¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 20
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Capítulo 20

Kate

Abrí los ojos aquella mañana con bastante esfuerzo porque apenas había dormido tres horas.

La tarde anterior, nada más llegar a casa, me había dado una ducha, preparado una cena ligera y sentado en el sofá con la cámara y el portátil para descargar todas las fotografías que había hecho durante la semana, que no eran precisamente pocas.

Tenía auténticas maravillas entre ellas, imágenes preciosas que servirían no solo para la guía, sino también para la exposición que sabía que Zane organizaría en cuanto se las enseñara y, por supuesto, para mi colección personal.

Esa que guardaba únicamente para recordar los momentos especiales que había vivido mientras, a través de mi cámara, veía cosas en las que la mayoría de la gente ni siquiera se detenía.

Y menuda colección estaba reuniendo en Juneau porque, durante los dos meses que llevaba allí, había hecho muchas más fotografías que en otros lugares en los que había permanecido el doble de tiempo.

Aunque tampoco podía decir que aquellas semanas hubieran consistido únicamente en trabajar. También había hecho cosas que no solía hacer en ningún otro sitio, y la mayoría tenían un nombre bastante concreto: Nash.

Habíamos pasado horas y horas volando juntos.

Sí, él me llevaba de un lugar a otro para que pudiera hacer mi trabajo, pero todo lo que habíamos hablado, las risas, los momentos de silencio mientras yo esperaba la fotografía perfecta y todo lo que compartíamos entre un vuelo y otro ya no formaban parte de ningún encargo, sino que se habían convertido en una amistad.

Por su parte, claro, porque yo hacía tiempo que había dejado de engañarme respecto a lo que sentía.

No podía decir que viera a Nash únicamente como un amigo.

En realidad, me bastaron unos pocos días desde nuestro reencuentro para comprender que mis sentimientos por él no habían desaparecido ni cambiado durante aquellos quince años.

Seguía enamorada exactamente del mismo hombre, aunque ya no fuéramos los adolescentes que habíamos sido.

El problema era que él seguía sin recordarme y, para Nash yo continuaba siendo Kate y, con cada día que pasaba sin que reconociera en mí a Mary, algo se hundía un poco más dentro de mi pecho.

Al principio creí que solo sería cuestión de tiempo. Pensé que, después de pasar tantas horas juntos, algún gesto, una palabra o cualquiera de aquellas cosas que compartimos de adolescentes acabarían encajando en su cabeza, pero habían pasado dos meses y nada de eso había ocurrido.

Lo que sí había percibido, porque tonta no era y él tampoco se esforzaba demasiado en disimularlo, era que se sentía atraído por mí.

Habíamos estado a punto de besarnos varias veces, de cruzar esa línea que cada día parecía volverse más fina, aunque siempre terminaba ocurriendo algo que nos interrumpía o éramos nosotros mismos quienes, cobardemente, retrocedíamos antes de hacerlo.

Durante aquellos dos meses también habíamos hablado muchísimo.

Nash me contó cómo había conseguido cumplir su sueño de volar y hasta cómo había llorado el día que pilotó por primera vez un hidroavión.

Me habló de la creación de su empresa, de todo el esfuerzo que había necesitado para sacarla adelante y también de Sadie, de cómo había sido su relación y de lo difícil que se lo estaba poniendo desde que habían roto, acosándolo prácticamente a todas horas con llamadas y mensajes.

Me contó muchas cosas sobre su infancia y su adolescencia y, precisamente por eso, me dolió todavía más comprobar que podía hablar de Owen, de Aria, de Winter, de otros amigos e incluso de Brenna cuando era un bebé, pero ni una sola vez pronunciaba el nombre de Mary ni hacía referencia a aquella parte de su pasado en la que yo había estado.

Aquello terminó haciéndome pensar que, después de mi marcha, había decidido borrarme por completo de su vida y que, al parecer, lo había conseguido, porque durante todas nuestras conversaciones no hizo ni la más mínima alusión a mí.

Por mi parte, le hablé de mis viajes, de mi trabajo y de muchas de las cosas que había visto durante aquellos años. También le conté muchísimo sobre Zane, pero de los primeros dieciocho años de mi vida no dije prácticamente nada.

Cuando me preguntó por mi familia, me limité a explicarle que mis padres habían muerto y que no tenía a nadie más. Al principio intentó saber alguna cosa sobre mi infancia, pero cuando vio que respondía con evasivas dejó de insistir.

Y yo empezaba a estar harta de guardar un secreto que sabía que, tarde o temprano, terminaría explotándome en la cara y, después de una larga conversación con Winter, que estaba de acuerdo conmigo en que había llegado el momento de contarle la verdad aunque existiera la posibilidad de que Nash se enfadara tanto que nuestra amistad, o lo que fuera que estábamos construyendo, acabara rompiéndose, había tomado una decisión: iba a decírselo.

