¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 9
26%

Capítulo 9

Kate

Había pasado una semana desde que Zane me enseñó aquella carpeta en su despacho. Siete días desde que mi vista se quedó clavada en las palabras «Alaska: Juneau» y todo lo que llevaba quince años intentando mantener lejos regresó de golpe.

Ahora estaba sentada junto a la ventanilla de un avión, precisamente rumbo al lugar al que durante todo ese tiempo había jurado no volver. Apoyé la cabeza contra el cristal y, después de contemplar durante unos segundos el cielo completamente cubierto de nubes, cerré los ojos.

Todavía faltaba un poco para aterrizar y, quizá porque sabía que cada minuto que pasaba me acercaba más a Juneau, mi cabeza regresó inevitablemente a todo lo ocurrido durante aquella última semana.

Después de mi rotunda negativa en el despacho, Zane dejó de lado todo lo que tenía que hacer aquel día y me llevó a casa sin soltarme la mano.

Yo seguía completamente desbordada, así que me preparó una tila, o más bien tres metidas en un vaso en el que podría haberse ahogado una ballena, me sentó en el sofá y me colocó una manta encima.

Durante horas no intentó convencerme de nada.

No volvió a mencionar Juneau, no insistió en que debía enfrentarme a mi pasado y tampoco me hizo preguntas que no estuviera preparada para responder.

Simplemente se quedó allí, abrazándome y dándome el tiempo que necesitaba para asimilar todo lo que había removido aquella carpeta.

Los dos días siguientes pasaron de una forma bastante parecida.

Apenas me levanté del sofá, salvo para lo imprescindible, y Zane continuó cerca, respetando mi silencio y dándome espacio, mientras mi cabeza hacía justo lo contrario y se empeñaba en volver una y otra vez a los recuerdos de Juneau, a mis padres, a Nash y a la forma en la que había salido de allí quince años atrás.

Pero, por encima de todo, había una pregunta que no conseguía quitarme de encima desde que Zane la había dejado caer en su despacho.

¿Es cierto que llevas quince años huyendo del dolor, Kate?

No era que no quisiera encontrar una respuesta, sino que sabía perfectamente cuál era y no quería reconocerla.

Darle la razón a Zane era lo de menos; lo que realmente me costaba aceptar era la posibilidad de haber construido toda mi vida alrededor de una huida, convencida de que viajar de un lugar a otro era simplemente mi manera de vivir cuando quizá también hubiera algo de miedo detrás de todo aquello.

Pensarlo me hacía sentir vulnerable y, en cierto modo, cobarde, porque me obligaba a preguntarme si mi vida podría haber sido distinta de no haber pasado tantos años intentando mantener lejos un dolor que, por muchos kilómetros que pusiera de por medio, siempre terminaba viajando conmigo.

Al tercer día, Zane decidió que ya había pasado suficiente tiempo encerrada en aquel sofá. Me ayudó a levantarme, me colocó una manta sobre los hombros y me llevó de la mano hasta la terraza, donde nos quedamos contemplando el atardecer.

Sabía perfectamente que aquel era uno de los pocos lugares donde siempre conseguía sentirme en paz y también que era el mejor sitio para retomar la conversación que habíamos dejado pendiente.

Sin embargo, no intentó convencerme de que aceptara el trabajo ni volvió a decirme lo que debía hacer; se limitó a conseguir que hablara y sacara todo lo que llevaba dentro.

Le conté cómo me sentía, verbalicé por primera vez muchos de los miedos que llevaba años escondiendo y hablé del dolor que seguía provocándome pensar en mis padres, en Nash y en aquella marcha precipitada de Juneau.

Zane apenas intervino. Se quedó a mi lado y me escuchó durante horas, mientras el sol desaparecía poco a poco y la noche terminaba envolviendo Seattle.

Y aquello me ayudó mucho más que cualquier consejo que pudiera haberme dado.

A la mañana siguiente me desperté con una decisión tomada. Seguía teniendo miedo y sabía que regresar iba a doler, pero también entendí que no podía continuar huyendo eternamente de un lugar solo porque una parte de mi vida se hubiera quedado allí.

Volvería a Juneau.

Me enfrentaría a mi pasado y, además, haría aquel trabajo. Sabía que probablemente sería el encargo más difícil al que me había enfrentado, pero también podía convertirse en el más importante de mi vida.

