Capítulo 15
Kate
Nash y Brenna se sentaron en el salón en completo silencio mientras yo me iba a la cocina.
Lo del café era cierto y preparé tres, además de colocar unas magdalenas y unos cruasanes en un plato, pero también necesitaba unos minutos lejos de ellos para conseguir que mi cabeza y, sobre todo, mi corazón se calmaran.
Mientras preparaba la bandeja tuve que cerrar los ojos varias veces y respirar profundamente para no echarme a llorar allí mismo por la tristeza que me recorría el cuerpo.
No me recordaba.
Aquel pensamiento volvió a golpearme con la misma fuerza que cuando había abierto la puerta y, apretando los labios, cogí la bandeja y regresé al salón.
—Nash, ella es Kate. Kate, él es mi hermano Nash. Os presento porque lleváis un buen rato discutiendo y ni siquiera os habéis dicho los nombres.
Nash y yo asentimos prácticamente al mismo tiempo mientras nuestras miradas volvían a encontrarse.
—No creo que pueda comer nada. Tengo el estómago un poco revuelto —dijo Brenna al ver todo lo que llevaba.
Dejé la bandeja sobre la mesa y, antes de sentarme, fui hasta la entrada. Saqué de mi bandolera un blíster de pastillas y regresé al sofá bajo la mirada de los dos hermanos, que seguían cada uno de mis movimientos.
—Tómate dos, aunque casi debería dejarte con el dolor de cabeza todo el día para ver si así aprendes la lección y no vuelves a hacer semejante idiotez.
—¿Qué le estás dando? —preguntó Nash mirando el blíster como si acabara de sacar un arma de destrucción masiva.
—Algo para el dolor de cabeza.
Se volvió inmediatamente hacia su hermana.
—¿Te duele la cabeza?
Brenna ni siquiera contestó. Sacó dos pastillas y se las tragó de golpe con un sorbo del café con leche que había preparado para ella.
—Brenna, estoy hablando contigo. ¿Te duele la cabeza? ¿Estás enferma?
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—¿Enferma? No, majo. Lo que tiene es una resaca de tres pares de cojones.
—¿¡Resaca!? ¿Bebiste? Me cago en la puta, Brenna —soltó Nash, completamente alterado.
—Tranquilo.
—No me pidas que esté tranquilo. Es una niña, no debería beber ni estar fuera toda la noche. No te imaginas lo que han pasado papá y Lauren buscándote —añadió, esta vez mirando directamente a su hermana.
Lo sentía por Brenna, pero ocultarle a Nash el estado en el que la había encontrado no iba a ayudarla.
Al menos eso pensaba yo, así que, sin recrearme en detalles innecesarios, le expliqué cómo la había visto en aquel banco y todo lo que había ocurrido desde entonces hasta que él había empezado a aporrear mi puerta.
Brenna escuchó con la cabeza cada vez más baja.
—¿Qué pasó? ¿Por qué hiciste algo así? Joder, Brenna, ¿qué te está pasando? Tú no eras así. Llevas unos meses que no pareces tú misma.
—¡Tengo problemas, joder! —estalló ella—. Por eso bebí, porque quería olvidarme de todo durante un rato.
La expresión de Nash cambió por completo.
—¿Problemas? ¿Qué problemas tienes? Tienes catorce años. ¿Alguien te ha hecho algo? —preguntó palideciendo mientras, evidentemente, su cabeza se iba directamente a lo peor.
Yo, sin embargo, no creí que los tiros fueran por ahí. Había observado demasiado la mirada de Brenna desde la noche anterior y empezaba a sospechar que lo suyo estaba bastante más relacionado con el corazón.
—¿Quieres ver lo diferentes que pueden ser los problemas de unas personas y de otras? —le pregunté.
Me miró desconcertada.
—¿Tú tienes alguno?
—Todos tenemos problemas, Brenna. Unos más graves, otros menos y algunos que para los demás pueden parecer una tontería pero a nosotros nos duelen de verdad. No estoy diciendo que lo que te pasa no importe.
—¿Entonces?
—Que quiero enseñarte algo.
Me levanté del sofá y fui hasta la mochila que había dejado en una esquina del salón con parte de mi equipo. Saqué el portátil pequeño y regresé junto a ellos.
Sabía exactamente dónde buscar, así que entré en la nube y abrí tres carpetas concretas de entre las miles de fotografías que había hecho durante todos aquellos años.
—Mira.
La primera contenía las imágenes de una tribu indígena con la que había pasado una temporada y cuyos habitantes apenas disponían de medios para sobrevivir. Había fotografías de personas sin apenas comida, medicamentos ni ropa adecuada.
Los dos hermanos se quedaron completamente en silencio mientras pasaba de una imagen a otra.
Abrí después la siguiente carpeta.
—¿Quién es esa gente? —preguntó Brenna.
