Capítulo 6
Kate
Salí de la ducha, que realmente me había sentado de lujo porque, al final, Zane había tenido razón. Me había quedado tiesa de frío en la terraza durante todo el rato que estuve allí sola y después con él, hablando y viendo el amanecer.
Cuando entré en la cocina, el olor a café envolvía toda la estancia y me atrajo como atrae la luz a las polillas. Sin mirar apenas a mi alrededor, fui directa hacia la cafetera.
Zane estaba sentado en la isla con un café en una mano y el móvil en la otra, con la vista fija en la pantalla mientras leía algo con atención.
Ya se había duchado, eso me lo indicaba su pelo todavía un poco húmedo, y llevaba puestos sus inseparables vaqueros y un jersey azul de cachemira, regalo de una servidora, que le quedaba de maravilla.
—¿Qué miras con tanta atención? ¿Un mensaje de un ligue nuevo? —pregunté mientras me sentaba a su lado.
—Ojalá, pero no. Es trabajo.
—«Ojalá», dice, como si llevara meses de abstinencia. Te recuerdo que es lunes y que el sábado, cuando salimos, te largaste a los treinta minutos del bar con ese tío rubio que estaba muy musculado.
—Y qué fuerza tenía el tío. No veas cómo me sujetaba y me empu…
— Stop, stop, stop —lo corté tapándome los oídos—. Demasiado pronto para que me cuentes tus andanzas «empujiles».
—Coño, habló la monja. Ni que tú te quedaras atrás. Te largaste casi al mismo tiempo con ese tío todo trajeado. Seguro que fuiste a su casa para que te leyera un pasaje de la Biblia, no te jode.
—No, leer no leyó. Ahora, de rodillas sí que se puso y no precisamente a rezar. Movía la lengua de manera espectacular, pero en silencio, como debe ser —solté tan pancha mientras me encogía de hombros.
Zane escupió sobre la isla el café que tenía en la boca y yo me eché a reír a carcajadas.
—Serás guarra. No pongas esas imágenes en mi cabeza, joder, que casi me ahogo. Y encima mira cómo lo he puesto todo.
—¿Yo soy la guarra? Tú eres el que ha empezado hablándome de la fuerza del musculitos. Yo solo te he seguido el juego.
—Pues no me sigas y dame una bayeta, anda.
Me giré un poco en la silla y, sin levantarme, alargué la mano hasta el fregadero para coger una bayeta que le lancé a la cara.
Mientras limpiaba la encimera, cogí una tostada del plato que Zane había dejado a un lado y empecé a mordisquearla. Al hacerlo me apunté mentalmente que esa misma mañana tenía que hacer una buena compra porque había visto que empezaban a faltarnos algunas cosas.
Cuando me quedaba en casa de Zane hacía siempre lo mismo. Como ni por equivocación me permitía pagar ningún gasto de la casa ni darle dinero a modo de alquiler, yo me las ingeniaba para compensarlo de otra manera, aunque después tuviera que aguantar sus quejas.
Mientras estaba allí hacía la compra una vez a la semana sin avisarle y, cuando sabía que iba a marcharme, llenaba la despensa con productos que pudieran aguantar bastante tiempo para que tuviera de todo hasta que yo regresara.
Y no me limitaba a la comida. También compraba productos de aseo que sabía que utilizaba y, de vez en cuando, algún capricho que le dejaba en su habitación o en el baño: un perfume, algo de ropa, algún libro o cualquier regalo que hubiera visto y supiera que le gustaría.
Después, cuando hablábamos por teléfono, me echaba la bronca, pero me daba exactamente igual porque a la siguiente ocasión volvía a hacerlo.
Por supuesto, tampoco regresaba nunca de un viaje con las manos vacías.
Siempre le llevaba varias cosas, alguna típica del lugar en el que había estado y otra que me hubiera parecido especial.
Pero había algo que jamás faltaba: uno de esos imanes con el nombre de la ciudad o del país que la gente pone en la nevera.
Así que os podéis imaginar cómo tenía la puerta de la suya. Estaba tan llena que casi costaba distinguir de qué color era.
—Bueno, cuéntame qué es eso de trabajo que mirabas con tanta atención.
—Es un encargo para una guía de viajes. Uno de esos en los que no quieren solo cuatro fotos, sino un documental entero.
En cuanto pronunció las palabras «guía de viajes», sentí ese regustillo agradable que siempre me recorría el cuerpo cuando oía cualquier cosa relacionada con marcharme a algún sitio nuevo.
Ni siquiera necesitaba verme para saber que en mis ojos había aparecido un brillo distinto.
—¿Una guía? ¿De dónde? ¿Para cuándo?
—Desayuna.
—Zane… —protesté.
—Desayuna —repitió con toda la tranquilidad del mundo.
—Venga, cuéntame algo. ¿Ya tienes pensado quién irá? ¿Es cerca? Joder, di algo.
