¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 33
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Capítulo 33

Kate

La conversación había sido dura y durante toda ella pude notar el arrepentimiento y el dolor que Nash sentía. No hacía falta que me lo dijera porque sus ojos lo gritaban.

Y cuando afirmó varias veces que me había amado en el pasado y que seguía haciéndolo, vi en ellos la más pura sinceridad.

Tras sus últimas palabras, al ver que yo no decía nada, y no porque no quisiera, sino porque no podía por el enorme nudo que tenía en la garganta, nos quedamos durante no sabría decir cuánto tiempo mirándonos en completo silencio.

Claro que él no podía saber el motivo por el que yo no conseguía hablar.

Nash fue el primero en retirar la mirada y sonreír con tristeza, seguramente pensando que ya estaba todo dicho.

—¿Quieres volar una última vez conmigo? —preguntó en voz baja mientras alargaba la mano para encender el motor.

Con rapidez alargué la mía y le agarré la muñeca para frenarlo.

—No.

—Vale, lo entiendo —dijo totalmente abatido.

—No, no entiendes. No es que no quiera, es que no puedo.

—Sí, supongo que no puedes. Tendrás cosas que hacer y…

—No es por eso, Nash.

Giró la cabeza y me miró confundido.

—¿Entonces por qué?

—Antes de explicarte eso tengo otras cosas que decirte. Tú has hablado, yo no.

—¿Qué cosas? —preguntó con miedo.

Nash permaneció en silencio mientras, en esa ocasión, fui yo la que abrí mi corazón y le conté todo.

Le expliqué cómo me sentí años atrás al no verlo aparecer en el aeropuerto, los dos años horribles que pasé con mi abuela llorando cada noche su ausencia y lo mucho que lo eché de menos.

También le hablé de los trece años que había pasado viajando por todo el mundo buscando algo que era imposible que encontrara porque solo estaba en un lugar al que nunca me atreví a volver, pensando que allí ya no me quedaba nada.

—¿Qué buscabas?

—Un hogar. Pero cuando volví a verte comprendí que ese hogar no era un sitio ni un lugar, sino que eras tú.

—Mary… —dijo con la voz entrecortada.

Le pedí que me dejara acabar de hablar y seguí contándole cómo me sentí al ver que no me reconocía, la esperanza que mantuve durante todo ese tiempo de que lo hiciera en cualquier momento y cómo, al ver que no sucedía, justo el mismo día en el que por fin se dio cuenta tenía decidido decírselo.

También le expliqué lo mal que me había sentido al ver su rechazo y lo mucho que había sufrido desde entonces, sobre todo al recordar aquella mañana en la que me desperté sola.

La conversación estaba siendo dura y dolorosa para ambos al confesarnos todo, pero, bajo mi punto de vista, también era muy necesaria para poder seguir a partir de ahí sin dejar ningún reproche, dolor o sentimiento sin decir.

—Y tengo una última cosa que decirte.

—¿Cuál?

Lo miré sonriendo y le cogí la mano con fuerza antes de hablar.

—Que yo tampoco dejé de amarte nunca. Que quiero esa vida contigo, esa que soñamos, si tú quieres, claro.

Vi cómo se quedaba sin respiración, cómo los ojos se le volvían a llenar de lágrimas y cómo me miraba con un amor infinito.

—Mary, ¿quieres seguir volando conmigo?

Mi sonrisa se hizo más amplia porque aquella pregunta no tenía nada que ver con volar de verdad, sino que era una que ya me había hecho muchas veces cuando éramos niños.

Era su manera de preguntarme no solo si quería vivir una vida junto a él, sino también nuestra forma especial de decirnos que nos queríamos.

Nash me la hacía mientras me ofrecía la mano, como estaba haciendo en ese momento, para que juntos camináramos, riéramos, lloráramos o hiciéramos cualquier cosa, pero juntos, siempre juntos.

A mi mente llegó, sin siquiera pensarlo, la respuesta que le daba siempre que me lo preguntaba y fue exactamente la que pronuncié.

—Hasta que la muerte nos separe o se nos acabe el combustible.

Nash soltó una risa al oírme contestar aquello mientras alargaba las manos para cogerme y sentarme en su regazo.

—Me muero por besarte para sellar este momento y este nuevo comienzo, o más bien nuestra continuación después de una larga y tortuosa pausa.

—Hazlo. Bésame.

—Lo voy a hacer en dos minutos, pero primero quiero que veas algo.

No me dio tiempo a preguntarle el qué porque, con rapidez, se subió el jersey y la camiseta que llevaba y me mostró el pecho.

Tenía un tatuaje al lado del corazón, pero no uno cualquiera. Era el nuestro.

—Lo hiciste —susurré mientras pasaba los dedos por él.

—Tarde, pero lo hice.

—Más vale tarde que nunca —dije bromeando.

—Nunca más llegaré tarde a nada. Nunca más seré un idiota. Nunca te dejaré marchar de mi lado —dijo antes de juntar sus labios con los míos y besarme.

Aquel beso no fue solo uno de reconciliación. Fue un beso en el que ambos volcamos todo lo que sentíamos, todo lo que nos amábamos y cuánto nos habíamos echado de menos. También sirvió para sellar la promesa de una vida juntos.

Nos separamos no porque quisiéramos, sino porque empezó a faltarnos el aire.

—Nash, aún no te he dicho por qué he venido a buscarte.

