ella.
También quería saber por qué había decidido ocultarme quién era durante dos meses, porque aquella era la pregunta que más me martilleaba la cabeza y una parte de mí empezaba a pensar que, si había callado tanto tiempo, quizá fuera porque tenía algo que esconder.
No les prometí que iría a verla. Solo dije que lo pensaría antes de salir del despacho y marcharme a casa, de donde no volví a salir durante los tres días siguientes.