—No lo he mirado en profundidad. Ni siquiera he visto todavía dónde es. Y no, como comprenderás, no sé a quién voy a pedirle que vaya hasta que no lo estudie con detenimiento. He abierto el correo hace cinco minutos, Kate.
—Déjame verlo.
—No.
Lo miré sorprendida.
—¿No? ¿Por qué no?
—Porque quiero que desayunes, que te estás quedando muy canija; porque quiero verlo yo primero y porque, si te lo enseño ahora, me pondrás la cabeza como un bombo.
—Aguafiestas.
—Impaciente.
—Y tú demasiado paciente.
—Culo inquieto, cómete la tostada.
Resoplé antes de darle otro mordisco y, esta vez, bastante más grande.
—¿Contento? —pregunté con la boca llena.
—Sí, pero no hables con la boca llena, cochina —contestó conteniendo la risa.
Esperé a tragar antes de insistir.
—¿Vas a mirarlo luego?
—Que sí. Primero tengo que ultimar las fotos de la exposición y después lo revisaré.
—Si quieres, voy contigo al local y te ayudo con la colocación.
—Eso estaría bien. Así estás un ratito entretenida y dejas de pensar cinco minutos en marcharte.
—Sabes que lo voy a pensar igual.
—Eso me temía —dijo poniendo los ojos en blanco.
—Antes tengo que hacer algo, pero en una hora me reuniré allí contigo.
—¿Qué tienes que hacer?
—Cosas —contesté encogiéndome de hombros.
Entrecerró los ojos al instante.
—Esas cosas no serán hacer la compra, ¿verdad? Porque la despensa está llena.
—¿Llena? Si tiene más telarañas que la habitación de Spider-Man cuando se levanta por las mañanas después de haber tenido sueños agitados.
Zane frunció el ceño.
—¿Spider-Man sueña?
—Y yo qué coño sé. Supongo que sí, como todo el mundo. ¿Por qué me preguntas esa chorrada?
—Yo qué sé. Tú me haces pensar en cosas raras.
—No me eches a mí la culpa de tus pensamientos. Eres raro desde que estabas en los gemelos de tu padre, así que tus pensamientos también lo son.
—Entonces por eso nos llevamos bien, porque tú también eres rara de cojones.
— Touché .
Terminamos de desayunar entre tonterías y risas y, poco después, Zane se marchó. Primero pasaría por la oficina para recoger unas cosas y después iría al local donde montaba las exposiciones, que estaba a solo dos calles de allí.
Por suerte, tanto la oficina como el local estaban muy cerca de su casa, así que él no necesitaba utilizar el coche para trabajar ni yo tenía que hacerlo cuando iba a echarle una mano.
Cuando se fue, recogí todo lo que habíamos utilizado para desayunar, fregué, sequé y dejé la cocina como si allí no hubiera pasado nada.
Después entré en mi habitación para coger la cazadora y la bandolera que siempre llevaba conmigo y bajé al supermercado más cercano para hacer esa compra que, según Zane, no necesitábamos.
Cuando llegué a la caja descubrí que, quizá, me había pasado siete pueblos.
El carro no solo iba cargado de comida y productos de limpieza, sino también de unos cuantos caprichos, como helados y chucherías que sabía que nos gustaban a los dos, así que no me quedó más remedio que pedir que me llevaran la compra a casa por la tarde.
Aun así, había tardado menos de lo que esperaba y todavía me quedaban quince minutos para la hora a la que le había dicho a Zane que estaría en el local. En vez de ir directamente, decidí dar un rodeo bastante grande por las calles de Seattle.
Me gustaba caminar sin un rumbo concreto, sobre todo cuando podía hacerlo por placer, sin prisas y prestando atención a todo lo que sucedía a mi alrededor.
Eran precisamente esos momentos en los que mi mirada encontraba las mejores imágenes y mi pequeña cámara, esa de mano que siempre llevaba dentro de la bandolera, terminaba saliendo casi sin que yo me diera cuenta.
Porque cualquier cosa podía convertirse en una fotografía especial si sabías mirar.
Un simple charco después de la lluvia podía atrapar los colores de un arcoíris cuando la luz incidía sobre él.
Una pareja abrazándose en mitad de la calle podía contar una historia sin necesidad de saber quiénes eran.
El viento moviendo las hojas de un árbol o la sonrisa espontánea de alguien que acababa de recibir una buena noticia podían pasar desapercibidos para casi todo el mundo y, sin embargo, a mí me parecían instantes que merecía la pena conservar.
Eso era precisamente lo que más me gustaba de la fotografía: capturar algo cotidiano en el segundo exacto en que dejaba de parecerlo.
Cuando finalmente llegué al local, Zane ya estaba allí. Tenía las mangas del jersey remangadas y se movía de un lado a otro cambiando las fotografías de sitio, alejándose después unos pasos para observarlas y decidir cuál era el mejor orden y el lugar perfecto para cada una.
Me quité la cazadora, dejé la bandolera a un lado y me puse a ayudarlo.
Dos horas después, satisfechos con el resultado, salimos del local para tomar un café antes de ir a la oficina.