¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 18
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Capítulo 18

Nash

Apagué el motor, apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos. Necesitaba quedarme allí unos minutos más y disfrutar de esa sensación especial que siempre aparecía al terminar un vuelo.

Aquel día no había salido por costumbre ni únicamente porque adorara volar, como hacía casi todas las mañanas. Lo había hecho por pura necesidad.

Estaba demasiado estresado o, mejor dicho, Sadie me tenía en ese estado y había necesitado un vuelo más largo de lo habitual para despejarme, desconectar y sentirme libre de preocupaciones mientras atravesaba el cielo entre las nubes.

Hacía ya varios días que habíamos terminado o, más bien, que yo había terminado la relación, porque ella seguía empeñada en no aceptarlo. Según Sadie, se había marchado a casa de sus padres para darme tiempo a pensar, una mentira como una casa.

Desde que había salido por la puerta me tenía el teléfono frito a mensajes y llamadas.

A los primeros respondí pidiéndole que me dejara tranquilo, que aceptara mi decisión y siguiera con su vida, pero cuando llegué aproximadamente al décimo dejé de contestar.

Tampoco había vuelto a cogerle ninguna llamada.

¿Había servido aquello para que parara?

Ni de coña.

Mi silencio solo había conseguido que aumentara todavía más el número de mensajes y llamadas hasta llegar a un punto que empezaba a rozar peligrosamente el acoso.

Abrí los ojos y resoplé antes de bajarme del hidroavión. Lo cerré, le dediqué una última mirada y me dirigí hacia el edificio de la empresa sabiendo que, si las cosas seguían así, iba a necesitar pasar cada vez más horas en el aire para conseguir algo de tranquilidad.

Al entrar en recepción encontré a Aria explicándole a Sally, la chica que habíamos contratado para sustituirla, cómo funcionaban las cosas.

Las observé unos segundos desde la puerta y sonreí satisfecho.

Sally parecía bastante espabilada y estaba aprendiendo rápido, lo que significaba que probablemente al día siguiente podría quedarse sola en recepción, Aria subiría al despacho de Winter, mi hermana pasaría al mío y yo podría dedicarme al embarcadero y a volar, que era lo que siempre había querido hacer.

—Buenos días, chicas.

—Buenos días, Nash —contestaron las dos prácticamente a la vez.

Subí hacia los despachos, pero antes de entrar en el mío decidí pasar por el de Winter para contarle cómo iban las cosas y avisarle de que, si hacía falta, estaba dispuesto a envolver mi despacho en papel de regalo con tal de que se lo quedara de una vez.

Llamé, ella me dio paso y, en cuanto entré, me encontré con una sorpresa que no esperaba: Kate estaba allí, sentada frente a Winter, y ambas parecían estar revisando algún tipo de cuadrante de vuelos.

No sé por qué, pero verla consiguió que algo dentro de mí se removiera. No eran nervios ni malestar, sino otra cosa mucho más difícil de definir y a la que, al menos de momento, no tenía ninguna intención de poner nombre.

Me acerqué, hablamos unos minutos y le expliqué a Winter quién era aquella mujer de pelo azul y cómo nos habíamos conocido.

Mi hermana reaccionó con sorpresa, aunque por alguna razón tuve la sensación de que no estaba siendo del todo sincera.

También me pareció que Kate fingía un poco cuando descubrió que la empresa era mía y que yo era piloto, pero no le di demasiada importancia.

Winter me explicó entonces que había venido a contratar varios vuelos para poder hacer su trabajo y, antes siquiera de pensarlo demasiado, las palabras salieron solas de mi boca.

—Yo me ocupo.

En aquel momento me pareció lo más natural del mundo.

Llevar a Kate a todos los lugares que necesitara significaba pasar muchas horas volando, justo lo que más deseaba en aquellos días, aunque, si era sincero conmigo mismo, sabía que no era únicamente por eso.

Había algo en aquella mujer que me empujaba con una fuerza extraña a querer estar cerca de ella, conocerla mejor y pasar tiempo a su lado.

Kate dejó claro que no era necesario que fuera yo quien la llevara y que, si lo hacía por sentirme en deuda por lo ocurrido con Brenna, podía olvidarme.

Nada más lejos de la realidad, porque ni siquiera había pensado en mi hermana al ofrecerme.

Quería hacerlo por mí, porque necesitaba volar y porque, por alguna razón que todavía no entendía, quería hacerlo con ella.

Aceptó, aunque con cierta duda, y me dijo que la avisara cuando tuviera preparado el cuadrante, pero yo no necesitaba ninguno. Algo dentro de mí me decía que aquellos vuelos no iban a ser como los demás.

—Ahora —solté.

Kate me miró.

—¿Qué?

—Que hacemos el primer vuelo ahora mismo. Si quieres, claro, y no tienes otros planes.

Miró a Winter.

Mi hermana sonreía de una forma que no terminé de entender, aunque tampoco me molesté demasiado en averiguarlo porque toda mi atención estaba puesta en Kate.

Después ella volvió a mirarme, dudó durante unos segundos y finalmente asintió.

—No tengo otros planes.

—Perfecto. Pues vámonos.

Le indiqué con la mano que me siguiera.

Kate cogió la mochila que tenía a los pies de la silla, se despidió de mi hermana con un «ya hablaremos», al que Winter respondió con un «pronto», y ambos salimos del despacho camino del embarcadero.

Al llegar dudé por primera vez.

No sabía si utilizar mi hidroavión o uno de los de la empresa.