—No, y tampoco por qué dices que no puedes volar.

—Las dos cosas tienen que ver la una con la otra. No puedo volar de momento, pero en seis meses podré volver a hacerlo.

Frunció un poco el ceño porque no entendía nada.

—¿En seis meses sí y ahora no?

—Eso es.

—¿Por qué?

—Por varias razones, pero te diré una para que lo entiendas.

—Dime.

—Este hidroavión solo es para dos pasajeros, ¿no?

—Sí, claro.

—Pues aquí ahora estamos tres.

Me miró confundido y se quedó pensando en mis palabras hasta que vi el momento exacto en el que comprendió lo que acababa de decirle.

—¿Sí?

—Sí. No sabía cómo te lo tomarías. Sé que es pronto, que hemos vuelto hace cinco minutos y que lo mismo no lo quieres…

—¿Cómo no lo voy a querer? —dijo emocionado—. Tener hijos contigo es un sueño. Uno de los muchos que planeamos.

—Entonces…

—Joder, entonces no estoy feliz, estoy pletórico. La mujer que amo me ha perdonado aun siendo el mayor idiota del mundo; me ama, no sé por qué razón todavía, pero lo hace, y encima va a darme un hijo. Dios… No podría ser más feliz.

Me cogió la cara con las dos manos y me dio un beso sonoro en los labios, pero me soltó enseguida para empujarme un poco hacia atrás, bajar la cabeza y besarme en el vientre.

—Hola, pequeño. Soy tu papá, un papá idiota, pero lo siento, es el que te ha tocado.

Solté una risita mientras le acariciaba el pelo.

Nash levantó la cabeza y volvió a besarme, pero al retirarse vi que algo había cambiado en su mirada. Su sonrisa había desaparecido y ahora me observaba serio y preocupado.

—Mary, ¿estáis bien? Sé que es lo primero que debería haber preguntado, pero la emoción me ha podido.

—Ahora estamos bien, pero…

—¿Pero qué? —preguntó empezando a ponerse nervioso—. ¿Pasa algo? ¿Tiene que ver con volar? Lo has dicho antes, pero no he caído y ahora que me doy cuenta Zane también dijo algo.

—Tranquilo, ¿vale? Hubo un problema, pero no tiene por qué volver a pasar. Solo debo tener cuidado.

Nerviosísimo, me pidió que le contara todo lo que había pasado.

Lo hice. Sabía que se iba a preocupar muchísimo, pero era algo que no podía ni quería ocultarle. Cuando terminé de contárselo, el dolor, la tristeza y la desolación se impusieron en sus ojos.

—Joder, es que no se puede ser peor hombre que yo. Mira todo lo que te hice y encima pasa esto y yo no he estado donde debía, contigo, con vosotros.

Se me encogió el corazón al verlo tan destrozado porque, si antes lloraba, en ese momento lo hacía de forma desgarradora.

—Nash…

Parecía no oírme, así que insistí.

—Nash, mírame, por favor —dije cogiéndole la cara con las dos manos—. No quiero que te castigues ni por esto ni por nada. Los dos hicimos cosas mal.

»Lo que ha pasado puede ser por el ritmo de viajes que llevé, así que solo yo sería culpable de ello. Aunque la doctora me dijo que son cosas que pueden pasar y que, siguiendo sus recomendaciones, todo estará bien.

—Tú no tienes la culpa de nada.

—Vale, pues nadie la tiene entonces. Así que no quiero que te castigues más. Solo quiero y necesito que estés a mi lado, a nuestro lado.

—Y lo voy a estar hoy, mañana y siempre. Pero, joder, si os llega a pasar algo me muero.

—No nos va a pasar nada. Tendremos un niño fotógrafo guapísimo que tendrá unos padres que se aman y que lo amarán a él por encima de todo. Así que estate tranquilo, ¿vale?

Me abrazó contra su pecho.

—Vale —dijo antes de soltar un suspiro.

Nos quedamos en silencio abrazados mientras notaba cómo poco a poco su llanto cesaba y los latidos de su corazón, contra el que estaba apoyada, recuperaban un ritmo normal.

—Mary.

—Dime.

—¿Es un niño? Has dicho que tendremos un niño fotógrafo guapísimo.

Solté una risita contra su cuerpo antes de separarme.

—Zane y tu hermana se han empeñado en que lo será y no seré yo la que les lleve la contraria.

—Supongo que lo de ser fotógrafo también es cosa de Zane. Es su manera de joderme, ¿no? —dijo bromeando.

Solté una carcajada antes de contarle cómo Zane y yo habíamos dicho que sería fotógrafo, cómo Winter se había negado rotundamente y había afirmado, como si la criatura ya tuviera la licencia, que sería piloto, y cómo Owen y Aria le habían dado la razón.

—Me va a odiar. Zane me va a odiar, pero mi hijo será piloto y nuestra segunda hija será fotógrafa como su madre.

—¿Segunda hija?

—Claro. Dijimos que tendríamos al menos cuatro hijos, ¿no? Pues el primero será piloto, la segunda fotógrafa y los demás ya lo iremos viendo.

—¿Vamos a cumplir todos nuestros sueños?

—Todos y cada uno de ellos. Estoy igual de seguro de eso que de que te amo más que a nada en el mundo y de que quiero seguir volando contigo por toda la eternidad.

—Yo también te amo y quiero seguir volando contigo para siempre.