Nash no se merecía seguir siendo la única persona que ignorara que Kate era Mary, aquella chica que había formado parte de su vida durante tantos años.

Además, ya no era solo yo quien le estaba ocultando la verdad; Winter, Owen y Aria también lo hacían por petición mía y aquello tampoco era justo para ellos.

Durante esos dos meses mi relación no se había estrechado únicamente con Nash. Con los demás había ocurrido lo mismo, aunque en menor medida porque los veía con mucha menos frecuencia.

Con Winter había quedado varias veces, siempre en mi casa y a espaldas de su hermano, por supuesto. Normalmente venía los domingos, su día libre en la empresa, y pasábamos juntas desde media mañana hasta bien entrada la tarde.

Nos habíamos reído muchísimo, le había enseñado fotografías de lugares increíbles y, sobre todo, habíamos hablado durante horas sobre su vida y la mía.

Me contó qué había hecho desde que me marché, lo que estudió y cómo acabó trabajando en la empresa de Nash.

También me habló de su relación con Robert, de cómo había terminado, de lo mal que lo pasó después y de la ayuda que había recibido de su familia, Owen y Aria, hasta conseguir superarlo.

Incluso me confesó que había empezado a salir con uno de los pilotos, aunque ambos habían acordado tomárselo con calma.

Y, como era inevitable, también terminábamos hablando muchas veces de su hermano.

Winter acabó sonsacándome que seguía enamorada de Nash, aunque tampoco tuvo que esforzarse demasiado porque, cuando llegó el momento, fui incapaz de mentirle.

No era que hubiera vuelto a enamorarme de él, sino que nunca había dejado de hacerlo.

Yo también le conté todo lo que había ocurrido en mi vida desde que nos separamos. Absolutamente todo. Confiaba en Winter, siempre lo había hecho, y aquella confianza seguía intacta a pesar de los años.

Con Owen y Aria había ocurrido algo parecido. También habían venido juntos a casa y habíamos pasado varias horas poniéndonos al día, recordando cosas y contándonos todo lo que había sucedido desde que dejamos de vernos.

Pero había otra Sanders con la que mi relación se había estrechado bastante y con la que, en cambio, tenía que ser mucho más cauta: Brenna.

Su petición de volver para ver mis fotografías y escuchar historias sobre mis viajes no había caído en el olvido. Durante aquellos dos meses había venido a casa unas cuantas veces y, como imaginé desde el principio, sus problemas tenían bastante que ver con el amor.

El chico con el que había empezado a salir, un pintas de cuidado, la había engañado con su mejor amiga. Por si aquello fuera poco, el muy caradura pretendía seguir con las dos, lo supieran ellas o no.

Brenna no estaba dispuesta a compartirlo y bien que hacía. Como le expliqué, ese tipo de relaciones existían, por supuesto, pero para que funcionaran tenían que ser deseadas y consentidas por todas las personas implicadas, no una excusa para engañar a nadie.

Después de hablar bastante con ella y enseñarle muchas de las cosas que había conocido viajando por el mundo, conseguí que empezara a mirar su situación desde otra perspectiva y entendiera que ningún tío que no supiera quererla bien merecía que ella se destrozara la vida por él.

Su actitud había cambiado poco a poco y, según Nash, que sí sabía perfectamente que su hermana pasaba tiempo conmigo, Brenna estaba recuperando a la chica cariñosa y tranquila que siempre había sido.

Miré el reloj y comprobé que la mañana se me estaba echando encima.

En una hora había quedado con Nash en el embarcadero para otro de nuestros vuelos, así que, aunque seguía cansada, las ganas de verlo y de compartir con él otro de aquellos momentos que sabía que acabarían guardados en mi memoria fueron suficientes para hacerme salir de la cama.

Una hora después llegué al embarcadero y, como siempre, Nash ya estaba allí, cerrando su hidroavión, ese con el que todas las mañanas necesitaba dar una vuelta antes de empezar la jornada, aunque solo fueran unos minutos.

Había quien necesitaba una ducha fría para despertarse, otros dos cafés antes de empezar a funcionar y Nash necesitaba volar.

Así de sencillo. Si no lo hacía, parecía que le faltaba algo, y más de una vez había escuchado a Winter bromear con que los días en los que el tiempo le impedía salir se pasaba las horas poniendo cara de perrillo abandonado, algo que podía confirmar que era totalmente cierto.

—Buenos días, piloto.

Se volvió hacia mí.