Finalmente elegí el segundo porque en el mío nunca llevaba a nadie. Aquel aparato era mío, completamente mío, y siempre había sido así.

Sin embargo, nada más detenerme delante del otro, me arrepentí de no haber elegido el mío.

No habría sabido explicar por qué.

—¿Has montado alguna vez? —pregunté mientras abría la puerta para que subiera.

—Sí.

Respondió con una sonrisa que me pareció triste, como si recordar aquellos otros vuelos le provocara una mezcla de nostalgia y dolor.

Subió sin necesitar ayuda, colocó la mochila entre las piernas y se abrochó el cinturón con una facilidad que me llamó inmediatamente la atención.

Lo hizo de forma automática, sin apenas mirar.

Y aquello solo lo hacía alguien que había volado muchas veces.

Subí a mi asiento, me abroché también el cinturón y puse el motor en marcha. Después señalé los cascos y esperé a que se colocara los suyos antes de ponerme los míos.

—¿Me oyes bien?

—Perfectamente.

—Por aquí puedes decirme o preguntarme lo que quieras durante el vuelo.

—¿Lo que quiera?

—Sí.

—¿Y si quiero decirte que pilotas como el culo también puedo?

Solté una carcajada.

—Señorita, le informo de que acaba de subir al hidroavión del mejor piloto de la zona, así que me temo que no tendrá ocasión de decir algo así.

—Vaya. El otro día eras Nash el dramático y hoy eres Nash el modesto y arrogante. ¿Cada día vas a enseñarme una parte nueva de ti?

La miré de reojo.

—Puede que quiera enseñártelas todas.

Vi cómo contenía el aire durante un segundo y yo tuve que tragar saliva porque aquello ya no me había salido como parte de la broma.

Lo había dicho completamente en serio.

Y ella se había dado cuenta.

—Eso puede ser peligroso —susurró.

—La vida no es vida sin un poco de peligro.

Asintió sin añadir nada más y yo me obligué a centrarme en los mandos.

—¿Lista?

—¿Para volar?

La miré un instante.

—Para volar conmigo.

—Siempre —respondió en voz muy baja.

No pareció decírmelo a mí. Más bien fue como si hubiera hablado consigo misma, pero los auriculares hicieron que aquella palabra llegara perfectamente hasta mis oídos.

Y algo ocurrió dentro de mi cabeza.

Un recuerdo apareció con tanta rapidez que apenas tuve tiempo de reaccionar.

Mary y yo, muchos años atrás, sentados en un hidroavión cuando todavía éramos unos críos. Era de noche y estábamos abrazados, intercambiando besos cortos entre risas mientras yo le hablaba de uno de mis sueños.

—Cuando sea piloto te llevaré en mi hidroavión a recorrer los cielos de Alaska. ¿Querrás volar conmigo?

—Siempre.

La imagen cambió casi de inmediato y otro recuerdo ocupó su lugar.

Mary y yo caminando de la mano por un embarcadero hacia uno de aquellos hidroaviones llenos de pasajeros que realizaban excursiones y a los que intentábamos subir siempre que teníamos ocasión.

Recordé un beso antes de entrar, mis manos en su cintura y nuestras miradas completamente enganchadas.

También recordé la misma pregunta que tantas veces le había hecho.

—¿Quieres volar conmigo?

—Siempre.

Parpadeé varias veces hasta conseguir regresar al presente.

No sabía por qué aquella palabra pronunciada por Kate había llevado mi cabeza directamente hasta Mary, pero la sensación me resultó tan intensa que tuve que moverme incómodo en el asiento.

Y no fue únicamente el recuerdo.

También era la cercanía de Kate, su voz a través de los auriculares y aquel olor suave a flores que desprendía y que, por algún motivo, mi cabeza parecía empeñada en mezclar con imágenes de hacía quince años.

—¿Nash?

Giré la cabeza.

—¿Sí?

—Te estaba preguntando adónde vamos, pero estabas como lelo o perdido en las nubes. Y todavía ni siquiera hemos despegado. No te quedarás así cuando estemos arriba, ¿verdad? Porque no quiero tener que pilotar yo.

Sonreí.

—¿Sabes pilotar?

—No. Precisamente por eso te lo digo. Si me toca hacerlo a mí, nos va a ir bastante mal.

—Tranquila. Cuando estoy en el aire tengo los cinco sentidos puestos en lo que hago. Solo estaba pensando en algo.

—Pues deja lo de pensar para otro momento porque, al final, se nos va a hacer de noche antes de despegar.

—Sí, jefa.

Conseguí hacerla reír.

—Bien, piloto. Y vuelvo a preguntar: ¿adónde vamos?

—¿Confías en mí?

Alzó una ceja.

—Creo que llegas un poco tarde con esa pregunta. Si no confiara en ti, no estaría aquí sentada, ¿no crees?

—Buena respuesta, copiloto. Y respecto a la otra pregunta, tendrás que esperar hasta que lleguemos.

—Oye, ¿no serás tú el asesino en serie y tienes pensado tirarme desde el aire en algún sitio lleno de osos para que se coman las pruebas?

Me entró tal ataque de risa que terminé con los ojos llenos de lágrimas y, mientras intentaba recuperarme, me di cuenta de que con cada minuto que pasaba a su lado me sentía más cómodo.

Kate no solo era preciosa, que lo era y mucho.

También era divertida, sarcástica, fácil de tratar y conseguía que la conversación fluyera sin esfuerzo.

Aun así, había algo más que todavía no sabía explicar, porque estar con ella estaba despertando sensaciones que creía olvidadas desde hacía demasiado tiempo.