Cuando entré en la cocina, Zane estaba sentado tomando café y le bastó con mirarme a la cara para darse cuenta de que había cambiado de opinión.

Recordé aquella conversación con tanta claridad que, por un instante, casi pude volver a verme de pie frente a él, en su cocina, tres días antes de subirme a aquel avión.

—Toma —dijo alargándome un sobre bastante grande.

—¿Qué es esto?

—La casa. Está alquilada a tu nombre por tiempo indefinido, sencilla y austera, como te gusta. También está el billete de avión para dentro de tres días y toda la información sobre lo que quieren que aparezca en la guía.

»Aunque sé que a ti eso te da bastante igual porque acabarás haciéndola a tu manera, y una lista de las empresas que necesitarás para llegar a los sitios a los que no se puede acceder ni a pie ni en coche.

—Zane…

—Esta tarde te llevaré al guardamuebles para que cojas la ropa que necesites.

—Zane…

—Y ni se te ocurra hacer otra compra antes de marcharte o voy a tener que alimentar a todo el edificio para no tirar la comida.

—Zane…

—Y llámame. Pero no como siempre. Esta vez quiero al menos una llamada a la semana y, por supuesto, busca el mejor imán que encuentres para la nevera.

Lo miré durante unos segundos, todavía intentando entender cómo podía tenerlo todo preparado.

—¿Cómo sabías que iba a ir?

Zane sonrió.

—Porque no solo quieres hacerlo, aunque al principio te negaras a verlo, sino porque sabes que lo necesitas. Y porque también sabes que nadie hará esa guía mejor que tú.

Volví a asentir, me acerqué a él y nos abrazamos. Cuando nos separamos, nos miramos y sonreímos sin necesidad de decir nada más, porque en aquel momento los dos sabíamos que la decisión estaba tomada.

—Señorita, abróchese el cinturón. En unos minutos aterrizaremos.

La voz de la azafata me devolvió al presente y abrí los ojos, dejando atrás la cocina de Zane para encontrarme otra vez dentro del avión, con Juneau cada vez más cerca bajo las nubes.

Asentí con una sonrisa, me coloqué bien el cinturón y volví la mirada hacia la ventanilla. Esta vez ya no cerré los ojos.

El avión tomó tierra en el aeropuerto de Juneau exactamente a las diez y veinte de la mañana del diecisiete de febrero, un día que había marcado en mi calendario mental porque sabía que regresar a aquel lugar podía cambiar mi vida. Todavía estaba por ver si sería para bien o para mal.

Cuando atravesé las puertas del aeropuerto con la maleta en una mano, la bandolera cruzada y la mochila con el equipo fotográfico a la espalda, me detuve unos segundos. No había ocurrido nada extraño, simplemente necesitaba hacerlo para convencerme de que estaba allí de verdad.

Cerré los ojos y respiré profundamente.

El aire llenó mis pulmones con facilidad.

Era húmedo, frío, helador incluso, pero también limpio y extrañamente conocido.

En el ambiente flotaba un olor que reconocí de inmediato, o quizá fue mi memoria la que lo hizo antes que yo: bosque, nieve y agua, una mezcla que llevaba quince años sin respirar y que, sorprendentemente, no había olvidado.

Cuando abrí los ojos levanté la mirada hacia el cielo.

Estaba completamente cubierto de nubes y tenía ese color gris tan habitual en aquella época del año, un aspecto que me hizo saber enseguida que no tardaría en caer aguanieve o que, antes de terminar el día, unos copos suaves empezarían a cubrirlo todo de blanco.

No lo sabía porque hubiera consultado el parte meteorológico, sino porque crecer durante tantos años en un lugar te enseña a leer el cielo, a reconocer cuándo va a llover, cuándo la lluvia terminará convirtiéndose en nieve o cuándo las nubes amenazan sin llegar a descargar.

Y, al parecer, aquello tampoco se olvidaba.

Una ráfaga de aire más fuerte se coló por el cuello del abrigo y me golpeó las mejillas como si fueran pequeños alfileres. Solté la maleta, subí un poco más la cremallera y tiré del gorro que me había puesto minutos antes para cubrirme mejor la cabeza.

—Vaya recibimiento me das, Juneau —murmuré para mí misma.

Miré a mi alrededor y comprobé que todo el mundo iba tan abrigado como yo, algo bastante lógico teniendo en cuenta que el termómetro de la zona central del aeropuerto marcaba dieciséis grados bajo cero.