—Personas sin hogar que viven en una de las zonas más duras de Nueva York.
No tienen dinero ni un sitio donde dormir y muchas pasan las noches a la intemperie.
Allí las temperaturas no suelen llegar a las de Juneau, pero bajan lo suficiente para que algunos inviernos haya gente que no consiga llegar viva a la mañana siguiente.
Brenna contemplaba las fotografías completamente impresionada y, cuando miré de reojo a Nash, comprobé que él tampoco apartaba los ojos de la pantalla.
—¿De dónde has sacado estas fotos? —me preguntó.
—Las hice yo. Soy fotógrafa.
—¿Has estado en Nueva York? —preguntó Brenna.
—He estado en más de cincuenta países y he visto mucho más de lo que te puedas imaginar. Algunas cosas maravillosas y otras que habría preferido no tener que ver nunca.
—¿Solo fotografías gente?
—No. Fotografío la vida, y ahí entra todo: personas, lugares, momentos, cosas bonitas y otras que no lo son tanto. Para mí todo puede contar una historia.
Los dos asintieron y yo abrí la tercera carpeta. Esta vez, Brenna tardó unos segundos en hablar.
—Son… —empezó sin atreverse a terminar la frase.
—Tumbas.
Nash alzó una ceja.
—¿Y esto se lo enseñas por…?
—Porque quiero que entienda una cosa. Las personas que están ahí ya no pueden pedir ayuda, hablar con alguien o intentar arreglar aquello que les dolía cuando estaban vivas.
Brenna soltó el aire lentamente.
—Joder…
—Anoche te encontré sola en un banco, con muchísimo frío y en un estado en el que apenas podías mantenerte en pie. No quiero asustarte ni quitar importancia a lo que te esté pasando, porque si a ti te duele, es importante.
»Lo que sí quiero que entiendas es que emborracharte o colocarte hasta dejar de saber lo que haces no va a solucionarlo. Solo puede conseguir que un problema que ahora tiene arreglo acabe convirtiéndose en algo que ya no lo tenga.
Nash me observaba en completo silencio.
Brenna bajó los ojos hacia el portátil.
—Yo no quiero morir —susurró.
—Entonces pide ayuda antes de volver a hacer algo así.
Cerré el ordenador y me recosté en el sofá para beber un poco de café, dejando que aquellas palabras hicieran su trabajo sin seguir insistiendo.
Durante los minutos siguientes terminamos aquel desayuno improvisado prácticamente en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Cuando acabamos recogí las tazas y los platos y los llevé a la cocina. Aproveché para sacar de la secadora la ropa de Brenna, que por suerte había sobrevivido bastante mejor de lo que esperaba después de cómo había llegado la noche anterior.
—Toma, está todo limpio. Puedes cambiarte en mi habitación. Tus padres deben estar deseando verte, así que venga, niña, mueve ese culo resacoso.
Brenna cogió la ropa sin protestar y entró en mi habitación, cerrando la puerta tras ella.
—Gracias —susurró Nash en cuanto nos quedamos solos.
Lo miré.
—No tienes que agradecerme nada. Solo hice lo que creí mejor para ella.
—Y también te debo una disculpa. Estaba nervioso y sé que eso no es excusa, pero me he comportado como un gilipollas desquiciado.
—En eso no voy a quitarte la razón. Solo te faltó registrar la casa para comprobar si tenía una pala y estaba cavando un hoyo en el jardín.
Soltó una pequeña risa.
—Una pala no esperaba encontrar. Quizá cuerdas y una bolsa sí.
Lo miré y comprobé que el muy capullo estaba intentando contener la sonrisa.
—Es una buena chica —dije señalando con la cabeza hacia la habitación—. Solo está un poco perdida.
Nash me observó durante unos segundos.
—¿Y tú también estás perdida? Lo digo porque la miras como si supieras exactamente lo que le pasa.
Aquella pregunta me tocó más de lo que seguramente imaginaba.
—Supongo que todos hemos estado perdidos alguna vez.
Nash pareció pensarlo y finalmente asintió.
No pudimos seguir hablando porque Brenna salió de la habitación ya vestida y se acercó para devolverme el pijama que le había dejado.
—Gracias por todo, Kate.
—De nada, pequeña. Pero, como vuelva a encontrarte otra vez en el mismo estado, no te libras de que te ponga el culo como un tomate. Así que vive y deja a un lado la mierda que sea que te está amargando, porque la vida es demasiado corta para no intentar disfrutarla.
—Lo haré. Y… oye, quería preguntarte algo.
—Dispara, pero procura que no sea muy difícil. A estas horas y con un solo café, mi cerebro funciona a la mitad de su capacidad.
Brenna se echó a reír y, cuando miré a Nash, vi que él también había estado a punto de hacerlo.
—¿Puedo volver otro día para que me enseñes más fotos y me cuentes cosas de tus viajes? Por favor.