—Buenos días, fotógrafa de la vida.

—¿Has volado en el tuyo? —pregunté señalando el hidroavión.

—Sí. Ha sido un vuelo corto.

—Suficiente.

Frunció el ceño.

—¿Suficiente para qué?

—Para que no te pongas gruñón y me entren ganas de tirarte al agua del glaciar para que se te enfríen las ideas.

—¿Yo, gruñón? Eso no pasa nunca.

—Cuando vuelas, no. Cuando no lo haces pones cara de perrillo con hambre y sueño.

—¿Qué cara es esa?

Arrugué la cara, saqué un poco el labio y puse mi mejor expresión de enfado infantil.

Nash soltó una carcajada.

—Serás tonta. Yo no pongo esa cara.

—No, tienes razón. La tuya es bastante peor.

—Hoy vienes rebelde y muy graciosa. A ver si al final no voy a llevarte a ver maravillas.

—Hay más pilotos —respondí encogiéndome de hombros únicamente para picarlo.

La sonrisa desapareció ligeramente de su cara y dio dos pasos hasta quedar pegado a mí, demasiado cerca para que pudiera ignorar lo que provocaba tenerlo así. Agachó la cabeza y acercó la boca a mi oído.

—Los hay, pero ninguno soy yo.

Tragué saliva.

—No. Ninguno eres tú —murmuré.

Se apartó solo lo necesario para volver a mirarme.

—Vamos. Hoy quiero enseñarte otra cosa bonita.

—¿Otra que tampoco está en la lista?

Asintió sonriendo.

Era cierto que ya habíamos visto prácticamente todos los lugares que había apuntado al llegar, pero Nash también me había llevado a sitios que nunca enseñaban a los turistas.

Rincones únicos y escondidos que él había descubierto mientras volaba, lugares solitarios donde se respiraba una paz increíble y desde los que había conseguido algunas de las mejores fotografías que había hecho en Alaska.

Subimos al hidroavión, nos colocamos los cinturones y los cascos y Nash puso el motor en marcha.

Las dos horas siguientes fueron simplemente espectaculares, como casi todas las que pasábamos juntos. Me llevó hasta un pequeño pueblo en el que apenas vivían una veintena de personas, la mayoría mayores que habían decidido permanecer lejos del bullicio de las ciudades.

Todos conocían a Nash y lo trataban con muchísimo cariño.

Me explicó que algunas veces les llevaba cosas que no podían conseguir allí y que, desde la primera vez que aterrizó en aquel lugar, se había sentido increíblemente cómodo con sus habitantes.

A mí me ocurrió exactamente lo mismo y entendí enseguida por qué volvía allí siempre que podía.

Cuando regresamos al embarcadero, Nash apagó el motor, pero ninguno de los dos pareció tener demasiada prisa por bajar.

A veces, al terminar los vuelos, hacíamos aquello.

Nos quedábamos unos minutos sentados en silencio, asimilando lo que habíamos visto o simplemente disfrutando de todo lo que acabábamos de compartir.

Aquella vez, sin embargo, yo sabía que tenía que romper el silencio.

—Nash…

Se giró ligeramente hacia mí y yo hice lo mismo.

—¿Sí?

—Quiero hablar contigo de algo.

Su expresión cambió al instante y frunció el ceño.

—¿Te vas?

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—¿Te marchas? ¿Has terminado el trabajo y eso es lo que quieres decirme?

—No. Al menos, todavía no.

Pareció relajarse un poco, aunque siguió mirándome con atención.

—Entonces, ¿qué pasa? ¿Necesitas algo?

—Necesito hablar contigo. Te lo acabo de decir.

—Pues habla.

Negué con la cabeza.

—Aquí no.

—¿Por qué?

—Porque este no es el lugar.

—¿Entonces dónde?

Dudé solo un instante.

—En mi casa, esta tarde. Puedes venir a cenar y…

No terminé la frase porque vi cómo sus ojos empezaban a brillar y aquella sonrisa ladeada aparecía en sus labios.

Su cabeza acababa de irse a un sitio bastante distinto del mío y tragué saliva porque ojalá aquella invitación a cenar fuera exactamente por lo que él parecía estar pensando, pero por desgracia no era así.

—Allí estaré. ¿A las nueve te parece bien?

Asentí y Nash sonrió satisfecho.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos, como tantas otras veces nos había ocurrido durante aquellas semanas, pero en esta ocasión él no retrocedió ni esperó a que algo nos interrumpiera. Alargó una mano, la llevó hasta mi nuca y tiró suavemente de mí.

Después de dos meses acercándonos y frenándonos siempre en el último momento, ocurrió por fin lo inevitable: Nash me besó.