Para algunas personas podía parecer una barbaridad, pero quienes habíamos crecido allí sabíamos que no era ni de lejos lo peor que podía ofrecer el invierno. Yo misma había vivido temperaturas mucho más bajas durante mi infancia y, después, durante mis viajes.

Había pasado horas en Noruega completamente rodeada de nieve esperando el instante perfecto para hacer una fotografía y también había trabajado en Islandia a muchos grados bajo cero, con los dedos entumecidos mientras disparaba una foto detrás de otra.

Sin embargo, en ninguno de esos lugares había sentido el frío de la misma manera.

Quizá porque allí no sentía únicamente la temperatura.

Sentía Juneau.

Sentía algo conocido que llevaba demasiado tiempo lejos y que, a pesar de todo, mi cuerpo parecía reconocer antes incluso que mi cabeza.

Durante unos segundos me permití pensar que quizá una parte de mí todavía consideraba aquel lugar su hogar, aunque enseguida matizara la idea recordándome que, al menos, lo había sido durante dieciséis años.

Respiré profundamente una última vez, agarré de nuevo la maleta, me ajusté la mochila y fui en busca del transporte que me llevaría hasta la casa que Zane había alquilado para mí.

El trayecto apenas duró quince minutos y no aparté la mirada de la ventanilla prácticamente en ningún momento. Todo parecía igual y, al mismo tiempo, distinto.

Las calles, la gente, el cielo gris y las grandes montañas recortándose al fondo apenas parecían haber cambiado durante aquellos quince años.

La diferencia estaba en mí, porque no contemplaba Juneau con los mismos ojos con los que lo había visto por última vez ni era ya la chica de dieciséis años que se marchó destrozada.

—Ya hemos llegado, señorita.

—Gracias.

Bajé del vehículo, saqué el equipaje y me quedé unos segundos quieta antes de acercarme a la casa que Zane había elegido. Nada más verla sonreí, porque mi amigo me conocía perfectamente y sabía que siempre prefería alojarme en lugares sencillos.

La casa era pequeña, de una sola planta y construida en madera. No estaba aislada, pero sí lo bastante separada de las viviendas cercanas como para ofrecer cierta privacidad, y tenía un pequeño porche delantero y lo que parecía ser un jardín en la parte trasera, rodeado por una valla azul.

Antes de que llegara hasta la puerta, esta se abrió y apareció una mujer de unos cincuenta años que me recibió con una sonrisa. Arrastré la maleta hasta quedar frente a ella y le devolví el gesto.

—Hola.

La mujer bajó la mirada hacia la carpeta que llevaba entre las manos, leyó algo con rapidez y volvió a levantar la cabeza.

—¿Mary Kate Miller?

Durante unos segundos el aire se me quedó atascado en los pulmones.

Hacía muchísimos años que nadie pronunciaba mi nombre completo y, de hecho, hacía quince que nadie utilizaba siquiera el primero.

Mary Kate era la forma en la que mi madre solía llamarme cuando me regañaba, mientras que para el resto de las personas que habían formado parte de mi vida allí siempre había sido simplemente Mary.

Así me habían llamado durante mis primeros dieciséis años, pero cuando me marché de Juneau dejé a Mary atrás y pasé a ser Kate. Desde entonces era así como me presentaba y como todo el mundo me conocía, aunque en mi documentación Mary siguiera apareciendo como primer nombre.

Asentí por educación, aunque durante un instante estuve a punto de corregirla y decirle que era solo Kate. Finalmente decidí callarme porque aquello probablemente habría dado lugar a preguntas que no quería contestar y para las que todavía no estaba preparada.

La mujer me entregó las llaves, me explicó las normas de la casa y me dio su número de teléfono por si necesitaba cualquier cosa antes de marcharse deseándome una buena estancia.

Nada más entrar, me envolvió un calor agradable acompañado de un olor que reconocí enseguida. La chimenea estaba encendida y la madera ardiendo desprendía ese aroma inconfundible que la mujer se había encargado de dejar preparado para recibirme.

Me quedé unos segundos en la entrada, todavía con la mano alrededor del asa de la maleta, respiré profundamente y traté de calmar ese cosquilleo extraño que seguía instalado en mi estómago.

—Bien, Kate, tranquila. Todo irá bien —me dije antes de dar un paso más y empezar a recorrer la casa.