—Brenna, quizá Kate esté muy ocupada y no tenga tiempo. Ni siquiera sabes si ya ha terminado su trabajo o si piensa marcharse pronto —intervino Nash.
Cerré los ojos apenas un instante.
Podía negarme. De hecho, quizá habría sido lo más sencillo teniendo en cuenta quién era su hermano, pero la petición de Brenna no me sonó únicamente a curiosidad por mis fotografías.
Había algo más en la forma en la que me miraba, una especie de ruego silencioso que me hizo pensar que quizá conmigo le resultaría más fácil hablar.
Ya lo había notado aquella noche.
Y aunque sabía que acercarme a ella podía complicar muchísimo las cosas si en algún momento Nash descubría quién era yo, no fui capaz de decirle que no.
—De hecho, llegué ayer y todavía ni siquiera he empezado a trabajar. He venido por tiempo indefinido, así que, si quieres y te dejan —añadí mirando a Nash—, puedes venir cuando quieras.
Me volví para coger un papel y un bolígrafo que había sobre una mesa.
—Te daré mi número para que me avises antes, porque soy un culo inquieto y, si salgo a hacer fotos, puedo perder la noción del tiempo y lo mismo no me encuentras en casa.
—Genial. Entonces vendré —dijo con total seguridad.
—Cuando quieras.
Los acompañé hasta la entrada y, cuando ya estábamos junto a la puerta, Brenna volvió a mirarme con curiosidad.
—Oye, has estado en un montón de países, pero tengo curiosidad por saber cuál es el tuyo. Quiero decir dónde vives normalmente.
Forcé una sonrisa.
—En ninguno.
Frunció el ceño.
—¿En ninguno? Eso no puede ser. En algún sitio tendrás tu casa o a tu familia.
Negué lentamente con la cabeza.
—No tengo familia ni una casa. Vivo en todos los sitios y en ninguno.
—Vaya… Eso es raro y un poco triste también. ¿Por qué haces eso?
—Brenna —la reprendió Nash.
—No pasa nada.
—Ya, pero…
—Lo hago porque todavía no he encontrado mi sitio. Hace mucho tiempo lo perdí todo y, desde entonces, supongo que yo también estoy un poco perdida.
Brenna me observó con atención.
—¿Por eso viajas tanto? ¿Porque estás buscando tu lugar?
—No lo sé. Puede que sí.
—Pues estaría bien que lo encontraras aquí y te quedaras. Me caes bien.
Sonreí, aunque sabía que aquello no iba a ocurrir.
—Tú también me caes bien, pero no creo que eso pase. Aquí no puedo quedarme.
Brenna pensó durante unos segundos antes de que una sonrisa traviesa apareciera en su cara.
—Has dicho que acabas de llegar y que tienes que hacer muchas fotos, así que te quedarás un tiempo. Cuando veas lo bonito que es esto no querrás volver a marcharte y, además, ya me encargaré yo de convencerte.
Tragué saliva y volví a forzar una sonrisa.
Nash se dio cuenta de que aquella conversación empezaba a incomodarme porque intervino antes de que tuviera que responder.
—Venga, aventurera nocturna. De momento vamos a casa. Ya tendrás tiempo de preparar tu estrategia para secuestrar fotógrafas otro día.
—Vale… Gracias, Kate. Nos vemos pronto.
—Pronto —contesté mientras correspondía al abrazo que me dio.
Cuando Brenna se apartó, Nash dio un paso hacia mí.
—Gracias por todo, de verdad. Si necesitas cualquier cosa, díselo a Brenna y ella me lo hará saber.
De ti solo necesitaba una cosa: que me recordaras.
Eso fue lo que quise contestarle, porque si no podía tener aquello, cualquier otra cosa me daba exactamente igual, pero evidentemente me callé.
Nash me tendió la mano y yo la acepté para despedirme.
En cuanto nuestras pieles se tocaron, algo dentro de mí se detuvo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y todas aquellas sensaciones que recordaba del pasado, las mismas que aparecían cada vez que Nash me tocaba, regresaron con una intensidad que me dejó sin respiración durante un instante.
Fue como una pequeña descarga eléctrica y, por la forma en la que ambos retiramos las manos al mismo tiempo, supe que él también la había sentido.
Nash miró primero su mano y después levantó los ojos hacia mí, desconcertado.
—Que os vaya bien —dije antes de que aquel momento pudiera alargarse más de la cuenta.
Cerré la puerta tras ellos, apoyé la espalda contra la madera y me dejé resbalar lentamente hasta quedar sentada en el suelo con los ojos cerrados.
Allí, mientras intentaba recuperar una respiración normal, no pude evitar lamentarme de mi mala suerte porque, joder, había que tenerla y mucha para que, ni siquiera veinticuatro horas después de regresar a Juneau, mi pasado ya me hubiera alcanzado y me hubiera dado una hostia enorme en toda la cara.